CAPÍTULO 5: AMPOLLAS Y ORGULLO

3777 Words
POV ALESSIA El sol no sube aquí como en la ciudad, donde puedes esconderte en sombra, en aire acondicionado, en un coche con cristales polarizados, en una excusa. Aquí el sol sube como una sentencia. Primero te calienta la nuca, luego te aprieta los hombros, luego te cae encima como una mano enorme que no te deja respirar bien. Siento el calor clavarse en mi piel desde temprano, y para cuando ya no es “mañana” sino “día”, mis brazos están rojos, brillantes de sudor, y mi espalda se siente como si alguien me hubiera pasado una lija lenta, constante, sin detenerse. Me muevo entre tablas rotas y escombros con el corazón golpeándome en un ritmo extraño, porque mi cuerpo no está acostumbrado a trabajar así, no está acostumbrado a obedecer sin negociar, pero aun así sigue, como si tuviera instinto propio. La madera huele a humedad vieja y a heno que se quedó atrapado en las fibras. A ratos el olor es tan fuerte que me dan ganas de fruncir la nariz, pero me muerdo el gesto. No voy a darle ese gusto a nadie, y mucho menos a Ezequiel, que se burla sin levantar la voz. Hay mosquitos. Al principio pensé que eran dos o tres, pero no, son una nube. Me pican en las pantorrillas, en los tobillos, en la parte interna del brazo, y cada picadura es un mini incendio que me hace querer rascarme hasta arrancarme la piel. Me rasco con rabia y solo logro llenarme de polvo. Las manos las tengo negras debajo de las uñas, con pequeñas cortadas que apenas sangran pero arden cuando el sudor se mete. El sudor, de hecho, es una tortura en sí mismo: me baja por la frente, me cae en los ojos, me escuece, me vuelve borroso el mundo y me obliga a parpadear como si estuviera llorando. No estoy llorando. No voy a llorar. Me agacho por otra tabla y siento una astilla clavarse en el dedo. Un dolor fino, preciso, como un recordatorio personal. La saco con la uña, me duele más al sacarla, y sigo. El sol me pega en la nuca, la blusa no cubre nada, y la falda… la falda es una estupidez. Se me pega a los muslos, me estorba al agacharme, me deja expuesta al calor, al polvo, a todo. Pero es lo que tengo. Y aunque ya empiezo a entender que esto no es una pasarela, mi orgullo se aferra a lo poco que le queda: no me voy a poner “humilde” tan rápido. No les voy a dar esa satisfacción. Un poco más allá escucho voces de los demás trabajando, golpes metálicos, un portón que se azota, un caballo resoplando, gallinas cantando como si se burlaran de mí. Es raro: el rancho tiene vida propia. Como si yo fuera una escena metida a la fuerza en una película que ya estaba en curso desde antes de que yo naciera. Y lo peor es que todo sigue aunque yo esté aquí sudando y quemándome. Nadie se detiene a compadecerme. Nadie me mira para evaluar si ya me quebré. Simplemente… trabajan. Escucho pasos acercándose y mi cuerpo se tensa por reflejo. Si esto fuera mi mundo, pasos acercándose significaría alguien con intención: un periodista, un fan, un guardaespaldas, un hombre con ganas. Aquí pasos acercándose pueden ser cualquier cosa. Pero cuando levanto la vista y veo a Samuel con una botella en la mano, mi tensión baja un poco, no porque me relaje, sino porque el chico tiene esa energía de gente buena: camina sin pretender dominar el aire. —Te traje agua —dice, y su voz suena normal, como si no estuviera cargando un momento incómodo entre una diva castigada y un trabajador joven con miedo a perder su paga. Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano y siento el polvo pegándose. Me acerco. Tomo la botella. Está tibia, pero es agua. Me la llevo a la boca y bebo como si me fuera la vida en eso, porque se siente así. El agua me baja por la garganta y por un segundo siento alivio real, físico, casi agresivo. —No deberías —digo cuando termino el primer trago, todavía jadeando un poco—. El Führer se va a enojar. Samuel parpadea. Luego se ríe, una risa corta, nerviosa, como si le costara reír con todo esto encima. —¿El… qué? —Ezequiel —digo, y me sale con ironía aunque mi voz está áspera—. El señor “no acepto turistas”. El que cree que respirar ya es un privilegio. Samuel vuelve a reír, más sincero esta vez, como si le hiciera gracia que yo lo diga así. —Él me dijo que te trajera agua —confiesa, casi como quien suelta un secreto. Me quedo mirándolo. No porque no le crea, sino porque mi mente tarda un segundo en acomodar esa información. Ezequiel, el hombre que me cerró una puerta en la cara, el hombre que amenazó con quitarle paga a Samuel por ayudarme, ordenando que me lleven agua. La contradicción me da risa. Una risa auténtica, inesperada, que me sale sola. —Yo pensé que me quería muerta —digo, aún riéndome un poco—. De verdad. Pensé que iba a dejar que me friera aquí como pollo para que aprendiera la lección. Samuel se encoge de hombros, sin dramatismo. —Es exigente —admite—. Y duro a veces. Pero… no es malo, Alessia. Es buena persona. Su forma de decir mi nombre me sorprende. No suena a fan. No suena a juicio. Suena… normal. Como si yo fuera una chica más. Y eso me provoca una punzada rara en el pecho, una mezcla de incomodidad y alivio. —¿Buena persona? —repito, incrédula, mientras me limpio la boca con el antebrazo—. ¿El tipo que te amenaza con quitarte una semana de paga por ayudarme? Samuel se rasca la nuca, y su gesto es tan joven que me recuerda lo que es tener veinte años sin estar mirando cámaras. —Eso… eso fue porque no está permitido —dice, y no suena a justificarlo a ciegas. Suena a explicar el sistema—. Él no quería… que yo te hiciera tu castigo. Me río por la nariz. —Ah, claro. Porque esto es una escuela. Y él es el director. Samuel me mira un segundo y luego sonríe con paciencia, como si estuviera acostumbrado a gente terca. —No lo juzgues tan rápido —me dice, sincero—. A veces parece más duro de lo que es. Pero… él cuida a la gente. Solo que no lo hace con palabras bonitas. Miro la botella en mi mano y siento el sol en la nuca como un recordatorio de que esa agua me salvó un poco. Me da rabia estar agradecida. Me da rabia que una parte de mí se ablande con algo tan básico. Samuel se queda ahí unos segundos, como si no supiera si debe irse o esperar a que yo le devuelva la botella. Le extiendo el envase. Él lo toma y antes de irse mira mis hombros rojos, mi cara brillosa de sudor, mis manos sucias. —¿Quieres que te traiga…? —empieza, pero se detiene, como si se acordara de la amenaza. Sonrío sin ganas. —¿Bloqueador? Samuel asiente. —Sí, pero… no sé si… —Haz lo que quieras —lo corto—. Ya estoy roja. Si me traes bloqueador, capaz que me acusa de ser turista en rehabilitación. Samuel se ríe. —Te lo puedo dejar cerca sin que se note. —Hazlo —digo, y mi voz suena más dura de lo que siento. La gratitud se me queda atrapada. Samuel se va y yo vuelvo a trabajar. Agarro otra tabla, la arrastro, la apilo. Respiro. El calor no baja, al contrario, sube como si la mañana hubiera sido una mentira y el día real empezara ahora. El establo tiene un zumbido constante de insectos, un olor que se mete en la ropa. Me siento sucia, pegajosa. Me pica la piel. Me duele la espalda. Y, aun así, sigo, porque no hay otra cosa que hacer. Samuel vuelve más tarde con otra botella. Esta vez me la ofrece sin hablar primero, como si me hubiera aprendido el ritmo de mi sed. Yo tomo agua y siento cómo el cuerpo la pide como un animal. —¿Siempre hace este calor? —pregunto entre tragos, porque necesito sacar mi frustración en algo que no sea insultar a Ezequiel. Samuel se ríe. —Esto todavía no es lo peor —dice, realista—. En abril y mayo se pone más pesado. Pero… te acostumbras. —¿Me acostumbro? —repito, con sarcasmo—. ¿Mi piel se acostumbra a quemarse? Samuel mira mis hombros y hace una mueca. —Ahí sí te conviene usar bloqueador. De hecho, Ezequiel compró… Se muerde la lengua, como si acabara de decir demasiado. Yo lo miro, alerta. —¿Qué compró? Samuel se rasca la nuca, nervioso. —Nada… olvida. Pero ya lo dijo. Y ahora mi cabeza se queda con esa idea como una astilla: Ezequiel compró algo. ¿Para mí? No tiene sentido. O sí tiene: no es por mí, es por el sistema. Me molesta igual. —Entonces dime algo —cambio de tema para no sonar… rara—. ¿Hay formas de hacer esto más rápido? Porque siento que voy a terminar en Navidad. Samuel mira el montón de madera y se encoge de hombros. —Si tienes práctica, sí. Hay una forma… —se agacha, toma una tabla y me muestra cómo revisarla rápido para decidir si sirve o no—. Mira, si está podrida aquí, se va a desmoronar. Si cruje raro, no sirve. Si está firme, se apila. Lo hace con naturalidad, sin invadir mi tarea, solo enseñándome. Se nota que quiere ayudar sin cruzar la línea. —¿Y por qué no pagar para que alguien venga a hacer esto? —pregunto, y mi voz sale más genuina de lo que pretendía—. O sea… contratar gente, limpiar, arreglar… no entiendo por qué me ponen a mí. Samuel se queda quieto un segundo, como si midiera qué puede decir y qué no. —Porque el dinero no es algo que sobre —responde al final, directo—. Y porque… —me mira, con sinceridad— es la orden de la jueza. Que tú cumplas tu castigo. Que lo pagues con trabajo. No con un cheque. Esa última frase me pega en el pecho. No porque no la sepa. Porque me la dice alguien que no me odia. Alguien que no disfruta verme sufrir. Y eso lo vuelve más real. Asiento despacio. Vuelvo a trabajar, pero esa frase se me queda dando vueltas mientras muevo madera, mientras saco astillas, mientras siento los mosquitos como agujas, mientras el sol me cocina la piel. Samuel vuelve a traer agua una tercera vez. Ya no me burlo. Ya no digo “Führer” con tanta risa. Solo tomo, respiro, y lo miro como si recién lo viera: el chico tiene veinte años, un año más que yo, y aun así parece más adulto que yo en esta escena. No porque sea superior. Porque ha vivido con las manos. Con rutina. Con realidad. Yo he vivido con imagen. Y ahí me cae el golpe. Anoche lo manipulé. No para lastimarlo. No con intención mala. Pero lo hice. Usé esa sonrisa, esa fragilidad calculada, ese tono de “ayúdame” porque siempre me funcionó. Y él pagó el precio con una amenaza de Ezequiel. Y yo… yo seguí como si nada. Siento el peso de la culpa en la garganta, y la culpa en mí es rara, porque mi mundo me entrenó para justificarme. Para decir “tenía que hacerlo”. Para decir “todos lo hacen”. Pero Samuel… Samuel no merece eso. Samuel es buena persona. Se le nota. Y si yo voy a sobrevivir aquí sin convertirme en un monstruo, necesito empezar por algo simple. —Oye —lo llamo, y mi voz sale más baja, más honesta. Samuel se detiene, con la botella ya casi vacía en la mano. —¿Qué pasó? Trago saliva. Me cuesta decirlo porque pedir perdón sin cámaras es otra clase de humillación. No hay aplauso. No hay “qué valiente”. Solo tú y tu verdad. —Perdón por lo de ayer —digo, y siento que el calor me sube a la cara de vergüenza—. Por… usarte. Por pedirte que limpiaras lo del lodo. Era mi responsabilidad. Y tú… tú solo querías ayudar. Samuel me mira como si no supiera qué hacer con una disculpa. Luego sonríe. Una sonrisa simple. Limpia. —No pasa nada, Alessia —dice con calma—. De verdad. Yo también… yo también la regué. Debí preguntar antes. —No —lo corrijo rápido, porque no quiero que cargue mi culpa—. No fue tu culpa. Fui yo. Yo… siempre… —me detengo, porque casi digo “siempre consigo lo que quiero” y eso suena horrible aunque sea verdad—. Yo estoy acostumbrada a que las cosas se resuelvan… diferente. Samuel asiente, como si entendiera sin juzgar. —Ya sé —dice, suave—. Pero aquí también se resuelven. Solo que… con manos. Esa frase, “con manos”, me queda pegada. Miro mis manos sucias, cortadas, ardidas por el sudor. Y me sorprende que no me dé asco. Me molesta. Me duele. Pero no me da asco. Eso, para mí, ya es un cambio. Seguimos trabajando. El tiempo se vuelve una cosa espesa, pegajosa, como el sudor. Cada tabla es un pequeño combate. Cada clavo un peligro. Cada mosquito una provocación. Mis pies, dentro de los huaraches, empiezan a arder de otra forma. Al principio es solo molestia, una incomodidad. Luego es un dolor agudo en el talón, como si la piel se estuviera abriendo poquito a poco. Camino y siento una fricción húmeda. La palabra “ampolla” aparece en mi mente como amenaza. Me obligo a ignorarla. A las tres, alguien grita desde la casa que ya está la comida. La voz se esparce como una orden natural. El rancho responde. La gente empieza a caminar hacia la casa como si sus cuerpos tuvieran reloj interno. Yo miro el establo, el montón de escombros que ya moví, y me sorprende que se note. Se nota. Hay espacio. Hay orden. Hay avance. Me duele admitirlo, pero me da una satisfacción tonta. Camino hacia la casa con Samuel. Me duelen las piernas, la espalda, los brazos. Siento la piel roja arder cuando el aire le pega. Entro y la casa está llena de olor a comida caliente, a sopa o guiso, a tortillas, a carne, a algo que me hace el estómago rugir con una desesperación que me avergüenza. Me siento famélica. Como si mi cuerpo, de pronto, se hubiera acordado de que existe. Todos sirven platos grandes. Nadie mide porciones. Nadie se preocupa por “carbos”. Comen como quien necesita energía para vivir, no como quien necesita verse bien para una cámara. Y lo peor es que… yo también. Me sirvo más de lo que me serviría en mi mundo, y me lo como rápido, sin pensar, sin culpa. La comida sabe a hogar aunque yo no pertenezca. Sabe a descanso temporal. A pausa merecida. Ezequiel está ahí, pero su energía está rara. Está distraído. Tiene el teléfono en la mano, enviando mensajes con el ceño fruncido, como si alguien le estuviera jalando la atención desde afuera del rancho. Lo veo escribir, leer, volver a escribir, y por un segundo me pregunto si es alguien importante, si es algo del pueblo, si es un problema que no conozco. Me molesta que me dé curiosidad. La gente habla alrededor, ríe, comenta avances. Ezequiel responde poco, pero asiente cuando le hablan. No pierde autoridad. Solo… está en otra cosa. Y eso, en él, se nota mucho porque él es control. Verlo distraído es ver una grieta. Termino mi plato y me sorprende que podría comer más. Me sirvo un poco más. Me siento como una bestia, pero también… como alguien real. La ironía me mata. Ezequiel se levanta a mitad de la comida. Se limpia las manos con una servilleta, mira a todos. —A las cuatro seguimos —dice, corto, firme—. Tomás, revisa el alambre del sur. Lidia, el bebedero de los caballos. Samuel, valla con Ricardo. Lorena, deja agua lista. Nadie se me queda sin agua en la tarde. Luego mira el teléfono otra vez, como si confirmara algo, y por primera vez desde que lo conozco suelta una frase que suena casi… humana. —Disculpen —dice. No lo dice como un jefe pidiendo permiso. Lo dice como alguien que no tiene opción. Y sale. Lo miro irse con una sensación extraña en la boca. ¿A dónde va? ¿Por qué? ¿Qué lo distrae? Me irrita que me importe. Vuelvo a mi comida para no pensar. Pero no puedo evitarlo: la casa se siente distinta cuando él se va. Como si el centro de gravedad se moviera un poco. Nadie se descontrola. Nadie se relaja demasiado. Pero se nota su ausencia, como se nota cuando falta una pared. Regresamos al establo a las cuatro. El sol sigue pegando, ahora más cruel, más horizontal, como si quisiera meterse por debajo de la piel roja y terminar el trabajo. Camino y siento el dolor en los pies más claro. Cada paso es fricción. La ampolla está ahí, formándose, inflándose bajo la piel como una burbuja traicionera. Siento otra en el otro pie. Dos. Perfecto. Dos pequeños recordatorios de que mi cuerpo está aprendiendo a la mala. —¿Estás bien? —pregunta Samuel cuando me ve caminar raro. —Sí —miento, irritada—. No te preocupes. Me agacho por otra tabla, y el dolor en la espalda me hace soltar un aire por la nariz, como un gruñido. Me enojo conmigo misma por sonar así. Me enojo con el rancho por existir. Me enojo con Ezequiel por no estar aquí ahora, como si su presencia fuera el enemigo que me da dirección. Me enojo porque me doy cuenta de que estoy entrando en su juego: trabajar, aguantar, callar. Sigo. Porque no hay otra. Agarro madera. Arrastro. Apilo. Siento los mosquitos, ya menos porque el repelente que Samuel dejó cerca lo usé sin querer admitirlo. Me arde la piel por el sol. Me arde el orgullo por dentro. El sudor me corre. Mis manos tiemblan de cansancio. Y aun así, con irritación, con rabia, con ampollas creciendo bajo la piel, sigo trabajando. Porque si paro, pierdo. Y si pierdo… entonces sí soy turista. Y Ezequiel Ibarra ya dejó claro que él no acepta turistas. Así que aprieto la mandíbula, me limpio el sudor con el antebrazo, siento la astilla clavarse otra vez, y continúo, odiándolo todo… mientras el rancho, sin prisa, me cambia. Vuelvo al escombro con el cuerpo hecho polvo y la rabia colgada en la garganta como un nudo. El sol ya no está arriba, pero eso no significa que perdone; solo cambia de ángulo, como si ahora quisiera quemarme de lado. Arrastro otra tabla, la apilo, me saco otra astilla con la uña y el dolor en los pies late con cada paso, anunciándome lo que ya sé aunque no lo quiera decir en voz alta: las ampollas están naciendo. Dos. Perfecto. Dos recordatorios de que el rancho no negocia con piel delicada ni con orgullo de ciudad. Me agacho otra vez y siento el tirón en la espalda como una advertencia. Respiro por la nariz, lento, para no soltar un quejido que me haría sentir patética. Sigo. Porque si paro, pierdo. Porque si pierdo, me convierto en eso que Ezequiel dijo sin siquiera mirarme bien: turista. Y mi orgullo no soporta esa palabra. Mi orgullo prefiere arder. El aire está lleno de polvo suspendido que se pega al sudor y me deja la piel con una sensación áspera, como si el rancho me estuviera raspando por dentro. Hay un zumbido constante de insectos, el sonido lejano de metal chocando, de alguien jalando alambre, de una puerta golpeando con el viento. Todo sigue, todo avanza, todo funciona. Y yo… yo soy la pieza incómoda intentando encajar a fuerza de rabia. Me enderezo un segundo para estirar la espalda, con los dedos entumidos, la garganta seca y el pecho subiendo y bajando como si mi cuerpo estuviera corriendo aunque no me haya movido del lugar. Y es en ese instante cuando lo siento. No es un sonido. No es una voz. Es una presencia. Como si el aire se tensara. Como si el silencio encontrara un borde. Levanto la vista, y allá, lejos, cerca de la casa, está Ezequiel. No viene hacia mí. No hace nada. No tiene prisa. Solo está de pie, con la gorra puesta, el cuerpo quieto, mirando en dirección al establo como si estuviera revisando el avance… o como si estuviera revisándome a mí. Y me molesta lo rápido que lo siento. Me molesta que una parte de mi cuerpo reaccione antes que mi mente. Porque no es una mirada de deseo. No es una mirada de “pobrecita”. Es una mirada de control. De dueño de tormentas. De alguien que no se acerca porque no necesita acercarse, porque sabe que el trabajo, el sol y el dolor ya están haciendo su parte por él. Me quedo mirándolo un segundo más de lo necesario, con la mandíbula apretada, intentando que no se note que su presencia me alteró el ritmo. Intentando que no se note que, por primera vez, no sé si lo odio por lo que me hace… o por lo que consigue sin siquiera tocarme. Ezequiel gira la cabeza, como si ya hubiera visto suficiente, y se va. Sin una palabra. Sin un gesto. Como si yo fuera una línea en su lista. Como si mi orgullo no fuera más que otra cosa que tiene que quebrarse para que el rancho vuelva a estar entero. Me quedo ahí, respirando, con la piel ardiendo, las manos sucias, el cuerpo cansado… y la certeza clavada como un clavo viejo: Ese hombre no me va a ganar a gritos. Me va a ganar con paciencia. Y eso… eso es lo que más me asusta.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD