–¿Me ayudas con mis heridas? –le cuestionó.
Bajo el cielo nublado de Nueva York, sus ojos azules brillaban más que cualquier panorama a su alrededor. Sus cuerpos estaban fríos y gélidos por la lluvia, pero sus corazones palpitaban azarosos y calientes.
Con ese semblante tan penetrante, ella no logró contradecirlo. Asintió con la cabeza.
Llegaron al departamento de Lydia, porque siempre era el que estaba mejor ubicado, geográficamente hablando.
–Quítate la camisa. –afirmó ella, mientras lo invitaba a pasar y procedía a correr en busca de su botiquín de primeros auxilios. Qué suculenta invitación…
Él hizo lo solicitado. No tenía caso negarse, ni mucho menos resistirse a ella.
La chica, regresó con el material de curación, se sentó frente a él y procedió a tratarlo.
Lydia estaba muy nerviosa. Contemplar y delinear su fornido cuerpo con torundas de algodón estaba siendo un suplicio, deseaba recorrer las muescas de sus músculos con sus curiosos dedos, o mejor aún, con la boca, con su húmeda lengua. Qué tentación, debía concentrarse.
Escuchó una risa masculina que intentaba ahogarse.
–¿Te dolió? –interrogó Lydia ante la queja.
Él posó sus llamativos ojos azules sobre ella. Tenía un gesto devorador, tan distinto a cómo la miraba siempre.
–No. Solo es divertido verte sufrir. Tiemblas como un chihuahua. –se burló.
Ella se sonrojó al instante. ¿Trevor se había percatado de que se lo estaba comiendo con la mirada? ¿podía interpretar la lujuria en sus ojos marrones? Nunca dejaba de caer en vergüenza.
–Ya estás listo…–afirmó ella intentando dar un paso hacia atrás. Trevor rápidamente, la sujetó de la cintura, le sonrió de manera atrevida, Lydia creyó perder el aliento. Caería hipnotizada en su juego.
–Deberías cambiarte, estás un poco mojada. Te resfriarás. –su voz masculina, se tornó confidente y deliciosa a sus sentidos. Parecía que él deseaba estar a cargo de su cambio de ropa. ¡Por favor!
Ella decidió soslayar su invitación, porque había algo que le estaba colmando de dudas su corazón.
–¿Me dirás que te pasó? –se atrevió a cuestionar, su masculina mano estaba fervientemente enganchada a ella, un estremecimiento la hizo vibrar. Sus pensamientos ardientes se estaban asomando, si él guardaba maliciosas intenciones de reclamarla sobre el sofá, muy difícilmente ella se resistiría.
Pero antes de ello, requería aclarar algunas cosas y esa riña, le mataba de intriga. Tenía miedo de su respuesta. ¿Había tenido otro encuentro con John? ¿Había sido por Maddison? Sentía mucho coraje, envidia e incertidumbre.
El guapo hombre, sonrió ante esa pregunta, era una historia muy divertida.
–Tuve que poner en su lugar a un imbécil…–aseveró, tenía un gesto de emoción y victoria en su rostro, tan distinto a otras ocasiones en las que se lucia avergonzado por sus heridas, esta vez, parecía que deseaba presumirlas.
Lydia estaba en lo correcto cuando había pensado en él como un gladiador.
***
Cuando desperté de mi tonta ensoñación, tiré el folder que tenía sujeto y decidí correr tras Lydia. Debía apurarme o no lograría alcanzar esas hermosas y torneadas piernas.
–Trevor. –me detuvo mi jefe.
Lo ignoraría. Me importaba un carajo lo que tuviera que decirme, sin duda mi objetivo era correr tras esa pequeña pecosa y besarla hasta que el mundo se hiciera pedazos, luego, recorrería con mis manos esos muslos y… ¡Cómo sea! era necesario darme prisa.
–Tengo que irme. Lo siento. –exclamé, mi paciencia estaba a punto de conocer su límite.
–Hay alguien que desea conocerte…–me sujetó del hombro, se rehusaba a dejarme ir fácilmente.
Mr. Murray nunca se había acercado tanto a mí. Me tocó de manera fraternal. Me sentí incómodo.
–Hey Trevor…–me llamó otra voz dentro de la oficina de ese millonario hombre.
–¿Gareth? –interrogué sorprendido. Mientras observaba a ese hombre de costoso y elegante traje.
–Gareth es mi sobrino. Gareth Murray. –afirmó mi despotricado jefe. –Justamente me platicaba de una “simpática” muchacha que le encanta perseguir hombres…–afirmó.
–Qué pequeño es el mundo…–conferí con un gesto lleno de ironía.
En realidad, no se me antojaba dedicarle mucho tiempo a este estúpido hombre. No me agradaba, y no quería escuchar sus lamentaciones por haber perdido su oportunidad con Lydia. Soy un hombre de oportunidades, y yo… no quiero perder la esperanza que Lydia me acaba de gritar.
–Diminuto. –sonrió con malicia. –Lydia Adams, experta en hacer el ridículo. –afirmó presentándola. –Me contó que no fueron novios, solo era una farsa. Se me hacía tan raro… ¿Cómo pudiste prestarte a algo así? –profesó.
Instantáneamente, sentí como mi mandíbula se apretó y mis músculos se tensaron. Lo siento Lydia, tendrás que esperar, necesito decirle un par de cosas a este lunático sujeto.
–¿Ah sí? Pues pareció funcionar. Te veías muy desesperado por llamar su atención ese fin de semana. Incluso la besaste. –afirmé, porque los había visto rozar sus labios cuando la invitó a bailar, pensé que seguían juntos. Es un maldito imbécil, no sé cómo logró captar la atención de Lydia, ella es un ángel.
–¡Puf! ¡No nos besamos, la tonta no se dejó! ¡Con más razón creí que estaban teniendo algo serio ella y tú! –se burló. –¡Caí redondo en su tonto juego! –su tono de mofa era hiriente. Yo alcé la ceja, esa era una excelente noticia para mí, sonreí de manera espontánea. –Pero al parecer, si está enamorada de ti. Acabamos de verla salir corriendo. Tio consígueme ese video. Por favor. –le suplicó al hombre de gran mostachón. –Es tan patética. –se burló ese hombre.
Podía verlo en sus ojos. Estaba tan ardido de que ella lo haya rechazado en varias ocasiones que, era más fácil despotricar en nombre de una mujer tan increíble como Lydia.
–Sabes Gareth, un hombre… no debe referirse de esa manera hacia una dama–afirmé mientras tronaba mis dedos porque sentía que lo que ahora transitaba como mil caballos de fuerza entre mis venas, no era sangre, era más, una ardiente lava.
–Por Dios, ¿Lydia una dama? ¡Tuvo suerte de que me la llevara a la cama en algunas ocasiones! ¡Solo fue a petición a Steve que no dejaba de insistir con que le diera una oportunidad a la hermana de su promet...
No deseaba escucharlo más. Así que, tomé una sabía decisión y procedí a callarlo con un buen golpe en la cara. Nadie hablaría de Lydia de esa manera tan vil frente a mí. Y menos ese pedazo de imbécil. El tipo de traje trastabilló e intentó defenderse. Me puse en guardia y le di otro buen puñetazo en su perfecto rostro, de esa manera dejaría de engañar a mujeres con su atractivo físico.
Mi jefe gritaba detrás de mí. Pero no podía escucharlo, darle una lección a ese trozo de mierda era más importante que sus alaridos.
Gareth logró defenderse de mí. Hubiera sigo increíble que alguien me dijera que practicó un poco de box en la adolescencia. Nos dimos una buena revolcada en el piso, convertimos ese espacio en un verdadero campo de batalla, rompimos múltiples cosas en esa elegante oficina, hicimos demasiado ruido y alboroto, tanto que, todos mis compañeros miraban expectantes a través del cristal. ¿Estaban apostando? Malditos enfermos.
–¡Eres un estúpido! ¡Lydia Adams, no vale la pena! –chilló mientras se limpiaba la sangre que escurría de su boca. Su cabello estaba alborotado y la ropa totalmente hecha un desastre, muy seguramente yo estoy de la misma forma que él.
Habíamos logrado ponernos de pie mientras seguíamos peleando, me rehusaba a dejar las cosas así.
–¡No hables así de mi chica! –reproché y le di un último golpe que lo derrumbó al suelo, ahí es donde realmente pertenece.
Referirme a ella como “mi chica” se sintió muy bien, puedo afirmar que eso medio bastante valor. Debía defenderla de ese pedazo de basura, además de que me traía en la mira a cada uno de esos idiotas novios que había tenido. Esos malnacidos no la merecían, me hervía la sangre que le hirieran su autoestima.
Al fin podía decir que Lydia Adams era mía. Lo admito, me encantaba en la universidad, por eso la ayudaba con sus materias y tareas. Estaba desesperado por captar su atención, pero ella siempre tenía múltiples novios y centenares de pretendientes. Sentía que no tenía oportunidad. Preferí mantenerla como una amistad y luego, llegó Maddison, lo mío con ella fue un gran error.
Cómo era de esperarse, un alboroto estalló. Terminaron llamando a seguridad (al fin aparecieron esos inútiles) y sacándome del edificio como un criminal. Es lo más emocionante que me ha pasado en mi monótona vida. Y al fin… me despidieron. Ya que las cosas estaban muy calientes, le dije un par de cosas a mi estúpido jefe y terminó amenazándome con tomar acciones legales contra mí. No lo hará porque sé bastante sobre sus fraudes y sus desviaciones de dinero, solo es un fanfarrón