Analena lo esperó sentada en un enorme sofá del club cuando recibió un extraño paquete. Se suponía que Santino debía estar con ella, pero tras salir del baño lo perdió de vista. Analena decidió abrir el paquete. Dentro había un vibrador diminuto, del tamaño de un caramelo, pero con un diseño que prometía dolor delicioso. También había un pequeño auricular que colocó rápidamente.
El mensaje de Santino era claro:
Póntelo. Ahora. O cancelo la velada antes de empezar.
Ella deslizó el dispositivo bajo su vestido, y contuvo un gemido cuando, al instante, el auricular vibró con la voz gruesa de Santino:
Conectado. Bienvenida al juego, gatita.
El zumbido comenzó bajo, como el ronroneo de un gato.
Analena ahogó un jadeo.
Así… Aprieta las piernas. Quiero que estés mojada.
Santino no se contuvo más y apareció entre la gente que se agolpaba en el club bailando y bebiendo alcohol. Arrastró a Analena por los pasillos hasta una habitación privada. Una vez dentro, con una lentitud deliberada, comenzó a desabrochar los gemelos de sus puños.
Los metales tintinearon al caer sobre la mesa.
—Mírame— ordenó, mientras sus dedos ascendían hacia el primer botón de su camisa blanca.
Analena no pudo evitar tragar saliva. Había visto ese tipo de cuerpo antes—en encuentros furtivos, en peleas, en sueños que la despertaban empapada—pero nunca como un espectáculo. Nunca como algo que él le ofrecía.
El primer botón cedió. Luego el segundo. La tela se abrió como una cortina, revelando el tatuaje que serpenteaba sobre su pectoral izquierdo: una daga atravesando una rosa.
—Te gusta, ¿verdad?— murmuró, notando cómo su respiración se aceleraba.
Ella no respondió. No hacía falta.
El tercer botón. El cuarto. La camisa se deslizó por sus hombros, cayendo como un suspiro al suelo. Su torso era un mapa de perdición y músculos definidos, con la piel dorada por la luz y el sudor.
Pero Santino no se detuvo.
Sus dedos descendieron al cinturón. El metal del hebilla chasqueó al abrirse, un sonido que hizo estremecer a Analena de anticipación. El cuero se deslizó de sus caderas con un ruido obsceno.
—Quítamelo— dijo de pronto, cruzando los brazos.
Ella parpadeó, confundida.
—Mis manos están...
—No me importa— cortó él, avanzando hasta quedar a solo un palmo de distancia. El olor a whisky y azahar la envolvió—.Usa tu boca.
Analena contuvo un gemido. Sólo Santino podía darle ordenes y ella gustosa aceptar. Eso le molestaba, pero no podía evitar seguirlo como un bicho cegado por la luz.
Con movimientos torpes, se inclinó hacia adelante y atrapó el borde del pantalón entre sus dientes. Santino no la ayudó. Solo observó, con esa mirada de halcón, cómo ella luchaba por bajárselo.
La tela cedió milímetro a milímetro, revelando el vello recortado bajo su ombligo, la línea que desaparecía bajo el borde de su ropa interior negra.
—Más— jadeó él, mientras sus músculos abdominales se tensaban.
Ella tiró con fuerza esta vez. El pantalón cayó a sus rodillas, y entonces lo vio.
La marca de su erección contra la seda, impaciente, casi dolorosa.
Santino se llevó las manos a la cintura elástica.
—¿Quieres ver el resto?
Ella asintió, incapaz de hablar.
—Di las palabras.
—Quiero verlo— obedeció.
La tela negra descendió.
Y entonces, por fin, no hubo más barreras entre ellos.
Analena no pudo evitar el sonido que escapó de su garganta.
Santino estaba magníficamente dotado. Grueso, largo, con una curvatura que hacía que incluso el simple acto de estar erecto pareciera una amenaza. Las venas marcadas recorrían su longitud, la cabeza estaba ya rojiza y húmeda.
Su cuerpo era una obra de violencia y sexualidad: pectorales marcados, brazos que delataban años de peleas, abdomen tallado como si lo hubieran esculpido para tentar santas. Pero era lo que colgaba entre sus piernas lo que le robó el aliento a Analena—grueso, largo, con una vena prominente que recorría toda su longitud, las bolas pesadas y bien formadas. Una arma de destrucción masiva vestida de carne.
—¿Te gusta lo que ves?— preguntó, pasando una mano por su propia longitud con una calma que hacía que el gesto fuera aún más indecente.
Ella tragó saliva.
—Es…— las palabras le quemaban la lengua, —demasiado.
Santino rió, con un sonido bajo y peligroso.
—Nunca es demasiado— corrigió, acercándose. —Solo es cuestión de cuánto puedes aguantar.
Su aroma la envolvió—tabaco, alcohol y algo esencialmente masculino que le hizo contraer el vientre.
—Toca— ordenó.
Ella alzó una mano temblorosa. La piel de Santino estaba caliente, casi quemando, y tan suave que fue una contradicción con el resto de él —duro, implacable. Cuando sus dedos se cerraron instintivamente alrededor, sintió cómo palpitaba bajo su tacto, como si tuviera vida propia.
Ella obedeció, deslizando su puño de base a punta en un movimiento lento, deliberado, sintiendo cómo se endurecía aún más en su mano. Un gemido escapó de sus labios cuando una gota de líquido perló su cabeza, brillando bajo la luz tenue de la habitación.
Santino gruñó, sus caderas empujaron hacia adelante en un movimiento instintivo.
—Más rápido.
Ella aceleró el ritmo.
Él maldijo en italiano. Ella se sorprendió al escucharlo, se suponía que aquella bestia era alemana, jamás imaginó que hablara en italiano...
—Sei così fottutamente perfetta —susurró contra su boca—. Mierda, cómo mueves esas manos...
Analena sintió poder correr por sus venas. Aquí, con él temblando bajo sus dedos, ella tenía el control.
Hasta que Santino, como siempre, se lo arrebató.
Con un movimiento rápido, le agarró la nuca y la obligó a arrodillarse frente a él.
—Ahora —ordenó, la voz ronca de deseo—. Pruébame.
Y ella, pese a su caracter indómito, le obedeció.