-Si, Asiri, lo prometo. Son solo un par de días, mi amor, la abuela dijo que te llevaría a la ciudad para comprar lo que falta y luego ya nos vemos.- dijo Munay al teléfono mientras daba vueltas bajo aquel enorme árbol en lo alto que vestía los márgenes del predio, y era el único lugar con señal en toda la escuela.
Siempre regresaba los fines de semana para estar con ella, su hija había terminado la escuela primaria y se preparaba para completar sus estudios en Buenos Aires, ella misma iba a pedir una licencia para acompañarla, pero aún faltaba un mes para ello y tenía que culminar sus funciones en la escuela rural. Por eso había pasado las últimas semanas lejos de ella y eso era algo que le dolía. Nunca habían estado separadas, había estudiado con ella en la escuela rural y cada fin de semana regresaban a la casa de su abuela para pasarlo en familia. Munay tenía tantos hermanos y primos en aquel pueblo que no tenían tiempo de aburrirse.
Sin embargo, este fin de semana, no iba a regresar, si haber pasado cinco días lejos de ella le había costado antes, que se convirtieran en quince no era de su agrado, pero Munay no tenía opción. Los estudiantes de Buenos Aires viajaban a Purmamarca junto con sus alumnos, los habían invitado y ella no podía quitarles esa experiencia, era injusto que viviendo tan cerca de aquel paradisiaco destino no lo conocieran, por eso había accedido y ahora lamentaba tener que comunicárselo a su querida hija.
Munay cerró sus ojos y suspiró, su niña era una gran persona, ni siquiera reprochaba su ausencia, aunque sabía que la extrañaba y eso la conmovía.
-Te amo tanto.- le dijo y al abrir de nuevo sus ojos unos incisivos y cautivantes la estaban mirando.
Martin oyó esas palabras de sus labios y el hecho de que no estuvieran dirigidas a él lo aniquiló. Claro que no había querido besarlo, habían sido demasiados años y aunque él sintiera que con solo verla los días no había pasado, ella tenía una vida. Un amor, al parecer
-Ya está todo listo.- le dijo con tono seco, al ver que ella cubría el teléfono con su mano y lo miraba expectante.
-Ya voy, gracias.- le respondió y una vez que lo vio marcharse culminó la comunicación con su hija.
No se sorprendió al notar que se había sentado lejos en el micro y decidió que era mejor así. No era bueno conversar, no podía ser sincera con él, no como él lo había sido. Y aunque todo su cuerpo le recordaba cuánto le gustaba, cuanto lo había querido, debía dejar todo como estaba, en el pasado, olvidado.
Llegaron a destino dos horas después y los jóvenes se apresuraron a reservar sus habitaciones, era una sola noche, pero iban a descansar allí, para no viajar de noche.
Los adultos ayudaron con la logística y pocos minutos después estaban en un restaurante disfrutando de un delicioso almuerzo norteño.
Manuel, Laura, Lorenzo y Martin ocupaban una mesa con Munay y los adolescentes se habían dividido para ayudar a los más pequeños.
-No puedo creer que es la primera vez que vienen.- dijo Manuel sorprendido y Laura se sonrojó frente a su comentario.
-No es barato venir, esta zona se hizo muy turística y los chicos nunca hubieran podido afrontar un almuerzo como este, les agradezco mucho que los hayan traído, es la primera vez que un colegio lo hace.- respondió Munay con su habitual sonrisa encantadora.
-Agradecele a Martin, esto corrió por cuenta de su agencia.- dijo Manuel saboreando un delicioso flan que le habían llevado con dulce de leche y crema.
Munay lo miró sorprendida,
-No era necesario. Y aunque estoy muy agradecida, esto es demasiado.- le dijo pero él alzó sus hombros restando importancia.
No podía dejar de pensar en su familia, en el afortunado que besaba sus labios cada noche, en el que poesía su cuerpo, uno que recordaba a la perfección, con el que había soñado demasiadas noches castigándose en la compañía de quien no era ella.
Había creído que el tiempo había logrado borrarla de su mente y sin embargo el destino lo había llevado hasta allí, reviviendo cada caricia, cada beso, cada risa, que ya no le pertenecía. Y todo era su culpa, su cobardía, su propia pena alojada en su corazón, intentando permanecer de modo latente, oculto, hasta que esos ojos imposibles de olvidar regresaron de la manera más cruel, ya que ya no estaban solos.
-Nada nunca va a ser demasiado.- le respondió poniéndose de pie para salir del restaurante, aunque todos habían creído que hablaba de los niños de esa escuela, Munay sabía que no era así. Lo observó con disimulo a través de la ventana y su cabeza gacha y sus pies arrastrando el polvo le confirmaron que estaba abatido. La culpa lo estaba exprimiendo, una culpa que ella había dejado en el olvido, no porque no le doliera, si no porque en el fondo ella siempre había sabido que el final se parecería al que fue.
-¡Vamos muchachos! Hora de la excursión.- anunció el guía generando la expectativa de todos los presentes.
El grupo se alineó detrás de él, iban a visitar el cerro de los siete colores, un lugar fascinante con una mística tan eclipsante como la luminosidad de sus laderas, lleno de leyendas acerca de su formación y sus poderes. Un lugar hermoso que invitaba a deleitar la vista, un lugar soñado, que regalaba esperanza. Y no supo si fue esto último o su corazón incansable latiendo por él, pero Munay se animó a demorar su salida y buscar a Martin.
-En serio, esto es demasiado.- le dijo llamando su atención.
Martin se dio vuelta y la vio, tan hermosa como siempre, con su ropa blanca liviana contrastando de manera sublime con su tono de piel, sus ojos rasgados sonriendo y su mano estirada a punto de tocarlo.
-En serio, nada va a ser demasiado, fui un idiota, pero tenes que saber que hasta hoy mismo sufro las consecuencias. Muny, dicen que el tiempo lo cura todo, pero cuando te volví a verte supe que eso es mentira. Uno no puede curarse de un amor como el nuestro.- le dijo tan abatido que ella continuó el camino de su mano para tomar la suya.
-Deja de decirme cosas tan lindas que no voy a poder seguir en mi papel.- le dijo con una media sonrisa y al verla él no pudo más que imitarla.
-¿Podemos ver el cerro después? Hay algo que me gustaría contarte.- agregó ella, había llegado el momento, ya no podía mentirle, no después de haberlo visto tan destruido
-Por mi no lo veamos nunca.- le respondió con algo parecido a la sonrisa de lado de la que había abusado en el pasado y ella tiró de su brazo para que la siguiera.
Había llegado el momento de rendirse, porque a veces esa era la mejor manera de vencer.
Aunque a esta altura ya no supiese que significaba vencer para ellos.