Entré al hospital sin mirar a nadie. El ruido de los pasillos, las voces entrecortadas, el olor a antiséptico… todo era parte de una rutina que me envolvía como una armadura automática. Pero por dentro, estaba hecha trizas. No había dormido. No podía. Después de cerrar esa puerta con rabia, estuve en el invernadero algunas horas, hasta que la noche me obligó a aceptar que el mundo no iba a detenerse por mi dolor. Así que fui directo al trabajo. No por deber, sino por instinto. Porque cuando todo se desmorona, uno se aferra a lo que conoce. Revisé historias clínicas, asistí a pacientes, di indicaciones. Todo en piloto automático. Mis compañeros me saludaban con sonrisas corteses, como si no notaran mis ojeras, ni la forma en que apretaba los labios para no gritar. Nadie preguntaba por mam

