Doble desastre

1906 Words
“Grandes marchas y manifestaciones en la avenida principal, por la injusticia cometida por…” Maldición. Eso explicaba el tráfico infernal. Odio llegar tarde al trabajo. Mi jefe es muy quisquilloso con esas cosas. Y aunque odie mi vida laboral soy un hombre responsable. Tengo el anhelo de poner un negocio propio, pero no me animo… En fin, logré tomar un atajo. “El clima en Nueva York, será parcialmente soleado; alrededor de las seis de la tarde habrá precipitaciones, tome sus precauciones.” El clima es tan cambiante. En un momento hay sol y al siguiente, una funesta tormenta se desata Por suerte, mis neumáticos son nuevos. Particularmente es un día normal. No hay mucha emoción en mis días. Mi personalidad es un poco aburrida y apagada. Aparqué el auto en el estacionamiento del edificio donde laboro. Sujeté mi maletín y me dispuse a caminar hacia la entrada. Me acomodé el saco y me llevé el cabello hacia atrás. Alcé la mirada, había demasiada gente aglomerada a unas calles de mí. No le di mucha importancia, se me estaba haciendo tarde. Apresuré el paso. No había nadie de seguridad. Seguramente el “outsourcing” que contratamos tuvo problemas con el área contable, siempre pasa lo mismo. Llegué a mi monótono lugar de trabajo. Al entrar a ese espacio, pueden escucharse los interminables sonidos de centenas de dedos tecleando, los infinitos “clicks”, impresoras, sonidos de papeles, murmullos, gente bebiendo tazas de café, algunos holgazaneando; como sea, somos esclavos laborales. –Buenos días, Trevor. –me llamó Ricky. –Buenos días. –contesté y seguí caminando. –Trevor, buenos días, luces increíble hoy. La soltería te hace bien. Me guiñó el ojo una mujer de altos tacones, cara exageradamente pintada y faldas cortas. –Buenos días, Débora. –afirmé. No le di mucha importancia. –¿Cuándo salimos por una copa? –me cuestionó con una lasciva sonrisa. Sabía sus intenciones. Eran las ocho de la mañana y ya me estaba coqueteando. ‹‹Nunca›› pensé. –He estado muy ocupado con la mudanza. No estoy disponible. –la miré de forma cortante. Esa mujer se la pasa coqueteándole a todos en la oficina. Le dicen: “Debora-dora”. No quiero tener nada que ver con ella. Está loca. Además de que es la amante de mi jefe, no quiero problemas. Logré evitarla y seguí de largo hacia mi pequeño espacio de trabajo. Dejé caer mi peso sobre esa silla giratoria. –¡Trevor! –entró corriendo Jerry a mi cubículo. –Hola amigo, ¿Qué hay de nuevo? –cuestioné mientras encendía mi computadora. Pero lo que realmente quería encender, era un cigarrillo, me siento más ansioso que de costumbre.                                                          Jerry nos pone al corriente de todo lo que pasa en la oficina. Sea bueno o malo. –Te ves pálido. –anuncié y sonreí levemente. –El jefe… está de mal humor hoy. Al parecer, hubo un problema con el cliente de China. –afirmó. –Mierda… eso es malo. –exclamé. Mientras él hablaba. Mi jefe iba entrando a su oficina, la cual, estaba justo en frente del repertorio de cubículos. Era imposible no verlo transitar. Tenía una cara dura, y un ceño fruncido. Iba con alguien más que no logré reconocer, pero ser muy curioso no es algo que me defina. Los murmullos de mis compañeros comenzaron. Cuando Mr. Murray estaba de mal humor, nos llamaba uno a uno para un “merecido” regaño, era un patíbulo, solo debíamos esperar nuestro turno e iríamos cayendo poco a poco. –Hoy es día de soldados caídos, Jerry. –exclamé a mi amigo y este solo tenía un despavorido gesto en su semblante. Era muy delgado, de cabello corto y castaño claro. Cuando se ponía nervioso su rostro enrojecía y sus ojos palpitaban. Yo ya estaba acostumbrado, sin embargo, este trabajo ya me tenía en mi límite, no importa que tanto nos esmeráramos o que tanto tiempo pasáramos aquí, cuando algo salía mal, a todos nos hacían “mierda”. Mr. Murray solo nos desmoralizaba y el miedo nos hacía cometer más errores. Yo era muy quisquilloso, casi no me equivocaba, pero me cabreaba ver como denigraban a mis compañeros. Ojalá me despidan pronto. Pasó un rato. El teléfono de mi cubículo sonó. Contesté. –¿Sí, hola? –era la llamada a mi sentencia. –Trevor, Mr. Murray te busca, dice que lleves los reportes financieros del último mes–exclamó Clarissa, su secretaria. –Voy enseguida. –argumenté. –No te demores. Esta de un humor de los mil infiernos. –murmuró Clarissa en tono confidente. No lo haría esperar, no es como sí algo fuera a pasar de aquí a los quince metros que me separaban de mi cubículo a su oficina. Sujeté el folder, me puse de pie y salí de mi cubículo de manera despreocupada, al hacerlo, me topé con un par de circonios. –¡¿Lydia?! –exclamé. ¿Estaba viendo bien? Mis sentidos podían estarme haciendo una mala jugada. ¿Se tiñó el cabello? ¿Por qué? –¿Qué haces aquí? –le cuestioné y la metí a mi diminuta oficina. –¡Trevor! Maldición, mi asqueroso jefe. Odio el tono de su voz, es horrible. –¡Ya voy! –exclamé para tranquilizarlo. –Lydia, no puedes estar aquí, vete por favor. –afirmé. Verla me dolía. –Necesito decirte algo… Aseguró. Su cabello era un desastre, su ropa estaba mal ajustada. Pero, aun así, no podía parar de brillar. –¡Trevor! ¡¿Dónde estás?! Exclamó mi infernal jefe. Maldición, me estaba impacientando, odiaba que me grite, me ponía en mi límite. –Lydia, necesito irme, tengo que volver al trabajo. Si no le entregaba estos informes, les gritaría a todos mis compañeros. Necesitaba darme prisa e intentar salvarlos. –Sólo tomará un minuto…–Aseguró. Se le notaba angustiada. –¡Con un demonio! ¡Trevor! Blasfemó cabreado Mr. Murray. Me desesperé demasiado, el edificio ardería en llamas sino me apuraba. Ese hombre pierde muy fácilmente los estribos y enloquece de maneras terribles. Lo hemos visto romper cosas y gritar de manera desastrosa. Maldición, que ganas de renunciar. –Me lo dices por teléfono. –aseguré. Más tarde podía llamarle y dialogar con ella, quizás ir a verla, robarle un par de besos… Demonios, ¿en qué estoy pensando? Me puse en marcha. Debía apurarme o ardería troya. –Trevor Wolf yo…–escuché decirle a mis espaldas. Lydia siempre ha sido muy testaruda y deliberada. –¡He sido tan feliz contigo! –gritó. Quedé petrificado ante esa declaración. Los gritos de mi jefe habían pasado a segundo plano, los escuchaba en la lejanía, pero no podían alcanzarme porque ahora, mis pensamientos se situaban en otra parte. –Lydia, ¿Qué acabas de decir? –No podía creerlo. Esta mujer está loca. Verdaderamente desquiciada. Tiene una convicción tan inapagable. ­–Yo…–sus tibios labios tiritaron, esa boca sabor a chocolate. –He sido muy feliz contigo…–repitió. Se dio la vuelta y salió de mi vista a una velocidad impresionante, evidentemente sus entrenamientos en el gimnasio estaban dando magníficos resultados, era toda una atleta. Quedé petrificado. ¿Ha sido feliz conmigo? ¿Qué quiere decir? ¿Es una declaración de amor? ¿Una declaración de sentimientos? ¿me ama? ¡Dios, eso fue muy abierto! Soy contador, soy cuadrado. Sí me quieres, dímelo con las palabras correctas, no me des respuestas que se pueden malinterpretar. Mientras hacía mis estúpidas cavilaciones, me percaté de que, mi ensimismamiento me había dejado fuera de combate al menos unos minutos. Mi entrenador de rugby estaría totalmente furioso, me habían lanzado un gran pase y no había podido contestar. Dentro de nuestro lugar de trabajo reventó un inmenso bullicio, todos eran unos malditos chismosos y entrometidos. Las preguntas estallaron: ¿Quién es esa chica? ¿Sales con ella? ¿Es tu exnovia? Maldición, seguía congelado. Jerry me empujó del hombro. –¡Reacciona Trevor! –me gritó. El golpe me hizo despabilar. * –No Gigi, no salió bien. –me preguntó mi amiga del otro lado de la llamada. Mi voz salía con dificultad. Estaba quebrada y me dolía la garganta. Le había hablado a Gigi para pedirle que me cubriera con mi jefe. No quería ir al trabajo. Me sentía muy mal. Me tomaría el resto del día. –Estoy en el parque central. Tomaré un poco de aire…–aseveré y después de escuchar sus palabras de condolencia, le colgué. De todas las cosas vergonzosas que había hecho. Esta había sido sin duda, la peor. Me tapé la cara y me eché a llorar. No por la vergüenza, sino por mis sentimientos no correspondidos. Eso dolía más que la suma de una humillación a mi catálogo de ridiculeces. Soy tan tonta y desesperada que, al salir del trabajo, no había tomado conmigo mis pertenencias más que el celular. No tenía dinero. Ni mí gabardina. No importaba. Me senté en el parque que estaba en frente de esa maldita cafetería en donde me había reencontrado con él, semanas atrás. Me quedé petrificada. No sentí el tiempo transcurrir. El sol comenzó a esconderse. Había frío, lo sabía porque la gente a mi alrededor estaba abrigada y me miraban expectantes. Seguramente les era inusual ver a una loca con el cabello hecho un desastre y sin abrigo. No podía parar de llorar, mi cara estaba helada a causa de mis lágrimas. Decidí calmarme. Empezaba a sentir la gelidez del clima. Mis manos estaban comenzando a quedar purpúreas. Las friccioné entre sí. Debía ir a casa, pero simplemente no podía moverme. Una sutil llovizna comenzó a suscitarse de manera tan suave que era casi imperceptible. ‹‹Lo que faltaba en este jodido día.›› pensé. La maldita lluvia solo me hace recordar con más vehemencia el día que lo reencontré. Cerré los ojos. Quería apagar mis sentimientos. Rebobinar mi corazón. Esta vez dolía más que en otras ocasiones. El agua que descendía del cielo comenzó a ser más estrepitosa. No solo sentía frío, ahora, estaría empapada. Seguía sin movilizarme. De pronto, a mis espaldas, sentí una calidez depositarse de manera fortuita. Un suéter sobre mis hombros. Sonreí ante ese absurdo acontecimiento. –No debí decirte en donde estoy, Gigi. –afirmé. Y giré la mirada para encontrarme con mi fiel amiga. Siempre está salvándome cuando yo misma no puedo hacerlo. –Es un placer estar a tu servicio –Respondió en un gesto de gracia, definitivamente estaba conteniendo una risa. Su voz sonaba más ronca y gruesa que de costumbre… Enfoqué mis cuencas. Ese altivo tono y sus hermosos ojos azules hicieron que mi cuerpo se calentara, que vibrara con fuerza. Una sola mirada suya podía provocar que mi alma ardiera con la misma intensidad que un millón de soles. –Trevor…–susurré. Tenía un gesto cálido. Lleno de zozobra. ¿Le daba gusto verme? –¿Otra vez… herido? –cuestioné al delinear con mis ojos los golpes y rasguños de su cara ¿Por qué se veía orgulloso de su golpiza?  –¿Qué pasó? – cuestioné alterada. Él sonreía de manera victoriosa. En esta ocasión, se veía más caótico que en el par de ocasiones anteriores. Yo estaba despeinada, y él lleno de sangre. Al parecer, ambos somos un desastre. 
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