POV. DE ALLIETH.
—¿Cómo sigue? —pregunte con mi voz casi rota y mirando el rostro vendado de Henry.
Albert estaba a su lado y desde aquel entonces, una semana ya, no se había movido de aquí, sus ojos me lo suplicaron la primera noche que Henry gritaba de dolor, y yo no podía negarle la posibilidad de estar junto a su amado, solo por mi seguridad, así que en lugar de que el sea mi sombra, estaban dos hombres jóvenes con mucha vigorosidad a mi lado.
—Esta mañana pudo tomar algo de caldo de flor del sol —Albert sostenía la mano de Henry con tanta dulzura y delicadeza, pero al mismo tiempo era como si al soltarlo se le iría la vida.
Y de alguna manera quisiera entenderlo, pero solo podía sentir compasión.
Sí, mi vida siempre fue demasiado solitaria, nunca fui la niña divertida o hábil, ni la más amistosa, ni delicada, solo era yo y mi imaginación, mientras que mi hermana era una chica sociable, dulce, considerada, pero sobre todo buena en todo lo que se propusiera hacer.
Inclusive con la espada era realmente buena, aunque papá se lo prohibió al principio, mi querida Allieth se escapaba de nuestras lecciones de dibujo o bordado o cuidado de la naturaleza, para inmiscuirse en la clase de esgrima y lucha con espada, ella era tan buena que el profesor, que se dio cuenta enseguida que había una niña disfrazada de niño, le pidió directamente a mi padre el Rey de SunMeadow.
Sí, cuando papá se enteró casi se vuelve loco, pero una vez que la vio empuñar la espada y enfrentar a los niños y derrotarlos, no dudo un segundo en apoyarla.
En cambio, yo... Bueno yo siempre fui un poco más lenta y temerosa. Prefería la compañía de un buen libro o tal vez dibujar al aire libre, los días lluviosos eran el plan perfecto para perderme en medio de los enormes jardines y luego volver empapada a mi habitación, aunque el regaño de mi padre no se podía evitar, pero valía la pena.
Y en medio de mi soledad, creo que lo conocí, un chico dulce, rubio y de ojos tan verdes como el árbol más resplandeciente en la primavera, su mirada era amable, su sonrisa era tan coqueta como divertida y sus ocurrencias eran infinitas.
Pero él siempre fue producto de mi imaginación.
Iba y venía como el aire de la mañana.
Y un día simplemente se fue para no volver nunca más.
De alguna manera, él lograba entender lo que pasaba por mi cabeza y mientras yo leía, el solo jugaba a mi alrededor y me observaba, o cuando me mojaba bajo la lluvia esperaba atento a que me resguardará. Pero nunca espero a que yo corriera con él, o saltará de los arboles como hacía Allieth, entendía mi torpeza y tal vez por eso era que me aferraba al imaginario de tenerlo en mi vida, porque él simplemente me dejaba ser.
Mis ojos se cristalizaron un poco con el recuerdo y otro poco por la nostalgia de no tener a nadie que se preocupara por mí, tal como lo hacía Albert por Henry.
Y he de admitir que tomar los hábitos no fue una decisión meramente religiosa o voluntaria, fue más un impulso por no dejar que las cortes de todos los reinos, me juzgaran como la princesa solterona y retraída. Era más fácil ser admirada por tal decisión, que ser impulsada a un matrimonio conveniente y sin amor, como paso con mi pobre Allieth.
Pero entonces el recuerdo de Carl de rodillas, rogando por mi perdón, o bueno el de mi hermana, llego a mi cabeza y sentí que mi pecho se oprimía dolorosamente.
¿La amaba?
¿La amaba tanto como para arrastrarse y gritar?
Después de todo Carl es el Rey, y no hay nada más importante que eso aquí.
—N-no te vayas —el gemido doloroso de Henry me hizo volver a la realidad.
Me acerqué un poco y tome su mano libre.
—No te esfuerces, sabes que vine a ver como estabas y...
—C-cobra todo el d-daño que Carl nos ha hecho, p-por favor —sus labios casi no se podían mover y hablo con dificultad.
—Henry, yo tengo que... Tengo que hablar con Carl, él actuó como un loco, pero...
— Pi-piensa en tu hermana —dijo con los dientes apretados y mi corazón se hundió por el doloroso recuerdo—, y en tus sobrinos —Henry derramo una lagrima—, él les quito la posibilidad de tener un hogar.
Sus ultimas palabras fueron tan firmes como verdaderas y dolorosas. Caí de rodillas a su lado y baje mi cabeza gimoteando y tratando de contener el dolor.
—Hazlo ahora.
—Pero es muy pronto, Henry —le dije y Albert puso una mano sobre mi hombro.
—Y sabes que siempre estoy contra los impulsos de Henry —casi susurro Albert—, pero esta vez, él tiene razón. Es hora de que le muestres a Carl, la reina que eres.
—Pero yo...
El miedo me paralizaba, me carcomía y me dejaba tan muda como mi hermana Allieth.
El día antes de regresar en su nombre y como una total usurpadora, vomite todo lo poco que pude comer, sude frío y casi desmayo.
—¿Y si estamos equivocados? —pregunte con la voz un poco temblorosa.
—¿A qué te refieres? —pregunto Albert con el ceño fruncido.
—¿Y si Carl de verdad amaba a Allieth y lo que paso fue solo una trampa? De cualquier forma, debemos admitir que atrapo a Victoria y la tiene como la peor criminal desde el día que mi hermana desapareció.
Se hizo un poderoso silencio entre nosotros y escuchamos un ligero golpe en la puerta que nos hizo reaccionar.
—Leíste los diarios de tu hermana —dijo Albert en un susurro muy bajo.
—No todos, algunos están en sus aposentos y no los he leído todavía. Excepto las primeras paginas de una pequeña libreta y debo decir que...
Me sonroje al recordar las palabras que había escrito mi hermana, para describir los actos... Amatorios que ella y Carl sostenían en la intimidad o bueno, para ser honesta también en algunos lugares no tan íntimos ni tan privados.
Y sí, no puedo negar que logré leer 3 paginas, y cerré el pequeño cuadernillo, por vergüenza y algo de celos.
Porque ni es mis mas remotos sueños, yo imaginaría que un hombre me tocará de esa forma.
—¿Qué? —pregunte Henry en un gemido bajo.
—No se eran tan indiferentes, al menos de manera física.
—¿De qué hablas?
—Bueno que mis sobrinos no fueron concebidos por pura formalidad de su relación.
Reí un poco y ellos se rieron conmigo.
Ambos sabían que yo era más virgen y pura que muchas novicias o mujeres entregadas a Dios, así que hablar de estos temas para mí era algo... extraño y ajenos.
—Bueno, después de todo la princesa Allieth no era tan tonta —dijo Albert y sacudió su cabeza—. La verdad no lo imagine nunca de ella y eso que yo no... bueno siempre estaba a su lado como una sombra.
—Pues fuiste una mala sombra —reímos los 3 y los golpes en la puerta se hicieron más fuertes.
—Iré a ver —dijo Albert que se puso de pie y con paso firme llego a la puerta para abrirla.
Y allí en la puerta con unas flores y una sonrisa perfecta estaba la marquesa Danielle Percy.
La hipócrita y arrastrada que quería el lugar de la reina y estaba dispuesta a hacer lo que fuese por lograrlo.
—Marquesa —la saludo Albert con formalidad.
—Su alteza —dijo mirándome con odio y la verdad es que no fui capaz de responder el saludo—. Me enteré que su amante salió gravemente herido por culpa de mi Rey —sus palabras fueron lanzadas con soltura, altanería y burla.
Me puse de pie ante su impertinencia y me posé frente a ella como mis manos listas para atacar, pero en lugar de eso, solté una sonrisa despiadada y la mire fijamente.
—El duque Henry no es mi amante —la firmeza en mis palabras y mi tono la tomo tan de sorpresa que se fue de para atrás dos pasos largos, sus ojos se abrieron de la impresión por escuchar mi voz y yo me adelante esos dos pasos—. Ahora bien, querida Danielle, estás tan desesperada por atención del tu Rey que vienes a insultar a mis aliados y a tu reina misma —continúe caminando mientras ella, en su trance no dejaba de retroceder—. Y ya que insistes tanto en molestar e insultar a tu reina —me detuve cuando la ridícula llego a la pate de afuera de los aposentos de Henry—, te daré una lección que no vas a olvidar nunca.
—S-su majestad, yo no... ¿Usted habla?
Sonreí y la mire de pies a cabeza de la manera más despectiva posible.
—Y te haré ver un infierno si insistes en molestarme y meterte en mi camino,
—Carl no te ama, nunca te amo —dijo en un intento por sonar grosera.
—Y aún así es él quien se arrodilla y ruega por mí. Que te quede claro, que si te revuelcas con él o no, nunca serás la reina de nada, marquesita insignificante.
Sin tener la intensión de decirle nada más, me dispuse a caminar directo a los que fueron los aposentos privados de mi hermana y buscar los diarios que todavía quedaban allí para leerlos.
Tenía que saber y entender la verdad, la verdad de Carl y la verdad de ella.
Pero mientras tanto, firme un documento para que la mercancía y dinero de la Condesa Bovary, tía de Danielle, fueran retenidos en mi nombre y secuestrados por insulto a la corona.
Esto iba a ser el primer golpe, pero Henry y Albert tenían razón, ya era momento de mostrar a la verdadera reina, aunque las piernas me temblaran, porque yo no tengo ni la mitad de valentía que tenía mi hermana Allieth.