POV EZEQUIEL
Amanezco antes de que el cielo decida si va a ser azul o gris. No porque me encante madrugar, sino porque el rancho no espera a nadie y, si te levantas tarde aquí, el sol te cobra el doble. Abro los ojos y lo primero que siento no es sueño ni comodidad: es el peso de la lista. La valla, el alambre del sur, el bebedero de los caballos, el alimento de las vacas, el gallinero, la madera que todavía está a medio apilar… y el establo. El maldito establo.
Me siento en el borde de la cama, me paso una mano por la cara y aprieto la mandíbula como si con eso pudiera aplastar el recuerdo del golpe. No el golpe del coche. El golpe en mi vida. El sonido de madera rompiéndose, el relincho reventando el aire, el caos, el polvo. Lo que se rompió no fue solo un techo. Fue una rutina que funcionaba. Una seguridad. Un espacio donde los animales estaban tranquilos. Y todavía me arde que quien lo destruyó bajara de una camioneta con tacones, perfume y esa actitud de diva como si estuviera llegando a un set.
No me molestan los errores. Aquí todos se equivocan. Me molestan las máscaras.
La gente fingiendo para complacer a otros, sonriendo por miedo, hablando bonito para quedar bien, actuando un personaje porque creen que el mundo se los exige. Eso me revienta por dentro. Porque las máscaras siempre vienen con algo pegado: mentira, manipulación, cobardía. Y esa mujer… esa mujer está hecha de máscara. Una capa de “yo puedo” encima de otra de “mírame”, encima de otra de “sálvame”.
El rancho no tiene paciencia para eso.
Yo tampoco.
Me pongo la camisa, las botas, agarro la gorra y salgo. El aire de la madrugada es una tregua corta, se siente húmedo y frío en los pulmones, como si el día todavía no hubiera empezado a pegar. Camino al patio y el rancho ya está despierto, respirando como un animal grande. Hay gente moviéndose, no porque yo los empuje, sino porque esto funciona así. Puertas abriéndose, cubetas arrastrándose, metal golpeando metal, la cafetera soltando su primer suspiro en la cocina. Las gallinas cantan como si fueran dueñas del tiempo. Un perro ladra a lo lejos, no por alarma, sino por costumbre.
Paso por el tanque de agua y reviso niveles con la vista, sin abrir la llave, como un reflejo. Me mancho los dedos con tierra al tocar el borde. Me gusta esa sensación. Me recuerda que lo que sostengo no es una idea, es algo real. Camino hacia la valla y veo a Tomás ya con el alambre en mano, Lidia con los guantes puestos, y antes de decir nada ya estoy agarrando el rollo pesado y ayudando a tensarlo. No superviso desde lejos. Si hay que jalar, jalo. Si hay que cargar, cargo. Mis manos están hechas para eso. Para sostener, no para señalar.
—Hoy el sol va a pegar temprano —dice Tomás, y yo asiento mientras amarramos.
—Agua cada hora —respondo, y no es recomendación. Es regla. La gente se deshidrata por orgullo y el orgullo aquí es un lujo idiota.
Tensamos el alambre, lo fijamos, comprobamos que no quede flojo. La cerca perimetral no es estética, es seguridad. Un hueco significa un animal fuera, un depredador dentro o un vecino reclamando. Me agacho, clavo, amarro, siento el metal vibrar bajo la fuerza. El trabajo deja la mente limpia porque no te permite fingirte nada. O puedes… o no puedes.
Y por eso me molesta ella.
Porque ella llegó fingiendo.
Fingiendo que esto le quedaba, fingiendo que no le importaba, fingiendo que su nombre la protegía incluso aquí. Como si el establo destruido fuera un detalle de su historia y no el desastre real que todos tuvimos que enfrentar.
Cuando termino con la valla, camino a la casa. El café ya huele fuerte, real, sin azúcar de mentira. Entro y la cocina está viva. Lorena ya está poniendo platos. Alguien sirve jugo. Alguien acomoda tocino. Rompo huevos sin hablar demasiado, revuelvo, echo mantequilla al sartén, el aceite chisporrotea como advertencia. Me mancho la camisa con una gota mínima de grasa y ni siquiera me detengo a limpiarla. Aquí nadie trabaja limpio si trabaja de verdad.
La gente entra en oleadas. Hombres y mujeres, manos marcadas, ojos todavía pesados pero con esa disposición que solo tiene quien entiende que el día no se negocia. Sirvo huevos. Alguien pasa hot cakes. Tomás sirve café. Lidia reparte vasos. Esto parece un hotel si lo ves desde afuera, pero no es lujo: es sistema. Si no comen, no rinden. Si no rinden, el rancho se atrasa. Si el rancho se atrasa, el rancho te rompe.
Alessia está en una esquina con la espalda recta como si la postura le sostuviera el mundo. Trae falda y huaraches otra vez, y una blusa mínima que la deja expuesta al sol como si lo hubiera retado. Huele a perfume, demasiado. El perfume aquí es grito. Es una manera de decir “yo no pertenezco”.
La miro apenas… y aun así me irrita.
No por su cuerpo. No por su cara. Me irrita la intención.
La máscara de “yo soy la estrella incluso en tu barro”.
Su voz de ayer sigue en mi cabeza: el berrinche, la indignación como si ella fuera víctima de una injusticia cuando en realidad está pagando un daño. A mí no me importa su fama. Me importa que el establo se cayó. Me importa que los animales se asustaron. Me importa que mis manos y las de los míos cargaron lo que ella rompió.
Me acerco con un plato lleno y lo pongo frente a ella sin ceremonia.
—Come.
Me mira como si le hubiera ofrecido veneno.
—Es demasiado —dice, y ahí vuelve el personaje. El control de calorías, la guerra con la comida como si el cuerpo fuera un objeto de exhibición.
No pierdo tiempo en su teatro.
—Vas a necesitar calorías para soportar el trabajo.
No le estoy cuidando la autoestima. Le estoy quitando excusas. La veo dudar, la veo calcular qué pierde si cede, y al final come algo con la mandíbula tensa como si cada bocado fuera una derrota. Bien. Que lo sienta. La derrota aquí no mata. La derrota aquí educa.
Mientras desayunamos, reparto tareas. Lo hago corto. No me gustan los discursos. “Valla.” “Agua.” “Animales.” “Gallinas.” “Caballos.” “Revisen el portón.” “Después del establo, el alambre del sur.” La gente entiende. Nadie se queja. Nadie pregunta por qué. Porque aquí, si preguntas demasiado, es que no estás listo para cargar.
Cuando salimos, el sol ya empieza a prometer lo suyo. Camino hacia el establo con Alessia atrás y sé, sin voltear, que viene mirándolo todo como si esto fuera un set extraño. Sé que su mente está buscándole sentido, buscando dónde acomodarse, buscando un espejo. Y aquí no hay espejos que sirvan.
Al llegar, el olor cambia. Heno viejo, madera rota, excremento, humedad. El establo tiene un olor que no perdona y eso me gusta: el olor te obliga a aceptar dónde estás. Alessia frunce la nariz apenas y se corrige rápido, orgullosa. La veo. No hace falta que la mire demasiado.
Le marco reglas. No porque me guste mandar. Porque si no hay reglas, la gente se lastima.
—Recoges escombros. Separas lo que sirve de lo que no. Lo que sirve va allá. Lo que no sirve al montón de desecho. No quiero clavos sueltos. No quiero basura tirada. Ese pasillo lo quiero libre.
Ella pregunta con ese tono que pretende ser neutro, pero trae reto. Le respondo con la misma neutralidad. No juego.
—Reglas —le digo al final, y aquí sí la miro directo porque quiero que lo entienda—. Una: no estás aquí para dar órdenes. Dos: no estás aquí para descansar cuando te aburras. Tres: si te atreves a pedir ayuda de nuevo… vas a pagar el castigo doble. Y no con dinero. Con horas.
La veo tragar saliva. La veo odiarme. Me da igual. Prefiero que me odie a que me manipule.
Me voy a seguir con el resto, pero antes ordeno agua. El sol ya está subiendo y la gente se confía. No permito eso. A Samuel le digo que le lleve agua a Alessia cuando el calor apriete. No lo digo como favor. Lo digo como logística. Si se desmaya, pierdo un brazo de trabajo. Y no voy a regalarle al rancho un retraso por una turista deshidratada.
Trabajo el resto de la mañana como siempre: alambre, portón, revisar una bisagra, cargar alimento, mover una tabla pesada, clavar, amarrar, ensuciarme. Me arde el sudor en los ojos, me arde el polvo en la garganta, la camisa se me pega a la espalda. Me gusta. Me recuerda que estoy vivo y que lo que sostengo es real. Los míos me miran como siempre: respeto sin miedo, confianza sin idolatría. Eso se gana trabajando. No hablando.
Y, aun así, en medio de todo, la veo.
Roja. Quemándose. La piel de los hombros cada vez más roja. Sus manos cada vez más sucias. Su falda pegándosele por el sudor. Los huaraches llenos de polvo. Y me irrita… no por verla sufrir, sino por la estupidez del sufrimiento evitable. No traía ropa. No trajo nada. Llegó con tacones el primer día. Como si el rancho fuera un castigo que se mira, no que se vive.
Cerca del mediodía tengo una ventana. Antes de ir al pueblo por alimento, paso por la casa a revisar agua, botiquín, lo básico. Camino por el pasillo y el perfume vuelve, fuerte, como si alguien estuviera intentando tapar el campo con una mentira. La puerta del cuarto de Alessia está entornada otra vez. Me quedo en el umbral sin cruzar. No me meto donde no me toca. Pero desde ahí veo el desastre: ropa tirada, maleta abierta, cosas regadas, zapatos de ciudad, calcetas delgadas. Es claro como el sol: ampollas en dos días.
Sus cosas gritan una vida donde todo se lo hacen.
Y eso me revienta.
Porque venir aquí con actitud de diva después de destruir el establo no es solo arrogancia. Es falta de respeto. Falta de respeto a la gente que levantó esto. A los animales. A las horas. A la verdad.
Aprieto la mandíbula y dejo salir un suspiro corto, controlado. No es lástima. Es decisión. Si la dejo con esa ropa, mañana se lastima, pasado mañana llora, el tercer día se convierte en excusa ambulante. Y yo no estoy aquí para sostener excusas. Estoy aquí para que pague lo que rompió de forma justa. Y lo justo no incluye darle una coartada por falta de botas.
Miro sus zapatos. Estimo la talla. Confirmo con otro par. Veo el tamaño de sus huaraches. Veo el corte de la ropa. No necesito invadir para saber lo suficiente. Doy media vuelta y salgo. Le digo a Lorena que prepare más agua, que a las doce se haga pausa de sombra, que no quiero héroes. Agarro las llaves y me voy al pueblo.
Compro alimento para animales primero. Eso no se negocia. Luego paso por la ferretería por clavos y alambre. Después entro a una tienda de ropa de trabajo. El tipo del mostrador ya me conoce. Me pregunta tallas sin chisme. Le digo claro: mujer, talla chica, botas, pantalón resistente, camisa de manga larga, sombrero, calcetas gruesas. Guantes. Repelente. Bloqueador. Y de paso una pomada para quemaduras porque sé que ya está roja. Pago. Me lo llevo.
Al salir, la veo apoyada contra un coche como si el mundo fuera suyo.
Jasmine.
La conozco demasiado. Su sonrisa llega antes que ella. Un año atrás me metí en su cama por cansancio y ella lo confundió con derecho. Jasmine no es mala persona. Jasmine es tóxica porque no sabe quedarse donde termina. Siempre quiere un pedazo más.
—Ezequiel —dice mi nombre como si lo saboreara.
—Jasmine —respondo neutral, sin desprecio. No la quiero herir. Solo quiero que se vaya.
Sus ojos bajan a mis bolsas.
—¿Comprando ropa? —pregunta, y su tono ya trae veneno dulce—. ¿Para quién?
—Para el rancho.
Ella sonríe más, como si le acabara de dar un juguete.
—Dicen que tienes a una estrellita viviendo contigo —murmura, inclinando la cabeza—. La del escándalo. ¿Qué tal está?
No le doy información. No porque sea secreto. Porque Jasmine usa todo.
—Cumple una sentencia.
—Ay, qué serio —se ríe, y se acerca un paso, demasiado cerca—. Te extrañé.
No me muevo.
—Estoy ocupado.
—Siempre estás ocupado —dice, y su mano roza mi brazo como si el contacto fuera permiso—. Podrías desocuparte un rato.
La insinuación llega directa, sin rodeos.
—Podrías pasar la noche conmigo —dice, suave, como oferta—. Me haría bien. Te haría bien.
La miro fijo. No la rechazo con frialdad cruel porque no se lo merece. Pero sí con firmeza. Clara. Sin espacio para que lo convierta en juego.
—No, Jasmine.
Ella se queda quieta un segundo, como si no estuviera acostumbrada a un “no” limpio.
—¿No? —insiste, intentando sonreír.
—No —repito—. No voy a pasar la noche contigo.
—¿Por ella? —lanza, sucia, tratando de picar.
—Por mí —contesto, y mi voz se endurece—. No mezcles cosas. No estoy con nadie. Y aunque lo estuviera, no es tu asunto.
Jasmine traga, y por un segundo veo la herida. Luego vuelve el veneno.
—Eres un hombre difícil —susurra—. A veces creo que disfrutas decir que no.
—Disfruto tener paz.
La frase la irrita. Lo veo. Pero se contiene.
—Quédate con tu paz —dice al fin, y se acerca para darme un beso en la mejilla sin permiso, más para marcar territorio que por cariño—. Si cambias de opinión… ya sabes.
No la aparto bruscamente. No le doy show. La dejo ir. Ella se va con una sonrisa que promete problema. Me subo al camión y respiro lento. No me interesa su caos hoy. Hoy tengo un rancho, una valla, animales, y una famosa que cree que el mundo es un escenario.
Regreso con el sol alto. Veo a la gente trabajando. Veo a Alessia roja en el establo, moviéndose lento. Le ordeno a Samuel que le lleve agua otra vez. Sin discusión.
Entro a la casa, camino hacia su cuarto, abro lo justo para dejar la bolsa sobre la cama. No reviso. No toco. No invado. Solo dejo. Pongo el bloqueador y el repelente visible arriba, como un mensaje: aquí no hay excusas. Si te vas a quemar, que no sea por ignorancia. Si te vas a lastimar, que sea por tu orgullo, no por falta de herramientas.
Me detengo un segundo en la puerta, mirando el caos. Y otra vez me golpea lo mismo: máscaras. Esta mujer vive de máscara. Y el rancho… el rancho se las va a arrancar una por una.
Cierro la puerta y regreso al sol.
Mientras camino hacia el establo, la veo de lejos levantar una tabla, sacudirse una astilla, seguir. Su cuerpo ya está aprendiendo aunque su orgullo lo odie. Y eso me deja una sensación extraña, intensa, que no quiero nombrar porque nombrarla sería darle existencia.
Pero el hecho es este: si aguanta, cambia.
Y si cambia… no va a poder volver a ponerse la máscara igual