CAPÍTULO 8: EL ORGULLO TAMBIÉN QUEMA

2663 Words
POV EZEQUIEL La noche anterior la casa se queda más silenciosa tarde de lo que debería, no porque aquí la gente sea nocturna, sino porque el cansancio a veces tarda en apagarse. El rancho se duerme por capas: primero se callan las risas, luego se apagan los pasos, después se quedan solo los ruidos de fondo, la madera acomodándose con el frío, el viento rozando la cerca, el bufido lejano de un animal que sueña, y al final, ese silencio pesado que no es paz, es vigilancia. Yo estoy en mi cuarto con la puerta cerrada, la espalda apoyada un momento contra la pared, y el teléfono vibrando de vez en cuando con mensajes que todavía no contesto. Me quito la gorra, me paso una mano por el cabello y siento el sudor seco pegado en la nuca, la piel caliente por el sol. No me cambio todavía porque el cuerpo está en ese punto en el que si te sientas mal, ya no te levantas. Así que respiro, miro al techo, y dejo que el día me caiga encima como cae siempre: pesado, inevitable, y al mismo tiempo extraño, porque ahora hay una variable nueva en la casa, una variable que no sabe funcionar en silencio. Estrellita. La palabra me aparece sola, como si el rancho me hubiera enseñado a nombrarla así. No la digo en voz alta; no es para que la escuche. Es para mí, para ponerle un lugar a lo que es dentro de este sistema: una intrusa brillante, una complicación con perfume, una sentencia caminando con botas nuevas que todavía no quiere aceptar que necesita. La famosa es inútil. Inútil de forma casi cómica. No sabe abrir una estufa sin pelear con ella, no sabe agarrar una tabla sin pincharse, no sabe caminar sobre tierra sin que su cuerpo se ofenda. Pero lo que me llama la atención, lo único que evita que la mande al diablo con todo y sentencia, es que al menos lo intenta. Con torpeza, con rabia, con actitud de “yo no debería estar aquí”, pero lo intenta. Y tiene orgullo. Un orgullo que la sostiene cuando el cuerpo se le está viniendo abajo. Ese orgullo es un arma. Es lo que la hace peligrosa… y lo que la va a romper si no aprende a usarlo bien. Vuelvo a ver la escena como si fuera una fotografía que se me quedó pegada: ella en mi puerta, toda roja, quemada por el sol como una advertencia, ligeramente sucia, despeinada, los ojos encendidos de rabia, y aun así con su ropa glamourosa, su maldita manera de plantarse como si el mundo tuviera que acomodarse a su presencia. En ese momento podría haberme dado risa. No me dio. Me dio algo más raro: una satisfacción seca, casi mínima, como cuando ves que una verdad por fin toca a alguien. Le cerré la puerta otra vez, no por crueldad, por límite. Ella es de esas personas que si les das un centímetro, te instalan un teatro entero en tu sala. Y aun así… después, acostado, con el cuarto a oscuras y el rancho respirando detrás de las paredes, me descubrí durmiendo con una sonrisa. Una sonrisa pequeña, casi idiota. No por ternura. Por la imagen. Por lo absurdo de verla enojada por unas botas en una bolsa, como si unas botas fueran una invasión más grave que un establo destruido. Por lo contradictoria que es. Por lo humana que se vuelve cuando el glamour no le alcanza. Y porque, aunque me moleste admitirlo, hay algo en ella que no se deja quebrar fácil. Ese tipo de gente, cuando aprende, se vuelve peligrosa. Y yo respeto lo peligroso. El golpe en la puerta esa noche llega justo cuando estoy a punto de contestar un mensaje. Un toque, luego otro, como si no supiera pedir permiso. Escucho su voz al otro lado y la imagino con la barbilla alta. Abro. La veo. La imagen me confirma lo que pensé: roja, cansada, despeinada, con el perfume todavía peleando contra el olor del rancho. Y sí, por dentro, una parte de mí se entretiene con el choque: la estrella en el barro, tratando de seguir brillando a fuerza de terquedad. Reclama. Se indigna. Habla de privacidad como si ese concepto aquí funcionara igual que en su mundo. La escucho sin interrumpir, no porque me interese su discurso, sino porque sé que si la corto demasiado rápido se va a volver un grito y yo no tengo paciencia para gritos. Le digo la verdad: compré la ropa para quitarle excusas. Punto. Si no la usa, mañana va a trabajar igual y va a terminar con más ampollas que cabellos en la cabeza. Le digo “buenas noches, estrellita” porque sé que la palabra la pica, porque su orgullo necesita un botón para seguir viva, porque si no la provoco se apaga y una persona apagada en el rancho se vuelve un problema. Y le cierro la puerta. Otra vez. Límite. Fin. Esa parte me deja tranquilo. El rancho necesita límites. La gente necesita saber dónde termina el show. Al día siguiente la casa vuelve a moverse antes de que el sol termine de asomarse. Yo ya estoy de pie, botas puestas, la camisa arremangada, manos listas. Reviso la valla, ajusto un alambre, arrastro una tabla, cargo alimento, me ensucio como me ensucio siempre, porque el rancho no se sostiene con órdenes desde una silla. Se sostiene con espalda, con uñas, con sudor. La gente me mira y trabaja. No me aplauden. No lo necesito. Aquí el respeto se gana de una sola forma: estando. Y ella aparece tarde. No demasiado, pero lo suficiente para que la casa ya esté en el ritmo. Entra con jeans ajustados, botas nuevas, pero calcetas delgadas, blusa de manga corta y top, labial, el pelo arreglado. Diva en versión práctica. El rancho no sabe qué hacer con eso y por eso la mira rápido y sigue. Yo la escaneo. No por deseo. Por evaluación. Botas: bien. Calcetas: mal. Blusa corta: mal. Top: peor. Labial: irrelevante. Su actitud: todavía demasiado grande para este lugar. No digo nada de la ropa porque no quiero darle una discusión gratis. La discusión es su oxígeno. Yo no alimento oxígeno ajeno en mi casa. Le asigno tarea. Digo “la parte de atrás del establo” y noto el silencio de un segundo. Los que saben, saben. Nadie dice nada. Eso me gusta. La disciplina aquí no se impone con miedo, se impone con costumbre y respeto. Luego le digo que no se siente y que hoy cocina el tocino. Porque aquí nadie se sienta como estrella a esperar que le sirvan. Y porque el rancho no se sostiene si uno se cree por encima de la rutina. Ella se enfurece, lo sé por la tensión en el cuello, por la manera en que aprieta la boca. Pero acepta. Y ahí, en ese gesto, la respeto un centímetro más. No por obediente. Por resistente. La veo pelear con la estufa como si fuera un animal salvaje. La veo echar demasiado aceite como si el aceite fuera un perfume. La veo casi quemarse el cabello al encender la flama. La escucho gritar cuando el tocino salpica. Y el rancho, por un momento, se permite reír. No se burlan para humillarla. Se ríen porque es absurdo. Porque es humano. Porque verla fallar sin maquillaje es más real que cualquier cosa que haya hecho frente a cámaras. Yo la miro sin intervenir. No porque quiera que se queme. Porque si intervengo, le robo el aprendizaje. Y ella necesita aprender que no todo se resuelve con una mirada bonita. Cuando al fin logra sacar tocino y servirlo con esa dignidad terca, veo su cara. Veo el orgullo levantándose en ella como una llama pequeña, frágil, nueva. Y ahí es donde algo se me afloja por dentro. No un sentimiento que me convierta en romántico. Un hilo. Un reconocimiento. Porque eso fue un logro real para ella. No un premio. No un aplauso comprado. No un “te ves increíble”. Un logro de manos. Y en sus ojos veo algo que me sorprende por la claridad con la que existe aunque ella lo quiera esconder: felicidad nacida del orgullo. Una felicidad que no viene de gustarle a alguien. Viene de lograrlo. De no rendirse. De hacer una cosa simple con sus propias manos. Sus ojos son de ese color raro que no se ve en todas partes: miel con un tono aceitunado, como si la luz se quedara atrapada en algo cálido pero con sombra. Cuando me mira buscando reacción, yo sé que quiere mi aprobación aunque su boca nunca lo admitiría. Y eso me irrita… y también me entretiene. Porque me confirma que bajo la máscara de diva hay una chica joven que todavía necesita que alguien la vea de verdad. No le doy el premio. Apenas dejo que una sonrisa mínima exista un segundo. Muy pequeña. Lo suficiente para que no parezca burla, lo suficiente para que ella no se convierta en reina invencible. Luego la borro. Vuelvo a mi cara neutra. Vuelvo a ser pared. Le dejo pastillas en la mesa. Analgésico y desinflamatorio. No hago show. Se las dejo junto al vaso de agua y se lo digo bajo, casi solo para ella, porque no necesito que los demás interpreten eso como “le está agarrando cariño”. No. Es logística. Y aun así, lo digo con el apodo porque el apodo ya es parte del juego. —Lo vas a necesitar, estrellita. Ella se enoja por la palabra, pero se toma las pastillas. Y eso me confirma dos cosas: su cuerpo está pidiendo ayuda aunque su orgullo la niegue, y ella es lo bastante inteligente para elegir sobrevivir aunque le duela. Durante el día la veo desde lejos cada tanto. No como vigilancia morbosa. Como control de sistema. No se me desmaya nadie en mi rancho. No se me lastima nadie por descuido. No me van a venir a reclamar tragedias evitables. Y la estrellita, por orgullo, es la candidata perfecta para no pedir descanso aunque el sol la esté partiendo. Hoy la pongo con estiércol porque necesita entender algo que en su mundo no existe: que el trabajo no es estético. Que el trabajo no te aplaude. Que el trabajo no se graba bonito. El trabajo huele. Ensucia. Y aun así sostiene. Cuando la llevo a la parte de atrás del establo y ella se queda con la boca abierta frente a la pila, me dan ganas de decirle “bienvenida a la realidad” pero no lo digo porque la realidad ya está hablando sola. Le explico cómo se hace: pala, carreta, tambos, tapar, avisarme para apilar en la camioneta. Le digo que se vende como abono y su cara se queda congelada en una mezcla de asco y sorpresa. Me encanta esa reacción porque es la primera vez que la veo ver el rancho como economía real, no como castigo. Le doy guantes. Guantes de su talla. No por delicadeza, sino porque sé que sin guantes se va a cortar, se va a infectar, y el día se va a ir al carajo. Se los extiendo y lo digo otra vez, con el mismo tono que la molesta. —Los necesitarás, estrellita. Y antes de irme le guiño un ojo, no porque me esté poniendo tierno, sino porque sé que el guiño la va a descolocar. Porque quiero que se enoje. Porque el enojo la mantiene trabajando. La mantiene despierta. La mantiene viva. Me alejo y la veo empezar. La veo agarrar la pala con una decisión que me sorprende. La veo respirar por la nariz aunque el olor la golpee. La veo tensar los hombros y meter la pala como si estuviera enterrando una parte de sí misma. Y ahí, sin querer, me sale un pensamiento que no le diría jamás: Es una cabrona con ovarios. No por delicada. Por resistente. No por dulce. Por terca. Y sí, me sigue molestando su actitud de diva. Me molesta que siga con labial y top como si el rancho fuera una sesión. Me molesta porque las máscaras me enferman. Me enferma la gente que finge para complacer a otros. He visto demasiadas máscaras en la vida, demasiada gente sonriendo por fuera y pudriéndose por dentro. El rancho no tiene paciencia para eso. Yo tampoco. Pero también me molesta otra cosa, más peligrosa: que es tan orgullosa que no pide ayuda. No pide descanso. No pide agua. No pide nada. Se quema y calla. Se ampolla y calla. Se muerde la lengua y calla. Ese tipo de orgullo puede ser admirable… o suicida. Y yo no voy a tener una suicida de orgullo en mi patio. No por compasión. Por responsabilidad. Por control. El teléfono vibra otra vez en mi bolsillo y me saca del establo. Lo saco, lo miro, y ahí está: Emi. Emiliano. Mi hermano. Mi gemelo. Si yo soy rancho y polvo, Emiliano es escenario y luces. Y aun así, su corazón siempre vuelve aquí como si este lugar fuera su única casa de verdad. Abro el mensaje y me llega su energía con una facilidad que me afloja el pecho sin permiso. “Ya casi termino. En dos días vuelo. Dime que guardaste mi cuarto. Necesito tres meses de silencio y caballos. Te extraño, cabrón.” Resoplo una risa baja, sin querer. El rancho me ve reír poco, pero cuando lo hago, es por esto. Por él. Respondo con el pulgar, rápido, sin adornos, como hablamos siempre. “Tu cuarto está igual. No me lo ensucies. Y trae botas, cantante.” Me llega una nota de voz. Me la pongo al oído mientras camino hacia la valla. La voz de Emiliano entra como sol tibio. —Bro, ya necesito respirar aire que no huela a humo de escenario. Estoy harto de sonreír, de entrevistas, de gente. Quiero rancho. Quiero café fuerte. Quiero que me digas “ponte a trabajar” como si yo fuera uno más. Y sí… extraño a papá. Extraño esto. Nos vemos en dos días. No te hagas el duro, sé que me extrañas. Se me aprieta la garganta de forma casi imperceptible y lo odio. No me gusta sentir cosas blandas, pero con Emi no puedo evitarlo. Emiliano ha trabajado duro para estar donde está. Se partió el lomo por años para llegar a ser alguien en un grupo famoso. Lo vi construir esa vida con disciplina, con talento, con una hambre que yo respeto. Y verlo volver aquí a descansar no me da celos, me da orgullo. Me da tranquilidad. Porque cuando Emi está en el rancho, el rancho se siente completo. Como si la familia se acomodara en su lugar. Guardo el teléfono y respiro. El sol sigue subiendo. El día sigue. La estrellita sigue paleando mierda como si fuera castigo divino. Y yo… yo sigo siendo yo. Frío, distante, serio, sí. Pero buen jefe. Atento. Ensuciándome las manos junto a los míos. Sosteniendo el rancho con hechos, no palabras. A lo lejos, vuelvo a mirar hacia la parte de atrás del establo. La veo ahí, pequeña en comparación con la pila, pero moviéndose, avanzando, llevando pala tras pala como si cada una fuera una forma de no rendirse. Me sorprende la forma en que su orgullo la empuja. Me irrita la forma en que su máscara se aferra. Y aun así, mientras la veo trabajar, una idea me atraviesa con calma brutal: Cuando Emiliano llegue… todo esto se va a complicar. Porque Emi no es como yo. Emi sonríe. Emi habla. Emi seduce sin proponérselo. Emi es el tipo de hombre que la estrellita reconocerá al instante, el tipo de peligro distinto. Y si ella ya me provoca problemas con su orgullo… con Emiliano en la casa, el rancho no solo va a oler a estiércol y trabajo. Va a oler a incendio.
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