Aria Fox
🎶Tú piensas que la luna estará llena para siempre
Yo busco tu mirada entre los ojos de la gente
Tú guardas en el alma bajo llave lo que sientes
Yo rompo con palabras que desgarran como dientes🎶(Con solo una sonrisa/ Melendi)
A veces pienso que la luna es un espejo cruel, que se empeña en mostrarnos lo que creemos eterno y lo que en realidad es efímero. Yo fui una niña cuando lo vi por primera vez… y aunque mis manos eran demasiado pequeñas para sostener su mundo, mi corazón ya había decidido guardarlo dentro. Evan Olsen… nunca miró más allá de mi edad. Tal vez era lo correcto, tal vez era la única manera de protegernos de algo que podía habernos consumido demasiado pronto.
Los años han pasado, pero hay cosas que no cambian: su sonrisa, por ejemplo. Esa sonrisa que todavía se enciende cuando sus ojos tropiezan con los míos, revelando un recuerdo vivo que nunca quiso enterrar del todo....
Y aquí estoy, leyendo por décima vez la nota escondida en su tulipán, ese que me entregó anoche en un gesto clandestino, dejando en mis manos un secreto imposible de callar.
«Este tulipán guarda un secreto sencillo: significa un “ME GUSTAS”. Si te lo entrego, Aria, ya sabes lo que en realidad te estoy diciendo. E.O.»
Solté un suspiro profundo mientras acariciaba aquel pequeño papel, interrogando al silencio con preguntas que nadie más podría responder:
¿Cómo convencer al viento de que hay perfumes que no se olviden, que parecen quedarse flotando en la piel del tiempo?
¿Cómo confesarle a la luna que en mi pecho habita una grieta tan honda que solo quien la dejó sabría descifrarla?
Me esfuerzo por redirigir la historia, no solo la mía, también la nuestra. Intento que el rumbo siga la línea que el destino trazó, que mi vida se escriba con el nombre y el apellido que parecen corresponder.
Pero entre cada palabra que callo y cada paso que avanzo, persiste la duda. Un eco sutil, obstinado, que se niega a morir y me recuerda que hay verdades que no necesitan pronunciarse para seguir ardiendo en silencio.
Él lo sabe. Lo veo en sus ojos. Lo sabe cada vez que me mira y sonríe con esa calma que tanto me atormenta. Y yo… yo camino sobre la cuerda floja del tiempo, fingiendo que no escucho el eco de lo que no vivimos, fingiendo que no siento el peso de lo que pudo ser.
Quizás mi historia con Evan nunca llegue a escribirse, o tal vez ya esté escrita en un idioma secreto que solo la luna y yo sabemos descifrar. Lo cierto es que ninguna boda ni ningún destino podrán arrancar lo que habita en nuestro silencio. Ese que parece ser… nuestro único lenguaje.
El feroz ladrido de mi perro irrumpió en mi habitación, despertándome de mis pensamientos distorsionados y caóticos mientras saltaba con fuerza sobre mi cama.
—Hola, bebé —dije, acariciando su cabeza con ternura.
Hades es hijo de Lucifer, un imponente rottweiler que mi padre le regaló años atrás a mamá.
Cuando Lucifer partió de este mundo, dejándonos solo recuerdos y ecos de su presencia, Hades se convirtió en ese recuerdo vivo que aún camina a mi lado.
—Vamos, bonito… hoy no podré quedarme a jugar contigo, voy a salir con Evan a ver pasteles de boda.
No sé si fue la mención de Evan o la anticipación de mi salida, pero Hades respondió con un ladrido feroz, reclamando mi atención con un dramatismo que parecía casi humano.
—Tranquilo, Hades —susurré—. Prometo que esta noche jugaremos como siempre.
Se acurrucó en la cama como un bebé, y por un instante olvidé cualquier preocupación, dejándome envolver por su calor.
Me levanté y miré la hora. Evan había dicho que pasaría por mí a las diez. Elegí un atuendo cómodo pero elegante: perfecto para recorrer pastelerías y probar los pasteles que él había seleccionado con tanto esmero.
Cuando finalmente estuve lista y satisfecha con mi reflejo, Hades y yo descendimos al comedor, donde mis padres desayunaban juntos, tan armoniosos como siempre. Los observé y pensé que el regalo más precioso de la vida es tener un amor tan puro que basta con mirarlo para que brille.
—Buenos días, papá. Buenos días, mamá —los saludé, besando sus mejillas con cariño.
—Ven, princesa —dijo papá con una sonrisa—. Desayuna antes de salir; no quiero que mi hermosa artista se desmaye a medio camino.
—No seas exagerado, Alan —comentó mamá, con su tono habitual de reprimenda amable.
—Dime, mi amor, ¿qué harás hoy?—preguntó mamá después de regañar a mi padre.
—Bueno —dije con una sonrisa ladina—, debo confesarles que Evan, ahora es algo así como una “dama de honor” quien con protocolo y entusiasmo, me acompañará en los preparativos de la boda con Jacob. Hoy iremos a elegir pasteles.
—Vaya… ese chico o está desesperado o es completamente loco, para involucrarse con una mujer que claramente se casará con otro —comentó papá con su tono mordaz habitual.
—No hables tan duro, Alan —intervino mamá—. Recuerda que tú fingiste un asalto y te dejaste golpear solo para llamar mi atención.
Los tres reímos recordando esas medidas extremas que mi padre solía tomar con tanto dramatismo.
—Y tú, Aria —continuó mamá, con esa mirada que mezcla diversión y resignación—, déjame decirte que eres igual de diabólica que tu padre. ¡Pobre muchacho.!
—Pobre… ¿mamá, por qué? —pregunté, con un matiz de ironía en la voz—. No permitiré que me malinterpretes; él se sumó a los preparativos por voluntad propia, yo no lo obligué —añadí, encogiéndome de hombros con absoluta naturalidad.
Mamá me lanzó una mirada que giraba los ojos con desaprobación cómica y movió la cabeza, diciendo:
—Aria Fox… eres terrible.
—Quizá tanto como tú —respondí, guiñándole un ojo.
En ese instante, uno de los miembros del personal anunció que Evan había llegado y que lo habían hecho pasar a la sala. Pero antes de que pudiéramos reaccionar, Hades salió disparado como un proyectil.
—¡Guau, guau! —ladró con intensidad.
Corrí tras él mientras mis padres me seguían, entre risas y expresiones de alarma.
Evan, semi-escondido detrás del sofá, preguntó con un dejo de asombro:
—Aria, ¿de dónde sacaste ese animal que más parece un demonio que una mascota?
Lo miré con una sonrisa ladeada y un brillo travieso en los ojos.
—Evan, él es Hades… —dije, acercándome para acariciar la poderosa cabeza de mi perro—. Te lo presento.
Hades ladeó la cabeza y me lanzó una mirada que parecía preguntar: ¿tú lo trajiste?
—¡Tranquilo, bonito! —le susurré—. No le hagas daño, porque si no, mamá se va a enojar.
En respuesta, se dejó caer al suelo de manera exagerada, fingiendo estar muerto con un dramatismo que parecía heredado de esta familia. Qué podía decir… hasta el perro tenía un talento innato para el teatro.
Evan recuperó la compostura, intentando mantener la calma:
—Buenos días, Alan… buenos dias Victoria —saludó con cortesía, esbozando una sonrisa.
—Hola, Evan, bienvenido. Y disculpa a Hades —respondió mi padre, riendo suavemente—. Así era su padre; nunca le agradaba que hombres se acercaran a su madre Victoria.
Los tres estallamos en risas ante sus palabras, mientras mamá le lanzaba una mirada fulminante:
—Alan Fox, no vuelvas a hablar de mi pequeño Lucifer, ese que tú mismo me regalaste.
—Sí, lo hice para que te cuidara, cariño —dijo papá, encogiéndose de hombros—. Pero ahí se vio la traición: ¡intentó morder la mano de su propio amo!
Hades, ignorando nuestras risas, se levantó y se restregó contra las piernas de mi padre, exigiendo atención inmediata.
—Sí, pequeño —dijo papá acariciándole la cabeza—. También extrañamos a tu padre.
Evan se acercó un poco más, con una mezcla de curiosidad y humor:
—Bueno… al menos ya sé que solo es cuestión de ganarme su cariño, ¿no?
No pude evitar reírme ante su comentario:
—Seguro que sí. Pero si le traes huesos especiales, ya tienes su corazón ganado —dije, guiñándole un ojo.
Hades, parecia comprender cada sílaba, ladeó la cabeza con solemnidad, adoptando el aire de un juez supremo que acababa de dictar sentencia. Todos reímos ante su teatralidad inigualable.
—¡Hades, compórtate! —exclamé acariciando su cabeza, antes de darme vuelta—. Mamá, papá… ya me voy.
—Ve con cuidado, princesa. Evan, cuídala por favor —dijo papá, con voz firme.
—Por supuesto, Alan. Puedes contar con ello —respondió Evan con un gesto serio, aunque sus ojos brillaban de picardía.
En ese momento salimos. Evan me abrió la puerta de su elegante auto con toda la pompa de un caballero de antaño.
—Gracias —murmuré mientras me acomodaba en el asiento.
Cuando él subió del otro lado, no pude evitar soltar la pregunta que me quemaba la lengua:
—Evan… ¿este auto lo rentaste?
—No, Aria. Lo compré.
—¿Lo compraste? ¿Solo para usarlo un mes en tus vacaciones? ¿No es… demasiado? —lo miré con incredulidad.
Él sonrió de lado, con esa calma arrogante tan suya:
—Para nada. Los autos son como las mujeres… necesitas que el que conduces sea tuyo.
Me quedé sin palabras, entre molesta y divertida, mientras un leve rubor me traicionaba. El trayecto continuó en un silencio solemne, pero lejos de ser incómodo, parecía lleno de un significado tácito.
Cuando llegamos a la primera pastelería, quedé impactada: parecía un pequeño castillo de azúcar, con vitrinas que brillaban como vitrales dulces y techos que parecían cubiertos de glaseado.
—Evan… esto es… ¿un cuento de hadas comestible? —pregunté, atónita.
Él sonrió divertido, disfrutando mi sorpresa.
—Te lo advertí, Aria. Elegir un pastel de boda no es cuestión de azúcar y harina. Es un símbolo. Mira… —señaló los cinco diferentes pasteles expuestos, con un aire casi poético—.
1. —Ese pastel de varios pisos representa la eternidad. Cada capa es un año de amor, apilado con cuidado para sostener el siguiente.
2. —Ese con flores blancas habla de la pureza y del comienzo de algo que se quiere conservar intacto.
3. —El de tonos dorados representa prosperidad; es como prometer que nunca les faltará brillo, ni en los días más oscuros.
4. —Ese decorado con cintas rojas simboliza pasión. El recordatorio de que un matrimonio no solo se nutre de dulzura, sino de fuego.
5. —Y aquel, el más sencillo, con glaseado suave y sin adornos, significa lo esencial: que al final del día lo que importa no es el espectáculo, sino el amor que se comparte.
Lo miré, asombrada por la ternura y la hondura de su voz. Sin embargo, en mi interior, Evan me impresionaba aún más; cuando lo conocí no parecía un hombre de gestos delicados. Era directo, coqueto, sí, pero jamás lo imaginé con esta faceta romántica… y eso, de algún modo, desconcierta a mi corazón.
—Eres consciente de que hablas de pasteles con la solemnidad de un poeta, ¿verdad? —le dije entre risas.
—Claro —respondió él, inclinándose un poco hacia mí con un destello travieso en los ojos—. Porque si el amor es dulce, ¿qué mejor forma de explicarlo que con un pastel?
Solté una carcajada, incapaz de resistir su mezcla de coquetería y encanto, mientras pensaba que, por mucho que lo negara, Evan o se tomaba muy en serio su papel de “caballero de honor” o definitivamente quería intentar conquistarme.
La pastelera, una mujer de gesto afable y delantal blanco impecable, nos ofreció una bandeja repleta de delicadas muestras. Nos acomodamos en una mesa pequeña, dispuesta junto a la ventana, y entonces comprendí que aquel lugar no existía para otra cosa más que para hacer el mejor pastel de bodas.
—Empecemos con el clásico: vainilla con crema de almendras —dijo Evan sonriendo como un experto.
Evan me miró con fingida solemnidad.
—Aria, prepárate… este es el “pastel de las familias felices”. El que sueña con hijos corriendo por el jardín y desayunos en cama todos los domingos.
Probé un bocado y me reí.
—Sabe delicioso… pero aún no estoy segura de querer que un pastel me recuerde pañales y madrugadas futuras.
Él arqueó una ceja.
—Entonces vayamos al siguiente.
La pastelera ofreció un trozo de bizcocho de chocolate oscuro con relleno de frutos rojos.
—Este se llama “Pasión Salvaje” —anunció, provocando que incluso la dueña del lugar soltara una risa ante los nombres con los que bautizaba cada creación.
Evan, en cambio, sonrió con esa malicia sutil que siempre parecía esconder más de lo que mostraba. No se detuvo ni un instante; siguió hablando con la seguridad de quien sabe que, más allá de un simple pastel, estaba revelando un mensaje oculto, uno que solo yo debía descifrar.
—Oh, este definitivamente te describe más, Aria. Chocolate intenso, con un centro ardiente de frambuesa… como tú. Dulce en apariencia, peligrosa en el interior.
Lo miré indignada, aunque no pude evitar sonrojarme.
—¡Eres insoportable.!
—Y encantador…. Que no se te olvide —corrigió él, llevándose un trozo de pastel a la boca.
El siguiente era un pastel de limón con glaseado ligero.
—Refrescante, ligero, sin complicaciones —explicó la pastelera, con el tono con el que Evan usaba.
—Este —dije probándolo— debería llamarse “el matrimonio zen”. Nada de dramas, todo equilibrio, para callar a Evan, pero pronto descubrí que eso era “misión imposible”
Evan fingió un bostezo.
—Aburrido. Tú y yo no estamos hechos para la calma, Aria.
—¿“Tú y yo”? —pregunté con ironía, porque técnicamente él no era el novio, claro está.
Él se limitó a sonreír, con la descarada naturalidad de quien enuncia una verdad tan evidente que no admite réplica.
El cuarto pastel era de caramelo salado con nueces tostadas.
—Este es para los que creen que el amor es un contraste: dulce y amargo, suave y crujiente —comentó la pastelera, compitiendo con Evan, parecía que no quería dejar que le siguiera robando protagonismo.
Evan tomó un trozo y me lo ofreció directamente, casi rozando mis labios con sus dedos.
—Prueba, Aria. Si este pastel fuera un hombre… sería yo. Complejo, irresistible, con un punto de locura que te engancha.
—Y con un ego que no cabe en la pastelería —respondí, dándole una mordida al pastel sin quitarle la mirada de encima.
Finalmente, nos ofrecieron un pastel de coco y piña, ligero y fresco.
—El “paraíso tropical”, ideal para quienes creen que el amor es una aventura.—expresó Evan, sin dejar hablar a la señora.
Evan lo probó y se inclinó hacia mí.
—Este, Aria, es el que deberías elegir. Porque el matrimonio, como este pastel, debe hacerte sentir que cada día es una escapada a un lugar donde todo es nuevo, divertido y sorprendente.
Lo miré, entre divertida y conmovida, sin saber si reír por sus carismáticas palabras o dejarme llevar por el brillo sincero de su mirada.
—Lo tuyo, Evan, no es escoger pasteles… es convertirlos en un arte de seducción —respondí con firmeza, aunque en mi voz se deslizó un matiz inevitable de ironía.
Él contraatacó con una sonrisa traviesa, de esas que dicen “me salí con la mía” sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Pero como lo suyo también era hablar respondió:
—Lo mío, Aria, es endulzarte la vida, aunque te resistas.
Al final, nos quedamos con la pastelera para confirmar cuál sería el pastel ideal. Aún debía pensarlo, y quizá incluso discutirlo con Jacob antes de tomar una decisión.
—Hacen una linda pareja, los dos… señorita, tiene un novio muy perceptivo; con él, en realidad, estoy segura que nunca se aburrirá en el matrimonio —comentó la pastelera con una sonrisa cómplice.
—Oh… no —intenté aclarar, tragándome las palabras, porque él no era el novio. Pero antes de que pudiera explicarme, Evan intervino con su acostumbrada naturalidad y una propina generosa en mano:
—Es usted muy amable, señora —dijo—. Espero que esto compense cualquier molestia causada. Muchas gracias.
No pude evitar soltar una carcajada silenciosa mientras lo veía inclinarse con esa mezcla de encanto y descaro que parecía haber adoptado últimamente.
Así fue como salimos, y decidí, finalmente, que no diría nada más. Después de todo, había algo delicioso en dejar que Evan se encargara de convertir incluso los malentendidos en un pequeño espectáculo romántico. Y no , no negaré que me estaba divirtiendo quizá igual o más que él.
La tarde pasó en un suspiro a su lado, entre sus divertidas explicaciones sobre pasteles y las risas que yo no podía ocultar. Al llegar a mi casa, Evan me entregó dos paquetes.
—¿Y esto? —pregunté, curiosa.
—El pequeño es para ti, algo que no olvidé —dijo, con una sonrisa que escondía complicidad—. Y el grande… es para tu muy dulce “bebé”, Hades, para ganarme poco a poco su cariño y no quiera destrozarme cada vez que me vea, háblale de mí con cariño…
No pude evitar reírme, es que este hombre tenía esa facilidad.
—Aria, ¿te has dado cuenta de algo? —preguntó, bajando un poco la voz, juguetón—. A mi lado, tú solo sonríes.
—Pues claro —respondí, divertida y astuta—, soy una mujer muy feliz. Además, haces demasiadas bromas.
Él se inclinó un poco más, acercándose peligrosamente, con un brillo en los ojos que me hizo estremecer:
—O quizá… solo disfrutas de estar junto a mí.
Mi corazón dio un vuelco. La frase quedó flotando entre nosotros, provocando un silencio que no necesitaba más palabras…
¿En realidad se está ganando la oportunidad de qué yo disfrute de su compañía?