Me levanté con más fuerzas, aunque el cansancio seguía aferrado a mis huesos. Fui a ver a mi madre de nuevo. Rael me acompañó hasta la puerta del cuarto, sus ojos aún llenos de preocupación y esperanza contenida. —Voy a verla —dije, sintiendo que necesitaba enfrentar esa realidad —aunque sea por un momento. Él asintió, sin soltar mi mano. Caminé por el pasillo del hospital con pasos firmes pero lentos. Cada sonido, el eco de mis zapatillas, las voces lejanas, el olor a medicamento, me recordaba todo lo que estaba en juego. Cuando entré a la habitación, mi madre estaba allí, recostada, con los ojos cerrados pero en calma. La habitación era silenciosa, solo interrumpida por el suave pitido del monitor. Me acerqué a su cama y tomé su mano entre las mías. Sentí su piel fría, arrugada, p

