Annie Evans
Cuando termino de ponerme la camiseta y el mono vaquero me dejo el pelo suelto, me lo peino, cojo la plancha y me hago ondas en él. Después de acabar de hacerme el pelo me maquillo de una forma natural y sencilla, aplicándome rímel que mi tía me dio el otro día dándole volumen a mis pestañas haciendo que mis ojos azules resalten más. Finalmente cojo uno de mis pintalabios rosa, ya que tengo dos y me aplico uno sobre los labios. De repente, llaman a la puerta.
—Annie, tu padre llega en cinco minutos.
—De acuerdo, enseguida bajo.
Mi tía asiente y se marcha cerrando la puerta de la habitación. Ayer, antes de llegar a trabajar, mi padre me informó de que estaba en el aeropuerto, ha cogido un vuelo para venir aquí a comentarme sobre el estado de mi madre y me estuvo explicando algunas cosas, por eso me retrasé en el trabajo.
Todavía sigo alucinada por las palabras de Caleb: falsa e hipócrita me llamó. Por supuesto que pensaba contarle lo que había escuchado en el baño pero quería buscar el momento y el lugar indicado y no en el instituto cuando todo el mundo nos puede escuchar. Aún no me explico cómo lo ha podido saber… pero que me diga eso después de que no le he dicho nada a nadie, ni siquiera a Madison…
Bajo las escaleras viendo a mi padre con la maleta en un lado. Su aspecto es cansado, lleva unos pantalones azules y una camisa blanca, pero aunque luzca cansado me sonríe.
—Hola Annie, ¿cómo estás?
—¿Bien y tú?
—Algo cansado pero bien —asiento.
—¿Te vienes con nosotros tía?
—No puedo, tengo planes pero será en otra ocasión.
Mi padre deja su maleta en el salón. Cuando salimos de casa frunzo el ceño al ver el coche.
—Lo he alquilado para hoy —mi padre se adelanta leyéndome el pensamiento.
—Oh, vale.
Cuando abro la puerta del copiloto, no sé por qué mi cabeza se dirige instantáneamente hacia casa de Caleb. ¿De verdad piensa que he sido falsa con él? Sacudo la cabeza. ¿Por qué tengo que pensar en eso? Subo al coche y nada más cerrar la puerta, me pongo el cinturón.
—¿Dónde te apetece comer? —pregunta mi padre.
—Donde tú quieras.
—Conozco una pizzería donde se come muy bien, ¿te apetece?
—Claro.
Diez minutos más tarde, mi padre y yo llegamos a la pizzería e inmediatamente nos asignan una mesa. Miramos la carta detenidamente hasta que me decido por una lasaña. Mi padre termina pidiendo lo mismo que yo.
—¿Qué tal van los estudios? ¿Cómo lo llevas todo?
—Bien la verdad. He conseguido un trabajo en un cine. Trabajo entre semana por las tardes.
—¿Y puedes compaginarlo con el instituto?
—Espero que sí.
—Annie, sabes que no tienes por qué trabajar.
—Pero yo quiero hacerlo.
—Está bien, no te insisto más pero a mí me gustaría mandarte algo para aunque sea los gastos del instituto: libros, libretas, excursiones, lo que sea necesario.
—Gracias —sonrío levemente —. ¿Cómo está mamá?
—La he dejado mejor y bien atendida por médicos. Tuvo una crisis muy fuerte y… —mi padre se detiene dudando en si decírmelo o no.
—Papá, háblame con claridad, por favor —mi padre me mira no muy convencido soltando un profundo suspiro.
—Estuvo a punto de suicidarse, la encontraron desmayada con un bote de pastillas, gracias a Dios los médicos lo descubrieron a tiempo.
El camarero llega con nuestros platos pero en este instante, lo único que tengo es ganas de vomitar sintiendo como mi corazón bombea fuertemente contra mi pecho.
—Dios mío… —digo llevándome las manos a la frente apoyando los codos sobre la mesa.
—Pero ya está bien, estuve hablando con ella y me ha dicho que va a luchar por curarse, tiene muy buenos médicos con ella.
—¿Y quién te asegura de que no lo va a volver a intentar?
—Yo, yo te lo aseguro. Confío en tu madre y sé que va a luchar, me dijo que lo haría por ti, únicamente por tí.
Y justamente esas palabras hacen que las lágrimas caigan sobre mis mejillas. Me muerdo el labio con la intención de que las lágrimas se vayan, de que este dolor que siento en el pecho, este sentimiento de culpabilidad se vaya. Dios mío, me siento tan tan culpable… si no me hubiese ido quizá las cosas hubiesen sido diferentes.
—Me siento tan culpable papá… —confieso tapándome la frente con la mano.
—No cariño, no te sientas así. Tú hiciste todo lo que pudiste para ayudarla pero ella no se dejó y cuando tú te fuiste fue realmente cuando abrió los ojos. En realidad, viniendo aquí la has ayudado Annie —la voz de mi padre suena cariñosa.
—Puede que tengas razón pero aún así no puedo evitar sentirme culpable.
Mi padre saca un pañuelo y me lo ofrece para que me limpie las lágrimas y me suene la nariz.
—Te prometo que en cuanto tu madre esté mejor hablaras con ella pero por ahora quiero que estés tranquila porque ella está buenas manos —asiento sonriendo levemente —. ¿Vamos a comer, no? Esto tiene muy buena pinta.
—No tengo mucha hambre la verdad…
—Vamos, aunque sea un poquito —me anima mi padre con una sonrisa.
Me sorbo la nariz con el pañuelo y a continuación cojo los cubiertos y pruebo la lasaña.
—Está buenísima, ¿no te parece?
—Sí la verdad.
—Y bueno, cuéntame, ¿ya has hecho amigos?
—Sí —afirmo —, Madison. Va a mi clase, es muy buena chica y algún que otro roce he tenido con alguna persona, pero bueno, siempre hay cosas así.
—¿Algún chico? —mi padre sonríe.
—¡No, para nada! Me pusieron a hacer un trabajo con un chico de clase, la cosa no empezó bien pero después eso pareció cambiar y… —me interrumpe.
—Te llevas mal de nuevo con él —finaliza él por mi.
—En fin, no quiero seguir hablando de él, es idiota y punto —digo llevándome un trozo de lasaña a la boca. Frunzo el ceño al ver a mi padre reírse —. ¿De qué te ríes?
—Porque me has recordado a Mamen y a mí. Cuando nos conocimos no empezamos con buen pie. Un día discutimos, ella se puso histérica y me encantó, la vi tan atractiva enfadada que la besé.
—Oh, vaya… qué pasional todo —digo irónicamente y sonrío.
—Me encantaría que algún día la conocieras, ella está deseando conocerte —sonrío sin mostrar los dientes.
—Gracias por venir papá, por estar aquí.
—Siempre voy a estar ahi cariño.
Después de comer mi padre me lleva en coche a dar una vuelta por la ciudad hasta que decide aparcar el coche en un parking que hay en el ayuntamiento dando una vuelta por la ciudad. Mientras paseamos mi padre me explica algunas cosas de Italia ya que él ha estado aquí alguna vez. Una vez he pasado la tarde de con mi padre llego a casa subiendo directamente a mi habitación echándome directamente sobre la cama. Al recordar a mi madre, tanto los buenos como los malos momentos no puedo evitar llorar y pensar en ella, en cómo estará ahora.
Al día siguiente cuando el despertador empieza a sonar suelto un gruñido contra la almohada. No he dormido tan apenas. Anoche me quedé dormida con la ropa puesta, sin ponerme el pijama ni nada. ¿Por qué los fines de semana tienen que ser tan cortos? Me levanto medio dormida, levanto la persiana hacia arriba dándome el sol en todo el rostro. Arrastro mis pies hasta el baño dándome una buena ducha para poder despejarme.
Nada más llegar al instituto y entrar en él dirigiéndome a las taquillas, visualizo a mi amiga revisando algo en su taquilla.
—¡Hola! —saludo animadamente.
—¡Ay, tengo algo que contarte! —dice con entusiasmo poniendo dos libros dentro de su mochila.
—Soy todo oídos —me río.
—¡Tengo trabajo en una tienda de ropa! Me lo ha conseguido mi madre.
—¿Enserio? —Madison asiente emocionada —. ¿Cuándo empiezas?
—Mañana. Así que te invito a comer a mi casa, así que avísale a tu tía de que no vas a llegar a comer —me apunta con el dedo índice.
De repente veo que Madison desvía su mirada hacia atrás, giro la cabeza encontrándome con la mirada de Caleb, noto que me mira con rabia así que yo le transmito el mismo sentimiento. ¿Quién se cree?
—Si las miradas matasen… —comenta mi amiga riéndose.
—Ya —murmuro —. Vamos a clase, anda.
En la clase de matemáticas, después de haber tenido recreo, el director del instituto entra en nuestra clase interrumpiéndola.
—Siento interrumpir chicos, pero tengo que anunciaros algo importante. El viernes que viene será el aniversario de este instituto, y todos los años, cómo sabéis, lo hemos celebrado. Me gustaría que algunos se ofrecieran voluntarios para organizar la fiesta, la decoración y todo. ¿Voluntarios? —el director observa a toda la clase.
—Nosotras señor director, Annie y yo —dice Madison levantándose de su silla. Abro la boca sorprendida y sonrío negando con la cabeza mientras mi amiga me guiña un ojo.
—¡Estupendo! ¿Alguien más?
Dos chicos más de nuestra clase se levantan ofreciéndose como voluntarios.
—¡Perfecto! ¿Nadie más…?
—¡Yo!
Giro la cabeza viendo a Caleb levantado ofreciéndose voluntario.
—¡Perfecto Sprouse! Pero tú tarea sabes que también es hacer las fotos de la fiesta, ¿verdad?
—Sí, lo sé.
—Peter Bohall también está encargado de hacer las fotos. ¿Dónde está? —pregunta buscándolo con la mirada.
—No ha venido —comunica la profesora.
—Está enfermo —le informo yo.
—Oh, pues dígale que él también está encargado de hacer las fotos.
Asiento y el director se marcha dejando a la profesora continuar explicando algunas ecuaciones. En el segundo recreo —que es menos tiempo que el primero —, Madison y yo nos dirigimos a la cafetería. Llegamos a una mesa vacía, yo me siento y mi amiga deja sus cosas en ella.
—Voy a comprarme algo, ahora vengo.
Asiento y cojo el móvil revisando las r************* y me doy cuenta de que mi padre me ha dejado un mensaje, lo leo y después le escribo la respuesta.
—¿Habéis visto el escándalo que se ha formado en el aula de último curso? —escucho decir a una chica que se sienta justo en la mesa de detrás con el resto de sus amigas.
—No… ¿Qué ha pasado? —pregunta una de ellas.
—Caleb, el hermano de Callum estaba reclamándole algo a April e inmediatamente a intervenido Gianna, una de las animadoras.
Abro los ojos sorprendida.
—¿Has logrado escuchar algo? —dice otra de ellas.
—Creo que estaban hablando de Callum. Por un momento, al escuchar a Caleb, parecía que estaba escuchando al mismo Callum.
—Son hermanos. ¿Sabéis lo idénticos que son? Yo creo que no sé distinguirlos mucho.
—Dicen que Callum está en coma.
—A saber en qué líos se ha metido ese chico para llegar a ese estado…
—Quizá se lo haya ganado a pulso.
¿Perdona? ¿Cómo puede hablar así una persona refiriéndose a otra? Me levanto cogiendo la mochila cuando veo aparecer a Madison.
—¿Dónde vas?
—¿Nos podemos ir? Por favor.
—Claro… —dice aturdida.
Justo cuando salgo de la cafetería, me encuentro de cara con Caleb. Al verle me quedo quieta, mi cuerpo se queda ahí quieto, como si no quisiera responder. Está vez Caleb no me mira con odio como lo ha estado haciendo, su mirada es diferente.
—A-Annie —balbucea.
Sigo caminando sintiendo los pasos de Madison detrás de mí hasta que consigue ponerse a mi lado.
—¿Qué te pasa?
—He escuchado una conversación que no me ha gustado. Estaban hablando mal de Callum, el hermano de Caleb y he escuchado una cosa que me han entrado ganas de decirles cuatro cosas a las de detrás pero como no quiero líos he preferido irme.
—Haces bien, no merece la pena.
A las dos Madison y yo cogemos el bus dirigiéndonos a su casa. El autobús estaciona para para la gente que tenga que bajar en esta parada. Una chica que viene a nuestra clase se acerca a nosotras.
—Hola chicas —saluda con una sonrisa —, por cierto Annie, cuando he salido de clase Caleb me ha preguntado si te he visto, te estaba buscando, te lo digo para que lo sepas.
Madison frunce el ceño ante eso y yo me quedo un poco sorprendida. ¿Para qué estaría Caleb buscándome? ¿Para seguir llamándome falsa e hipócrita?
—Oh, gracias Aurora.
—De nada, hasta mañana chicas —se despide bajando rápidamente del bus.
En poco tiempo llegamos a casa de Madison. Su madre nos prepara algo para comer mientras nosotras estamos arriba en la habitación. Poco después bajamos para poner la mesa y comemos las tres mientras hablamos animadamente.
—¿Qué tal ayer con tu padre? —pregunta Madison acomodándose en su cama.
—Bien. Me estuvo explicando lo que pasó con mi madre —suspiro profundamente —. Al parecer… se intentó suicidar y después tuvo una crisis.
Madison abre la boca en forma de O e inmediatamente se incorpora quedando sentada sobre la cama.
—Pero, ¿está mejor?
—Afortunadamente sí pero de alguna forma me siento muy culpable. Quizá si no me hubiese ido… —noto como mi barbilla empieza a temblar y chasqueo la lengua.
—No no, Annie, no digas eso.
—No sé Mad… —suspiro sentándome a su lado.
—Piensa que si no hubieses venido aquí ella quizá nunca hubiese tomado la decisión de ingresarse. Al irte tú ella a abierto los ojos.
—Eso mismo me dijo mi padre pero no sé, ponte en mi lugar —trago saliva con dificultad.
—Lo hago Annie y no te sientas culpable, tu madre ahora está atendida y estoy segura de que se va a recuperar pronto —Madison pasa su brazo por mi espalda acariciàndola.
—Gracias, de verdad —digo mirándola. Madison deja varios besos sonoros en mi mejilla y a continuación me abrazo que yo correspondo con mucho cariño.
A la hora de trabajar llego diez minutos antes, para compensar lo del otro día. Caleb llega justo cinco minutos después que yo. Mientras estamos trabajando cruzamos alguna mirada sin querer y no se por que pero siento que me quiere decir algo o… ¿Serán cosas mías?
Al finalizar mi trabajo me dirijo a cambiarme la camiseta y a ponerme la mía. De repente escucho la puerta, me giro con el corazón en un puño y respiro cuando veo que es una compañera de trabajo. Me dice un hola y se dirige a cambiarse a uno de los baños. Me acerco a uno de los espejos comprobando que mi coleta está bien hecha y sujeta cuando de repente escucho el ruido de la puerta cerrarse. A través del espejo visualizo a Caleb pero aparto la vista y empiezo a guardar cosas en mi mochila.
—Annie, ¿podemos hablar un momento?
—No —digo rotundamente.
—Annie… —insiste.
—¿Desde cuándo hablas con hipócritas y falsas? Yo no intentaría hablar con una persona así, Caleb.
Cojo la mochila e inmediatamente me marcho. Camino todo lo más deprisa que puedo hasta la salida del cine y empiezo a caminar.
—¡Annie!
Pero lo ignoro y sigo andando.
—¡Annie! —sigo caminando mientras pongo los ojos en blanco —. ¿Quieres parar y dejarme hablar de una maldita vez?
—¡A mí no me hables así pedazo de idiota! —le grito plantándome en plena calle. Son las nueve de la noche y ahora mismo no pasa nadie.
—¿¡Cómo pretendas que te hable?! Lo único que quiero es hablar contigo —dice terminándose de acercar a mi.
—Pues lo siento, pero yo no quiero hablar contigo.
Intento cruzar la calle deprisa, intentado alejarme de él porque en este momento estoy demasiado cabreada como para escucharle después de todo lo que me dijo pero cuando me llama dejándose los pulmones en ello, me doy cuenta de que un coche está apunto de alcanzarme. En ese instante me invade el pánico, no sé cómo moverme de aquí porque mi cuerpo no reacciona al tener los focos del coche apuntándome, hasta que siento unos brazos rodear mi cuerpo mientras ascendemos hacia abajo. Mi cuerpo suelta adrenalina, mi respiración es pesada y tiemblo del miedo que acabo de pasar.
Y entonces, me doy cuenta de que estoy sobre Caleb, el chico que tanto me saca de quicio pero que al mismo tiempo tiene algo que no sé qué es.