La seda del vestido pesaba sobre su piel, sofocante y blanca como una mortaja. Analena ajustó la sonrisa en su rostro, la misma que había practicado incontables veces frente al espejo, aquella que debía convencer al mundo de que era una mujer dichosa, una esposa feliz.
A su lado, Edmund Koch le sostenía la mano con la suavidad de un anciano que conocía bien el peso de los años. Setenta y ocho, para ser exactos. Un hombre de presencia imponente a pesar del desgaste, cuya voz firme y templada imponía respeto en cada rincón del salón de bodas.
El anillo que acababa de deslizarle en el dedo brillaba con una opulencia tan grande como la fortuna que ahora le pertenecía. El anciano le dedicó una mirada tierna.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida, Analena —murmuró Edmund, apretando ligeramente su mano.
Ella inclinó el rostro con delicadeza y le dedicó una sonrisa perfectamente calculada.
—Y usted, el hombre más noble que he conocido.
No era del todo una mentira. De todos los demonios en aquella habitación, Edmund era el único que no la había tratado como un igual, a pesar de que en sus manos era un peón más en su juego empresarial.
A su derecha, varios pares de ojos la devoraban con intenciones muy distintas.
Santino Koch, el primogénito, permanecía con una expresión impenetrable, pero en sus ojos oscuros había algo que le hizo erizar la piel. Su mera presencia llenaba el espacio de un modo opresivo. Sabía que la observaba, esperando el momento justo para actuar.
Abraham, el hermano de en medio, la miraba con una mezcla de fascinación y deseo. Era el único que había sonreído con verdadera amabilidad aquella noche, sin saber que estaba observando a su peor enemiga.
Gabriel, el menor de los Koch, bebía de su copa con la insolencia de un niño que se ha visto obligado a asistir a un evento que le resulta molesto. Sin embargo, cada cierto tiempo sus ojos volaban hacia ella con un brillo posesivo que la incomodaba.
Y luego estaba Wallace Pete, sentado a la distancia, con una sonrisa ladeada y los ojos afilados como un depredador bien alimentado. Su interés en ella no era un secreto. Pero Analena había aprendido que los hombres poderosos solo perseguían dos cosas: dinero y placer. Wallace quería ambos. Y ella sabía cómo jugar su juego.
La noche de bodas fue un evento privado.
Edmund había insistido en que no esperaba nada de ella, solo lo acordado antes de casarse. Analena, por primera vez en mucho tiempo, creyó en la sinceridad de alguien.
La cena fue servida en la intimidad de su habitación matrimonial. Platos refinados, vino de la mejor cosecha. Edmund hablaba con calma, contándole anécdotas de su vida, y ella, por costumbre, jugaba con su copa, sonriendo en los momentos indicados.
Pero la satisfacción sería efímera.
Porque esa misma noche, en la noche de bodas, Edmund Koch moriría en circunstancias misteriosas, dejando a Analena sola en un nido de víboras que querían su sangre y su poder.
Él comenzó a toser.
Una tos seca, ronca, que se convirtió en un espasmo violento. Edmund llevó una mano temblorosa a su garganta, con los ojos abiertos de par en par. Analena se puso de pie de inmediato.
—¿Edmund?
El anciano intentó hablar, pero su voz se ahogó en un jadeo entrecortado. La copa de vino resbaló de su mano, estrellándose contra el suelo en un charco de líquido carmesí. En un par de segundos, su rostro se tornó ceniciento. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¡Ayuda! —gritó, corriendo hacia la puerta—. ¡Que alguien me ayude!
El servicio irrumpió en la habitación, pero Analena ya sabía la verdad. Nadie podría hacer nada. Minutos después, Edmund Koch fue declarado muerto.
Ella no gritó, no lloró. Solo sintió una frialdad intensa extendiéndose en su pecho. Observó el cuerpo inerte de su esposo. No parecía un hombre que había muerto de manera pacífica.
El veneno era sutil, pero efectivo. No lo había hecho ella.
Temblorosa, cayó de rodillas junto al cuerpo sin vida de Edmund. Su mano derecha rozó los restos de la copa rota, los vidrios afilados se enterraron en su piel con facilidad. No apartó la mano. La sangre manchó los fragmentos y su vestido blanco en finos hilos carmesí, pero el estupor le pareció un castigo merecido. Un recordatorio de que la muerte nunca llegaba sin un precio.
De pie en la suite, rodeada por los murmullos y las miradas sospechosas, Analena entendió que estaba en un terreno peligroso. Ahora era la viuda de un hombre inmensamente poderoso, y un obstáculo para aquellos que ambicionaban el control absoluto.
Había alguien en esa casa que quería verla muerta. Y si quería sobrevivir, tendría que jugar mejor que todos ellos.
Y entonces sintió una presencia detrás de ella.
Santino Koch la observaba desde la entrada, con una mueca de absoluta tranquilidad en el rostro. No había sorpresa en su expresión, ni urgencia, ni pesar. ¿Era humano aquel hombre?
...
La casa Koch era un mausoleo de sombras y silencios tras la muerte de Edmund. Analena estaba sola en la inmensa habitación que ahora le pertenecía, una jaula dorada en la que ni siquiera podía llorar en paz. No porque sintiera la pérdida, sino porque debía aparentarlo. La viuda perfecta, la mujer desolada.
Se quitó el vestido n***o de luto y se deslizó en la cama con solo un camisón de seda negra. La tela se pegaba a su piel con la humedad del sudor y el peso de la noche. No podía dormir. No podía pensar en otra cosa que en la sensación pegajosa de la sangre en sus manos horas atrás, el filo de los vidrios cortando su piel. Y en la mirada de Santino, como un presagio oscuro.
Un sonido la sacó de sus pensamientos. La puerta se abrió en clic suave.
No tuvo que preguntar quién era.
Santino Koch entró sin pedir permiso, como si aquel dormitorio también fuera suyo. La luz tenue iluminó su silueta alta y poderosa, vestida aún con el traje n***o que usó en el funeral. No se molestó en hablar enseguida; se quedó en el umbral, mirándola con esa sonrisa torcida que le helaba la piel y la encendía al mismo tiempo.
—No te ofrecí mis condolencias, Analena —dijo finalmente, su voz fue un ronroneo bajo. Cerró la puerta con un leve empuje. La cerradura sonó como una sentencia.
Analena se incorporó lentamente, apoyando las manos en la cama, pero no se cubrió. Sabía que la observaba, que sus ojos recorrían la tela ligera sobre su cuerpo y la piel desnuda de sus piernas.
—No me pareces el tipo de hombre que da condolencias —susurró ella, con un deje de burla.
Santino avanzó. No se detuvo hasta estar justo frente a la cama, justo frente a ella. Analena se obligó a mantener la calma cuando él se inclinó ligeramente, apoyando una mano en el colchón, invadiendo su espacio. Su olor, una mezcla de madera, especias y algo más oscuro, la envolvió.
—No lo soy —admitió él, rozando su mejilla con el dorso de los dedos—. Pero tampoco me pareces el tipo de mujer que llora por un marido muerto.
Analena sonrió mientras su corazón latía con fuerza. Santino se incorporó levemente, y su mirada se deslizó a sus manos. Tomó una entre las suyas, con esa firmeza controlada que lo caracterizaba, y recorrió con el pulgar los cortes recientes en su piel.
Ella sintió un escalofrío recorrer su columna cuando él presionó un poco, apenas lo suficiente para hacerla sentir el ardor de la herida.
—Sangras demasiado fácil, Analena —murmuró, observando con fascinación la fina línea rojiza que reapareció bajo su toque—. Me pregunto cuánto más podría hacerte sangrar.
Ella tragó saliva, pero no apartó la mano. No podía mostrar debilidad.
—No eres el primero que lo intenta —respondió con una media sonrisa—. Pero siempre salgo ilesa.
Santino la estudió en silencio. Luego, sin previo aviso, llevó su mano a su boca y deslizó la lengua con lentitud sobre la herida. Analena sintió el ardor, el roce húmedo, la presión de sus labios cerrándose sobre su piel. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo entero.
Un susurro escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. No fue un gemido, pero Santino lo tomó como una victoria.
—Interesante… —murmuró, mirándola con esa intensidad oscura que la hacía perder el aliento.
Analena intentó recuperar el control de la situación. Retiró la mano con lentitud y lo miró con el mismo fuego con el que él la devoraba.
—Si querías asegurarte de que no lloraría a tu padre, ya tienes tu respuesta —dijo con calma, aunque su pecho subía y bajaba demasiado rápido.
Santino rió bajo. Se enderezó y, con una lentitud exasperante, se inclinó sobre ella, hasta que sus labios estuvieron a un suspiro de los suyos.
—No. Solo quería verte de cerca cuando me dieras la verdadera respuesta —susurró.
Y entonces, se alejó.
Con la misma tranquilidad con la que había llegado, Santino caminó hasta la puerta y la abrió, sin mirar atrás.
—Duerme bien, hermosa viuda —murmuró antes de desaparecer.
Analena quedó temblando en la cama... De deseo. Y eso era inaceptable.