Lydia Adams,
Entre sueños, sentía una suave caricia recorrer mis muslos de manera precipitada. Qué agradable sensación, debía despertar de prisa. Mi cuerpo comenzó a calentarse, sentía mis mejillas arder. Esa textura era exquisita. Me percataba de como poco a poco se iba acercando a mi intimidad de manera aguerrida, sin precedentes.
Una exquisita sensación se apropió de mi sexo.
Abrí los ojos de par en par. Mis pensamientos somnolientos se esmeraron en despabilar al furtivo par de ojos azules que me miraban con tanta delicia y voracidad.
Era Trevor, el gladiador. Se mordía el labio inferior y podía jurar que lo había contemplado relamerse la boca, me saboreaba.
–Buenos días, pequeña pecosa. –me llamó con un increíble tono de voz. Se escuchaba de excelente humor.
–Buenos días…–murmuré a medias, porque había un par de dedos suyos recorriendo mi intimidad de un lugar a otro.
–Eres muy perezosa. –me regañó y colocó una media sonrisa que comenzó a derretirme.
–Y tú un atrevido. –me burlé. –¿Me tocas mientras duermo? –lo acusé. Pero lo cierto es que ese acto no me enojaba en lo absoluto, por el contrario, me hacía sentir deseada.
–Solo así te despertaste. Tu lado perverso a la orden. –se mofó de mí.
Yo abrí la boca impactada. Había descubierto que soy una loca s****l y con su físico y ese ímpetu con el cual me domó una noche antes puedo afirmar que estoy al borde de caer en una adicción a su cuerpo.
Me avivé deprisa, Trevor se apropió de mi boca, me mordió el cuello y succionó con fuerza. Le urgía que me incorporara al acto de sus pasiones, a la exigencia de sus deseos.
–Detente, dejarás marca y tengo que ir a trabajar. –me quejé.
–No vayas. –me sugirió con una voz ronca y mordió el lóbulo de mi oreja.
Eso sonaba bien. Podía reportarme enferma. Nunca falto, mi jefe es un pesado, pero la oferta de este precioso espartano es más tentadora.
–Sí me quedo… ¿Qué haremos? –le cuestioné. Debía convencerme de quedarme, no puedo ceder simplemente a sus exigencias, es decir sí, pero él no debe saberlo.
–La pregunta es… ¿Qué no haremos? –puso un gesto provocativo. Me encantaba poder conocer ese lado suyo. Esos nuevos gestos. Yo solo había conocido al Trevor serio. Ahora conocía su lado lujurioso y ladino.
Era un maldito monstruo salvaje. Lo sentí obligarme a abrir mis piernas y proceder a apropiarse de mi cavidad, sin cuestionarme me embistió, él sabía que yo estaba muy excitada porque mi cuerpo me había delatado con la humedad. Sabía que lo deseo, que se me hace sumamente atractivo y cautivador.
> Pensé incapacitada a resistirme.
Un pensamiento perverso surgió de mi lado más diabólico, apenas ayer habíamos tenido intimidad y nuevamente tenía apetito de comerme. Sonreí en mis adentros, ¿Trevor era un pervertido s****l como yo? ¡Me acabo de sacar la lotería!
No fui a trabajar. No podía. Un lobo me había dejado presa de sus encantos. Me había tomado prisionera en mi propia cama. ¡Cuánto sadismo! ¡Cuánta ímpetu! ¡Tenía tanta energía! Qué me estaba dejando agotada…
Después, se levantó con pesadez y en bóxer, me hizo el desayuno. Me sentí tan feliz. Me sentí realmente afortunada de tenerlo. De ser correspondida. Me haría caprichosa y mal educada si seguía siendo así de encantador.
Después de ese magnífico día, Trevor Wolf no volvió a salir jamás de mi departamento, ni mucho menos de mi vida.
Nos casamos muy rápido, ahí entendí que el tiempo no importaba, cuando amas a alguien el intervalo que se suscita entre corazones enamorados se hace valioso. Quieres ser feliz con esa persona a la brevedad y para siempre.
Trevor Wolf,
la familia de Lydia estaba feliz, complacida de que nos uniéramos en matrimonio. Su madre había llorado a mares en la iglesia. Publicó decenas de videos de cada suceso de la boda, hizo que cada amiga suya muriera de envidia por nuestras nupcias. Y su padre, me había abrazado con tanta fuerza que me hacia sentir parte de la familia.
Con Lydia a mi lado, me sentía como un hombre capaz de todo, un intrépido gladiador (como ella me decía). Esa mujer siempre era un golpe de aliento y esperanza en mi vida.
Me animaba, siempre me incitaba a hacer cosas novedosas, cosas que no me atrevía, a desafiar mis capacidades. A su lado deseaba de manera apresurada ser un mejor hombre, sentir que la merezco.
Había perdido mi trabajo por mi arranque de locura, del cual no me arrepiento, estaba muy contenido y frustrado. Nadie debe soportar un ambiente de trabajo tan hostigante. Entonces, hice lo inimaginable, lo había pensado por meses y años y no me había atrevido. Ella me apoyó. Me echaba porras, creía en mí. Sus hermosos ojos abetunados confiaban en mí, con toda esa energía que ella me transmitía, logré fundar mi propio despacho contable. Al principio fue difícil. Pero ahora, tenemos nuestro propio negocio. Ella me ayuda. Llevamos la empresa juntos. Codo a codo.
Es muy profesional o eso creo…
–Contador. ¿Checó los estados de cuenta de Mr. Bacon?
Tragué duro cuando vi entrar una hermosa figura femenina a mi oficina. Alcé una ceja.
–No los he revisado, aún. –afirmé dejando de lado lo que estaba haciendo. La temperatura de la habitación se había elevado. Me sentía ligeramente hipnotizado por esa dama.
–Debería hacerlo ahora…–regañó.
Cuando me reprende solo provoca que me excite, lo sabe y lo hace al propósito.
Lydia era implacable, desfilaba frente a mí con esas atractivas falditas que me dejaban deleitar sus muslos y pantorrillas, luego mis ojos subían lentamente a su apretada cintura y sus pechos que estaban atrapados en una blusa de botones que se veía muy fácil de abrir. No podía trabajar así. ¿Cómo planea que me concentre con ella provocándome con su mera existencia?
Se sentó sobre mi escritorio y se cruzó de piernas, yo estaba frente a ella, anonadado, el jefe siendo dominado por su sexy secretaria.
–Contadora, intento trabajar. –afirmé con una ladina sonrisa, pero sabía que intentar mantener la atención en lo que estaba haciendo se había ido al diablo en el ferviente momento en el que ella cruzó esa puerta. Sabía sus sucias intensiones, su deseo desmesurado de cometer pecado.
–Sería una pena que se viera interrumpido por alguna distracción…–exclamó con sensualidad.
Se abría lentamente la blusa, yo estaba expectante, la nívea piel de sus pechos se dejaba entrever. Debía trabajar, pero con esas provocaciones era imposible. No me resistí mucho. Admito que soy fácil de corromper. Un fósforo y ella, la chispa. Yo siempre tengo el libido a tope y más, con esa exquisita mujer. Deje de lado lo que hacía. Y salté sobre mi esposa para encaramarla sobre mi escritorio.
–Señorita Adams, solo le gusta verme desesperado. –afirmé con una voz ronca. Ella ama cuando engrueso mi voz.
Solo sonrió a su travesura. Acaricié sus muslos. La amo en su totalidad, pero tengo una debilidad por sus piernas y glúteos. Le subí la falda lo suficiente, había pasado de usar lencería atractiva a… ¡No usarla! Qué maravilloso descubrimiento. Le hice el amor sobre ese montón de papeles.
*
–¿Te gusta esta casa? –le pregunté a mi esposa. Estábamos en la cama, a punto de dormir. Lydia tenía una liviana bata. Le mostré la Tablet que tenía en las manos.
–¿Compraremos una casa? –cuestionó ella sorprendida. –¿Qué tiene de malo el departamento? –interrogó.
Yo rodé los ojos.
–Es pequeño, pronto seremos tres. –afirmé muy seguro de mi respuesta.
–¿De qué hablas? –cuestionó ella, dejó el libro que leía y me miró fijamente.
–Del embarazo. –asentí.
–¿Embarazo? ¡No estoy embarazada! –chilló ella. Pero la idea le encantaba, lo sé porque se queda tonta cuando ve ropa de bebé o cuando pasamos cerca de un parque y ve a los niños jugar.
–Lo estás. –afirmé yo.
–¿Cómo lo sabes? –me cuestionó espantada.
–Lyd, por Dios, hacemos el amor casi a diario y sé que ya no estás tomando tus pastillas. –alcé la ceja, ella enrojeció. –Por la cuenta, tienes tres semanas de retraso. –afirmé.
–¡Perverso contador! – exclamó.
Yo sonreí.
Al día siguiente, corrió a hacerse una prueba de embarazo. Llegó emocionada con la noticia. Ambos lo deseábamos, era justo lo que faltaba en nuestras vidas. Yo había tenido razón, los cálculos se me dan muy bien.
*
–Espero que se parezca a ti…–susurré mientras acariciaba su barriga, tenía cinco meses de embarazo.
–¿A mí? –cuestionó ella y se echó a reir.
–Sí, si se parece a ti, será hermosa, un hermoso torbellino pecoso. –asentí con la cabeza. –Y no dejaré que ningún patán la maltrate, los moleré a golpes a cada uno. –afirmé, sería un padre celoso, protector y muy gruñón.
–Mi gladiador…–esbozó ella mientras me besaba. Creo que amaba esa actitud sobreprotectora mía.
Lydia Wolf,
Aura nació, tenía los ojos de Trevor, su cabello, mis pecas y mi tormentosa personalidad. La amábamos tanto. Hace nuestros días más divertidos. Siempre le pasaban cosas graciosas –Como a mí cuando tenía su edad. –, siempre llega con las rodillas raspadas o el vestido sucio y hecho un desastre. En fin, juntos: ella, Trevor y yo, somos invencibles.
–Lydia Adams… –me llamó una voz.
Mi apellido de soltera, tenía tiempo sin escucharlo, excepto cuando Trevor se echa su juego s****l de roles donde soy la "secretaria" y él, el insaciable "jefe".
Acababa de dejar a mi hermoso torbellino –como Trevor le llama a nuestra hija. –en la escuela. Es su primer día de clases. Trevor había ido por el auto y yo le esperaba. Aura había entrado corriendo, pensé que sería más difícil, pero estaba equivocada.
Giré la mirada al llamado.
–Maddison Gray. –afirmé sorprendida, era la exnovia de Trevor. Por su aspecto, sabía que ella también era una madre como yo, había dejado a su pequeño también. –Tiempo sin verte. –me atreví a murmurar.
–Supe que te casaste con Trevor Wolf. –exclamó.
–Así es…–sonreí. –¿Cómo supiste? –cuestioné.
–Tú madre: Bárbara, es mi dentista, la tengo en r************* …
No debía decir más, a mi madre le encanta exponer mi vida y la de todos a su alrededor en las mil r************* que existen. Y con sus nietos, se vuelve toda una paparazzi.
Nos sentamos un segundo. Trevor se estaba demorando en pasar por mí. Seguramente lo había acorralado el tráfico.
–Trevor, cambió mucho. –me confesó.
Yo la miré extrañada.
–¿A qué te refieres? –pregunté.
–Lo siento, pensé en voz alta. –se rió la mujer, pero siguió hablando. –Él no era tan cariñoso, ni expresivo, siempre estaba en el trabajo y rara vez sonreía. No éramos felices. –afirmó. –Vi algunos videos suyos, siempre esta sonriente, su rostro luce tan diferente. –afirmó.
Yo me sentí orgullosa de esa confesión. ¿Yo era la alocada pieza que Trevor Wolf necesitaba en su aburrida vida? Eso parecía. Ahora entendía porque siempre estaba diciéndome que era un tornado, que estaba loca. Siempre se reía de mis estupideces, nunca me juzgaba, le hacían feliz, era la chispa que faltaba en su monótona vida.
Con Trevor, nunca necesité aparentar nada, ni por un instante. Era yo misma todo el tiempo, más efusiva que nunca, él… solo se reía, estallaba a carcajadas. Nunca me reprimía. Ni jamás se quejaba. Al fin sentía que estaba en el lugar que pertenecía.
Me despedí de esa mujer, me había hecho feliz topármela, solo corroborada que él y yo estábamos hecho el uno para el otro.
El auto aparcó. Lo miraba sonriente.
–Te amo Trevor Wolf, he sido tan feliz contigo hoy y siempre. –exclamé.
Él se bajó del auto y me besó. El tráfico sonaba al fondo. Pero se veía más desesperado por corresponder a mi declaración, así que, no le importó mucho, se prestaba a mis locuras, las consentía.
–Yo también soy tan feliz contigo. –afirmó y me besó de manera apasionada.
Llevamos años de casados, tenemos una hermosa niña y todavía provocaba que la piel de mi cuerpo se me erizara.
Lo miré, tenía unas cuantas arrugas en su rostro, solo se veía más maduro y guapo. Era el loco que se había fijado en esta ridícula mujer.
Con él, la felicidad no tenía límite, cada día era más y más dichosa. Nunca me arrepentiré de haber entrado como una demente a su oficina a gritarle mis sentimientos. Uno nunca debe callar lo que siente, solo debe expresarlo porque de ello no sabemos que cosas maravillosas se pueden suscitar.