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El secreto de la heredera

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Blurb

Cansada de que los hombres solo vean en ella a la heredera del imperio automotriz más poderoso del país, Delfina Ferrari decide ocultar su verdadera identidad y vivir como una chica común.Lo que nunca imaginó fue enamorarse del único hombre que parecía verla por quien realmente era.

Matheo también es multimillonario, aunque solo le revela su nombre y mantiene en secreto el peso de su apellido. Entre ellos nace un amor intenso e inesperado, hasta que un descubrimiento lo cambia todo: Luana solo tiene diecisiete años.

Convencido de que lo correcto es alejarse, Matheo rompe el corazón de la única mujer que ha amado.

Pero el destino aún no ha escrito el último capítulo.

Con un secreto creciendo bajo su corazón y obligada a huir de una familia que jamás aceptaría su decisión, Delfina desaparece sin dejar rastro.

Años después, cuando el pasado vuelva a cruzar sus caminos, Matheo descubrirá que el precio de su decisión fue mucho más alto de lo que imaginó.

Porque hay errores que el tiempo no borra… y amores que jamás dejan de esperar.

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La heredera que no existe
Capítulo 1 : La heredera que no existe Delfina Ferrari nació en una familia donde el poder no se hereda, se respira. Los Ferrari de Maranello, no solo eran sinónimo de lujo, sino de influencia, de poder. Su padre, Pierino Ferrari, había llevado el legado más allá de Italia, fundando en Nueva York una de las sucursales más exclusivas de la marca, junto a su esposa, Giovanna, construyeron un imperio intocable. Sus dos primeros hijos crecieron entre reglas estrictas, formación impecable y responsabilidades, pero Delfina… Delfina fue distinta, ella fue más consentida. Llegó doce años después que sus hermanos, como un regalo inesperado, la más pequeña, la más protegida, la más mimada y también la más peligrosa, porque Delfina Ferrari había obtenido algo que el dinero no podía comprar y era la libertad. Por eso, cuando pisaba las calles de Nueva York, ella no existía, allí era Luana, sin apellido, sin historia, sin cadenas y esa noche, Luana estaba furiosa. —¡Basta, Kevin! —su voz cortó el aire dentro del auto como un cuchillo, lo empujó con fuerza, marcando distancia entre ambos. —Si digo "no", es no, aprende a respetar. —tomó su campera del asiento trasero del auto, abrió la puerta y bajó sin mirar atrás, cerrando la puerta de un portazo que resonó en la calle silenciosa. —Luana, espera. —Kevin salió detrás de ella, alterado. —Yo te amo princesa y quiero hacerte mía, mi amor, vamos a mi departamento, te juro que no te vas a arrepentir. Luana giró lentamente, sus ojos ya no tenían dulzura, sino desprecio. —No me entiendes, ¿verdad?—dijo, firme. —Yo voy a estar con quien quiera, cuando quiera y la verdad que ya no me interesa estar contigo. —se dio media vuelta, decidida a irse. Pero Kevin no aceptó la respuesta, su mano se cerró con fuerza sobre el brazo de ella, obligándola a detenerse. Luana tensó todo su cuerpo. —Suéltame ya mismo. —ordenó, con voz baja. —No sabes quién soy. —gruñó él, acercándose demasiado. —Cuando lo averigües, te vas a arrepentir de despreciarme, eres una idiota. El silencio se volvió pesado, pero Luana no retrocedió, al contrario, lentamente giró el rostro hacia él y sonrió, no era una sonrisa dulce, era una advertencia. —El que no sabe con quién se metió eres tú. Y en ese instante, Kevin no tenía idea de que estaba sujetando el brazo de la mujer más poderosa que jamás conocería. La sonrisa de Luana no se borró. Kevin frunció el ceño, desconcertado por esa calma que no encajaba con la situación, él estaba acostumbrado a otras jóvenes con miedo y más sumisas o que lo admiraban, pero no a ella, no a esa mujer que lo miraba como si él no fuera nadie, con desprecio. —¿De qué te ríes? —espetó, apretando aún más su brazo, cometiendo un gran error. Luana bajó la mirada hacia su mano y luego volvió a clavar sus ojos en los de él. —Última vez. —dijo, con una serenidad que helaba la sangre. —Suéltame. Kevin dudó un segundo, solo uno, pero fue suficiente para que ella actuara, con un movimiento rápido y preciso, giró su muñeca, liberándose del agarre con una técnica que él no vio venir, dio un paso atrás, marcando distancia, mientras él la miraba sorprendido. —¿Qué demonios? —Nunca vuelvas a tocarme sin mi consentimiento. —lo interrumpió. La seguridad en su voz ya no era solo carácter, era autoridad y entonces, el sonido de un motor rompió la tensión entre ellos. Un auto n***o se detuvo suavemente junto a la vereda, demasiado elegante para esa zona y demasiado lujoso. Kevin entrecerró los ojos. —¿Qué es esto? —preguntó, confundido. La puerta del conductor se abrió y un hombre alto de traje impecable, bajó con movimientos medidos, su presencia no era ostentosa, pero imponía respeto, temor. Caminó directo hacia Luana, sin siquiera mirar a Kevin. —Signorina (señorita) —dijo con respeto. —Llegamos tarde. Luana suspiró, como si aquello fuera una pequeña molestia cotidiana. —No, Enzo ya lo tenía bajo control, es un idiota con algo de dinero que se quiere llevar el mundo por delante. Kevin parpadeó, algo en su cabeza empezó a encajar, pero no quería creerlo. —¿Quién, quién eres? —preguntó, ahora con una nota de inseguridad que no pudo ocultar. Luana lo miró por última vez, esta vez sin sonrisa. —Alguien que te dio una oportunidad de comportarte como un hombre y la desperdiciaste. Se acomodó la campera con elegancia y caminó hacia el auto, antes de subir, se detuvo apenas un segundo, se giró y lo miró fijamente. —Un consejo, Kevin —añadió, al girarse. —La próxima vez que una mujer te diga "no" escúchala, eso puede ahorrarte muchos problemas, luego se subió y la puerta se cerró con un sonido seco. Kevin se quedó inmóvil mientras el auto se alejaba, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, algo que no sabía manejar y era la incertidumbre. Horas después... —¿CÓMO QUE LA DEJASTE IR? —el grito retumbó en la oficina. Kevin apretó los dientes, intentando mantener la compostura frente a su padre. Un hombre poderoso, influyente, acostumbrado a que todo saliera como él quería. —No sabía quién era —se defendió. —Para mí era solo una chica bonita y nada más. El golpe en el escritorio lo hizo callar. —Esa chica. —dijo su padre, con voz grave. —Es Delfina Ferrari. El mundo parecía detenerse. —¿Qué? —La hija de Pierino Ferrari —continuó. —La heredera más joven de esa familia, ella es multimillonaria e intocable. Kevin palideció, las piezas encajaron de golpe, el auto, el hombre y la actitud de ella con esa sonrisa. —Pero ella dijo que se llamaba Luana. Su padre soltó una risa seca, irónica. —Ese es el problema, hijo, cuando alguien como ella usa un nombre falso es porque no quiere que sepan quien es en realidad y yo pensé que sabias quien era. Se hizo un silencio pesado. —¿Sabes lo que significa esto? —añadió, acercándose. —Tocaste a alguien que está muy por encima de nosotros. Kevin tragó saliva, por primera vez tenía miedo. —Voy a arreglarlo. —dijo, apresurado. —Puedo buscarla y explicarle. —No —lo cortó su padre. —Si eres inteligente, vas a rezar para no volver a cruzarte con ella. Pero Kevin ya no escuchaba, porque en su mente solo había una imagen, sus ojos, esa seguridad, esa mirada desafiante y una idea peligrosa comenzando a tomar forma. No importaba quién fuera ella, no importaba su poder, la iba a encontrar, porque ahora ya no era solo deseo, era obsesión.

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