++++++++++ Estamos desayunando. La mesa ante mí está servida como si fuera un festín digno de cualquier película de ricos y poderosos: huevitos revueltos perfectamente esponjosos, pan tostado dorado, beicon crujiente y jugo recién exprimido que huele a fruta madura. Philippe, con esa arrogancia que lo caracteriza, ha pedido un filete jugoso que humea frente a él, y no puedo evitar notar cómo su sonrisa se mezcla con satisfacción y posesión. Intento concentrarme en mi comida, en el acto mecánico de cortar, probar y masticar, mientras mis pensamientos se agolpan como un río turbulento. Cada bocado es una distracción, un intento inútil de ignorar la tensión que crece entre mi estómago y mi garganta. Mi celular suena. Lo siento vibrar en mi bolso, un sonido que corta como un disparo en la q

