–¿Qué haces? –le preguntó a la mañana siguiente, porque se veía realmente ocupado y excesivamente concentrado.
Alzó los ojos a su cuestionamiento.
–Buscando un departamento –afirmó. –Te he molestado lo suficiente…–añadió él.
Ella sintió que se le heló el alma ante esa respuesta, que brutal noticia, que desagradable sensación la eclipsó.
–Déjame ayudarte… –afirmó ella.
–¿Más molestias para ti, Lydia? –le cuestionó.
–Oh no, no es ninguna molestia –minimizó con las manos. –Mientras, puedes seguirte quedándote aquí –aseguró con una sonrisa.
Él le correspondió el gesto, se estaba haciendo adicta a esa mueca en su rostro. Además, las mañanas eran más amenas con él deambulando en su cocina e innovando con exquisitos y nutritivos guisos. No quería perder esa sensación, la sostendría lo más posible, hasta que no hubiera alternativa alguna. Hasta que él se hartara de ella como le pasaba con todos sus novios.
Algunos pocos días transitaban.
–¿Has tenido noticia de algún departamento? –le preguntó él.
Ella quedó paralizada frente a la interrogante, como si le hubiera dado un toque eléctrico. Le urgía irse y a ella, al parecer, deseaba totalmente lo contrario.
Entonces, un maravilloso desfile de excusas se desenrolló: algunos pretextos eran buenos y otros eran realmente malos y faltos de sazón. Entre algunos, estaban: “Encontré uno buenísimo, llamé, pero ya está rentado” esa era una excusa congruente; “Con la estúpida inflación y la crisis en el mercado de bienes raíces las rentas están por las nubes” esta sonaba bastante sensata, había conseguido referencias financieras incluso; “Llamé todo el día, pero nadie contestó” en este punto, su imaginación iba mermando; “Encontré uno fabuloso, pero estaba tan lejos de tu trabajo” ese sonaba muy desalentador; “Estaba muy caro” regresando a temas de finanzas y económicos; “No aceptas mascotas” ¿Qué? Él no tenía mascotas; “No salió nada hoy” ya ni se daba a la tarea de revisar.
Habían pasado un par de semanas y nuevamente estaban desayunando juntos.
–Parece que nadie quiere dar en renta un departamento…–se encogió de hombros mientras echaba un bufido, un poco de actuación y pesar en su rostro figurarían más contundencia en la mentira que le estaba dando.
–Oh, no te preocupes, me daré a la tarea se revisar por mí mismo…–exclamó él una mañana mientras sujetaba el periódico. No le gustaba ser una carga para ella, le había ayudado con la compra de víveres y procuraba ser ordenado para no darle más problemas, pero no quería continuar absorbiendo su amabilidad.
Lydia se estresó ante la resolución de él de dejarla.
–O… podemos ser “roomates” –afirmó decidida. –Puedo sacar todas esas cajas viejas del cuarto que uso como sótano y puedes quedarte ahí. A mí no me molestaría. –sus ojos lucían llenos de esperanza.
Él sonrió. Era un cuarto muy pequeño, pero… ella era como un rayo de sol al final de una oscura travesía en un bosque pantanoso.
–Suena bien –asintió con la cabeza.
–¿En serio? –no creyó que su estúpida idea diera resultado.
–Me gusta la idea –repitió con mucha seguridad.
Lydia quería saltar de emoción, pero no quería verse tan obvia. Una seguridad la opacó, sintió como una solitaria nube se echaba a volar lejos de ella, cómo una promesa de leve esperanza se asomaba por su ventana.
Los días venideros ya no eran de un tono azul grisáceo como le figuraban antes, ahora, el cielo era del mismo tono de azul intenso de sus ojos, que hermoso matiz de tinte era ese. Aún sin la promesa romántica de un vínculo entre ambos, pero sí con la garantía de una exorbitante calma para su corazón.
Lo esperaba a cenar. Era mala cocinando, pero se había visto paso a paso un estúpido tutorial de comida italiana. No estaba delicioso, pero al menos era comestible. Se estaba haciendo tarde, era cierto que Trevor era un maldito maniático laboral, pero ya era media noche.
Decidió llamarle para preguntar si todo estaba bien, porque él siempre procuraba reportarse cuando llegaba tarde, y en este caso, ella se temía lo peor, un accidente o algún suceso que pusiera en riesgo su seguridad. Esa idea se apropió de ella, su cuerpo se conmocionó.
El celular daba tono, pero nadie contestaba. Se estaba desesperando más. Decidida a salir, llegó.
–¡Trevor! –sonrió al ver su sombra cruzar el umbral de la puerta. –¡¿Qué pasó?! –refutó de manera inmediata, porque lucía igual o peor que el día lluvioso que se reencontró con él en esa cafetería.
Se veía totalmente humillado por su estado, como un perro que se había empapado bajo la lluvia, se avergonzaba de sí mismo.
–Fui por mis cosas a mi antiguo departamento. Hay algunos documentos personales del auto que necesitaba. Jhon, el bastardo-traidor, estaba ahí. Quise contenerme y ser breve, pero me provocó y…–aguardó silencio.
–Te le fuiste encima…–terminó ella. Él asintió con la cabeza ante esa respuesta. Lo observó detenidamente. La faena había sido definitivamente más brutal, seguramente ese tal “Jhon” estaba enojado de no haberse podido defender de él el día que los había encontrado juntos, y justo ahora, deseaba un “ajuste de cuentas”
Lydia no recordaba que Trevor fuera temperamental, lucía como un hombre sereno y relajado, pero ahora se percataba de que dentro de él había un lado salvaje y feroz.
–Ven –incitó con dulzura mientras le palmeaba el sofá. –Desabróchate la camisa –musitó levemente.
No se opuso, tomó asiento e hizo lo solicitado. La situación era vergonzosa para él, en sus cavilaciones había transcurrido la idea de pasar la noche en un hotel, detestaba que Lydia le viera en ese estado tan lastimero, como un perro humillado, pero no pudo. Lydia era… un oasis en el desierto y sus cuidados y amabilidad le gustaban mucho, siempre tenía un gesto suave y una agradable sonrisa, nunca lo juzgaba y en cambio, le pedía que sea más cuidadoso.
–Lyd… no tienes que hacer esto –exclamó, pero lo cierto era que ya se había posicionado en el sofá, le gustaba su tacto y ese olor que desprendía, era un perfume con tonos dulzones, le hipnotizaba.
Ella preparaba una torunda de algodón con alcohol, mientras él repasaba sus acciones, ella podía clavarle un puñal directo al corazón y no se opondría.
–Ensuciarás los muebles de sangre –añadió ella intentando sonar graciosa. Él sonrió un poco. –Hay que curar estás heridas…–afirmó, acercando el cacho de algodón a su pómulo rasguñado.
Sus ojos abetunados eran tan brillantes como el ámbar, como el circonio, y el detalle de las pecas en su rostro era aún más encantador. Lydia siempre había tenido el cabello ondulado, recordaba verla transitar los pasillos de la universidad y siempre reconocía esas ensortijadas hebras que se desplegaban sobre sus hombros. Ahora, tenía el cabello totalmente liso, y le quedaba todavía más encantador. Recordaba que le había contado que se había alisado el cabello a causa de uno de sus tantos inútiles novios que le habían dicho que su cabello era vaporoso y un total desastre. Eran hombres tan idiotas e insulsos. Los odiaba sin conocerlos.
Le daba trabajo concentrarse en clases de teoría, ella siempre había sido increíble con los números, lo demás le aburría hasta tal grado de dormitarse en clase y justo ahora, notaba que estaba enfocada en su tarea y sus atenciones.
–Lyd…–llamó con sutileza, ese par de circonios se movilizaron hacia sus ojos azules en una expresión de cuestionamiento y sorpresa.
–Dime –solicitó. –¿Te dolió? –rió con cierta maldad, al parecer, le hacía gracia causarle daño, era como su pequeña venganza por ser tan obstinado y arrebatado a sus impulsos.
–¿Quién cura tus heridas? –la sujetó con suavidad de la muñeca y la miró fijamente.
Abrió sus delineados labios femeninos ante esa pregunta.
–Ya conoces mi estúpida personalidad… –contestó ante sus dudas. –Doy, sin recibir mucho a cambio…–se encogió de hombros.