++++++++++ Su mano seguía ahí, clavada en mi entrepierna, firme, como si me perteneciera, como si de pronto yo no tuviera derecho a moverme sin su permiso. Y yo… yo me acerqué más, mi aliento rozándole el cuello, mis labios casi rozando su oreja. —¿Por qué no follamos y ya? —le susurré con rabia y con deseo a la vez—. Nos alejamos o miramos, pero tenemos que ver el futuro… ¿qué? Dime, Bastien. ¿Tienes a una mujer? Dímelo. Me aparté bruscamente, como si al decirlo hubiera roto algo dentro de mí. Mi corazón retumbaba, mi cuerpo estaba encendido, y la verdad era una: lo estaba intentando, maldita sea. Estaba intentando olvidarlo, pero no podía. Él giró apenas la cabeza, sus labios se curvaron en esa media sonrisa cargada de soberbia. —No puedes jugar con los hombres, Juliette. Solté una

