La noche se había vuelto espesa cuando salimos del hospicio. El aire era tibio, pero no lograba atravesarme el frío que sentía por dentro. Me apoyé en el brazo sano de Rael mientras caminábamos hacia el auto. Cada paso parecía un esfuerzo. Una forma de obligarme a seguir, a pesar del nudo que me estrangulaba desde adentro. Emiliano nos sostuvo la puerta trasera y volvió a su asiento en silencio. Agradecí su discreción. No me sentía con fuerzas para enfrentar otra voz. —¿Quieres ir a casa? —preguntó Rael en voz baja, casi como si temiera romper algo. Negué con la cabeza. —No todavía. No quiero estar encerrada. Ni pensar. Solo… vayamos a nuestra cena. Él asintió, y sin más, le dio la orden a Emiliano. —Al italiano del centro. El auto arrancó con suavidad. Las luces de la ciudad se des

