Si el día había sido increíble, aquel atardecer oficiaba de broche de oro. Habían pasado la mañana recorriendo cada rincón de esa pintoresca ciudad, habían comido juntos, habían descansado a la vera del río, se habían robado besos, risas y caricias.
Habían tomado miles de fotografías, que volvían a provocar sonrisas al volver a verlas, habían disfrutado de curiosidades oídas de un guía prestado de un grupo de turistas, con gesto de exagerada aprobación, para luego volver a reír. Ninguno podía precisar qué le dolía más, si sus pies por el andar o sus mejillas por reír.
Entonces habían llegado por fin al Riverside Boutique Hotel, uno precioso y elegante, que se robó los ojos rasgados de Munay, quien no podía dejar de mirar a su alrededor.
-¿Tenes problema con eso?- le preguntó Martin y ella lo miró sin comprender, estaba tan absorta en aquel lugar que ni siquiera había oído la pregunta.
-La habitación tiene una cama, king size igual.- le dijo riendo al final y ella se sonrojó tanto que llevó sus manos a sus mejillas para ocultarlo.
-¿King que? No importa, lo que vos digas está bien.- le dijo algo avergonzada.
Si había llegado hasta allí, sabía que ese momento llegaría. No era que no lo deseara, pero estaba muerta de miedo. No quería hacerlo mal, no quería que él se arrepintiera, no quería defraudarlo.
Martín había notado sus nervios y había tomado su mano con cariño,
-Estoy muy feliz de que estés acá conmigo, Muny, no necesitas hacer nada que no quieras, el día que pasamos hoy para mi lo fue todo. - le dijo con sinceridad y ella recuperó su sonrisa genuina.
Subieron juntos hasta la habitación y ni bien la puerta se cerró, él se apresuró a besarla, quería que fuera un beso tierno, uno que le indicara lo que sentía, pero cuando ella dejó caer su mochila al piso y enredó sus dedos en su cabello, toda la ternura le dio paso a la pasión.
Los labios hinchados devoraban el deseo, mientras Martin hundía sus manos debajo de su camisa, rozando esa piel tensa que sentía como propia. Subía y bajaba con premura mientras su cuerpo presionaba el de ella contra la pared. Los últimos minutos del día aún iluminaban la habitación y ella decidió cerrar sus ojos. No estaba lista para mirarse, no si quería dejarse llevar. Llevó sus propias manos al borde de su remera costosa, y él supo lo que deseaba, por eso se apartó un poco y se la quitó, dejando su torso musculosa y claro frente a ella y un cocodrilo olvidado en el piso reluciente. Entonces ella solo parpadeo unos segundos para mirarlo, vencida por la vergüenza, fue todo lo que pudo resistir.
Él notó su nerviosismo y buscó algo de control. Comenzó a desabrochar los botones de su camisa con pausa, cada uno revelaba un poco más de esa curvatura que siempre había imaginado y cuando por fin estuvo libre, sus dedos intrépidos recorrieron su espaldas para desabrochar la única prenda que le impedía hacer lo que deseaba. Munay continuaba con sus ojos cerrados, su cabello n***o caia sobre su pecho desnudó y los ojos de Martín no podían dejar de mirar. Era hermosa, ya lo sabía pero en ese momento, en ese lugar volvía a confirmarlo. Acercó sus manos con pausa, primero para acariciarla y al oír su gozó presionó con algo más de fuerza, logrando que el cuerpo completo de Munay se estremeciera bajó su piel.
-¿Puedo seguir?- le preguntó al oído y ella asintió con su cabeza. Era la primera vez que él se tomaba tanto tiempo, que tenían la necesidad de hacerla gozar, que priorizaba su gozo sobre el propio, aunque en el instante en el que devoró su pecho, ya no supo quién gozaba más.
Ella comenzó a arquearse, un fuego incandescente había comenzado a acompañar los temblores que su vientre ya sentía y vencida por el placer, por fin logró abrir sus ojos.
Entonces la conexión fue instantánea. Aquel cabello dorado, esos ojos celestes, esa boca reclamando lo que ya era suyo hacía rato, la llevaron a sonreír y él no pudo continuar con su autocontrol.
A pesar de sus propios labios, que no querían dejarla, se separó para alzarla en sus brazos.
-No sabes las veces que soñé con esto.- le confesó una vez que la dejó sobre la enorme cama y ella se sintió la mujer más feliz del mundo.
Sin atreverse a mirarlo se dejó desvestir para luego sentir su peso sobre ella. La recorrió con sus manos, con un reguero de calor a su paso, su mejilla, su cuello, sus pechos con especial detenimiento, su abdomen, sus piernas y cuando creyó que podría morir, acercó su boca a su oído, para comenzar a masajearla con pericia.
-Muny..- le dijo y ella no supo si era pregunta o afirmación de que era ella quien gozaba de su tacto.
-Machu..- respondió arqueándose para sentirlo más profundo.
-Lo quiero tanto que temo que sea demasiado corto.- le confesó, con su respiración golpeando su pecho desnudo.
-Decime que vos tambien lo queres.- le suplicó aumentando el ritmo de sus movimientos, obteniendo sus gemidos como respuesta.
-Lo quiero, Machu, te quiero.- le respondió ella justo cuando una oleada desconocida atravesaba todo su cuerpo llenándola tanto de gozo como de inhibición, no sabía si era correcto sentir aquello, si estaba bien quedar rendida como si acabaran de liquidarla con un simple movimiento final, si era normal sentir que tocaba el cielo, para luego desarmarse en un extenuante sentimiento de paz.
Martin no pudo aguantar más y antes de que ella volviera a abrir sus ojos, se acomodó para que aquello solo fuera el preámbulo. Que le hubiera confesado su amor lo había vuelto tan exultante que solo quería transmitirle cómo se sentía.
Reguló su fuerza al principio y cuando ella comenzó a moverse también ya no pudo esperar.
Había sido tan nuevo para ella como para él, tan glorioso, como adictivo, tan real que no querían que terminara, pero cuando lo hizo la unión se volvió inseparable.
Entonces el atardecer los sorprendió, él se sentó sobre la cama y la invitó a hacerlo entre sus piernas, no se molestaron en vestirse, solo el contraste de los tonos de su piel y sus ojos satisfechos sirvieron de armazón para sentirse invencibles.
El sol culminó su descenso y cuando la brisa de la noche amenazó con bajar la temperatura, sus manos traviesas volvieron a subirla. Porque ninguno creyó que podía prescindir del otro, ninguno quería que aquello acabara, ninguno pensó que un amor tan puro, podría tener que enfrentarse al más mezquino de los destinos, uno que los esperaría cuando el color se convirtiera en una razón para luchar y la cobardía no fuera un arma para hacerlo.