El postre llegó antes de que me diera cuenta. Una copa de frutas tropicales bañadas en crema de coco, con hojitas de menta en la cima. Ocean aplaudía al “chef” como si le hubiera traído un diamante, y este bromeaba sobre robarle una cucharada, y Rael… Rael solo me miraba. No lo hacía descaradamente. No era de esos hombres que clavan los ojos hasta perforarte. Él era peor. Sabía cómo sostener la mirada justo el tiempo suficiente para hacerte sentir expuesta, pero no el suficiente como para que alguien lo notara. Yo ya no podía fingir más. La revelación de Ocean me había dejado una fractura interna que no se arreglaba con risas ni ensaladas ni frases banales sobre “fue hace años”. No era el pasado lo que me dolía. Era el silencio. El otro silencio. El que conocía demasiado bien. El de

