La tarjeta cayó al suelo con un golpe seco. No era más que plástico brillante, rectangular y obediente, pero verla ahí, tan limpia, tan impersonal, me hizo hervir la sangre. Me agaché, la tomé con fuerza entre los dedos y estuve a punto de partirla en dos. Pero no lo hice. En vez de eso, la lancé al otro lado de la habitación como si fuera un insecto que me repugnaba. —¿Decencia? —murmuré, repitiendo sus palabras en voz baja—. Esto no es decencia. Es control. Todo con él lo es. Caminé de un lado al otro, la garganta cerrada, las ideas desordenadas. “Rebélate”, gritaba algo dentro de mí. “No vayas a esa gala, no juegues su juego”. Y lo pensé. Lo juro que lo pensé. Pensé en rechazar su tarjeta, su mundo, su hipocresía. En presentarme en la gala con un vestido común, sin joyas, sin maqui

