—¿Y qué te parecería un restaurante en la colina este? —preguntó Rael, apenas unos minutos después de salir del hospital—. Tiene una carta que cambia cada semana, vista panorámica de la ciudad, música en vivo. Exclusivo, pero tranquilo. Giré la cabeza hacia él con lentitud. —¿Un restaurante con manteles de lino y meseros que pronuncian los nombres de los platos como si estuvieran invocando espíritus franceses? Rael alzó ligeramente una ceja. —Algo así, sí. —Paso. —¿Paso? —repitió, como si no hubiera escuchado bien. —Sí. Prefiero algo más sencillo. Una pizza y una gaseosa en el sofá. O un hot dog en medio de la calle, con servilletas de papel baratas. Y después sentarnos en algún sitio al aire libre. Sin reservas. Sin menú. Solo nosotros y una conversación. ¿Qué opinas? Rael me miró

