7.4

1135 Words
Analena recostó la cabeza contra la pared, tratando de recuperar el aliento mientras Santino se incorporaba, limpiándose los dedos con una lentitud obscena. Su mirada no se apartaba de ella, como si ya estuviera planeando el siguiente movimiento. —Pero no es suficiente —murmuró él, ajustándose los puños de la camisa con una calma que contrastaba con el fuego que había dejado en su piel—. Un asalto no define un combate. Ella alzó una ceja, desafiante a pesar de la debilidad que le temblaba en las rodillas. —¿Quieres otra ronda, Santino? —preguntó, fingiendo indiferencia mientras se enderezaba los pantalones—. Cuidado, podría empezar a pensar que te obsesioné. Él sonrió, ese gesto peligroso que solo aparecía cuando sabía que llevaba la delantera. —No necesito obsesionarme con lo que ya es mío —respondió, y antes de que ella pudiera replicar, extendió la mano hacia un bolsillo interior de su saco—. Pero si quieres seguir jugando… —sacó una tarjeta negra, mate, con letras doradas que rezaban Ambrosía en cursiva elegante—. Ven al club esta noche. A las once. Sin excusas. Analena tomó la tarjeta, rozando sus dedos deliberadamente. —¿Una invitación? —preguntó, pasando el pulgar por el borde afilado del cartón—. Pensé que preferías las emboscadas. —Las prefiero —admitió él, acercándose lo suficiente para que el calor de su cuerpo la envolviera de nuevo—. Pero contigo, gatita, disfruto viéndote elegir caminar hacia la jaula. Ella sostuvo su mirada, calculando. Sabía que Ambrosía no era solo un club: era su territorio, el lugar donde cada sombra ocultaba un favor o una deuda. Y, sobre todo, donde él dictaba las reglas. Podía perderlo todo si no medía bien sus pasos. —¿Y si decido no ir? —retó, aunque ya sabía la respuesta. Santino no necesitó alzar la voz. —Lo harás. Porque odias perder tanto como yo. —Le tomó la barbilla, obligándola a mantener el contacto visual—. Y porque quieres saber qué pasa cuando te tengo en mi terreno… Analena no apartó la mirada. —Tal vez vaya —susurró—. Solo para recordarte que las jaulas tienen dos lados, Santino. Y a ti también te gusta morder los barrotes. Él soltó una risa baja, casi un gruñido. —A las once. No te hagas esperar —volvió la cabeza, perfilándose contra la luz del pasillo—. Vístete para la ocasión. Quiero reconocer el sabor cuando te lo arranque a mordiscos. ... Esa noche... Ambrosia era un club de los pecados, donde los secretos no se ocultaban bajo ningún pretexto. Las luces eran bajas, doradas, líquidas como miel derretida. El aire olía a cuerpos excitados, a carísimas fragancias y a mentiras servidas en copas. Analena entró con cierto recelo. Recordó que horas antes su cuerpo había sucumbido a Santino y estaba allí para comprenderlo a él y su intrigante mundo. El vestido n***o se adhería a su piel como una segunda capa de pecado. Escote profundo. Espalda al aire. Filo de tela que apenas cubría la línea de sus muslos. Los tacones resonaban en el suelo pulido —su andar, seguro, desafiante— anunciaba su llegada como una reina que no necesitaba corona. Santino ya la esperaba en uno de los reservados más ocultos, en el corazón del club. Con la camisa negra abierta en los primeros botones, el reloj de cuero oscuro brillando en su muñeca, la mirada sombría clavada en la entrada. Como si supiera que justos iban a arder esa noche. Ella lo vio, y sonrió. Él se puso de pie cuando ella llegó. No por caballerosidad. Por necesidad. Tenía que verla de cuerpo completo. Ella se acercó con calma, como una gata que conoce demasiado bien a su presa. —¿Así que este es tu mundo? —preguntó ella, dejando caer la chaqueta de satén sobre el respaldo del sofá. —Tal vez... —La voz de Santino era baja, grave, tan áspera como sedosa. Su mirada le recorrió las clavículas, los pechos erguidos bajo la tela, la curva pronunciada de sus caderas y su trasero. —Esperaba un poco más de sutileza de ti —musitó ella, sentándose frente a él con las piernas cruzadas. —Y yo esperaba que vinieras con ropa interior. La sonrisa de Analena se curvó. Él no esperó más. La tomó de la muñeca y la arrastró con fuerza medida hacia la pista central, donde las luces parpadeaban en rojos y azules. Los cuerpos se movían a su alrededor, pero ellos eran el centro del universo. Bailaron. No. Se devoraron. El ritmo era lento, casi tribal. Ella se pegó a él, sintiendo su erección contra su abdomen plano. Sus manos viajaron por la espalda de Santino, bajo la camisa, arañando la piel caliente. Él le agarró las caderas con fuerza, la giró, la apretó contra su pecho. Le rozó el cuello con los labios, con la lengua. —No tienes idea de las veces que te imaginé aquí —murmuró él en su oído—. En este lugar… contra esa pared. Ella rió. —¿Y en cuántas de ellas me suplicabas? La música seguía, pero ellos ya estaban en otro plano. La tomó de la mano, la llevó a los pasillos privados. Entraron a un baño exclusivo. Paredes oscuras, espejos que devolvían su reflejo en mil ángulos. Cerró la puerta de un empujón y se quedó viéndola. —Desnúdate —ordenó. —No. Tú hazlo —respondió ella, girando para apoyarse contra el lavamanos. Santino se acercó por detrás, con los dientes apretados. Le deslizó el vestido por los hombros, dejando al descubierto la espalda. Sin sujetador. Sin bragas. Maldijo entre dientes. —Maldita bruja —susurró, con las manos rodeándole la cintura, apretándola contra su pelvis. Le besó la espalda con devoción oscura, bajando por su columna hasta las nalgas. Le abrió las piernas con una rodilla, acariciándole el muslo interno con dedos hambrientos. Ella se arqueó, pero no le dio más. —¿Qué quieres de mí, Santino? —Tu rendición. —Entonces sigue. Sus dedos encontraron su centro húmedo, y Santino gruñó. La masturbó con un ritmo lento, metódico, mientras le besaba la nuca. Pero cuando intentó bajarse el pantalón, ella se giró de pronto y lo empujó contra la pared contraria. Lo besó con furia. Le mordió el labio. Le metió la mano dentro del pantalón y apretó, fuerte. —Si vas a tomarme… —dijo ella con los ojos encendidos de deseo—. Será cuando estés suplicando. Y en ese instante, se arregló el vestido, le sonrió, y salió del baño sin mirar atrás. Santino se quedó jadeando. Ambrosia acababa de ser testigo de una guerra. Y no había ganadores... todavía.
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