El rugido del motor llenó el estacionamiento. No miré atrás. No esperé a ver si alguien me seguía. Solo apreté los dientes, clavé las manos en el volante y salí a toda velocidad por la reja automática antes de que siquiera terminara de abrirse del todo. Necesitaba distancia. Aire. Silencio. El camino hacia el hospital me pareció más corto que nunca. Y más largo al mismo tiempo. Mi mente era un torbellino. Las palabras de Rael, sus silencios, mis reproches… todo se mezclaba con el sonido del viento colándose por la ventanilla entreabierta. No tenía turno. No tenía que estar ahí. Pero necesitaba volver a un lugar donde supiera quién era. Donde no tuviera que preguntarme si el hombre con el que me había casado me decía la verdad o solo lo que creía que yo podía soportar. Apreté el volan

