La primera noche se instaló con la oscuridad que solo el monte jujeño podía ofrecer. Repentina, cerrada y silenciosa, pero con la posibilidad de observar el cielo completo, con todos sus astros.
Era un espectáculo que quitaba el aliento, uno inmenso y cautivante que invitaba a poner pausa a la propia vida. Munay disfrutó de los ojos perplejos de los alumnos, que aún exhaustos se habían sentado una vez más sobre el césped y disfrutaban de aquella grandeza.
-A dormir, a dormir.- dijo Manuel, el profesor que los acompañaba llevando a cada uno con paciencia dentro de sus carpas.
Munay los observaba con sus brazos cruzados sobre su pecho. Quería esperar a que todos estuvieran durmiendo para retirarse, ese sentimiento de responsabilidad la llevaba intentar tener el control siempre.
Las risas y las linternas desde el interior de las tiendas la hicieron sonreír y cuando por fin todo se fue acallando caminò con pausa hacia su cabaña, haciéndole un gesto de despedida al profesor que se había acomodado en una reposera para tomar el primer turno de guardia. Al fin y al cabo eran adolescentes y todos sabían lo que eso podía representar.
Munay llegó a la puerta de su alejada cabaña y antes de entrar una figura en la oscuridad llamó su atención poniéndola en alerta.
-¿Quien esta ahi?- preguntó alzando una rama con su mano, como si pudiera protegerla.
-Lo siento, no quería asustarte.- dijo Martín saliendo de las sombras para mostrarse frente a ella.
Munay lo observó dejando la rama a un lado y luego volvió su vista a la puerta.
-¿Podemos hablar?- le preguntò èl despertando el recuerdo de sus ojos cuando estaban agobiados y sin poder resistirlos abriò la puerta y lo invitò a pasar.
-¿Queres un café?- le preguntó mientras dejaba la manta que había utilizado afuera para protegerse del frío de la noche y prendìa el fuego.
-Bueno, gracias.- le respondió él tomando asiento en una de las sillas mientras repetía ese gesto de llevar sus manos a su cabello, como si necesitara aclarar sus ideas.
-Perdoname si te incomodè con la historia de hoy, no quiero que pienses que tiene algo que ver con..- comenzó a decir Munay mientras preparaban las tazas. En verdad lo había visto abrumado luego de su narración y si bien en un primer momento había buscado su reacción, se había dado cuenta de que no tenía sentido atormentarlo, el hombre estaba casado y tenía un hijo. ¿Qué estaba esperando? Doce años son una eternidad.
-Todavía me cuesta creer que seas vos.- le respondiò èl, ignorando su comentario, sabía que la historia había sido para él y también sabía que se la merecía.
-Ya te dije que no cambia nada.- respondió ella sirviendo el café para luego llevarlo hasta la mesa.
-Es que sí lo hace. Muny, no sabes lo que te busquè.- le dijo èl estirando su mano para tomar la de ella, logrando que la joven la apartara con rapidez.
-No tenes que hablar de esto, no ahora. Estás casado, tienes un hijo, yo tengo mi familia. No importa el pasado, Machu, pasó demasiado tiempo, éramos muy jóvenes. No hubiesemos podido..- dijo tragando sus propias lágrimas.
No podía escuchar que la había buscado, no ahora. Necesitaba seguir fuerte, para continuar con su vida tal y como estaba.
-Estoy casado, es verdad, pero en realidad no lo estoy.- le aclarò èl, saber que ella tenìa su familia lo había aniquilado, pero no sorprendido, era algo esperable para una mujer tan hermosa como ella.
-Te dije que no importa.- repitió ella sin atreverse a mirarlo.
-Me casé creyendo que era lo mejor para la familia, pensé que con el tiempo me iba a enamorar, pero estaba equivocado. Entonces llegó Justo y otra vez sentí que tenía que guardar las formas. Me vi atrapado en una farsa que no me hacía feliz, pero como soy un cobarde no supe ponerle fin. Entonces, como suele pasarle a los cobardes, ella decidió por mí. Lo confirmé cuando me enteré lo de su profesor de spinning.- dijo con una risa irònica al final.
-tampoco puedo culparla, no es que yo fuera un santo.- dijo y Munay lo observó con algo parecido a la decepción. ¿Quién era el que estaba hablando? No se parecía en nada al Machu que ella había dejado en Buenos Aires, pensó con tristeza.
Martin la miró y la impotencia se instaló en sus ojos.
-Lamento decepcionarte, Muny, no estoy orgulloso de mi vida, pero es todo lo que pude hacer.- le dijo y ella suspiró echándose hacia atrás.
-No entiendo por qué me estás contando esto.- le dijo, estaba enojada, siempre había imaginado que su dolor había valido la pena, que él había encontrado la felicidad, que al menos uno de los dos lo había hecho y esto significaba que nada había valido la pena.
-Porque con vos es con la única persona con la que puedo ser yo mismo. Porque tenes la habilidad de hacerme sentir tan a gusto que siento que no soy tan mal tipo.- le confesó y ella por fin bajo un poco la guardia.
-Lamento que no puedas dejar una relación que te hace mal, te aseguro que si pensas que seguir juntos es lo mejor para tu hijo, te estás equivocando, los chicos entienden mucho más de lo que creemos. - le dijo volviendo a su posición en la silla, una menos lejana.
Martin la miró y algo parecido a una sonrisa se dibujó en su labios, haciéndolo lucir todavía más atractivo
-Siempre logras decirme lo que necesito escuchar, sos increible Muny. Justo es la única persona que me importa de verdad, es un niño inteligente, bueno y cariñoso. Lo único bueno que hice en la vida.- le dijo conteniendo su propia frustración. Entonces ella volvió a acercar su mano y tomó la de él.
-Eso no es verdad.- le dijo enfrentando sus ojos.
El silencio fue envolviendo sus miradas y el tiempo pareció retroceder doce años. Era increíble lo que una caricia podía despertar en el otro, la forma en la que lograban conectarse, pero era todavía más increíble que tanto tiempo después se siguieran sintiendo igual.
-Me encantaría poder creerte.- le dijo él bajando su vista a la mesa. Estaba devastado, una pequeña conversación con ella había quitado el velo que llevaba delante de los ojos. Estaba haciendo todo mal, de una vez por todas tenía que ser valiente.
-Yo sé que es verdad.- volvió a decirle mientras él tomaba el último sorbo de café y se ponía de pie. Sentía que debía irse lo antes posible, ya había arruinado una familia, no quería arruinar dos.
-Gracias Muny, perdòn por estar tan errático, creo que es mejor que vuelva a mi cabaña. - dijo mientras acomodaba la silla en la que había estado sentado y comenzaba a caminar hacia la puerta.
Ella lo imitó pero antes de abrirle la puerta, se acercó y lo abrazó.
Martin estaba inmovil, era hasta ironico la forma en la que los roles se habían invertido, En el pasado había sido ella la que se había quedado quieta, la que, aun, deseando lo mismo se había visto sobrepasada y no se había animado a tocarlo.
Ahora era él el que no sabía qué hacer.
Muny lo había atrapado entre sus brazos y el roce de sus cuerpos era tan agradable como irresistible.
-Siempre se está a tiempo de ser feliz. - le dijo al oìdo y cuando comenzaba a separarse él no quiso dejarla.
Venciendo todos sus temores enredó su abrazos en su cintura y el recuerdo de cómo se sentía lo llevó a buscar su labios. Quería besarla, necesitaba hacerlo y sin embargo ella no lo dejó, giró su rostro ofreciendo su mejilla como alternativa a sus labios.
-Buenas noches, Machu -. Dijo cerrando sus ojos mientras liberaba su cuerpo.
-Buenas noches, Muny.- respondió él apretando sus puños para no revelar su frustración.
Y como si el castigo fuera justo, se alejó para perderse en la oscuridad de la noche.