Los encuentros se convirtieron en la rutina de los dos meses siguientes. Cada viernes, después del trabajo, Lucas Massey aguardaba dentro de su camioneta en una solitaria calle ubicada a dos cuadras de la oficina. Jennifer llegaba unos veinte minutos más tarde y subía tratando de que nadie la siguiera. Así, iban al Moulange Rouge para entregarse el uno al otro. No había palabras de amor ni caricias innecesarias solo unas cuantas risas cómplices después al acto y, si acaso, unas palabras casuales de camino al departamento de la pelirroja. No hacía falta más, en aquel contrato silencioso no habían estipulado cláusula alguna. Solo se dio. Surgió de la forma más espontánea posible y con el consentimiento de ambas partes. Solo en una ocasión, Lucas la besó frente a su casa. Fue un beso largo y

