Día 4🌷🥧

3607 Words
🎶 Yo no tengo miedo Yo lo que tengo niña es un plan secreto Que es muy difícil que no nos salga 🎶 (No tengo nada/ Alejandro Sanz) Evan Olsen «Puedes detenerte a tomar un respiro, pero jamás rendirte… y mucho menos cuando se trata de conquistar aquello que da sentido a tu vida y que anhelas conservar para siempre.» susurro mirándome al espejo. Hoy amanecí con esa certeza grabada en la mente y en el pecho: era un nuevo día, una nueva oportunidad para acercarme un paso más a ella. El aire fresco de la mañana parecía susurrarme que algo bueno podía suceder, y esa idea me dio el impulso para salir de casa antes de que el sol terminara de despertarse. Decidí ir en auto, no por pereza, sino porque llevaba conmigo un tulipán cuidadosamente envuelto, mi pequeño plan para arrancarle una sonrisa y tal vez, con suerte, dibujar en su mirada ese brillo que sólo aparece cuando está genuinamente feliz. Llegué temprano al parque, tan temprano que fui el primero en pisar el sendero, todavía perlado de gotas de rocío. La sorpresa —o quizá el golpe— me alcanzó de lleno al comprender que ella no llegaría. De Aria no quedaba huella alguna. Mi corazón, que hasta ese momento trotaba confiado, empezó a golpearme el pecho con una inquietud incómoda. Saqué el teléfono y marqué su número… apagado. No sabía si debía salir a buscarla o quedarme esperando. Para sofocar la ansiedad que me devoraba, empecé a trotar, confiando en que el compás de mis pasos lograra acallar la tormenta que rugía en mi mente. Sin embargo, con cada vuelta, las mismas preguntas me desgarraban por dentro: ¿Qué ocurrió? ¿Dónde estás, Aria? Susurré su nombre una y otra vez, esperando que el viento pudiera llevarle mi voz. Transcurrió casi una hora, y el parque se tornaba más desolado que nunca ante mis ojos. Ni siquiera el aroma envolvente del café —esa nueva costumbre que anhelaba compartir con ella— logró seducir mis sentidos en esta ocasión. Regresé a casa con un sabor amargo en el alma, paralizado por la incertidumbre, y sin la claridad necesaria para trazar mi próximo paso. Me metí bajo la ducha fría, dejando que el agua golpeara mi piel y, con suerte, despejara mis pensamientos agitados. Al salir, con el cabello aún húmedo y la toalla rodeando mi cintura, volví a intentarlo: marqué su número una vez más. Ni un tono. Ni una voz. Solo esa ausencia que empezaba a sentirse demasiado presente. Decidí llamar a mi padre, pero su celular seguía apagado, como lo estuvo ayer. Sin muchas opciones, marqué al número de la casa, y para mi sorpresa, quien atendió en esta ocasión, fue mi cuñado, Nigel Fletcher. —¿Hola? —contestó con ese tono despreocupado que tiene cuando sabe que domina la situación. —Hola, Nigel, ¿cómo estás? —pregunté intentando sonar casual, aunque por dentro me revolvía la ansiedad. —Hola, Evan, bien, aquí de visita con los niños. ¿Y tú, cómo estás ? Tu padre nos comentó que estás en Londres. —Sí, aquí estoy. Me di un mes de vacaciones… —le respondí, evitando soltar la bomba de que en realidad estaba aquí para irrumpir en la boda de Aria, su prima. —Eso suena bien. Nosotros viajaremos los últimos días del mes para la boda de Aria. Una punzada me atravesó el pecho al escuchar esas palabras. ¿Qué pensabas Evan? Me pregunté internamente. Era obvio, que ellos también recibieron la invitación que papá me entregó. —Nigel, ¿puedo preguntarte algo? —dije, tanteando la oportunidad. —Claro, dime —respondió con esa calidez que siempre me hizo sentir que era el hermano que nunca tuve. —¿Cómo hiciste para que Eva reconsiderara su compromiso y, al final, se quedara contigo? —solté, sin mencionar a Aria, pero con toda la intención en la pregunta. Nigel soltó una pequeña carcajada y dijo: —Mira, Evan, primero déjame compartir contigo algo que mi padre siempre decía: cuando un hombre ama, lo sabe desde el primer instante en que la ve. Te lo digo en serio, tuve días en los que casi me rendía, pero ese legado no me permitió bajarme del ring. Mi padre Cedric era directo y sin rodeos; enamoró a mi madre de esa forma. Digamos que seguí su ejemplo: fui con todo, sin medias tintas, Porque debes hacerle entender a la mujer que amas: que ella es el centro de tu vida, tu destino inevitable, y que no hay camino posible que la aleje de ti.—dio un largo suspiro para preguntar—¿por qué me lo preguntas? —me lanzó con un tono curioso en su voz. No lo pensé mucho y le conté parte de mi dilema. —Bueno… hay una mujer a la que quiero hacerle entender que soy yo con quien debe estar —respondí, intentando sonar indiferente, pero el corazón me traicionaba. —Ah, ya veo, Evan. Mi consejo: sé sincero, no te guardes nada y enamórala con cada gesto, con cada palabra, con cada instante. Entrégale todo tu corazón y no te arrepentirás. Y recuerda, los trucos de seducción… siempre son el as bajo la manga. —Gracias, Nigel. Lo tomaré en cuenta. Suerte con todo y nos veremos a fin de mes. Colgué el teléfono y suspiré. Otro día más sin poder hablar con papá, pero al menos tuve a Nigel para recordarme que en esto del amor, rendirse no es una opción. En mi celular revisé las fotografías que nos habíamos tomado y una sonrisa se dibujó sin permiso en mi rostro. Deslicé el dedo sobre la pantalla y, casi sin darme cuenta, susurré para mí mismo: —Aria, te voy a reconquistar… y cambiaré el rumbo de esa boda y de nuestra historia de amor. De repente, una idea me asaltó, y sin pensarlo mucho marqué a Asher. —Hola, Evan, por fin apareces, ¿cómo estás? —su voz llegó con ese tono relajado y un poco burlón que suele usar cuando hablamos. —Bien, Asher. ¿Qué planes tienes para hoy? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque el corazón me jugaba bromas. —Nada fuera de lo común, cena familiar en casa. ¿Quieres venir? —me lanzó la invitación con esa naturalidad que sabía que no podía rechazar, pues su invitación me llegaba en el momento perfecto. Sonreí, con un poco de malicia, el pretexto ideal para ir a la casa de Aria. —Gracias por la invitación —respondí, intentando ocultar la emoción que me hizo vibrar, pues sabía que esa era una gran posibilidad para poder saber de Aria. —No es nada, Evan. Seguro mis padres estarán encantados de recibir al hijo de uno de sus grandes amigos. —Su tono tenía ese dejo de confianza que me hizo sentir en casa, incluso a kilómetros de distancia. —¿Te parece si llego a las siete? —pregunté. —Perfecto, te esperamos.—respondió. Después de despedirnos, permanecí un instante sentado en el sofá, dejando que la quietud de la habitación madurara una idea. Sin pensarlo demasiado, tomé las llaves del auto y salí. La tarde transcurrió entre calles y escaparates, recorriendo pastelerías. Buscaba el lugar preciso, aquel capaz de ofrecerme un pastel que no fuera simplemente un postre, sino un mensaje silencioso, delicadamente preparado: un susurro dulce que, sin pronunciar palabra, dijera “Voy a enamorarte”. Me detuve a contemplar cada glaseado, cada filigrana de chocolate, imaginando cuál de ellos lograría dibujar en su rostro esa sonrisa que, incluso en sueños, me seguía encontrando. Sabía que mis indirectas a veces rozaban lo obvio, quizá hasta la presionaba un poco, pero esta vez quería que cada detalle contara. No sabía qué iba a suceder esta noche, pero una cosa era segura: iba a intentarlo. Reconectar, reavivar, reinventar… y si era necesario, hasta convertirme en el protagonista inesperado de esa cena familiar. Porque, al final, ¿quién dijo que para conquistar a una mujer no se puede ser un poco astuto y otro poco loco? Ya era bastante tarde cuando finalmente llegué al departamento, cargando con una torta que había encontrado: una bomba explosiva de sabor, una tarta de frutos rojos que prometía conquistar cualquier paladar exigente. La llevaría como postre para la cena, sin perder tiempo, me di un duchazo rápido, me vestí con ropa formal—pero sin perder ese aire casual que me caracteriza—y me dispuse a salir. No voy a negar que, cada vez que sabía que tendría un encuentro con Aria, mi corazón galopaba desbocado como un caballo sin freno, un adolescente rebelde que no sabe qué hacer con tanta emoción. Sin embargo, la alegría siempre superaba ese nerviosismo, como un faro que guía en la oscuridad. Al llegar a la casa, Asher me recibió con su rostro serio pero acogedor, aunque noté la ausencia de su hermano Alistair. Según me comentó, se había quedado en el hospital; ahora es un prometedor neurocirujano a punto de graduarse con una subespecialidad que no alcanzo a entender del todo, pero todos en la familia están orgullosos de él. Aunque mi afinidad es más con Asher, no significa que Alistair no me caiga bien. Entré el salón donde estaban reunidos Alan y Victoria, sus padres. No vi a Aria por ninguna parte, y la inquietud me picó, casi con ganas de preguntarle a alguien. Pero entonces miré a Alan mientras me acercaba para saludarlo: —Buenas noches, Alan. —pronuncié con seguridad y con una sonrisa en mis labios. —Buenas noches, Evan —dijo—. Ven, toma asiento, gracias por visitarnos. Seguro Dante estaría encantado de saber que nos visitas. —Muchas gracias, Alan. Él y mi madre los aprecian mucho. Victoria me dirigió una mirada cálida y me acerqué para entregarle la caja con la tarta. —Victoria, esto es para el postre. Espero que sea de tu agrado. —Gracias, Evan, eres muy amable. —Abrió la caja y su rostro se iluminó al descubrir la tarta de frutos rojos—. Vaya, ha traído el postre favorito de Aria.—comentó. Por dentro, mi alma se regocijó al saber que había acertado, aunque por fuera tuve que disimular con una sonrisa tranquila. Mi corazón se sentía ansioso y acongojado porque estaba perdiendo la fe en que hoy la vería, mientras conversábamos y nos preparábamos para pasar al comedor, apareció Aria, radiante y llena de vida. Llevaba puesto un abrigo elegante y la bufanda que le regalé, un detalle que parecía hacerla sonreír. —Buenas noches, familia —saludó con entusiasmo. —Hola, princesa, ¡has llegado! —exclamó Alan acercándose para besar su frente. Entonces, Aria me vio y me saludó: —Hola, Evan, ¿cómo estás? —Muy bien, gracias, ¿y tú? —Bien, acabo de llegar. Mi manager me secuestró prácticamente desde la mañana para finiquitar detalles de la gira. —Claro, lo entiendo. Supongo que pronto tendrás que partir a otro destino, ¿no? —En realidad, estamos planificando algunas cosas, pero por el momento he suspendido todo. Victoria interrumpió amablemente: —Vamos, chicos, pasemos al comedor. Resultó que éramos sólo nosotros, lo cual agradecí porque me tocó sentarme frente a Aria, una oportunidad que no desperdicié para deleitarme con la vista. Durante la cena, la conversación derivó hacia el amor, y Alan me preguntó de repente: —Evan, ¿alguna vez has sentido que encontraste a la persona que encaja contigo de manera inevitable? Con una sonrisa nostálgica, respondí: —Sí… debo confesar que sí. Y cuando ocurrió, sentí como el mundo al que ya me había acostumbrado, empezaba a girar con una luz distinta, con un sentido que jamás había vislumbrado. A veces, basta perderse en la profundidad de unos ojos para comprender que esa persona no ha llegado por azar, sino para reescribir tu historia. Son instantes irrepetibles, regalos únicos de la vida, que, por miedo o torpeza, algunos dejamos escapar…y luego se convierten en sombras que susurran por toda la eternidad recordándotela.. Pronuncié cada palabra despacio, como quien no quiere romper un hechizo, y mantuve la mirada fija en Aria, hasta sentir que el silencio entre nosotros se volvía parte de mi confesión. Ella sostuvo mi mirada con esa valentía y fortaleza que siempre la han caracterizado, mientras Alan, con una sonrisa sabia, añadió: —Es una manera hermosa de hablar, Evan. Victoria y yo tenemos nuestras vivencias, por lo que también creemos que las segundas oportunidades pueden ser la base de las mejores historias de amor. —Es cierto —respondí—. Yo también creo en las segundas oportunidades. Pero, Aria —agregué, con un toque de cinismo y complicidad—, dime tú, ¿crees en ellas? Sólo ella y yo compartíamos el secreto de nuestro pasado, ese lazo invisible que nos mantenía en tensión, entre la esperanza y la duda, en una danza de emociones que ni siquiera las palabras podían describir completamente. Amaba el temple que esa mujer tenía; había algo en su calma imperturbable que desafiaba mi nerviosismo. Pude sentir, sin embargo, que su corazón comenzaba a latir con un ritmo diferente, aunque en ella ni un solo cabello se movió, ni siquiera pestañeó. Con una precisión casi militar, tomó la servilleta, limpió con delicadeza los bordes de su boca y me habló: —Bueno, las segundas oportunidades creo que son para quienes realmente las merecen. Así como papá tuvo su segunda oportunidad para conquistar a mamá, y ahora son tan felices. Asentí, admirando la profundidad de su reflexión. —Es un pensamiento muy acertado —respondí—. Entonces, una segunda oportunidad es valiosa cuando la persona que la solicita la gana con cada esfuerzo, con cada acto de entrega, ¿verdad? —Exactamente. No podrías haberlo dicho mejor —respondió sonriendo con una amabilidad que podía aniquilar—. Justo en ese instante, Victoria se levantó y trajo el postre. —¡Mamá!, ¡mi postre favorito! —exclamó Aria con una sonrisa que iluminó la habitación—. Qué detalle tan amable. —No, nena, no fui yo —respondió Victoria con una sonrisa pícara—. Fue Evan quien tuvo la gentileza de traerlo. Aria me lanzó una sonrisa franca, esa expresión sincera que brotaba desde lo más profundo de su ser, y que por un instante hizo que cada esfuerzo, cada duda, valiera la pena. —Gracias por traernos un postre tan delicioso —dijo ella con gratitud. —No tienen de qué agradecer —respondí con una reverencia juguetona—. Aquí soy yo quien queda eternamente agradecido por su hospitalidad. La cena llegó a su fin. Alan y Victoria se retiraron despidiéndose con esa calidez familiar que invita a regresar pronto. Asher, por su parte, tomó una llamada justo antes de despedirse, dejándonos el espacio perfecto para quedarnos a solas Aria y yo. Mientras él se entretenía en la conversación, aproveché para sacar discretamente del bolsillo de mi saco ese pequeño tulipán que cuidadosamente guardé en una cajita junto a una nota. Con el sigilo de un espía amateur, se lo entregué a Aria, quien me miró sorprendida, descubriendo un secreto inesperado en medio de una misión imposible. —Ábrelo cuando estés sola —susurré muy cerca de su oído. Ella me sonrió, amable y agradecida. —He estado tomando notas para cumplir con todos los puntos de tu boda —continué, tratando de mantener la voz casual—. Como no contestaste, me tomé la libertad de elegir cinco pastelerías para que mañana puedas elegir el pastel que más te guste. Aria me lanzó una mirada divertida y dijo: —Vaya, Evan, eres incansable. Realmente no pierdes el tiempo. Creo que no me equivoqué al nombrarte “caballero de honor.”—Hoy me siento agotada, ha sido un día largo —confesó—, pero mañana estaré puntual en la dirección que me indiques. —No te preocupes, yo pasaré por ti —aseguré—. Te ayudaré a escoger el pastel perfecto. —Gracias, Evan. Cada día falta menos para la boda y aún quedan mil detalles por resolver. Me incliné un poco hacia ella, con una sonrisa ladeada y un brillo picante en la mirada. —No te preocupes, Aria, que soy yo quien está ayudando… y todo saldrá perfecto. Pero ya sabes, aún estás a tiempo de reconsiderar ese pequeño detalle: cambiar de novio. Le lancé la frase en tono de broma, aunque por dentro lo decía con toda la seriedad del mundo. Ella me miró, ladeó una ceja y, con un brillo travieso en sus ojos, replicó: —¿Cambiar de novio? —dijo Aria con una sonrisa traviesa, ese brillo desafiante en sus ojos que hacía que cada palabra suya fuera una invitación a un juego peligroso—. ¿Quién en su sano juicio se arriesgaría a perder al caballero de honor más encantador y poco convencional que ha conocido? La forma en que dijo “caballero de honor” con ese toque de ironía me hizo sonreír, me sentí un poco desarmado, pero más determinado que nunca. Me acerqué un poco, reduciendo la distancia entre nosotros, midiendo sus reacciones con precisión. —Ah, pero es que Jacob Harrison —empecé, pronunciando su nombre con cuidado, casi como un susurro provocador—, tu prometido, aunque lo más seguro es que sea un buen tipo y un excelente compañero, no creo que tenga ni la mitad del encanto… ni la paciencia que este caballero de honor puede ofrecerte. Noté cómo ladeó la cabeza, una ceja alzada, intrigada y lista para lanzar su contraataque. No pude evitar sentirme tentado a invadir un poco más su espacio personal, dejar que mi voz bajara un tono, más íntima, más atrevida. —Porque, Aria —continué, con una sonrisa apenas visible—, un matrimonio no es sólo una boda elegante, una fiesta con amigos ni una celebración social… Es la vida misma, es la conexión profunda que puedes tener con la persona que eliges para compartir cada amanecer y cada tormenta. Su mirada se fijó en mí, intensa, analizando cada palabra, pero también midiendo cada intención oculta entre líneas. Quise ser aún más directo, sin perder la elegancia que me caracteriza, ese equilibrio perfecto entre ser un caballero y un seductor. —Dime, ¿estás realmente segura de que has elegido bien? —pregunté con suavidad, acercándome apenas más, sintiendo el calor de su presencia casi rozando mi piel—. Porque aquí estoy yo, dispuesto a demostrar que puedo ser mucho más que un simple “caballero de honor”. Puedo ser el hombre que te escuche cuando las palabras te fallen, que te sostenga cuando sientas que el mundo se desmorona, que te ame no solo en las buenas, sino en cada detalle invisible que nadie más ve. Ella mantuvo la compostura, aunque sus ojos delataban la tormenta de pensamientos que cruzaban su mente. Entonces, con la astucia que la caracteriza, ladeó una sonrisa que fue a la vez desafiante y cómplice. —Eres muy elocuente, Evan —dijo con tono juguetón—, y sin duda el mejor vendedor que conozco. Pero ¿sabes qué? Esto no es una negociación ni un trato comercial. No se trata de palabras bonitas ni de promesas envueltas en tulipanes y pasteles. Respiré hondo, preparando el terreno para el próximo movimiento en esta partida de ajedrez emocional. —No, no lo es —concedí—, pero tampoco se trata sólo de lo que digo, sino de lo que hago. Y tengo veinte y seis días para demostrarte que puedo ser ese hombre, el único que realmente merece tu confianza. Por el único hecho que eres tú la mujer que el destino eligió para mí, mi alma gemela el amor de mi vida. Ella me miró con una mezcla de escepticismo y curiosidad, la chispa de aquel fuego antiguo que nos unía encendiéndose nuevamente, con nuestras almas comenzando a bailar al ritmo de una melodía secreta. —Veintiséis días… —repitió con una sonrisa fría, casi calculadora—. Eso es todo lo que tienes para convencerme… pero solo como mi caballero de honor. Porque, Evan, ahora estoy comprometida. Esa es la única oportunidad que te ofrezco. Su voz era firme, sin espacio para dudas, pero en sus ojos brillaba un fuego que no podía interpretar del todo. —Recuerdas aquella noche en que descubriste mi edad —me dijo con voz fría y cortante, acercándose sin miedo—. Fui yo quien ahora te pregunta ¿por qué me dejabas ir, por qué no luchaste por mí cuando aún podías hacerlo?. No todos tenemos segundas oportunidades, Evan. Y tú… tú ya perdiste la tuya porque fuiste tú quien decidió alejarse. Ella guardó silencio un instante, su mirada clavada en la mía, con esa mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que me abrumaba. No habló de amor hacia su prometido, pero tampoco negó lo que entre nosotros había quedado suspendido en el tiempo, un juego mental que poco a poco se desarrollaba. —Estos veintiséis días, solo servirán para hacer de mi boda un día inolvidable —susurró finalmente intentando cerrar cualquier oportunidad. Con esa mirada que podía ser un arma o una caricia, me dejó sin conceder más palabras. Mientras la veía subir las escaleras, comprendí que lo que nos unía no era solo el pasado, sino una batalla silenciosa por el futuro, un juego donde cada movimiento podría ser el último o el primero de algo inolvidable.
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