Nadine
Respire hondo antes de regresar al salón. Las música seguía, las risas también, nada había cambiado… salvo yo, pues ahora veía todo el lugar con curiosidad. Una curiosidad qué él había despertado.
Dante… su nombre resonaba como un eco en mi cabeza, no podía dejar de pensar en él y en la forma que me miró. Caminé entre las mesas, para llegar a Santiago, la voz de ese hombre aún podía escucharla. Algo en él llamaba mucho mi atención, pero estaba claro que no debía darle importancia.
Encontré a Santiago cerca de la barra hablando con un hombre mayor, probablemente algún empresario. En cuanto me vio, alzó na ceja y levantó su copa.
—¡Ahí estas! —dijo, rodeándome con uno de sus brazos en cuanto estuve cerca de él —. Pensé que te habías perdido.
—Solo salí a tomar un poco de aire —dije, forzando una sonrisa.
Él me acerco un poco más a su costado, como si necesitará marcar territorio.
—Cariño, te presento al señor Héctor, uno de los inversionistas más importantes de la empresa. Esta es mi novia —añadió, así como quién presenta una tarjeta de presentación.
—Un gusto conocerla señorita…
—Nadine —añadí…
—Un hermoso nombre, para una hermosa mujer. A que se dedica señorita, no había escuchado hablar de usted —comentó. Típico de ellos, lo único que les importa es el apellido y la posición que este te da.
—Es Florista ¿Puedes creer? —respondió Santiago por mi —tiene un talento natural con las flores.
Asentí cortésmente como tantas otras veces lo había hecho, él tal señor Héctor murmuró algo amable, aunque sus ojos no ocultaban el poco interés que tenía en mi.
Otro evento aburrido donde me ven de menos por ser florista y Santiago solo sonríe con amabilidad, para quedar bien con cada hombre en este evento.
La conversación continuó sin mi, Santiago hablaba de contratos, licitaciones y “nuevas oportunidades”. Yo solo los escuchaba, mientras no apartaba mi vista de la bebida que Santiago me había dado.
Por alguna razón que desconozco no podía dejar de pensar en aquella mirada intensa… Ese hombre no salía de mi cabeza y solo lo había visto una vez.
—¿Estas bien? —preguntó Santiago al notar que me quedé en silencio por demasiado tiempo.
—Si… solo un poco cansada.
—¿Quieres que nos vayamos?.
Lo miré. Era una buena opción. Decir que si y marcharnos, olvidar el encuentro con aquel hombre en el que ni dejo de pensar ahora.
—Podemos quedarnos un poco más —dije al final, aunque no sabía por qué.
Quizás tenia esperanzas de volverlo a ver, no entiendo como un solo encuentro con un desconocido puede hacer tambalear todo dentro de mi.
Santiago sonrió satisfecho y pido otra copa. Él esperaba que respondiera qué si, para él era mejor quedarse aquí.
Y yo me perdí en mi mente nuevamente, en aquellos pensamientos que han decidido invadirme esta noche. Siento que no encajo en este lugar, pero… ¿Entonces cual es mi lugar?.
…
Santiago seguía hablando con entusiasmo, gesticulando con la copa en la mano como si estuviera vendiendo el futuro. Yo asentía de vez en cuando, perdida en mi propio mundo, con aquel hombre aún en mis pensamientos.
Dios que mal estoy.
De repente lo vi.
Dante…
Entraba al salón desde una de las puertas laterales, caminando con tranquilidad, como si pudiera tener el mundo a sus pies y quizás no el mundo, pero si a muchas de estas personas.
No hablaba con nadie, pero todos se apartaban un poco cuando el pasaba junto a ellos. Llevaba el saco desabrochado y las manos en los bolsillos. Sus ojos se movían con calma… hasta que me encontró.
Y se detuvo
Y mi corazón se detuvo también.
—Ese de ahí es Dante —dijo Santiago bajando el tono de voz mientras me seguía la mirada —es él hijo del empresario más poderoso del país, dicen que hace negocios sucios de ahí toda su fortuna. Aunque solo son rumores, tal vez algún envidioso de su fortuna.
—¿Lo conoces? —pregunté fingiendo indiferencia.
—Solo de vista. Nadie se mete con él, ni con su familia, al menos nadie que sea un poco inteligente. La mitad de las personas aquí le debe algo y la otra mitad le temen. Y la verdad —añadió con una sonrisa seca —, no se en cual de los grupos quiero estar.
Sentí a Dante acercarse. Era como si el aire se moviera con cada paso que da. Me tensé y evite mirarlo directamente. En cuestión de segundos él ya estaba frente a nosotros.
—Santiago ¿verdad? —dijo con su voz grave, extendió la mano.
Santiago dudó solo un segundo antes de estrechársela.
—Dante, un gusto.
—Lo mismo digo yo. —Y luego sin esperarlo, me miró. Directamente a mí.
Una corriente me recorrió el cuerpo ante su mirada.
—La chica de las flores… Encantado de volver a verte —dijo —creía que ya te habías marchado —yo pensaría lo mismo de él, ya que mencionó que no quería estar en este lugar.
—¿Se conocen? —preguntó Santiago.
—Nos cruzamos hace un rato —respondió Dante por mi —en la terraza.
—Ah —Santiago sonrió relajado —mi chica tiene un imán con las flores.
—Eso ya lo noté —dijo Dante, y aunque eso sonó cortés, había algo más en sus palabras.
Creo que Santiago podía escuchar los latidos de mi corazón y eso no era nada bueno.
Hubo un silencio incómodo y luego él se despidió con un gesto elegante.
Él tiene un imán —pensé yo.
—Disculpen. Mi padre me espera. Fue un placer —me miró una última vez y se fue.
Santiago lo siguió con la mirada.
Y yo sentí como el aire volvía a mis pulmones, no supe en que momento deje de respirar. Santiago se quedó mirándolo un poco más con una expresión que no supe leer del todo. Dante se perdió de vista.
—¿Lo habías visto antes? —preguntó sin mirarme.
—No, solo hablamos un momento afuera. Nada importante.
—¿Te dijo algo raro? Ese tipo… no sé. Tiene algo… no vuelvas a acercarte a él si estás sola —asentí con extrañes. Había algo en el tono de voz que había empleado que no me parecía normal. Decidí ignorar eso. Ahora la extraña era yo. No sabía lo que sentía, pero esta vez al mirar a los ojos a Dante. Era como si ya lo hubiera visto antes… lo cual era imposible… somos de mundos diferentes… muy diferentes…
Nos quedamos en silencio un momento. Después me ofreció su copa.
—¿Quieres? Esta fuerte, pero con este ambiente se agradece —negué. Él bebió un trago y miró el salón como si buscará algo o alguien.
—Hay gente que nace para esto, ¿sabes? —dijo de pronto —para los cócteles, las alianzas, los nombres importantes. A veces siento que me estoy rompiendo la espalda solo para estar a su nivel. Es como mi padre siempre dice que debo de ser o lo que debo de hacer.
No supe qué decir, él rara vez hablaba así tan… real… a veces siento que es sincero y a veces creo que se dejará llevar por esto… por el dinero, la posición y el poder que eso puede darle. Lo veo en sus ojos…
—Y tú —añadió de pronto, mirándome de reojo —,a veces pareces estar en otro mundo. Como si quisieras estar en otro lugar menos aquí… menos conmigo.
Eso si me dolió, pero había razón en sus palabras.
—No es eso —le dije en voz baja —. Es solo que… este no es mi mundo, Santiago. Yo no se moverme entre estas personas. Me siento invisible, me siento fuera del lugar.
Él me tomó la mano.
—No eres invisible. No para mí.
Lo miré, lo intenté, de verdad.
Pero sus ojos ya no me hacían temblar. Su tacto ya no me aceleraba el corazón. Y lo peor de todo era que él lo sabía.
La chispa entre nosotros había desaparecido…
Me apretó los dedos con más fuerza de la necesaria.
—Ten cuidado con ese Dante. No es un tipo cualquiera. Si se acercó a ti no fue casualidad.
—¿Qué insinúas?.
—Solo quiero que sepas que hay personas que no miran flores sino tienen intención de arrancarlas.
Ahí estaba él Santiago qué no me gustaba. El que disfrazaba los celos de advertencia. El que no soportaba no controlar una situación. Ese que no vi cuando empezaba a conocerlo…