La cocina estaba en penumbras, iluminada solo por la luz tenue de la lámpara sobre la isla central. Entré en silencio, descalza, con un abrigo liviano sobre mi ropa cómoda. El silencio de la noche era engañoso. La casa estaba llena de presencias, todavía, aunque no había bajado ni él me había reclamado que fuera tampoco. Sin embargo yo necesitaba un momento. Solo un vaso de agua y quizá un sándwich. Abrí el refrigerador, saqué una botella de vidrio y llené un vaso. Mientras bebía, noté un leve movimiento en la sombra cercana a la alacena. Me tensé. Pero no tuve tiempo de asustarme. —Tranquila, soy amigo de Real. La voz era masculina, joven, algo ronca. Del rincón emergió un hombre alto, de aspecto relajado pero con una mirada que decía que no era un simple invitado. Llevaba una camisa

