La noticia de que él se iba, le cayó como un chapuzón en aguas congeladas. Sus sentidos se alertaron.
–¿Por qué? ¿Pasó algo? –le cuestionó desesperada.
Él se veía realmente agotado. Como si no estuviera conciliando de manera adecuada el sueño.
–El espacio es pequeño y me queda tan lejos del trabajo…–afirmó. Pero eso no parecía importarle antes. ¿Por qué ahora sí?
Lydia sintió un nudo en su garganta, ardía y le apretaba al mismo tiempo.
–Entiendo. –afirmó.
Deseaba retenerlo a ella, pero ese hombre tenía la completa determinación de irse de ahí. Podía verlo en sus ojos.
Lydia se puso de pie y se dirigió a su habitación. Se quedó encerrada ahí y un río salado se desbordó de sus cuencas, en algún punto, se quedó dormida.
Al despertar, se percató de que él se la había pasado gran parte de la noche preparando sus pertenencias. Había grandes cajas en la sala del departamento. Ese escenario fue realmente desconsolador, no deseaba contemplarlo por más tiempo. Huiría.
–Lydia…–llamó Trevor al verla sujetar de manera precipitada el pomo de la puerta.
Ella detuvo el paso. No deseaba que la mirara, porque sus ojos estaban hinchados y porque probablemente la vería quebrarse frente a él.
–Dime…–exclamó.
–Gracias por todo. –afirmó él.
–No hay de qué, para eso están los amigos. –fue lo único que confirió, jaló la puerta hacia ella y emprendió la marcha hacia su trabajo.
En el pasillo, un estrepitoso llanto se desplegó a la sincronía de sus pasos. Arruinaría su maquillaje. Sí, definitivamente sería una terrible catástrofe.
“¿Cuándo aprenderás, Lydia?” El monólogo de reproches de desplegó en su cabeza.
Se escondió en el baño de su trabajo, y lloró por un largo rato. Contuvo sus sollozos cuando escuchó a alguien entrar. Se limpió la cara y comenzó a respirar para calmar su agitado llanto.
La vida tenía que continuar, ella debía seguir adelante. Arregló su maquillaje y acudió al llamado de su jefe quien la buscaba con verdadero esmero.
*
Como un tornado pasajero, había llegado y se había ido. Y justamente como una ferviente tormenta había dejado muchos estragos. Los días se habían vuelto más solitarios y amargos que antes. Llegar a casa sin encontrarlo y despertar sin el aroma de sus platillos era tan difícil y pesado.
Se volvió a arreglar el cabello, se lo tiñó, pasó de ser castaña a ser castaña clara. Trevor no había sido una relación real, ni formal, pero ardía en sus entrañas como si hubiera sido de esa manera.
Odiaba causar lástima, ya había llorado lo suficiente por sentimientos no correspondidos.
*
Se fue a un bar a beber sola, estaba resuelta a desahogarse y enterrar el mal trago. Tenía un bar favorito, siempre acudía al mismo cuando tenía “mal de amores”.
Se sentó en la primera mesa que encontró y comenzó a beber, como si el mundo se fuera acabar de manera inmediata.
–Hey Lydia, ¿Qué te trae por aquí? ¿Otro corazón roto? –cuestionó un molesto mesero, porque el personal que llevaba tiempo trabajando ahí, ya conocía sus múltiples rompimientos y sabía que, si estaba ahí, era porque otra decepción amorosa la acosaba, solo en esas ocasiones acudía a ese bar y era algo sabido.
–Eso no es de tu incumbencia. –Lo miró con recelo. –Solo tráeme otra cerveza. –añadió molesta.
El hombre entendió que había sido muy indiscreto e irracional y mejor salir de ahí en busca del pedido.
Estaba harta de ser el motivo de risa de todo el mundo a causa de sus estúpidos rompimientos.
Siguió bebiendo sin parar. Ya estaba muy mareada.
–Lydia… –exclamó una voz a sus espaldas.
“Otra vez ese maldito mesero” pensó ella cabreada.
–¡Te dije que, mis rompimientos no son asunto tuyo! –chilló furiosa y se giró hacia él. Lo pondría en su lugar. No dejaría que se siguiera burlando de ella.
–¿Rompimiento? ¿Así que terminaste con ese idiota? –cuestionó una voz tan familiar.
Lydia observó sus zapatos, su estilo y atuendo eran exquisitamente seleccionados, un atractivo demonio le hablaba, tenía una sonrisa soberbia en los labios. Tragó duro. Era a la persona que menos deseaba encontrarse.
–Gareth…–susurró.
El demonio le hablaba, no debía hacer tratos con él y menos en el estado inconveniente en el que se encontraba.
–¡Michael, la cuenta! –le gritó al mesero idiota y sujetó su bolso con apuro.
–¿Te vas? –le preguntó y se acercó a ella.
–¡Sí, tengo que irme, nos vemos Gareth! –afirmó e intentó ponerse de pie. Sintió el mundo agitarse a su alrededor.
Satanás la sujetó de la cintura.
–Cuidado Lydia, podrías caerte. –afirmó él, con cierto tono dulce y paciente. Con una mirada lasciva y llena de deseo.
–Prefiero el piso, a tus brazos. –exclamó con desdén y dio un paso hacia atrás, él dio uno hacia ella.
Gareth sonrió con malicia.
–No digas eso Lydia, me la he pasado viniendo todos los días a este bar con la esperanza de encontrarte. –confesó. –Puedo llevarte a casa si quieres…–afirmó.
–No, gracias. –contestó ella.
–Señorita, el transporte que pidió, acaba de llegar. –Informó Michael, el idiota mesero. Al parecer, no era tan malo, le gustaba la sátira, pero sabía cuando una chica estaba en apuros. Conocía a Lydia, le agradaba, siempre le dejaba buenas propinas; además, se veía en problemas, quería ayudar.
–¡Gracias! –exclamó Lydia. –Lo siento Gareth, tengo que irme.
–Lydia… déjame arreglar las cosas. –Afirmó ese insistente abogado. –Admito que, desde que te vi con ese idiota, me di cuenta de que fue un error perderte…–afirmó y la sujetó nuevamente de la cintura.
–¡¿Ah, de eso se trata?! –exclamó de manera exagerada, la gente del lugar se les quedó viendo. –Solo te da celos, que no esté sola. –demandó, y una avalancha vino hacia ella, un verdadero vómito verbal se aproximaba a sus fauces, amenazaba con salir reventado. –No era mi novio. Todo fue una farsa. Así qué, déjame en paz de una buena vez porque… ¡Prefiero estar sola y soltera que volver contigo! –le expresó, no quería lidiar más con él y decidió salir de ahí.
Ese encuentro había sido muy aparatoso, pero a pesar del ridículo, se sentía orgullosa de sí misma. Ya no sería necesario tener que fingir nada, una inmensa carga se había disipado de sus hombros. Ya no deseaba aparentar que no estaba soltera o que era algo malo y vergonzoso.
Al día siguiente, muy temprano, había recibido una sorpresiva llamada.
–¿¡Lydia, es verdad que todo con Trevor fue una farsa!? –era su madre gritándole desde el celular.
“Estúpido Gareth, eres más indiscreto que una mujer” Pensó Lydia mientras apretaba la mandíbula.
–Sí madre, no hay nada entre nosotros más que una amistad…–afirmó ella, mientras bajaba del taxi que había tomado para llegar al trabajo.
–Hija, pero es que Trevor Wolf es tan perfecto…–susurró su madre.
–Sí madre, pero no siente nada por mí. –contestó, ya no sentía vergüenza de admitir que todo había sido una ilusión.
–Pero hija… ya publiqué en todas mis r************* que es tu novio. –exclamó.
Lydia rodó los ojos.
–Simple: Elimínalo o asúmelo. Nadie te pidió que lo hagas público. –le reprochó.
–Pero Lydia, no encontrarás un hombre como él…–volvió a conferir.
–Madre, si tanto te gusta, entonces sal con él. –estaba irritada por su absurda insistencia.
–No eso quise decir cariño…–susurró. –¡El hijo de Mirella Henderson está soltero! ¡¿Te parece si concretamos un encuentro entre ustedes?! –exclamó la madre. Parecía muy desesperada en no verla sola.
–No madre, mi soltería no es una enfermedad. Entiéndelo por favor. Tengo que dejarte. –aseguró.
–Pero hija… te quedarás sola y…
Lydia colgó la llamada. Ya no quería huir de la soledad. Lo asumiría de manera responsable y madura.
El aparato volvió a sonar, seguramente era su madre de nuevo. Estaba a punto de cancelar la llamada. Miró el número.
–¿Papá? –contestó. Porque ese cubito de hielo nunca le llamaba.
–Hija… me enteré de lo de Trevor. –afirmó. Su tono sonaba preocupado.
“¡Mamá!” pensó ella en sus adentros, en un tono de reproche.
–Sí papá. Lo siento tanto. Tengo que colgar…–exclamó. No quería abordar el tema.
–¿Él te gusta? –le cuestionó de manera directa.
–Demasiado. –afirmó.
–¿Le dijiste cómo te sientes?
–No.
–¿Por qué?
–Tengo miedo de perder su amistad.
–Eso no es propio de ti. Tú siempre luchas por lo que quieres. ¿Recuerdas cuando querías esos patines y tu madre y yo te dijimos que no te los compraríamos? ayudaste a pasear a los perros de los Mcklein, los bañaste y los cuidaste; y con el dinero que te pagaron, te los compraste por ti misma.
–Pero papá eso fue cuando tenía diez años…
–Desde los diez años eres increíble…–exclamó. –Y cuando dijiste que estudiarías contaduría y finanzas en la Universidad de “Brown” todo mundo se burló de ti, sobre todo esa odiosa Margaret, la cual, siempre te ha tenido tanta envidia. Yo me sentí aliviado, habían golpeado tu orgullo, sabía que nos impresionarías a todos. Nunca lo dudé. Te pusiste a estudiar y lo conseguiste. Después, te dijeron “gorda” por Gareth, y comenzaste a entrenar, te volviste disciplinada y adquiriste una figura envidiable, Margaret te odió más que nunca y las amigas de Lindsay, también.
–Si lo dices así, suena como a que soy una loca que se deja llevar por lo que dicen los demás…–exclamó.
–No, Lydia. Te equivocas. Eres una loca que puede lograr lo que quiera cuando se lo propone. La gente que te critica solo es el empujoncito que activa tu potencial, porque existe gente que ni criticándola logra mucho, pero tú Lydia… tu eres inapagable y eso es lo que le molesta a todos los que te envidian. Solo brillas y brillas. Nunca paras de brillar, a tu manera, a tu tiempo. –afirmó el hombre. Ella se sintió conmovida, no sabía que su padre la observara tanto y mucho menos que pensara todo eso acerca de ella. –Tu madre está preocupada porque piensa que sola no podrás. Lindsay es más dependiente. Siempre había que estarla salvando. Pero tú Lydia, tú siempre te estas salvando a ti misma, con esa personalidad y ese sentido del humor. Tus trivialidades. –lanzó una carcajada al aire, no sabía que su padre podía reírse así. –No necesitas un hombre Lydia, eres estupenda tal como eres.
–Gracias papá…–su voz sonaba cortada. Moqueaba y lágrimas escurrían de sus mejillas.
–Pero cariño, hay algo en Trevor, algo que no logré ver en ninguno de tus novios. Deberías decirle lo que sientes. –exclamó. –Te amo, hija. –susurró y cortó la llamada.
Quedó pensativa. Miró a la ventana. El cielo brillaba con fulgor a pesar de que se enunciaba que en la tarde habría mal tiempo.
Una llamarada se precipitó a encenderse en su corazón y apropiarse de sus emociones. Se limpió las lágrimas. Su padre tenía razón. Esa actitud de derrota no era propia de ella. Lydia era una valquiria, una luchadora. Un grito de guerra se apropió de su cuerpo.
–Gigi, voy a salir. Avísale a Mr. Coleman si pregunta por mí. Es una situación de urgencia. –afirmó.
–¿A dónde vas? –cuestionó. –¿Todo está bien? ¿Pasó algo? –la miró fijamente.
–A buscar a Trevor. –exclamó resuelta, con una bella sonrisa, ese gesto, le quedaba mucho mejor que una cara triste.
–¿Ahora? ¿No puedes esperar a salir del trabajo? –preguntó desesperada. Porque se veía muy resuelta a salir de ahí en ese momento.
–No puedo esperar. Si lo hago, perderé este arranque de valor. –explicó.
–¿Enloqueciste? –cuestionó su amiga mientras la veía ponerse de pie.
–Sí, enloquecí. –añadió con una sonrisa. –Pero es algo muy propio de mí. –afirmó y apresuró el paso hacia su encuentro