Día 3 🌸🌹

3217 Words
🎶La mujer de mi vida no es normal Demasiado sublime, demasiado ¿Qué hice yo para ganarme El milagro?🎶( Ricardo Montaner/ La mujer de mi vida) Evan Olsen Hoy desperté con una sonrisa que no llevaba tiempo regalándome, esa clase de sonrisa espontánea que llega sin previo aviso y te cambia el día por completo. Ayer, después de despedirme de Aria, al llegar a mi departamento, me dediqué a planificar un poco nuestro día siguiente. Le envié un mensaje donde le anunciaba que la acompañaría a trotar. No entiendo bien por qué le gusta esa tortura matutina, pero si eso es lo que tengo que hacer para estar a su lado, lo haré con gusto… aunque me cueste la vida. Esta mañana, mi despertador sonó a las seis en punto —gracias a Dios había comprado ropa deportiva nueva, porque claramente voy a necesitarla—. Me subí a un taxi rumbo al parque, con la ilusión de verme al menos un poco atlético y a la altura de Aria. La encontré a lo lejos, estirando, quizá preparándose para la batalla diaria contra el asfalto. Admito, con un dejo de falsa confianza, que no soy precisamente un experto en la noble arte del trote,, pero ¿qué tan difícil podría ser seguirle el ritmo a ella? La respuesta llegó diez minutos después, cuando empezamos a trotar. No tenía ni idea de que Aria era una atleta oculta. Yo ya estaba con la lengua fuera y los pulmones pidiendo auxilio. En un momento, mientras ella miraba hacia atrás con una sonrisa traviesa, gritó: —¿Estás bien, Evan? —Sí, sí —respondí, tratando de disimular—. Solo un pequeño calambre… nada grave. En realidad, mi cuerpo me suplicaba oxígeno, y juro que en ese instante un tanque de oxígeno portátil habría sido mi mejor amigo. Aria sonrió, y con eso bastó para que mis piernas, al menos momentáneamente, obedecieran y retomaran el ritmo. Al culminar esta primera tanda, puedo decir que la sobreviví… o, al menos, aún respiraba con dignidad, y eso ya es motivo de celebración. Sentados en la cafetería, aguardando la llegada de nuestros cafés, saqué mi teléfono y abrí la agenda con aire de estratega. Era momento de desplegar el plan maestro del día. —No sabía que eras tan meticuloso, Evan —comentó Aria, esbozando una sonrisa cómplice. —Siempre he sido un hombre de precisión —respondí con una sonrisa amplia, casi deslumbrante, quizá un poco exagerada, tanto que hasta mis dientes parecían querer robarse el protagonismo—. Y aunque esta es mi primera experiencia como “caballero de honor”, estoy dedicando cada átomo de mi ser para que tu boda sea sencillamente inolvidable.—añadí. Sí, lo acepto, eso fue demasiado hipócrita de mi parte… pero ella no lo sabía, ¿verdad? Me dije como confesando un secreto a mis propios pensamientos. Ella inclinó la cabeza lentamente, y en sus labios se dibujó una sonrisa sutil, cargada de una verdad no dicha. Era una sonrisa que no necesitaba palabras, una declaración tácita que atravesaba el silencio: me llenaba de orgullo saber que, en ese preciso momento, lo único capaz de arrancarle una sonrisa auténtica era mi sola presencia. —Bien, según el cronograma —continué, como un director de orquesta emocionado—, hoy visitaremos una selección exquisita de flores. Antes de elegir las que acompañarán tu boda, debemos entender sus secretos y simbolismos. ¿Qué mejor lugar para esta misión que los míticos Kew Gardens? Una chispa de sorpresa cruzó sus ojos, apenas disimulada. —Sí, lo conozco —dijo con una mezcla de admiración y curiosidad—. Vaya, eso sí que es una idea brillante, Evan. Pero antes necesito regresar a casa, darme una ducha y cambiarme. Tomaría una pausa estratégica en la operación, justo lo que yo también necesitaba. Mi cuerpo clamaba por una ducha urgente —preferiblemente tibia— para relajar músculos y recuperar fuerzas. Porque, créanlo o no, mantenerme firme en esta misión era fundamental para no perder el paso en este juego que apenas comenzaba. —¿Te parece si paso por ti en dos horas para ir al lugar? —pregunté, intentando sonar casual pero dejando entrever mi entusiasmo. —Sí, está bien, Evan, estaré lista —respondió ella sin perder la sonrisa. Fue entonces que me apresuré a llegar a mi departamento para prepararme. Tomé un par de analgésicos para sentirme óptimo y me vestí con un suéter delgado y pantalones casuales, siempre conservando esa elegancia que sabía que no pasaría desapercibida. Estábamos entrando al otoño, así que, al salir, pasé por una tienda y compré una bufanda delgada, suave y cálida, de un color lavanda que recordaba haber visto en más de una prenda suya. La guardé con cuidado en el asiento trasero del auto, por si acaso hacía falta abrigarla del viento. Puntual, llegué a su casa, timbré el portón y fue ella quien me abrió. Sin duda, se veía espléndida. También llevaba un suéter, pero en un lila pastel que combinaba perfectamente con sus jeans, dándole un aire juvenil que parecía desafiar al tiempo. —Evan, qué puntual eres —me dijo con una sonrisa cómplice. —Lo soy, por supuesto que lo soy —respondí, ladeando la cabeza con coquetería—. Señorita Fox, es momento de ir a Kew Gardens, ¿está lista para la expedición floral? Agradecí en silencio haber logrado contactar anoche a los encargados del lugar y asegurar la exclusividad de todo el jardín para nosotros durante la tarde. Cada detalle cuenta, y no escatimaba esfuerzos para que este paseo con Aria fuera perfecto, un pequeño tributo a la esperanza que aún albergaba en el corazón. Cuando llegamos, el viento sopló con fuerza, y saqué la bufanda. —Mira, te compré esto prediciendo el clima. Espero que te guste —le ofrecí mientras la envolvía con delicadeza. —Vaya, esto es hermoso, gracias, Evan. Muy considerado de tu parte —me dijo, acariciando el tejido. Me puse mi bufanda azul y saqué una libreta y una pluma; estaba listo para anotar todo lo que a Aria le gustara. Entramos a Kew Gardens por un arco de hierro forjado cubierto de enredaderas, y de inmediato nos recibió un aroma embriagador que prometía una tarde llena de sorpresas. —Bienvenida al paraíso botánico —dije, mirando a Aria con una sonrisa ladina—. Prepárate para enamorarte… pero esta vez, de flores. Nos encaminamos hacia el invernadero, una estructura de cristal que evocaba un auténtico palacio luminoso, repleto de vegetación exótica y una explosión de tonalidades florales. Avanzábamos entre elegantes orquídeas, vibrantes bromelias y frondosos helechos, mientras yo mantenía una misión precisa: deslumbrarla con mi erudición botánica. —¿Sabías que la orquídea simboliza el amor, la belleza y la fuerza? —empecé, señalando una elegante Phalaenopsis—. Es como decir: “Eres tan delicada y fuerte como esta flor”. Ella sonrió, divertida por mi intento de poeta botánico. —Bueno, entonces deberías regalarme una orquídea cada día —respondió con picardía. Seguimos avanzando y me detuve frente a un arbusto lleno de rosas rojas. —Las rosas rojas son clásicas, pero no por eso menos poderosas —dije con solemnidad teatral—. Representan la pasión, el deseo y el amor profundo. Ideal para un ‘caballero de honor’ que intenta robar corazones.—comenté guiñando un ojo. Aria me lanzó una mirada con una mezcla de diversión y desafío. Luego, señalé una delicada lavanda: —La lavanda no solo es hermosa, sino que simboliza la calma y la devoción. Perfecta para mantener la serenidad cuando tu ‘caballero de honor’ te sigue el ritmo en la pista de trote… aunque esté a punto de morir asfixiado —añadí con una sonrisa irónica. Ella soltó una carcajada que iluminó el invernadero. Caminando un poco más, llegamos a un grupo de tulipanes. —Los tulipanes —comencé, con una sonrisa que buscaba ser tan suave como su fragancia— representan la declaración de amor perfecta: sencilla, elegante y sin pretensiones, pero con un poder que conquista sin esfuerzo. Son como un susurro delicado que dice “te quiero” sin necesidad de grandes palabras, solo con la belleza pura de su forma y color. Justo como tú, Aria: una elegancia natural que acelera el corazón sin que nadie lo note. Mi voz se volvió un poco más cálida mientras la observaba, intentando que ella sintiera el doble sentido escondido entre esas flores y mis palabras. Aria se mordió el labio, claramente entretenida. Finalmente, llegamos a los lirios blancos. —Y estos lirios, Aria —continué, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto—, simbolizan la pureza del sentimiento, el compromiso sincero y la renovación constante del alma. Son la promesa silenciosa de que el amor verdadero puede florecer una y otra vez, incluso cuando parece que todo está perdido. Porque, en el fondo, cada historia de amor merece esa segunda oportunidad, ese renacer lleno de esperanza y verdad. Te confieso que, cuando los veo, no puedo evitar pensar en nosotros, en lo que pudo ser y en lo que aún podría ser… porque el amor no se mide en el tiempo que pasa, sino en la intensidad con la que late el corazón cada vez que piensas en esa persona especial. ¿No crees que, a veces, los amores más auténticos resisten tempestades para salir aún más fuertes? —la miré a los ojos, esperando que comprendiera que esas palabras iban mucho más allá de una simple explicación floral. Ella me miró a los ojos y, sin decir una palabra, pero por primera vez vi un brillo fugaz pero diferente. —Bueno, señor ‘caballero de honor’, parece que estás tomando muy en serio tu papel —dijo mientras anotaba algo en mi libreta—. Pero recuerda, todavía tienes mucho que demostrar. —Acepto el reto —respondí con una sonrisa triunfante—. Además, ¿quién dijo que organizar una boda no puede ser también una aventura épica y un poco cómica? Aria comenzó a reír, y por un momento, el mundo pareció conspirar para que solo existiéramos nosotros, las flores y la promesa tácita de un amor que se rehúsa a morir. Uno que yo salvaré por los dos. Mientras avanzábamos por el sendero de la casa templada, mi entusiasmo crecía con cada paso. Las plantas parecían cómplices de mi misión, como si hasta ellas supieran que estaba en una importante campaña de conquista. Yo, por mi parte, me sentía un guía botánico improvisado —aunque no mencioné la larga noche que pasé pegado a la pantalla, empapándome de datos y nombres que ni sabía pronunciar— listo para deslumbrarla con cada dato curioso, como un auténtico experto… o al menos, eso intentaba. —Mira, Aria —dije señalando un árbol majestuoso, cuyas hojas parecían pinceladas de esmeralda al sol—. Este es un ficus, símbolo de fertilidad y vida eterna. Ideal para una boda, ¿no crees? Ella me miró con esa mezcla de diversión y escepticismo que tanto me encantaba. —¿Vida eterna? —dijo ella, arqueando una ceja con esa sonrisa traviesa que lograba desconcertarme—. Suena interesante… algo así como un buen amuleto para sellar mi unión con Jacob. Respiré hondo, tragándome la punzada que me dejó la mención de su novio. No iba a rendirme, no esa vez. Tenía que aguantar, aunque doliera, porque ella lo valía. Así que, con la mejor sonrisa de vendedor insistente, le respondí: —Me parece una idea magnífica. ¿Qué te parece si te tomo una foto junto a ese árbol? Así puedo usarla para hacer un montaje y que tengas una idea exacta de cómo quedaría en la boda. Ella me miró divertida, con la mirada que delataba que mi “propuesta inocente” ocultaba una pizca de travesura… y quizá un poco de mi persistente plan maestro. Saqué el teléfono y capturé una foto del imponente árbol. Luego le pedí que se acercara, indicándole que quería tomarle una foto junto a él para darle más autenticidad a la imagen. Pero la idea pronto se tornó más audaz: me acerqué y, con una sonrisa traviesa, le propuse una selfie. —Vamos, sonríe, no puede faltar la foto oficial con tu caballero de honor —dije mientras la rodeaba con un abrazo suave sobre los hombros. Ella correspondió con una sonrisa dulce, sus ojos brillaban con una ternura que me desarmaba por completo. Suspire por dentro, observando la imagen en la pantalla: éramos una dupla perfecta, aunque aún faltaba que entendiera que estábamos destinados a algo más. —¿Preparada para la foto oficial del “mejor caballero de honor y su musa”? —pregunté con un toque de orgullo y picardía. Ella inclinó la cabeza y soltó una risa juguetona: —Si es así, Evan, más te vale hacerme toda la sesión. Pero ojo, que no quiero que te lleves todo el protagonismo. —Tranquila —respondí con descaro—, aquí el protagonismo se comparte… aunque no niego que tengo algunos trucos bajo la manga. Continuamos nuestro paseo entre senderos tapizados de aromas y colores, cuando señalé con sutileza un racimo de flores de lavanda, cuya fragancia flotaba en el aire con una calma casi mágica. —¿Recuerdas el simbolismo de la lavanda? —le pregunté, mi voz teñida de complicidad—. Creo que es el toque perfecto para conservar la serenidad en medio del torbellino que te causará la boda. Ella me lanzó una mirada pícara, con esa sonrisa que mezcla desafío y ternura: —¿Así que crees que necesito tu devoción constante para no perder la cabeza? —replicó juguetona, con un brillo en los ojos que retaba mi confianza. —Justamente —aseguré, esbozando una sonrisa socarrona que destilaba confianza y algo más—. No exagero al decir que, con solo tenerme a tu lado, seré ese abrigo irresistible que ahuyentará hasta el estrés más tenaz, huyendo despavorido ante la fuerza de nuestra conexión. Porque, Aria, cuando estoy contigo, la tormenta más feroz se convierte en un susurro lejano, y te prometo que juntos transformaremos cada momento en un escape dulce y lleno de calma. Aria negó con la cabeza, divertida por mi audacia, pero antes de que pudiera añadir alguna réplica mordaz, sus pasos se detuvieron frente a un imponente arco cubierto de buganvillas en plena floración, cuyas hojas y flores parecían susurrar historias de pasión y resistencia bajo la luz tamizada del sol. El momento invitaba a una pausa, y yo aproveché para observarla con atención, consciente de que cada instante compartido era un capítulo más en esta intrincada y emocionante aventura. —Aquí —dijo—. Este es el lugar. Tómame una foto aquí, será nuestro secreto botánico.—expresó por primera vez con complicidad. No dudé en inmortalizar aquel instante, plenamente consciente de que cada momento a su lado —entre risas cómplices y bromas sutiles— me acercaba un paso más a esa segunda oportunidad que tanto anhelaba. Esa era mi esperanza renovada, porque por primera vez desde nuestro reencuentro, la vi sonreír y brillar con una luz distinta, más auténtica y deslumbrante. Capturé la imagen; ella irradiaba felicidad, parecía genuinamente complacida. Para la última toma, opté por una selfie: me agaché ligeramente y le pedí que se apoyara en mi espalda. La fotografía resultó perfecta, una instantánea que reflejaba una complicidad irresistible. La observé intensamente, con una sonrisa sugerente y un destello de audacia en los ojos, y le murmuré: —Aria, mira esta foto… ¿No crees que si quieres que tu boda sea realmente inolvidable, tal vez deberías replantearte al novio? Su silencio fue el preludio de un juego silencioso, y en ese instante, su mirada cómplice me hizo entender que aquella contienda apenas desataba sus primeras llamas. Al salir del jardín botánico, el crepúsculo comenzaba a ceder ante la llegada de la noche. Apoyado con cierta galantería sobre el capó del auto, la miré y pregunté: —¿Te gustó el lugar? Ella sonrió, apoyando suavemente su cabeza en mi hombro, y respondió: —Sí, la verdad que sí. — No olvides ir anotando en tu libreta qué flores te llamaron más la atención para ir eligiéndolas con tiempo.—Con una sonrisa traviesa añadí: Dime, ¿te gustaría ir a cenar? Porque veo que tu caballero de honor ya tiene hambre, y sería un pecado mortal no atender sus necesidades. Ella soltó una pequeña risa y, mirándome con complicidad, dijo: —No tienes remedio. Vamos, te invito a comer. Abrí la puerta del auto, ella subió y yo no podía ocultar la alegría de haber conseguido una cena juntos. Conforme la conocía un poco más, descubrí que no solo era fuerte, decidida y audaz, sino también una niña dulce y soñadora. Me direcciono hasta un lugar que me llamó la atención: “Dinner by Heston Blumenthal”, uno de los restaurantes más exclusivos y reconocidos de Londres, famoso por reinterpretar platos tradicionales británicos con un toque moderno y sofisticado. —Este es mi lugar favorito —confesó—. Aquí probé el “Meat Fruit”, un plato que parece una simple mandarina, pero que es en realidad un exquisito foie gras cubierto de gelatina cítrica. Es un juego para el paladar, una mezcla perfecta entre sorpresa y tradición, justo como me gusta la vida. Mientras esperaba, me contó una anécdota: —La primera vez que vine aquí, estaba en una cita con un amigo que no entendía la magia de la cocina experimental. Me observaba con cara de desconcierto mientras yo saboreaba cada bocado sintiéndolo como un tesoro. Desde ese día, este plato se volvió en mi pequeño ritual de valentía para atreverme a lo desconocido. La escuchaba embelesado, mientras el aroma del restaurante envolvía la velada. Sin duda, esa noche no solo degustaríamos sabores, sino también secretos y sueños compartidos. Adoraba la manera en que, poco a poco, aunque con delicada lentitud, ella se iba soltando a mi presencia, permitiéndome entrar en su mundo. Al concluir la cena, la acompañé hasta su mansión. Al llegar, aparqué el auto con cuidado, descendí y me apresuré a abrirle la puerta. En ese instante, le entregué un lirio que había recogido durante nuestra visita al Kew Gardens. —Esto es para ti —le dije, mirándola con una sinceridad que me delataba y una ternura que me nublaba la razón. —Evan… —musitó con voz quedamente entrecortada—. Gracias. Con delicadeza, aparté un mechón de su cabello que caía sobre su rostro y me detuve a contemplar sus labios, tan rosados, tan dulces, tan tentadores. Me acerqué despacio, susurrando: —Eres hermosa. Gracias por regalarme este día. Antes de que pudiera continuar, ella me detuvo con una mirada seria, firme, implacable. —Evan, mi boda es en veintisiete días. No compliques las cosas, y mucho menos si no estás seguro de lo que quieres. No esperó respuesta alguna. Se giró con la elegancia de una reina, erguida y digna, y se alejó sin mirar atrás. Esa era Aria Fox: tan deslumbrante como letal. Pero era sin duda alguna: la mujer de mi vida.
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