La fuerza del agua contra la embarcación lograba que pequeñas gotas de vapor golpearan sus mejillas y el viento embravecido intentaba enredar su grueso cabello despejando su rostro por completo para que su acompañante no se sintiera capaz de mirar nada más.
Munay aún no sabía cómo lo había logrado, pero allí estaba, junto a Martin en aquel barco en el que cruzaban el ancho Río de la Plata para llegar juntos y solos hasta Colonia, en Uruguay.
Un fin de semana completo para los dos, lejos de los conocidos, de las miradas y de las amenazas. Era algo con lo que Munay nunca antes se había animado siquiera a soñar y allí estaba, con el protagonistas de todos sus sueños, acariciando su cintura y sus ojos del cielo estudiando esa sonrisa irremediable que siempre aparecía cuando pensaba en él.
Era un día de otoño algo nublado, pero de agradable temperatura, lo que le había permitido a Munay llevar sus únicos shorts de jean con esa camisa blanca que su tía le había regalado para su cumpleaños. Tenía el cabello suelto y sus zapatillas de lona gastadas. Nunca se había molestado en comprar más prendas, no solo porque sabía que sería muy costoso para su tía, sino porque no le veía el sentido.
Entonces volvió a mirar de reojo a Martin, llevaba unos pantalones de lino livianos y una remera celeste con ese cocodrilo engreído que todos sus compañeros del instituto se empecinaban en lucir. Tenía el cabello a los lados de su rostro y unas gafas tan costosas como su reloj completando el atuendo.
-¿Qué te preocupa?- le preguntó Martin sorprendiéndola, últimamente era capaz de leer sus pensamientos y eso comenzaba a asustarla. Pasaban tanto tiempo juntos que se conocían demasiado bien, incluso cuando para el mundo continuaran siendo dos desconocidos
Munay alzó sus hombros y sonrió con inocencia, no iba a confesarle que no se sentía como alguien que pudiera ser su pareja, no iba a confesarle sus miedos, sus fantasmas de ser la chica becada de un rincón perdido del mundo en el que aquel cocodrilo ni siquiera existía. No quería arruinar su fin de semana juntos, no estaba segura de cuánto podía durar aquella fascinación que él parecía mostrar por ella, en el fondo temía que fuera solo una novedad y que el tiempo revelara que ella no era nadie especial y terminara regresando a su vida de lujos y mujeres rubias de piel blanca que requiere especial cuidado del sol.
-Vamos, se que algo te preocupa. Si es por tu tía, creo que fui muy convincente, ella está segura de que estamos con mi familia y que se trata de una tarea para el colegio, además ya tenes 18 años, no necesitas su permiso, no va a llamar a la policía ni mucho menos. Estamos bien, Muny.. al menos yo estoy muy bien. - dijo acercándola más a su cuerpo para darle un dulce beso en los labios que se fue convirtiendo en algo más, como solía pasarles cada vez que sus labios se unían.
Martin no estaba seguro de lo que le estaba pasando, pero sin dudas era algo bueno. No podía dejar de pensar en ella, en volver a besarla, en atraparla entre sus brazos, en escuchar su risa. No podía dejar de pensar formas de sorprenderla, de dejarse sorprender con sus comentarios ocurrentes, de dejarse conmover con su inocencia. Iba con cuidado, no quería que toda esa maravillosa forma de ver el mundo que ella tenía perdiera ni un gesto.
Junto a ella se sentía libre, sentía que podía ser el mismo, que no necesitaba cumplir un papel, un mandato, un legado, como tantas veces le había insinuado su padre. Con ella, tenía la sensación de ser feliz por primera vez en su vida.
Había imaginado aquel viaje desde el momento en el que lo había conseguido, lo quería todo, pero también sabía que lo más importante era respetarla. Si ella no quería avanzar, no iba a hacerlo, con estar allí, juntos, solos, ya se sentía afortunado.
La sirena grave y continua anunció el arribo a tierras extranjeras y aquel beso tuvo el destino de finalizar, dejando sus labios hinchados y sus cuerpos con ganas de más.
Bajaron de la mano y él se ofreció a llevar el ligero equipaje, al fin y al cabo iban a quedarse solo dos días. Pero al tomar su mochila un gesto de desaprobación se dibujó en los labios de Martin y ella arrugó los propios como si sus temores se hubieran materializados. Aquellos bolsos tan contrastantes reflejaban lo que ellos eran en realidad. Uno estaba reluciente, con sus cierres perfectos y sus pins de moda y el otro estaba reparado, limpio, pero gastado, como si hubiera tenido que dar todo de si para llegar a donde estaba, mientras que el otro había sido colocado, sin siquiera pedirlo.
-Se que le tenes un apego grande a tu mochila, pero creo que es tiempo de que elijamos otra ¿Te parece?- le preguntó él recuperando su sonrisa y ella negó con su cabeza.
-Vamos, preciosa, es solo un regalo, uno para que me recuerdes, porque parece irónico pero desde que te conocí siento que me levantaste del piso y me cargaste en tus hombros, porque Muny, si hay algo que me encanta de esto, de nosotros, es la forma en la que me haces sentir, no te das una idea de lo que me pasa cuando te veo, cuando te escucho, cuando te acaricio.- le dijo alzando su mano para rozar su mejilla con dulzura.
Entonces ella sonrió.
-Es solo una mochila, Machu.- le dijo ella sonriendo para ocultar la emoción de lo que había oído de sus labios.
-Para mi no lo es, vamos ahora mismo, elegí la que más te guste.- le dijo tirando de su mano para llevarla a la zona de pequeños negocios de aquella terminal.
Munay no podía creer todo lo que estaba viviendo desde que un malentendido la había llevado a trabajar junto a él. No podía creer estar allí, junto a él, de su mano, con la sonrisa tatuada y el corazón galopando sin respiro.
No podía creer que lo que tantas veces había leído en sus libros pudiera ser real, no podía creer que se hubiera enamorado de alguien, en apariencia tan diferente a ella, de alguien tan contrastante y tan increíble a la vez.
Y casi dando pasos en el aire, ambos continuaron el camino, con sus dedos entrelazados y sus mochilas relucientes al hombro, con la única intención de creer que algo tan hermoso, solo merecía ser vivido con libertad.