11. Me divierte, me enciende

2471 Words
Nadine Respiro profundo y acomodo un mechón rebelde detrás de mi oreja. Estoy revisando el último arreglo de flores cuando lo siento. Esa presencia que es imposible ignorar, como si el aire cambiara de peso apenas él entra. —Vaya, vaya… —su voz grave me envuelve como un eco oscuro— pensé que sabías leer, Nadine. Me giro lentamente y ahí está: Dante Di Luca, impecable en un traje n***o, con la mirada fija en mí como si quisiera ver más dentro de mí. —En mi contrato decía que cumpliría con mi trabajo —respondo sin temblar, aunque mis manos sudan— y lo estoy haciendo. Él sonríe de lado, esa sonrisa peligrosa que no sabes si anuncia un halago… o una sentencia. —Quizá tenga que recordarte que aquí las órdenes las doy yo —repite Dante, caminando hacia mí con paso firme, cada movimiento calculado, como un depredador midiendo a su presa. Me cruzo de brazos frente a él, intentando mantener la compostura aunque mis rodillas tiemblen y mi corazón late con fuerza, pero no bajo la mirada. No todavía. —Y quizá tenga que recordarle que soy florista, no su empleada personal. Mi trabajo es traer los arreglos y asegurarme de que estén perfectos. Nada más. Sus cejas se arquean, divertido. —Tienes agallas, pequeña. Eso me gusta. —No estoy aquí para gustarle, señor Di Luca —contesto con firmeza, apretando los labios. Él se acerca tanto que puedo oler su perfume caro, un aroma fuerte, amaderado, que me envuelve y amenaza con hacerme olvidar por qué estaba molesta. Inclina el rostro, sus ojos negros fijos en los míos. —¿De verdad crees que puedes hablarme así y salir impune? Trago saliva, pero no me muevo. —Yo no vine aquí para obedecer sus caprichos, vine a trabajar. Si eso le molesta, puede cancelar el contrato. Un silencio pesado se instala entre nosotros. Su mandíbula se tensa, sus ojos recorren mi rostro como si buscara un punto débil. Y luego sonríe, esa sonrisa arrogante y peligrosa que hace que un escalofrío me recorra la espalda. —Eres interesante, Nadine. La mayoría tiembla cuando me tiene enfrente. Tú no… o al menos lo disimulas bien. —No estoy interesada en ser parte de su colección de gente que le teme —digo sin pensarlo, y apenas lo digo, mi corazón late con fuerza. Dante suelta una risa baja, oscura. —Te advertiré algo, dulzura… en mi mundo, la rebeldía se paga caro. —Y yo le advierto algo a usted —me armo de valor—: en el mío, las flores siempre crecen incluso entre la basura. Sus ojos se encienden, no sé si de furia o de fascinación. Da un paso atrás, se ajusta el saco y asiente como si hubiera encontrado un nuevo juego que le divierte. —Muy bien. Haz tu trabajo, Nadine. Pero no olvides que entraste en mi terreno. Y aquí, yo siempre gano. Yo no respondo. Me giro, tomo la carpeta con la propuesta de arreglos y el último arreglo que es para su oficina y camino hacia la sala de reuniones con la espalda erguida, aunque por dentro siento que las piernas me van a fallar en cualquier momento. La chica que me recibió en la entrada me mostró gran parte de la empresa así que se donde queda la sala. Su mirada me sigue, lo sé. Puedo sentirla como fuego en la nuca. Y por primera vez me pregunto si no cometí un error al aceptar este contrato. Espero que no, no quiero arrepentirme de lo que estoy haciendo. Por ahora era la única manera de no perder la floristería, espero no perderla por enfrentar a Dante de esa manera, pero es mi trabajo, no dejaré que otros coloquen mis arreglos y uno se dañe y luego yo quede mal por eso. Así que no Dante, amo las flores y por eso me aseguraré de que las que llegan de mi floristería siempre estén perfectas. —Iras a mi oficina no a la sala de reuniones, ya que terminaste —su voz detiene mis pasos. Me giro sin hacerle ver lo mucho que me afecta solo su voz. Si se disimularlo muy bien, porque si me haces temblar, hay algo en ti que me confunde, desde que te vi es imposible apartar mi mirada de ti, tu mirada además de tener oscuridad también me muestra un misterio. Eres un misterio para mi Dante, aunque sé tu nombre eres un desconocido. —Perfecto —logro decir. —Sígueme por favor —me pide y camino tras él. Dante La escucho responder con esa valentía que pocos se atreven a usar conmigo. Nadine camina detrás de mí, ligera, con pasos que intentan sonar firmes aunque noto la presión en su respiración. No soy ciego: sé que le provoco un efecto, lo vi en la forma en que tragó saliva cuando me acerqué demasiado, en la manera en que sus manos se apretaban contra la carpeta como si fuera un escudo. Me divierte. Me enciende. —¿Siempre hablas con tanta seguridad? —pregunto sin girar, subiendo las escaleras hacia mi oficina. —Siempre que me siento en lo correcto —replica enseguida, su tono claro, sin temblores. Eso me arranca una sonrisa oscura. Esa mujer tiene agallas, pero no sabe en qué terreno está jugando. Abro la puerta de mi oficina y la dejo pasar primero. El perfume de las flores que trae invade el espacio, suave pero penetrante, contrastando con el aroma fuerte de mi propio cigarro que aún flota en el aire. La observo mientras se acerca a la mesita de mi oficina y coloca el arreglo destinado a este lugar con cuidado, como si cada pétalo fuera un secreto que solo ella puede descifrar. Cruzo los brazos y la apoyo con la mirada. —Dime algo, Nadine… —mi voz rompe el silencio—. ¿No te da miedo estar aquí conmigo? Ella se detiene un instante, pero no me mira. Termina de acomodar un lirio blanco y recién entonces gira el rostro hacia mí. —¿Debería tenerlo? Su respuesta es un desafío. Uno que me hace querer acortar la distancia y descubrir hasta dónde puede resistirme. Camino hacia ella, despacio. Su espalda choca contra la mesa y ya no tiene más dónde retroceder. Inclino mi rostro, quedando apenas a un suspiro de distancia. —Todos deberían temerme, Nadine. Todos. Sus labios se entreabren, como si fuera a responder, pero solo inspira hondo. En sus ojos hay algo extraño: no solo valentía, también… ¿curiosidad? Levanto una mano y, sin tocarla, paso un dedo por el aire cerca de su mejilla. Quiero ver si se aparta. No lo hace. —Pues yo no —susurra finalmente. Ese "yo no" me golpea más fuerte que cualquier arma. Una parte de mí quiere reír, otra quiere empujarla lejos y otra… otra maldita parte quiere besarla hasta arrancarle ese orgullo. Retrocedo un paso, ocultando lo que realmente quiero hacer. —Veremos cuánto dura eso, querida desconocida —le digo con una sonrisa cargada de amenaza… y de algo más. —Ya sabe mi nombre. No me siga llamando desconocida. —Para mi eres una desconocida, no se muchas cosas de ti Nadine, solo que amas las flores. —Estoy segura de que sabe mucho más que lo que dice, es así como obtuvo mi floristería y si ese fuera el caso él desconocido es usted. Yo no se más que su nombre y que hay muchas personas que le temen y sinceramente no crea que sea un monstruo, todos tienen una parte oscura dentro, algunos la muestran otros no. Esa forma de mirarme sin bajar la cabeza, sin huir… me toca fibras que creía muertas. Y entonces vuelvo a notarlo. Sus ojos. Maldición. Ella sonríe y esa sonrisa que parece inocente me lleva a un solo recuerdo. Aquella niña dulce. Ami. No. No puedo ver a Ami en ella. Me estoy volviendo loco. Ami esta en el pasado. Ami ya no está aquí y aunque yo no pueda soltarla, no debo verla en alguien más, ella era única. —Muéstrame la carpeta y toma asiento —le pido. Ella me entrega la carpeta y se acomoda en la silla frente al escritorio. Abro la carpeta y observo los arreglos que trae como propuesta para el evento que ya esta a sólo un par de días, pero confío en ella. —¿En verdad los tienes todos disponibles?. —Sí los ve ahí, es porque lo están, lo le mostraré algo de lo que no dispongo. —El evento es el fin de semana —le recuerdo, solo para molestarla. —Eso lo se, pero no se preocupe. Los arreglos estarán listos para el fin de semana, ahora cuento con ayuda —dice orgullosa. Una ayuda que yo te envié querida, aunque no lo sepas estas bajo mi mirada. —¿Cuál crees que me vendría mejor? —inquiero. —Pues todos son hermosos y elegantes así que... —No quiero algo elegante, quiero algo que sea hermoso aunque no sepan apreciarlo mis invitados —digo con mis ojos fijos en ella. —Pues si eso debe combinar con tu personalidad intimidante —dice, como si dudara por un segundo antes de sonreír— diría que el arreglo que lleva peonías blancas con toques oscuros funcionaría. Las peonías son suaves y aparentes, pero acompañadas de anémonas negras y ramas de eucalipto adquieren un carácter que no esperan. Es hermoso, pero con filo. Toma la carpeta y me muestra el arreglo, quedará hermoso, parece que ella habia pensado en todo. Peonías. Blancas. Como las que llevo a la tumba de Ami. Un calor extraño me sube por el pecho y lo reprimo con el mismo gesto con que cierro la carpeta. —Interesante combinación —respondo, más para mí que para ella—. ¿Anémonas negras? ¿Y crees que duren con las luces y el calor del salón? ¿Tienes como conseguir las peonias? —Sí y las peonias casi siempre las mantengo en la floristería, tengo un contacto para conseguirlas —contesta sin dudar—. Y las anémonas hay que hidratarlas bien, ponerles un soporte frío en la base y combinar con follaje que no se marchite. Además las anémonas son dramáticas y llaman la atención sin rivalizar con el resto de la decoración. Si quiere algo que impacte sin ser ostentoso, ese es el camino. La calma con la que habla me irrita y, a la vez, me atrae. Me inclino sobre la mesa y repaso la carpeta con más detalle. Sus combinaciones no son clichés; tienen riesgo. Y ese riesgo me provoca un maldito interés que no sé cómo manejar. —¿Y las mesas de los invitados? —pregunto—. No quiero centros que impidan la vista ni que sean tan bajos que parezcan servilletas con flores. Ella me mira, y por un instante se le quiebra la seriedad en una sonrisa pequeña. —Centros intermedios, con velas altas en algunas mesas y bajos en otras —explica, pasando la yema de sus dedos sobre la hoja de la carpeta como si dibujara el ambiente en el aire—. La variedad da ritmo. Los jarrones de cristal ahumado para las anémonas y peonías. Y en la entrada… un pilar con ramas altas, para que al entrar vean algo imponente sin que se pierda el sentido de intimidad. Levanta la mirada y la fija en mí, como desafiando a que lo critique. —No soy decoradora de eventos, Dante. Solo florista —aclara con calma—. Pero si su equipo coloca las velas o los cristales, puedo diseñar los arreglos para que dialoguen con ellos. Las flores también saben contar una historia, y la mía es la que quiero que se vea en este evento. Me sorprende. No solo tiene buen ojo, también carácter. Asiento. Sus ideas no son bonitas por bonitas: están pensadas. Considera el espacio, la luz, el movimiento de la gente. Esa conciencia me intriga. —Perfecto —digo—. Hazlo así. Quiero que nadie pueda decir que fue una elección fácil. —Lo haré —responde ella—. Y usted debe saber que los arreglos lucen mejor si se respetan los tiempos de hidratación. No todo se improvisa. Me levanto y camino alrededor de su silla con pasos medidos. Quiero leerla, entender si hay alguna grieta que me permita manipularla o si, por el contrario, esa misma grieta es lo que la hace peligrosa. —¿Has pensado en incluir algo personal? —lanzo de pronto—. Un detalle que sea tu firma. Me mira con la mezcla de desafío y sinceridad que ya conozco. —Si quiere una firma, será sutil —contesta—. Un pequeño broche con una sola flor rosa en la entrada, como contraste. Que diga: aquí alguien trabajó con cariño, aunque pocos lo noten. Esa respuesta me atraviesa. La imagen de esa flor rosa me devuelve, por un segundo, a otro tiempo: a una voz que me llamaba Dantino, a manos infantiles que tejían coronas. Aprieto la mandíbula para no traicionar lo que siento. —Bien —murmuro—. Hazlo. Antes de que se levante añado, sin pensar demasiado en cómo sonará: —Y recuerda… irás conmigo el día del evento. Todo debe estar preparado temprano para que estés libre. No quiero excusas. Ella titubea apenas, pero sus ojos no esquivan los míos. —Lo sé —dice—. Estaré ahí. Me giro hacia la ventana y dejo que la ciudad me absorba por un momento. No debo permitirme debilidades. Y, aun así, mientras ella guarda su carpeta con un aliento tranquilo, pienso en lo imposible que alguien pueda encender en mí una luz donde creía que sólo había ceniza. Pienso en Ami, en los ojos que vuelven a mí a través de Nadine, y en lo peligroso que será. Quiero saber todo de ella, cada secreto que guarda, cada rincón de su vida que nadie conoce. Es perfecta, aunque parezca alguien delicada, a quien quisieras proteger sin importar nada. Y, sin embargo, con una de esas dulces sonrisas puede hacer que pongas el mundo a sus pies. Y lo más inquietante es que ella misma puede ponerte a tus pies, sin siquiera intentarlo. En su mirada hay un vacío, sí, una sombra que la protege de los demás… pero también hay fortaleza, determinación, y es eso lo que más me atrae. Esa mezcla de vulnerabilidad y poder, de ternura y desafío, es lo que me tiene cautivo. Nadine no es solo una florista; es un enigma que quiero descifrar… aunque, tal vez, cuanto más me acerque, más riesgo corra de perderme en ella.
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