Capítulo 2

1232 Words
El funeral de Edmund Koch había terminado. Analena mantenía el luto impecable, con un vestido n***o ajustado que resaltaba sus curvas de una manera indecente para una viuda. No le importaba. Sabía que los ojos la seguían mientras caminaba con la cabeza en alto. Algunos la miraban con lástima, otros con desprecio. Pero había una mirada que se clavaba en su piel como un hierro al rojo vivo. Wallace Pete, el políticamente millonario, como solían llamarlo en los círculos sociales de la elité, la esperaba en su despacho. Analena sabía que la reunión no tenía que ver con condolencias, y mucho menos con buenos deseos. —Puntual. Eso me gusta —dijo Wallace al verla entrar. Estaba sentado detrás de su gran escritorio de madera oscura, con un vaso de whisky en la mano. Su traje azul marino estaba desabrochado en el cuello, como si ya hubiera comenzado a relajarse. Analena cerró la puerta con calma, sin apuro. Caminó con la misma elegancia de siempre hasta quedar frente a él, apoyando las manos sobre el escritorio. Sus dedos, aún con los cortes recientes, resaltaban contra la superficie pulida. Wallace los miró de reojo antes de sonreír. —No estoy de humor para juegos, Wallace —dijo ella con voz fría. —¿Quién dijo que esto es un juego? —respondió él, inclinándose hacia adelante. Su mirada descendió por su cuerpo con una descarada lentitud—. Aunque me gusta pensar que ambos sabemos divertirnos. Analena mantuvo la compostura, pero su piel se erizó ante el descaro. Wallace era peligroso de una manera diferente a Santino. No era solo poder. Era control. Manipulación. —¿Por qué me llamaste? —preguntó, sin rodeos. Wallace tomó un sorbo de su whisky antes de responder. —Porque ahora eres importante, Analena. Con Edmund muerto, tu posición ha cambiado. Hay muchos ojos sobre ti. Y yo… bueno, me gusta estar cerca de las piezas clave del tablero. Tu padre me dejó encargado tu bienestar y solo cumplo con su deseo. Analena entrecerró los ojos. Sí, qué ironía. —Si querías asegurarte de que estoy bajo control, no te molestes. No represento una amenaza para nadie. Wallace sonrió con diversión. —No, querida. Tú eres la amenaza. Pero eso no es un problema para mí. De hecho… me resulta bastante atractivo. Se levantó de su silla y rodeó el escritorio con calma depredadora. Analena no se movió, incluso cuando él se detuvo justo a su espalda, tan cerca que su aliento rozó su nuca. —Sabes que siempre te he querido en mi mesa… y en mi cama —susurró, con voz ronca junto a su oído—. No tienes que seguir fingiendo. Ahora eres libre. Y yo soy un hombre generoso. Puedo ayudarte a mantener tu lugar en esa casa. En esa familia. Analena cerró los ojos un instante, controlando la ira que le quemaba las venas. Wallace la subestimaba. Creía que podía comprarla, poseerla como si fuera un objeto más en su colección de lujos. Pero ella sabía jugar mejor que nadie. Lo había aprendido. En ese mundo de hombres, debía ser astuta y cautelosa. Se giró con lentitud, enfrentándolo. Su rostro quedó a escasos centímetros del de él. Wallace sonrió, confiado, creyendo que la tenía donde quería. —¿Y qué obtendría yo a cambio de tu… generosidad? —murmuró ella, con voz sedosa. Wallace deslizó un dedo por su brazo desnudo, bajando hasta su muñeca, presionando justo donde la piel seguía sensible por los cortes. Analena no se estremeció, no le daría el placer de verla quebrarse. —Protección. Poder. Influencia. Y por supuesto… placer. La palabra quedó suspendida entre ellos. Wallace inclinó la cabeza, rozando sus labios con los suyos. Analena sonrió. Luego, con un movimiento calculado, deslizó una mano por su pecho y bajó lentamente hasta el cinturón de su pantalón. Wallace contuvo el aliento, sus ojos se oscurecieron con deseo. —Tienes razón en algo —murmuró ella—. Ahora soy libre. Y eso significa que elijo con quién me acuesto. Antes de que pudiera responder, Analena subió las manos y desanudó la corbata de un tirón y la deslizó lentamente entre sus dedos, disfrutando de la forma en que los ojos de Wallace la devoraban. —¿Quieres jugar, Wallace? —susurró, acercándose a su oído, rozándolo con sus labios sin besarlo—. Juguemos. Wallace soltó una risa baja, oscura, antes de tomarla por la cintura y empujarla contra el escritorio. La madera crujió bajo el impacto de su cuerpo, y antes de que Analena pudiera moverse, él atrapó sus muñecas, sujetándolas sobre su cabeza con una sola mano. —Eres un veneno dulce —murmuró Wallace contra su cuello, deslizando la lengua por la piel caliente—. Un vicio del que no quiero curarme. Analena arqueó la espalda cuando los labios de Wallace descendieron por su clavícula, marcándola con besos ardientes. Sus manos, rudas y seguras, recorrieron su cuerpo con una confianza que solo un hombre como él podía tener. —No eres el único con poder aquí, Wallace —jadeó ella, retorciendo las muñecas hasta liberarse y empujándolo de nuevo. Él sonrió, fascinado. —Por eso me vuelves loco. Ella bajó las manos hasta su cinturón y lo desabrochó lentamente, disfrutando de la forma en que la respiración de Wallace se volvía errática. Su deseo era tangible, pero Analena sabía que poco a poco él le cedía el control. —Si vamos a jugar —susurró contra sus labios, con una sonrisa cruel—, que sea bajo mis reglas. Wallace no respondió con palabras. Sus labios devoraron los suyos con una intensidad brutal, mientras sus manos recorrían cada centímetro de su piel con urgencia. Analena sabía que estaba bailando con fuego, pero eso solo hacía que el momento se sintiera aún más adictivo. La viuda Koch ya no era una simple mujer en duelo. Era una cazadora. Y Wallace Pete acababa de convertirse en su primera presa. Justo cuando sus labios descendían más abajo, cuando Wallace ya se creía vencedor, el sonido de su celular vibrando interrumpió el momento. Wallace gruñó, irritado, y sacó el dispositivo de su bolsillo. Miró el nombre en la pantalla y chasqueó la lengua. Analena sonrió en la penumbra. Sabía perfectamente quién estaba llamando. Abraham. Había sembrado en él la inquietud de que estaría sola con Wallace, había susurrado su nombre con la suficiente preocupación para que, en el momento exacto, llamara para “ver cómo estaba”. Wallace contestó con fastidio, alejándose de ella apenas un paso. —¿Qué pasa, Abraham? Estoy ocupado. Analena aprovechó el momento. Se soltó con elegancia, deslizando sus muñecas de su agarre y alisó su vestido con calma. Wallace intentó volver a atraparla, pero ella levantó una mano, deteniéndolo con un gesto firme. —No hagas una escena, Wallace —murmuró con una sonrisa ladeada, susurrando lo suficientemente bajo para que solo él la escuchara—. Te gusta el control, pero esta vez, lo tengo yo. Wallace la miró con una mezcla de frustración y fascinación, aún sosteniendo el teléfono contra su oído. Analena inclinó la cabeza, disfrutando de su momentánea derrota. Luego, con la misma tranquilidad con la que había llegado, se dirigió a la puerta y la abrió. Antes de salir, se giró solo lo suficiente para ver su expresión. —Nos vemos pronto, Wallace.
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