Me desperté envuelta en calor. El cuerpo de Rael seguía junto al mío, respirando profundo, el brazo sano extendido por detrás de mi cintura. Me había dormido apoyada en su pecho, con la piel aún ardiendo por lo que habíamos compartido. Ahora, al abrir los ojos, sentí que algo en mí se había asentado… o tal vez, desatado. No sabía qué era. Solo sabía que me sentía distinta. Más liviana. Más peligrosa. Me moví con suavidad, girando apenas la cabeza. Rael abrió los ojos al instante, como si nunca hubiera estado dormido del todo. Su mirada fue lo primero que me acarició esa mañana. —Buenos días —dijo con voz ronca. —Buenos días —susurré. Nuestros labios se buscaron sin apuro. Un beso lento, sin urgencia, pero lleno de una promesa que no sabía aún cómo íbamos a sostener. Cuando nos separa

