–¿Gareth? –cuestioné impactada.
Trevor solo sonreía. Se veía muy divertido.
–Quedó peor que yo, créeme. –afirmó. –Deberías cambiarte, te resfriarás. –volvió a sugerir.
Yo estaba un poco conmocionada. Esos golpes en su rostro lo hacían ver como un hombre fuerte y provocador. Sonrió con malicia y dio un paso hacia mí. Odiaba que intentara ponerme nerviosa, era obvio que lograba conseguirlo.
–Si quieres, puedo ayudarte. –murmuró y posó una mano en mi cuello, y aproximó la otra a los botones de mi fina blusa.
–¿Qué hay de Maddison? ¿En dónde estuviste estos días? ¡Te escuché hablar con ella en la boda y luego, te envió un mensaje para quedando de acuerdo en verse! –le cuestioné. Necesitaba que me aclarara mis dudas. Mi lado posesivo hacia salido a relucir.
–Lydia, eres una pequeña metiche y acosadora. –me reprendió. Pero eso no me avergonzaba, me han dicho cosas mucho peores. –No tengo nada con Maddison, solo me llamó para que le entregara las copias de las llaves del departamento que tengo. –afirmó muy seguro de su respuesta, ni un solo titubeo, ni una sola duda.
–Pero yo vi esos mensajes…–afirmé de manera ferviente.
–Me estuvo escribiendo. Pero no fui a ningún encuentro con ella. –expresó.
–¿Y dónde estuviste? –le reclamé, estaba dolida por su partida. Me había dado mucha felicidad y luego me la había quitado en un abrir y cerrar de ojos.
–Con un amigo, fui a embriagarme porque estaba muy desanimado, pensé que te habías besado con Gareth en la fiesta mientras bailaban y luego, te cargué borracha para llevarte al cuarto del hotel, me miraste y murmuraste su nombre. Me sentí mierda por seguir enamorado de ti y tú, pensando en ese idiota. –me reprochó, se veía iracundo y celoso, ese gesto salvaje me provocaba mis más profundos deseos.
Me gustaba esa faceta de hombre a punto de echar guerra porque otro se había acercado a su chica. Ahora entendía todo.
–¿Cómo que por seguir enamorado de mí? –mis sentidos vibraron. Lo de Gareth no me importaba, lo realmente importante era saber lo que sentía por mí. ¿Había tenido sentimientos desbordantes en el pasado? Ambos éramos un par de idiotas.
Rodó los ojos, al parecer, se había delatado así mismo con esa confesión.
–Me gustas desde la universidad, y creo que, nunca dejé de pensar en ti. A veces me preguntó… ¿Esa tarde lluviosa cuando descubrí que Maddison me engañaba, por qué te llamé a ti? pude llamarles a tantas personas, pero por alguna razón, te escogí a ti. –se encogió de hombros. –Fue grande mi sorpresa al saber que, por primera vez, te encontrabas soltera, no quise perder la oportunidad. –sonrió de una forma tan increíble que, sentí mi corazón derretirse ante sus palabras.
–Entonces Trevor Wolf, ¿Qué sientes por mí? –cuestioné, también soy contadora, no tan cuadrada, pero quiero que salga de sus labios, que me lo diga de forma apropiada.
Sus ojos azules se posaron en mis abetunadas cuencas, esa lucha de miradas era increíble. Me hacía vibrar y sentía mis piernas temblar a sus acciones. Carajo, estoy perdida, nuevamente hundida en este mar de amor.
–Los locos, le llaman amor. –sonrió. –Estoy enamorado de ti. –afirmó.
Sentí como mi existencia misma vibró. Mis sentidos se anestesiaron. Su sonrisa era increíble y tan maravillosa. Me petrifiqué frente al fulgor de sus ojos. Cuando logré reaccionar, mi blusa estaba abierta de par en par. Era un hombre tan veloz. Estas habilidades solo me dejan más impresionada y presa a sus encantos. Una sonrisa llena de lascivia emergió de sus labios. Ver esta faceta atrevida suya, me vuelve loca.
Dios, por suerte, llevaba un conjunto sexy debajo de la ropa. Sabía que ponerme lencería sensual, algún día tendría sus beneficios. El lobo frente a mí, se relamió sus fauces con premura.
–Yo soy una loca. –afirmé.
–Lo sé. Y ahora, yo también lo soy. – sonrió.
Un segundo después me jaló hacia él y sentí como colocó su mano, en la curva desnuda de mi cintura. Se apropió de mi boca con una desesperación tan agitante que no podía defenderme de él. Se sentía reprimido y hambriento.
–¿Puedo pasar la noche aquí? –me preguntó entre besos.
–El sofá está disponible. –sonreí llena de maldad.
–Prefiero tu cama, contigo en ella. –me recitó y procedió a cargarme. Es obvio, no me opuse.
‹‹ ¡Cuánta iniciativa! ››pensé en mis adentros.
Los músculos de sus grandes brazos se remarcaron en el agarre. Era un verdadero gladiador. Abrió mi habitación de una patada y al siguiente segundo y sin cuestionarme si estaba de acuerdo o no (es evidente que estaba totalmente a favor), me aventó a la cama y puso su corpulenta figura sobre mí.
Sentía su varonil rodilla apretar contra mi sexo de manera enloquecedora, chillé de placer, ese gesto pareció encantarle y solo puso más presión contra mi intimidad. Mientras tanto, sus insaciables labios devoraban los míos, sentí la textura aterciopelada de su lengua jugar de manera exquisita con la mía. Succionó mi lengua con su boca. Qué delicia. Era un lobo, justo como anunciaba su apellido, era un lobo feroz a punto de comerse una tierna y pervertida niña pecosa.
–Muero por probar tu cuello…–susurró en mi oído de una forma tan deliciosa que, sentí que el cosquilleo de su aliento hizo que mis bragas se mojaran.
No articulé nada más que un ferviente grito de placer. Espero no molestar a mis vecinos con mis gemidos. Tengo meses sin tener contacto físico y me siento muy sensible a la habilidad de sus manos, a la perspicacia de su atrevida lengua, al encanto de sus voraces ojos y a la vista de su escultural cuerpo masculino. Mordió mi cuello con fuerza, lamió la totalidad de mi pecho mientras apretaba mis senos con desesperación. Sentirse deseada por él era como un sueño.
Se apresuró a quitarme la falda y dejarme en ropa interior. Pero esto no se quedaría así. Me vengaría. Me aproximé a sus pantalones y los abrí. Los deslicé y lo despojé de la ropa interior. Él sonreía ante mi travesura. Con premura, deslizó sus manos sobre mi ombligo, el contacto era enardecido y delirante. Introdujo sus dedos en mi intimidad.
–Lydia, estás muy mojada…–sonrió de manera ladina y deliciosa. Ese descubrimiento parecía dejarlo en su límite de excitación.
–Trevor…–susurré entre suspiros. –¿Es verdad lo que le dijiste la otra vez? –cuestioné.
–¿Qué fue?
–Qué eres bueno en la cama.
Una sonrisa coqueta emergió en su boca.
–Estás a punto de comprobarlo…–me aseguró.
Qué electrizante amenaza.
Aproximó el mástil erguido hacia la zona oculta entre mis piernas y en nombre de todo lo impuro y pecaminoso en este mundo, me reclamó como suya. Sujetó mis caderas y me golpeó a un exquisito y sincronizado compás de placer. Perdí el juicio y me dejé sucumbir en nuestras pasiones. Era un increíble gladiador en batalla y un estupendo amante en la cama. Me llevó directito al cielo, solo veía estrellitas rondar en mi cabeza. No era como imaginaba, había sido mejor que en mis sucios pensamientos oscuros.