El reloj marcaba las diecinueve treinta y cinco cuando por fin logré quitarme la bata, con la sensación de tener el cuerpo hecho de plomo. Había estado de pie más de diez horas, atendiendo dos cirugías, una serie interminable de pacientes en guardia, una reunión de urgencia por la falta de insumos y una complicación en UCI que me había tenido corriendo de un lado a otro sin pausa. Apenas si había probado bocado. Sentía los músculos del cuello tensos, los pies ardían en mis zapatos clínicos y tenía las manos frías como si no me pertenecieran. Me acomodé el cabello frente al espejo del vestuario, sintiéndome más deshecha que de costumbre, pero con ese extraño tipo de satisfacción que solo el deber cumplido podía dejar. Al salir del hospital, el sol ya se había ocultado y el cielo estaba te

