El primer contacto de sus labios contra la punta de su m*****o fue una mezcla de sal y morbo. Analena respiró hondo, oliendo el aroma puramente masculino que emanaba de su piel, antes de abrir la boca y lamer lentamente la gota de líquido que perlaba en el extremo.
Santino maldijo en italiano, sus dedos enredándose en su pelo como correas de cuero.
—Così... così, cagna— gruñó.
Ella sonrió, disfrutando el sabor amargo y único de él en su lengua, antes de hundir la boca hasta la mitad.
No podía tomarlo todo.
Era demasiado grande, demasiado invasivo, y la hacía sentir pequeña, vulnerable. Pero eso era lo que Santino quería—verla luchar, verla esforzarse por complacerlo.
—Más— ordenó, empujando suavemente su nuca.
Analena ahogó un gemido cuando la cabeza de su pene golpeó el fondo de su garganta, haciendo que las lágrimas asomaran en sus pestañas. Se aferró a sus muslos, las uñas clavándose en su piel, mientras intentaba relajar la mandíbula.
Santino no tuvo piedad.
Comenzó a mover sus caderas en un ritmo lento pero implacable, usando su boca como si fuera suya—y en ese momento, lo era.
—Mírame— gruñó, tirando de su pelo para forzarla a alzar la vista.
Sus ojos se encontraron—sus pupilas negras y dilatadas, llenas de un deseo animal; los de ella, vidriosos por el esfuerzo. Un hilo de saliva le corría por la barbilla, mezclándose con el líquido que goteaba de su pene.
Era obsceno.
Era perfecto.
—Ahora las bolas— ordenó, soltando su pelo solo para agarrar su mentón y guiarla hacia abajo.
Analena obedeció, lamiendo el saco tenso con la punta de la lengua antes de llevarse uno de los testículos a la boca, chupando suavemente.
Santino arqueó la espalda, un rugido escapó de su garganta.
—Mierda, así...
Ella alternó entre ambos, usando una mano para masajear lo que su boca no podía alcanzar, hasta que sus gruñidos se volvieron incontrolables.
Con un movimiento brusco, la apartó de su pene y la tiró sobre la cama.
—Mi turno— dijo.
Santino la volteó bruscamente contra el espejo. El cristal helado se empañó al instante bajo sus palmas aferradas.
—Quiero verte— rugió contra su oreja mientras le mordía el hombro— ...ver cómo se te rompe la cara cuando te hago venir.
La obligó a arrodillarse frente al espejo, sus muslos temblorosos a cada lado de su cabeza.
—No me toques— ordenó, inmovilizando sus manos contra el suelo con sus zapatos de cuero— ...solo recibe.
Su lengua fue un latigazo de fuego en su clítoris.
—¡Déjame...!
—Calla— le escupió, metiendo dos dedos en su boca para ahogarla mientras el otro manojeaba su pecho izquierdo con crueldad calculada— ...solo eres un hoyo que estoy llenando de ruido.
Cuando el orgasmo la golpeó, Santino se alejó, dejándola temblando al borde sin permitirle correrse.
La levantó como un muñeco de trapo y la estrelló contra el espejo. El frío del cristal le quemó los pezones erectos cuando Santino le agarró ambas muñecas con una mano y las inmovilizó sobre su cabeza.
—Mírate— jadeó contra sus labios mientras con la otra mano guiaba su erección hacia su entrada— ...mírate mientras te rompo.
El primer embiste no tuvo compasión.
Analena gritó cuando la penetró de un solo golpe, el espejo crujió bajo su peso. Santino le mordió el cuello para absorber los sonidos, sus caderas se movió en un ángulo brutale que hacían rebotar sus turgentes pechos contra el vidrio.
—Así... así se siente tenerme dentro de ti— gruñó, acelerando cuando vio sus ojos rodar hacia atrás— ...¿Quieres correrte otra vez? Pídemelo.
Ella intentó negar con la cabeza, pero su cuerpo traicionero arqueó la espalda.
—¡Santino!
—En el espejo...— ordenó, soltando sus muñecas para agarrarle la garganta— ...mírate cómo me lo suplicas.
El reflejo era obsceno: sus labios hinchados, los pezones rojos del castigo, las piernas temblando alrededor de sus caderas. Cuando el segundo orgasmo la destrozó, Santino la obligó a mantener los ojos abiertos.
—Eres mía— rugió él.
Santino detuvo sus caderas en seco, justo cuando el calor del orgasmo comenzaba a expandírsele en las entrañas. Analena gimió en protesta, sus uñas arañando el espejo empañado donde sus huellas digitales ya formaban patrones caóticos.
—No tan rápido, gatita— susurró, retirándose por completo de su calor húmedo con un sonido obsceno que hizo estremecer a ambos.
Con un movimiento experto, la volteó y la puso en cuatro patas sobre la alfombra de piel de oveja, su trasero elevándose en el aire como una ofrenda. El contraste entre el terciopeto rojo de la alfombra y su piel enrojecida era una imagen sacada de algún infierno pecaminoso.
Analena intentó arquear la espalda, buscando contacto, pero él le dio una palmada seca en la nalga izquierda. El sonido resonó como un disparo en la habitación.
—Quieta— ordenó, y se escuchó el ruido del cinturón de cuero siendo desenrollado.
No lo usó para azotarla. No todavía. En cambio, lo pasó bajo su vientre, tirando hacia arriba hasta que el cuero le presionó el clítoris con una firmeza que la hizo ver estrellas.
—Santino...— suplicó, pero él simplemente se arrodilló detrás de ella y volvió a penetrarla hasta el fondo en una sola embestida brutal.
Y allí estaba: sus pechos balanceándose con cada respiración agitada, su boca entreabierta, sus ojos vidriosos.
El cinturón de cuero se movía con ellos, frotando justo donde ella necesitaba. Analena intentó mover las caderas para acelerar el ritmo, pero Santino le agarró las nalgas con ambas manos y la mantuvo quieta.
—Dije que aguantaras— recordó, y esta vez sí usó el cinturón para azotarle una nalga.
El dolor se mezcló con el placer, creando una tormenta perfecta que la hizo gemir como una fiera. En el espejo, vio cómo sus pezones se endurecían aún más, cómo su boca formaba palabras mudas de súplica.
Santino sonrió, ese gesto peligroso que precedía a su perdición.
—Bueno... quizás te lo hayas ganado— concedió, y finalmente permitió que sus caderas encontraran un ritmo frenético.
El cinturón, el espejo, los mordiscos en sus hombros... todo se convirtió en un torbellino de sensaciones que la llevaron al borde.
Y esta vez, cuando ella cayó, Santino la siguió al abismo.
El silencio solo se rompía con sus respiraciones entrecortadas. Santino seguía encima de ella.
Entonces, sin previo aviso, él se retiró de golpe.
Analena gimió al sentir cómo su cuerpo vacío respondía, tembloroso, sensible. Un hilo cálido de su esencia mezclada con él resbaló por sus muslos.
Santino lo observó con ojos oscuros, antes de agarrarla de la nuca y arrastrarla hacia el sofá de cuero.
—No pienses que terminó— murmuró, arrojándola boca abajo sobre los fríos cojines.
Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando una toalla húmeda y fría le limpió las piernas con movimientos bruscos, casi clínicos. La diferencia de temperatura la hizo arquearse.
—¡Frío!— protestó, pero él solo apretó su mano en la parte baja de su espalda, inmovilizándola.
—Aguanta.
La toalla descendió sin piedad, limpiando cada rastro de su encuentro, pero cuando llegó a sus muslos internos, los dedos de Santino se detuvieron.
—Aquí no— dijo, y escupió directamente sobre su sexo hinchado, frotando el líquido con el pulgar en círculos crueles.
Analena enterró el rostro en el sofá, ahogando un gemido.
—Todavía responde— observó él, fascinado, presionando dos dedos contra su clítoris sobreexcitado.
Ella gritó, las piernas sacudiéndose involuntariamente.
—¡No, no puedo más!
Santino se inclinó, mordiendo la curva de su trasero antes de responder:
—Claro que puedes.
Y entonces la penetró con los dedos otra vez, esta vez desde atrás, mientras con la otra mano le apretaba los pechos con suficiente fuerza para dejar marcas.
—Míos— gruñó contra su espalda, marcándola con los dientes mientras sus dedos retorcidos dentro de ella le robaban otro orgasmo falso, doloroso, glorioso.
Cuando finalmente la soltó, Analena colapsó, temblando como una hoja en una tormenta.
Santino se sentó a su lado, vertiendo whisky en su espalda roja y lamiéndolo lentamente.
—Esto no es ternura— aclaró, cuando ella emitió un sonido confuso—. Es marca de propiedad.