CAPÍTULO 7: ESTRELLITA EN EL ESTIÉRCOL

3514 Words
POV ALESSIA Despertar aquí no se siente como despertar. Se siente como salir de una pelea que perdiste sin darte cuenta de cuándo empezó. Abro los ojos y mi cuerpo tarda un segundo en recordarme dónde estoy: colchón duro, colcha áspera, aire con olor a madera vieja y polvo que nunca termina de irse. Intento mover las piernas y el dolor me sube como una ola caliente, pesada, metiéndose en los músculos como si alguien los hubiera retorcido toda la noche. Me arde la espalda. Me arden los hombros todavía rojos por el sol de ayer. Me arden las pantorrillas llenas de piquetes. Pero lo peor… lo peor son los pies. Los pies no duelen. Los pies gritan. Hago una mueca y me incorporo despacio, como si al moverme demasiado rápido el cuerpo se fuera a desarmar. Bajo la mirada, levanto la colcha y veo mis talones. La ampolla de ayer ya no es una “amenaza”. Es una realidad inflada, brillante, como una burbuja de piel traicionera. La otra también. Dos. Perfecto. Dos pequeñas bombas listas para reventar con el primer paso. Me quedo sentada con los codos sobre las rodillas, respirando, intentando controlar esa sensación absurda de que quiero llorar por algo tan simple como caminar. Me da rabia. Me da más rabia porque en mi mundo, si algo duele, hay alguien que te lo arregla. Una crema, un masaje, un cambio de zapatos, un “no lo hagas”. Aquí no. Aquí si algo duele… te acostumbras. O te rompes. Cierro los ojos un segundo, y entonces la palabra vuelve. Como un zumbido. Como un golpe suave que no se va. Estrellita. Aprieto la mandíbula. No sé por qué esa palabra me molesta tanto. O sí sé. Porque no es un halago. No es coquetería. Es un apodo diseñado para rascarme donde más arde: mi imagen, mi ego, mi necesidad de ser vista como algo especial. Él la dice como si yo fuera una cosa brillante que estorba en el campo. La dice con ese tono neutro que vuelve cualquier palabra un arma. Y, sin embargo… la palabra me despierta algo. Algo que no quiero admitir. Porque si me molesta, significa que me importa. Y si me importa, significa que él ya metió las manos donde no debería. Respiro hondo y me obligo a levantarme. En eso, escucho un golpe en la puerta. No fuerte, pero insistente, como si alguien supiera que no me voy a levantar sola. —¿Alessia? —una voz desde afuera—. Ya vamos a empezar. Es Lorena. Lo sé por la forma práctica de decir mi nombre, sin emoción extra. —Ya voy —miento, porque “ya” es una mentira aquí. Aquí “ya” significa “en cinco minutos, con suerte”. Me pongo de pie con cuidado. El piso está frío. Mis pies tocan la madera y siento el ardor de las ampollas como si me clavaran agujas. Camino hacia el baño arrastrando un poco el paso, con esa dignidad ridícula que intento sostener incluso cuando por dentro estoy hecha pedazos. Abro la puerta del baño y me detengo en seco. Hay fila. Dos mujeres esperando, una con el cabello mojado, otra con una toalla en el hombro, y ambas me miran un segundo con esa expresión de “tú no te levantaste temprano”. No hay juicio cruel, pero hay realidad. Aquí el baño no es tuyo. Aquí el baño es del sistema. Y el sistema no se adapta a ti. Me quedo quieta un segundo, frustrada. Puedo sentir el cansancio aún pegado en los ojos. Pienso en meterme igual. Pienso en hacer lo que haría en un hotel: exigir. Pero la idea muere sola. No hay a quién exigirle. Y, aunque lo hubiera, no sería yo. Respiro. Ya me bañé anoche. Ya estoy limpia. O lo más limpia que puedes estar cuando el rancho se te mete en la piel. No necesito otra ducha. Lo que necesito es… no sé. Necesito que mi vida vuelva a tener control. Vuelvo al cuarto. La bolsa con ropa sigue sobre la cama, intacta, como una provocación. La miro un segundo. Sé lo que significa. Sé lo que quiere decir. “Deja de fingir.” “Deja de jugar.” “Deja de venir en falda.” Y, sin embargo, me niego a darle todo el gusto. Me visto con lo que tengo. Unos jeans. Los únicos que traje. Stretch, apretados, porque claro que los únicos jeans que traje son de ciudad, no de rancho. Me pongo la blusa de manga corta y encima un top. No sé por qué hago eso. Parte de mí sabe que es inútil, pero mi cabeza lo justifica rápido: no voy a perder el glamour solo por trabajo rudo. No voy a convertirme en alguien que no reconozco. No voy a desaparecer. Me pongo labial. No mucho. Lo justo para sentirme yo. Me veo en el espejo manchado y no me veo como “diva”. Me veo… como alguien que se niega a rendirse. Como alguien que no va a dejar que el rancho le borre el nombre. Pero cuando miro mis pies, el orgullo se dobla un poco. Las botas. Las botas están ahí. Las tomo. Las huelo. Cuero nuevo. Realidad. Me siento en la cama y me quito las calcetas delgadas que traje, las miro con desprecio, pero no tengo otras. Me las vuelvo a poner. Me odio por eso, pero es lo que hay. Luego meto los pies con cuidado en las botas. El cuero abraza diferente. No duele igual. Sigo sintiendo las ampollas, claro, pero al menos no es esa fricción directa que me iba a reventar antes del mediodía. Me amarro las agujetas despacio, apretando lo justo. Me levanto. Camino. Duele, pero es soportable. Agarro el cabello, me lo amarrro en una coleta alta, y salgo. La casa está en movimiento. Ya están empezando a desayunar. El olor a tocino y café me golpea el estómago como si fuera un gancho. Me doy cuenta de lo hambrienta que estoy, y eso me molesta porque me siento animal. Como si el cuerpo se hubiera convertido en prioridad por encima de mi mente. Pero no puedo negarlo. Tengo hambre de verdad. Hambre de alguien que gastó energía real. Entro a la cocina y siento las miradas rápidas. No miradas de burla. Miradas de “ya llegó”. Y ahí está Ezequiel. Está de pie cerca de la estufa, sin la camisa a cuadros, sin el “uniforme” de patrón, pero con esa misma presencia que no cambia aunque se ponga lo que se ponga. Me ve. Me escanea. Primero las botas. Luego los jeans ajustados. Luego la blusa. Luego el top. Luego el labial. Su mirada es lenta, calibradora, como si estuviera evaluando un material. Y en esa evaluación siento molestia. Lo noto en su mandíbula. En ese micro gesto de irritación que no llega a comentario. Me preparo para el ataque. Para el sarcasmo. Para el “bonito uniforme”. Pero no dice nada de mi ropa. No porque no le importe. Porque sabe que decirlo sería darme una excusa para discutir y él no negocia en la mañana. En la mañana él reparte trabajo. Ezequiel deja un plato en la mesa, mira alrededor, y su voz cae como una regla: —Hoy te toca limpiar la parte de atrás del establo. La casa se queda en silencio un segundo. Uno solo. Pero lo suficiente para que yo lo note. Incluso el sonido del café parece bajar un poco. Varias miradas se cruzan, rápidas, contenidas. Nadie dice nada. Nadie protesta. Solo… siguen. Y esa reacción… esa reacción me pica. Porque significa que lo que me acaba de asignar no es “una tarea”. Es algo peor. Algo que nadie quiere. Algo que aquí se entiende sin explicarlo. Abro la boca, pero antes de que pueda preguntar, Ezequiel añade otra cosa, mirándome directo como si quisiera clavarme el mensaje: —Y ni se te ocurra sentarte. Parpadeo. —¿Qué? —El tocino —dice, señalando la estufa con la barbilla—. Lo vas a cocinar tú. Me quedo helada. —¿Yo? Ezequiel no cambia el tono. —Aquí todos hacen algo. Nadie se sienta como estrella a esperar que le sirvan. El silencio me quema la cara. Varias personas fingen no escuchar, pero sé que están escuchando. Samuel está ahí, con una taza, mirándome con esa mezcla de “ánimo” y “esto se va a poner divertido”. Tomás tiene esa sonrisa de niño grande como si estuviera a punto de ver un accidente sin poder evitarlo. Lorena me mira con paciencia, como si ya supiera que esto va a ser un desastre… pero también como si quisiera ver qué hago. Me enfurezco. Por dentro. Porque si protesto, me convierto en lo que Ezequiel quiere que yo sea: una caprichosa que no sirve ni para freír tocino. Respiro. Aprieto los dientes. —Está bien —digo. Mi voz suena más firme de lo que siento. Me muevo hacia la estufa con la dignidad de alguien que está entrando a un escenario nuevo. Mi mente intenta recordar algo. Lo que sea. Nunca he cocinado tocino. Nunca. Mi cocina siempre fue otra persona. Un servicio. Un restaurante. Una app. Agarro la sartén. Pesa. Ya con eso me molesta. Me inclino para prender la estufa y, por un segundo, no sé cuál perilla es. Me quedo ahí, ridícula, y siento el calor de las miradas. Tomás suelta una risita que disimula con un trago de café. Me dan ganas de lanzarle la sartén. Muevo una perilla. Nada. Muevo otra. Se enciende una flama de golpe, demasiado alta, y el fuego se levanta como si quisiera besarme la cara. Me echo hacia atrás y el cabello suelto de un mechón cae cerca. Siento el calor y hago un movimiento brusco para apartarlo. —¡Mierda! —se me sale, y odio haber dicho eso en voz alta. Escucho una risa contenida. No mala. Pero risa. Ezequiel está apoyado en la encimera, observándome sin moverse. No se acerca. No me salva. Solo mira, como si esta fuera parte exacta del castigo: aprender a no morir con una estufa. Aprieto la mandíbula y bajo la flama… creo. No sé. La dejo en un punto medio y decido que eso es “bien”. Agarro el aceite. Y ahí empieza el desastre de verdad. Echo demasiado. Demasiado. El aceite cae pesado en la sartén y se extiende como un charco brillante. Ni siquiera sé por qué lo hice. ¿El tocino no suelta grasa? No lo sé. No sé nada. Pero ya lo hice y ahora tengo un lago hirviendo frente a mí. Agarro las tiras de tocino con los dedos, dudando, y las suelto en la sartén. El aceite salta. No una gotita. Salta como si el tocino lo hubiera ofendido. Una salpicadura me cae en la mano y me arde. —¡Ah! —grito sin poder evitarlo, y doy un brinco ridículo hacia atrás. Se escuchan carcajadas. Samuel se tapa la boca, pero se le nota. Tomás directamente se ríe, sin maldad, como quien ve a un gato intentando cazar por primera vez. Lorena suelta una risa bajita, y eso me desconcierta más porque Lorena es seria. Ezequiel no se ríe. Pero sus ojos… sus ojos sí cambian un poco, como si tuviera que contener algo. No sé si es burla o sorpresa. Yo respiro hondo. —No es gracioso —murmuro, más para mí que para ellos. Agarro una espátula. No sé si se usa. La uso igual. Intento mover el tocino, pero se pega, se dobla, se encoge, y el aceite vuelve a saltar, como si mi torpeza lo enfureciera más. Otra gota me cae en el antebrazo. Arde. —¡Joder! —gruño, y me muerdo la lengua porque ya estoy sonando como alguien que perdió el control. Ezequiel se despega de la encimera y se acerca un paso. Solo uno. Lo suficiente para que yo lo sienta y quiera demostrar. —Baja el fuego —dice, simple. —Ya lo bajé —miento. Ezequiel mira la flama. —No lo bajaste. Me arde la cara. Bajo el fuego. Esta vez sí. Y el aceite deja de brincar como loco, aunque sigue salpicando de vez en cuando, como si se burlara. Sigo. Me duele la mano. Me arde la piel. Pero sigo. Porque no voy a pedir ayuda. Porque no voy a hacer el ridículo. Porque no voy a darle ese gusto. Poco a poco, el tocino cambia. Se dora. Se pone crujiente. Huele… bien. Huele tan bien que me da hambre feroz. Y ahí, por primera vez, siento una satisfacción sucia, pequeña: lo estoy logrando. Termino con la primera tanda. La pongo en un plato con cuidado, como si fuera una obra de arte. Luego otra. Luego otra. Algunas tiras están un poco más oscuras. Ok. Se quemaron un poco. No voy a morir por eso. Al final, cuando ya hay varios platos con tocino listo, me giro, con la espátula en la mano como si fuera un trofeo. —Listo —digo, con orgullo. Samuel, Tomás y Lorena aplauden. De verdad aplauden. No un aplauso sarcástico. Un aplauso cálido, divertido, como si acabara de ganar algo importante. —¡Eso! —dice Tomás— ¡La famocilla sí sabe! Me quedo mirándolo, confundida. —¿La qué? Samuel se ríe. —Famocilla —dice, y suena como apodo nuevo, improvisado, nacido del momento—. Porque eres famosa… pero aquí eres… chiquita. —No soy chiquita —respondo automáticamente, pero mi voz sale menos agresiva de lo que esperaba. Porque… porque no se siente como burla cruel. Se siente como que me están incluyendo. Lorena me mira con una sonrisa. —Ya ves que sí puedes —dice, y esa frase, simple, me pega más de lo que debería. Me giro hacia Ezequiel, buscando su reacción sin querer admitirlo. Él está de pie, con la mirada puesta en los platos. Y por un segundo, muy pequeño, casi invisible, veo una ligera sonrisa. No completa. No amable. Una curva mínima en la comisura, como si algo dentro de él reconociera que lo hice sin ayuda. Luego la sonrisa se va. Como si no existiera. Como si él se negara a regalarme nada. Todos se sientan a comer. Son como diez personas en la mesa, y yo noto que viven aquí, que la casa es casi un hotel para ellos, mientras otros trabajadores llegan y se van, sin dormir aquí. La mesa se llena de platos, café, jugo, pan. Y yo estoy hambrienta otra vez, como si cocinar tocino me hubiera prendido un hambre más brutal. Me siento. Mis pies laten dentro de las botas. Las calcetas delgadas ya no son suficiente. Lo sé. Pero me niego a pensar en eso ahora. Ezequiel pasa detrás de mí y, sin llamar la atención, coloca algo junto a mi plato. Un vaso de agua. Y dos pastillas. Las veo y mi primer impulso es levantar la cabeza, reclamar, preguntar qué es eso. Pero Ezequiel se inclina apenas y me habla bajo, casi solo para mí, con esa voz que no se vuelve suave… pero sí distinta. Menos pública. Más directa. —Lo vas a necesitar, estrellita. La palabra me pica, pero el gesto… el gesto no se siente como burla. No del todo. Se siente… genuino. No amable. Genuino. Como quien sabe que mi cuerpo está reventado y no quiere que yo me convierta en problema por dolor. Me quedo mirando las pastillas con el corazón golpeándome raro. Quiero reclamar. Quiero decirle que no necesito su caridad. Pero no es caridad. Es logística. Y, aun así, hay algo en mí que siente que esto… esto no lo tenía que hacer. Podría haberme dejado sufrir. Podría haber dicho “te lo ganaste”. Podría haber sido el monstruo perfecto. No lo fue. Tomo las pastillas. Me las trago con agua. Y el simple acto de hacerlo me humilla un poco porque reconoce una verdad: las necesito. Mi cuerpo las necesita. Mi orgullo no alimenta músculos. Empiezo a comer y me sorprendo de lo rápido que devoro. No me importa la dieta, no me importa el “carbo”, no me importa el labial. Estoy famélica. Como con ganas, con hambre real, y la comida sabe a energía, a pausa, a hogar ajeno. Mientras comemos, bromean conmigo. —El tocino quedó… “crujiente” —dice Tomás, levantando una tira más oscura. Samuel se ríe. —Casi casi carbón artesanal. —¡Oigan! —protesto, pero mi protesta sale más ligera. Lorena levanta una ceja. —Lo lograste. Solo… te emocionaste con el fuego. Suelto una risa breve, involuntaria. Y esa risa me sorprende porque no se siente como defensa. Se siente como… pertenencia mínima. Como si me estuvieran aceptando, aunque sea a su manera. Ezequiel come en silencio, pero lo noto. Está atento. Aunque no hable, escucha. Aunque no se ría, registra. Aunque no parezca, cuida que todos coman. Y eso me confunde otra vez, porque el hombre que me cerró la puerta con “Estrellita” no debería ser capaz de esto. Cuando terminamos, el sistema se activa. Platos al fregadero. Tazas vacías. Botellas llenándose. Cada quien sabe su tarea sin que se lo repitan. Yo me levanto con los pies quejándose y siento el analgésico empezando a hacer algo, apenas, como un alivio pequeño que me permite no odiar cada movimiento. Ezequiel se pone de pie y su voz corta el ruido. —A trabajar. Todos se dispersan. Yo sigo a Ezequiel porque sé que mi tarea viene con él, como una condena personal. Caminamos hacia el establo y el olor vuelve, pero esta vez el aire trae algo distinto: humedad más fuerte. Algo más denso. Llegamos a la parte de atrás. Y me detengo. Abro la boca. No por drama. Por shock real. Hay una pila. Una pila enorme. De estiércol de vaca. Mezclado con paja, cabello, y Dios sabe qué más. Es una montaña marrón y húmeda que huele como el infierno si el infierno tuviera granja. El olor me golpea directo en la cara, se me mete por la nariz, me llena la boca, me sube por la garganta y me da ganas de vomitar. Me quedo quieta, paralizada, y entiendo por qué todos se quedaron callados en el desayuno cuando Ezequiel dijo “parte de atrás del establo”. Esto. Esto es lo que nadie quiere. Ezequiel se acerca, como si mi shock no fuera relevante, y me señala a lo lejos unos barriles. —Vas a llevar eso a los tambos de allá. Lo miro, incrédula. —¿Qué…? —Lo llenas, lo tapas. Cuando termines, me hablas para apilarlo en la camioneta. La palabra “camioneta” me hace parpadear. —¿Apilarlo… para qué? Ezequiel se encoge de hombros, como si fuera obvio. —Para venderlo. —¿Venderlo? —repito, atónita, y mi voz suena como si estuviera en un sueño absurdo. —Como abono —dice, simple. Me quedo mirando la pila otra vez. Mi mente intenta procesar que alguien compra esto. Que alguien paga por esto. Que el rancho convierte literalmente mierda en dinero. Y esa idea es tan brutalmente real que me da risa por dentro. No sale. Solo me quema. Ezequiel me observa un segundo, como esperando mi berrinche. No se lo doy. No porque no lo sienta. Porque estoy demasiado impresionada. Él señala una carreta y una pala. —Ahí tienes todo. Pala, carreta, tambos. No tienes que cargarlo con las manos. —Hace una pausa, y su tono se vuelve casi burlón—. Aunque con tu actitud, capaz lo intentas para presumir. Lo miro con odio. —Cállate. Ezequiel no se ofende. Solo mete la mano en algún lugar y saca un par de guantes. Guantes nuevos. Claramente de mi talla. Me los extiende. —Los necesitarás, estrellita. La palabra vuelve, pero esta vez viene acompañada de algo distinto: preparación. Control. Como si él hubiera pensado esto antes de que yo lo viera. Me quedo mirando los guantes. Los tomo. Me los pongo. La tela me queda perfecta. Ezequiel me mira con esos ojos que no se gastan. —¿Lista? Quiero decirle que no. Quiero decirle que esto es humillante. Quiero decirle que esto es asqueroso. Pero mi boca dice otra cosa, porque mi orgullo no sabe perder sin disfrazarlo de elección. —Sí. Ezequiel me guiña un ojo. Una vez. Un gesto mínimo, rápido. Y se va. Me quedo sola frente a la pila, con la pala a un lado, con la carreta esperando, con el olor pegándose a mí como castigo, y con el apodo vibrándome en la cabeza como una amenaza y un reto al mismo tiempo. Estrellita. Trago saliva. Respiro por la nariz, aunque el olor me golpea. Agarro la pala. Y empiezo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD