Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Amelia no sólo sobrevivía; se fortalecía. Cada amanecer, con el bebé dormido entre las cálidas mantas, entrenaba con Selion en los senderos ocultos del bosque. Con cada movimiento de espada, con cada conjuro aprendido, sentía que el espíritu de Kael la impulsaba a seguir adelante. Sin embargo, las noches eran traicioneras. En el silencio, mientras su hijo respiraba profundamente, Amelia escuchaba susurros en el viento. —El tiempo se agota, Amelia… —decían las sombras, burlonas. Sabía que la profecía era clara: el niño debía alcanzar su décimo cumpleaños antes de que el equilibrio entre la luz y la oscuridad pudiera restaurarse. Pero, ¿cómo protegerlo durante tanto tiempo? Un aliado inesperado Una noche, mientras recorría el

