POV ALESSIA
El olor no se vuelve menos asqueroso solo porque lo aceptes. Eso es lo primero que aprendo mientras entierro la pala una y otra vez. La pila de estiércol sigue oliendo como si el mundo estuviera castigándome por cada decisión estúpida que tomé en mi vida, y aun así, mi cuerpo ya no reacciona con el mismo dramatismo que al principio. Ya no abro la boca con ganas de vomitar cada dos segundos. Ya no me quedo congelada como si el asco me fuera a salvar de trabajar. Sigo sintiéndolo, claro. Se me mete por la nariz, se me queda pegado en la garganta, y por más que respire por la boca, por más que intente “no pensar”, el olor siempre encuentra la forma de colarse. Pero hay algo distinto: ahora también está el peso de la pala, el ritmo de los brazos, la fricción de los guantes, el sonido húmedo del montón al moverse, y esa parte de mi mente que se agarra a cualquier cosa para no romperse… se agarra al hecho de que tengo guantes.
Los guantes.
No lo digo en voz alta, no porque me dé vergüenza, sino porque me niego a darle crédito a nadie. Pero en mi cabeza los agradezco como si fueran agua en el desierto. Sin guantes ya me habría cortado. Sin guantes ya me habría llenado de astillas, de infecciones, de excusas. Y odio admitirlo, pero se sienten hechos para mí. Me quedan perfectos. No me bailan. No me aprietan. No son “cualquier guante”. Son guantes elegidos con intención.
Cada vez que meto la pala y siento cómo el mango vibra en mis manos, el guante se vuelve una capa entre el mundo y yo. Entre lo asqueroso y mi piel. Entre mi orgullo y la realidad. Y aunque me moleste que alguien pensara en eso por mí, hay una parte de mí que, en silencio, agradece que esa capa exista. Porque hoy no me puedo dar el lujo de sangrar por orgullo.
Siento el sudor resbalarme por la espalda, pegándose a la camiseta. Los jeans stretch me aprietan cuando me agacho. Las botas me sostienen, pero las calcetas delgadas son una traición constante, y la ampolla late ahí adentro como un animal pequeño furioso que no se duerme. El sol me pega de lado, un sol ya más suave, pero igual persistente, y mi piel todavía está roja en los hombros, en los brazos, como si el cuerpo me estuviera marcando por dentro. Me muevo, respiro, levanto, deposito, repito. Una y otra vez.
Hasta que escucho pasos.
Me tenso por reflejo, pero cuando alzo la mirada no es Samuel. Es Tomás. Trae un bote enorme. Un bidón de agua de cinco litros que parece ridículo, como si me estuviera llevando combustible para una máquina.
Tomás no me mira como si yo fuera “la estrella”. Me mira como si yo fuera parte del trabajo. Como si yo fuera otra persona más que necesita agua para no colapsar.
—Agua —dice, sin mucha ceremonia, y me lo deja cerca, en la sombra mínima de una pared.
Me quedo viéndolo, sorprendida por el tamaño del gesto. Cinco litros no es “te traje una botellita”. Cinco litros es “vas a estar aquí un rato”.
—Gracias —digo, y mi voz sale más real de lo que esperaba. No sarcástica. No orgullosa. Gracias de verdad.
Tomás asiente apenas, como si agradecer fuera algo normal y no un evento.
—Tengo que seguir —dice, ya alejándose—. No te me mueras.
Se va sin esperar respuesta. Sin conversación. Sin esa necesidad de sentirse héroe. Y eso, de alguna manera, me deja más… tranquila. Tomás no lo hace por quedar bien conmigo. Lo hace porque así funciona el rancho. Porque si alguien se muere bajo el sol, todos pierden.
Me acerco al bidón, abro la tapa y bebo. El agua está tibia, pero es agua. Trago largo. Siento el cuerpo agradecerlo de inmediato, como si por dentro todo se acomodara un poco. Cierro, lo dejo en su sitio y vuelvo a la pala.
Sigo. El olor sigue. El sudor sigue. El asco sigue.
Pero algo también empieza a aparecer, pequeño, casi vergonzoso: gratificación.
No sé si es orgullo. No es el orgullo de “mírame”. Es el orgullo de “lo estoy haciendo”. De “nadie lo está haciendo por mí”. De “no me fui”. Es un orgullo nuevo, torpe, que no se siente glamouroso. Se siente… mío. Y eso me desconcierta.
Porque estoy acostumbrada a que mis logros vengan con luces, con gente, con aplausos, con una cámara. Aquí el único testigo es el sol, el olor, la pala… y mi cuerpo cansado. Y aun así, cuando el tiempo avanza y veo que los barriles empiezan a llenarse, cuando escucho el sonido hueco del plástico al golpearse, cuando cierro una tapa con fuerza y el clic me dice “esto ya no se abre”, siento una satisfacción que me sorprende.
Termino uno. Luego otro. Luego otro.
A mitad del trabajo ya no pienso tanto. Me convierto en movimiento. Pala, carreta, tambos. Pala, carreta, tambos. El mundo se reduce a eso. A respirar. A empujar. A no vomitar. A no parar. El bidón de agua me salva. Tomo tragos cada tanto. Me arde el cuello, me arde la espalda, me pican las piernas por picaduras viejas, pero sigo.
Y entonces, por fin, llego al final.
Me quedo de pie, mirando.
Siete barriles.
Llenos.
Cerrados.
Alineados.
Feos, sí. Asquerosos, sí. Huelen como si el infierno quisiera vender perfume. Pero están llenos y están cerrados y los hice yo. Yo sola. Sin pedir ayuda. Sin buscar a Samuel. Sin soltar un berrinche. Sin convertirme en turista.
Me sorprende lo fuerte que me golpea esa realidad.
Porque de repente no soy solo una chica castigada. Soy alguien que hizo algo que no quería hacer… y lo terminó.
Me limpio la frente con el antebrazo, miro el rancho alrededor, y en ese instante, antes de que la satisfacción se me pase, me acuerdo de la regla.
“Cuando termines, me hablas.”
Así que agarro aire y camino, con el cuerpo pesado, con los pies ardiendo, con la piel pegajosa, hacia donde supongo que Ezequiel estará.
No sé por qué, pero no lo busco con miedo. Lo busco con una energía rara, como si hubiera algo que necesito que él vea. No su aplauso. No su aprobación. Solo… que reconozca que no me morí.
Camino hacia el rodeo.
Y el rodeo me detiene.
Porque lo primero que veo no es tierra ni alambre ni gente. Lo primero que veo son dos caballos.
Impresionantemente hermosos.
Uno n***o. n***o como noche sin luna, con una presencia que parece arrogancia pura, como si supiera que es hermoso y le diera igual. El otro café, de un tono cálido, brillante, con el pelo del lomo casi dorado por el sol. Los dos se mueven con una elegancia brutal, animal, real. Me quedo mirando como si fuera la primera vez que veo algo bello sin filtro.
Siento el aire en el pecho. No sé por qué me impacta tanto. Quizá porque aquí la belleza no está diseñada para gustarte. Existe porque sí.
Busco con la mirada a alguien. Veo a Samuel sentado en una de las vigas del corral, con los brazos apoyados en las rodillas, mirando hacia adentro como si estuviera vigilando algo.
—Samuel —lo llamo, y mi voz sale más suave de lo que pensaba.
Samuel voltea. Me ve, y sus ojos se abren un poco, como si notara que vengo desde atrás del establo.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, no como regaño, más como sorpresa.
—Terminé —digo, y esa palabra me sabe raro en la boca. Terminé. Como si fuera un milagro.
Samuel parpadea.
—¿En serio?
Asiento.
—¿Has visto a Ezequiel? —pregunto.
Samuel no responde con palabras. Solo señala con la cabeza hacia dentro del corral.
Y entonces lo veo.
Ezequiel está domando al caballo café.
No “montándolo bonito”. Domándolo. Calmandolo. Trabajando con él como si el animal fuera un problema que se resuelve con paciencia y fuerza.
Trae su camisa a cuadros, jeans vaqueros, botas. El sombrero n***o le marca sombra en la cara, y la camisa está ligeramente abierta, lo suficiente para dejar ver un pedazo de su torso bronceado. Pero lo que me golpea no es el “detalle” como si yo fuera una adolescente. Lo que me golpea es la realidad física: está sudado, y por eso la camisa se le pega al cuerpo, se le marca claramente la espalda, los brazos, el pecho. Sus músculos se ven como se ven los músculos de alguien que trabaja, no de alguien que posa. No hay perfección de gimnasio. Hay fuerza útil.
Me quedo quieta, mirando, y me irrita que mi mente intente registrar “se ve bien”. Me irrita que la palabra “sexy” intente entrar otra vez y la piso con rabia. No vine a esto. No estoy aquí para admirar a un vaquero gruñón. Estoy aquí para decirle que terminé con sus malditos barriles.
Ezequiel murmura cosas al caballo. No alcanzo a oír qué dice, pero el tono es bajo, firme, como cuando le habló a Samuel para cortarle la ayuda, pero distinto. Con el caballo suena como alguien que sabe tocar un miedo ajeno sin romperlo. El caballo café se resiste, tira un poco, resopla, mueve la cabeza. Ezequiel aguanta, lo calma, lo sujeta, lo acaricia en el cuello con una mano, y con la otra intenta amarrarlo. El animal tiembla, pero cede poco a poco. Y cuando por fin lo logra, Ezequiel pega su frente al caballo, un gesto breve, íntimo, casi sagrado.
Yo me quedo congelada porque esa imagen no encaja con mi versión de él. El hombre que me cierra puertas no debería tener gestos así. Y aun así los tiene. Sin espectáculo. Sin que nadie se los aplauda.
El caballo n***o se acerca, curioso, y Ezequiel también lo acaricia, como si su dureza se le derritiera en las manos cuando toca animales. Es extraño. Me molesta lo que me hace sentir esa escena: una especie de respeto involuntario.
Samuel se baja de la viga y entra al corral. Se acerca a Ezequiel. Intercambian palabras que no escucho. Luego Samuel toma las riendas, ya con ambos caballos atados, y se los lleva hacia un lado.
Ezequiel se voltea.
Me mira.
Y mi cuerpo hace algo ridículo: se pone tenso.
No es miedo. No del todo.
Es nervio.
Como si mi pecho se apretara un poco. Como si el cansancio me dejara más expuesta. Como si su mirada me pesara más de lo normal. Me digo que es porque me intimida, porque es gruñón, porque siempre parece tener el control, pero la verdad es que no sé por qué me tiembla un poco el estómago cuando se acerca.
Ezequiel camina hacia mí con esa calma suya que no se apura nunca. Se detiene a unos pasos.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
Su voz suena neutral, pero sus ojos me recorren rápido. Me mira de arriba abajo, y por un segundo siento vergüenza, no por “cómo me veo”, sino por el olor a estiércol pegado en mí, por el sudor, por sentirme… menos que él. Odio sentir eso.
—Terminé —digo, firme.
Ezequiel alza una ceja.
—¿Ya? —su incredulidad es clara. No por maldad. Por sorpresa real.
Me enciendo.
—Sí, ya —respondo, casi a la defensiva—. Siete barriles. Llenos. Tapados. Como dijiste.
Ezequiel me sostiene la mirada un segundo, como si intentara decidir si estoy exagerando.
—Llévame —dice al fin.
Camino delante, con él detrás. Siento su presencia como calor en la espalda. El rancho suena alrededor, pero yo solo siento mis pasos y el dolor de las botas apretando las ampollas. Llegamos a la parte de atrás del establo.
Ezequiel se detiene.
Mira.
No dice nada.
Revisa las tapas, toca un barril con la mano, como si midiera el peso. Mira la fila, el orden, el trabajo hecho sin desparramar todo.
Y lo veo sorprenderse de verdad.
No es un “bien, ya”. Es un “no esperaba esto”.
Me quedo quieta, esperando una crítica, un comentario sarcástico, un “por fin”. Pero en vez de eso, Ezequiel exhala por la nariz y su boca se curva, apenas.
Una sonrisa.
Sincera.
Contenida.
Como si le costara dejarla salir.
—Hiciste un buen trabajo —dice.
La frase me atraviesa raro, como si fuera un golpe suave en un lugar que no sabía que estaba lastimado. No es que necesite su aprobación… pero escuchar eso de él, del hombre que no regala nada, me deja sin defensa un segundo.
No respondo rápido. Solo asiento, porque si hablo capaz se me nota demasiado.
Ezequiel lleva dos dedos a la boca y suelta un chiflido fuerte, preciso.
Tomás aparece casi de inmediato, como si el chiflido fuera un botón.
—¿Qué pasó, patrón? —pregunta, mirando los barriles.
—Cárgalos —dice Ezequiel—. Con cuidado.
Tomás silba bajito al verlos.
—No manches… ¿ella hizo todo esto?
Me arde el orgullo.
—Sí —digo, antes de que Ezequiel responda.
Tomás me mira con una sonrisa amplia.
—Mis respetos, famocilla.
—Cállate —le digo, pero se me escapa una risa leve, porque ya no se siente como burla. Se siente como apodo de los míos… aunque yo todavía no sea de los míos.
Entre los tres movemos los barriles. Ezequiel se ensucia las manos sin pensarlo, los levanta con esa fuerza útil, yo agarro donde puedo, Tomás acomoda en la camioneta. El plástico raspa, el peso jala, el olor se mete más, pero el trabajo se hace rápido porque ellos saben cómo moverse, y yo solo sigo el ritmo intentando no estorbar.
Tomás, mientras acomoda el último, se limpia el sudor con el antebrazo.
—¿Quieres que te acompañe al pueblo? —le pregunta a Ezequiel—. Para venderlos, pues.
Ezequiel niega con la cabeza.
—No —dice, sin rudeza—. Tú quédate. Ya es viernes. Terminen a las cinco y relájense. Que la semana fue pesada.
Tomás abre los ojos como niño al que le regalaron un dulce.
—¿Neta? —pregunta, feliz.
—Neta —confirma Ezequiel—. Pero dejan todo listo antes. No quiero sorpresas el sábado.
—Sí, patrón —Tomás asiente rápido, contento.
Ezequiel le da dos instrucciones más, cortas, vivas, específicas: revisar un alambre, dejar agua lista, asegurarse de que las gallinas queden bien. Tomás responde con energía, como si ya el simple hecho de “terminar a las cinco” le hubiera mejorado la vida.
Ezequiel se voltea hacia mí.
—Súbete —ordena.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Vas conmigo —dice.
Mi estómago se aprieta.
¿Por qué?
No pregunto. Porque preguntar es abrir una discusión y yo estoy cansada.
Me subo a la camioneta con cuidado, acomodando las botas como puedo para que las ampollas no chillen. El asiento huele a cuero y polvo. A sol. A trabajo. Ezequiel se sube del lado del conductor, mete la llave, el motor ruge, y el rancho queda atrás como si el mundo se estirara.
Me siento nerviosa, cansada, fastidiada. No sé qué voy a hacer en el pueblo con él. No sé si esto es castigo o trámite. Miro por la ventana para no mirarlo demasiado.
Ezequiel me lanza una mirada rápida.
—¿Te molesta si pongo música? —pregunta, como si preguntarlo fuera lo más normal del mundo.
Me sorprende.
—No —respondo, y lo digo rápido.
Ezequiel prende el estéreo.
Y no pone corridos.
No pone música “de rancho”.
Pone rock clásico. Viejo. Guitarras, batería, una voz rasposa que suena a carretera.
Me quedo quieta, escuchando, sorprendida.
—¿En serio escuchas esto? —pregunto sin querer.
Ezequiel alza una ceja.
—¿Qué esperabas? ¿Violines? —responde seco.
Me río por la nariz.
—No sé… pensé que pondrías algo de vaquero.
—Soy vaquero, no caricatura —dice, y su tono me provoca risa otra vez.
El silencio se instala un momento, pero es un silencio distinto al de la casa. Aquí el silencio tiene carretera. Tiene aire. Tiene movimiento.
Con curiosidad, pregunto lo que me ha estado rondando desde esta mañana.
—¿Quién compra… eso? —hago un gesto con la cabeza hacia la parte trasera, donde van los barriles.
Ezequiel mira al frente, maneja con una mano, con la otra descansa en el volante.
—Gente que tiene cultivos. Jardineros. Granjas pequeñas. Algunos viveros. El estiércol bien tratado sirve como abono.
—¿Y cuánto…? —me detengo, porque me siento ridícula preguntando por precios de mierda— ¿cuánto cuesta?
Ezequiel suelta una exhalación que casi parece risa.
—Depende de la temporada. Depende de qué tan seco esté. Depende de quién lo compre. Pero hoy nos va a dar para alimento y para un par de reparaciones.
Frunzo el ceño.
—¿Eso… alcanza?
Ezequiel me mira un segundo, luego vuelve al camino.
—No vivimos de lujo —dice—. Vivimos de que el rancho se sostenga solo. Y el rancho se sostiene con muchas cosas pequeñas, no con milagros.
Trago saliva. Mi mente vuelve al establo.
—¿Y… el establo? —pregunto, sin querer, porque la imagen de las vigas rotas me sigue.
Ezequiel no responde de inmediato. Su mandíbula se marca. Sus ojos se endurecen un poco. La carretera sigue, pero el aire dentro de la camioneta cambia, como si hubiera tocado un nervio.
—¿Quieres saber cuánto costó construirlo? —pregunta al fin, y su voz suena calmada pero con filo.
Asiento, sin saber si quiero la respuesta.
Ezequiel me lo dice. No como ataque. Como verdad.
Me habla de materiales, de madera, de mano de obra, de horas, de permisos, de herramientas. Me explica que lo que yo rompí no era “una estructura”. Era inversión. Era seguridad. Era años de trabajo.
Y luego, con la misma calma, suelta la parte que me atraviesa el pecho.
—La compensación económica que pagaste… se fue en curar animales lesionados —dice.
Me quedo helada.
—¿Qué? —mi voz sale más baja.
Ezequiel sigue, sin mirarme.
—Hubo un caballo con la pata lastimada. Hubo una vaca que se golpeó con el pánico. Hubo heridas. Veterinarios. Medicinas. Traslados. Eso no es barato. Así que sí, pagaste. Pero no pagaste el establo. Pagaste para que los animales siguieran vivos y útiles.
El aire se me queda atorado.
Siento culpa.
Culpa real.
No de cámara.
No de titulares.
Culpa de daño verdadero.
Y lo peor es que yo no estaba manejando. Pero no digo nada. No digo el nombre de Thiago. No digo la verdad. Porque decirla abriría otra historia. Otra guerra. Y en este momento… no tengo fuerzas.
Me quedo callada.
Ezequiel tampoco insiste. Solo maneja, con el rock sonando bajo, como si el mundo siguiera aunque mi culpa me aplastara.
En un silencio raro, escucho algo.
Ezequiel… canta.
Bajo. Casi inconsciente. Como si la música lo jalara sin pedirle permiso.
Me giro lentamente, sorprendida.
Canta bien.
Muy bien.
La voz le sale con un tono áspero pero afinado, como si la tuviera entrenada sin querer. Me quedo mirándolo, incrédula, y cuando él se da cuenta, se calla como si lo hubiera atrapado haciendo algo prohibido.
—¿Qué? —pregunta, seco.
Me río, cansada.
—Si esto de vaquero gruñón no te funciona… podrías ser cantante —suelto, y mi voz suena más ligera de lo que he sido en días.
Ezequiel sonríe de medio lado.
Y ahí lo veo.
Un hoyuelo pequeño en su mejilla.
Me frustro de inmediato por notarlo. Me frustro por fijarme en eso. Por registrar detalles de su cara como si me importara.
Me aclaro la garganta.
—No era… en serio —miento, porque sí era un poco en serio.
Ezequiel no responde. Solo sigue manejando. Pero la sonrisa mínima se queda un segundo más de lo necesario antes de desaparecer.
La carretera se convierte en calles más cercanas al pueblo, y el sonido cambia: menos viento, más voces lejanas, un perro ladrando, niños, carros. Mi cuerpo está cansado. Mis pies laten. Mi mente está entre culpa y fastidio. Y aun así, el aire del pueblo se siente extraño, como si fuera un mundo que sí conozco… pero al mismo tiempo no.
Llegamos.
Ezequiel estaciona.
Yo bajo con cuidado, sintiendo las botas firmes, el cuerpo agotado.
Y justo cuando estoy por preguntarle qué sigue, la puerta de una casa se abre.
Sale una mujer.
Pelirroja.
Trenzas largas.
Despampanante de una forma que no es “bonita”, es “te mira y te deja claro que lo sabe”.
Y cuando ve a Ezequiel… se le ilumina la cara demasiado.
Demasiado amigable.
Demasiado cómoda.
—¡Ezequiel! —lo saluda, como si ese nombre le perteneciera un poquito.
Ezequiel alza la vista.
Y yo, sin querer, siento el estómago apretarse.
No por celos.
Me digo que no.
Por curiosidad.
Por instinto.
Por… por algo que no quiero nombrar.
Y la pelirroja se acerca como si el rancho, el estiércol y yo no existiéramos.