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ENTREGÁNDOME AL ENEMIGO

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Blurb

Jennifer Wright fue secuestrada siendo apenas una niña de diez años. Su padre siempre sospechó de Lucas Massey, un corrupto abogado apodado "el abogado del Diablo", su enemigo a muerte.

La pelirroja jamás pensó que años más tarde, a sus veintitrés años, tras romper con su novio, el famoso detective Henry Palmer, terminaría trabajando como la secretaria particular del CEO del Corporativo Massey.

Sí, Lucas Massey, un hombre de cincuenta años, malvado, mujeriego y sumamente atractivo la hará caer a sus pies... ¿Podrá Jennifer Wright perdonar al hombre que mató a su hermano? ¿Lucas Massey podrá enamorarse de la hija de su peor enemigo a pesar de la diferencia de edad, de las clases sociales y el terrible pasado que les une?

La vida es tan jodidamente traviesa, a veces.

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RUPTURA
La decisión estaba tomada. No había sido fácil, pero Jennifer no se quedaría de brazos cruzados después de descubrir aquella verdad. Su novio llevaba semanas, quizá meses, saliendo con Lilian Lade, su disque mejor amiga. Un golpe bajo. Respiró hondo y se miró largamente en el espejo frente a ella. Jennifer Wright a sus veintitrés años era una mujer hermosa. Tenía una larga melena pelirroja, ondulada y unas pecas preciosas adornando su faz, un rasgo bastante particular de su familia. Venía de una familia con puros hermanos varones, ella era la más pequeña. A pesar de ello, no sentía que encajara muy bien allí, sus hermanos, lejos de ser amorosos, eran demasiado celosos y sobreprotectores cuando querían, cuando parecían acordarse de ella cada vez que quería tomar una decisión que solo tenía que ver consigo misma. Ahora que dejaba la universidad y su título profesional se encontraba en trámite, esperaba independizarse. Quería irse de una casa donde, a pesar de existir amor, sentía que no podía ser ella misma, se sentía como sombra más tratando de encajar en la pequeña familia perfecta con el padre perfecto y el novio perfecto, el policía y el detective, los incansables luchadores de la justicia, el terror de los narcotraficantes en Estados Unidos. Henry Palmer, el idiota que le rompió el corazón era cinco años mayor y desde el preescolar se convirtió en el mejor amigo de Gerard, su hermano. Así fue como ella lo conoció. Se enamoró de Henry siendo apenas una niña, fue un amor unilateral e infantil, el típico enamoramiento hacia el mejor amigo del hermano mayor. Una historia tan común entre tantas niñas del mundo y Jennifer Wright no fue la excepción. En la escuela nunca fue la niña cuya fotografía y nombre adornó el cuadro de honor, pero se defendió bastante bien. Estudiaba arduamente y daba lo mejor de sí en los exámenes, a veces le iba muy bien, otras lo suficiente como para pasar y, en ocasiones, reprobaba en la primera oportunidad y debía aplicar para aprobar en extraordinario. Tuvo un par de amigas, pero nada importante, nada digno de recordar. —¿Por qué es tan difícil crecer? —Preguntó a su reflejo en el espejo. Crecer no solo parecía difícil sino también doloroso. Entre sus manos tenía un sobre con las pruebas que necesitaba para ponerle fin a su relación con Henry, una aparentemente sólida relación. Todos esperaban la boda. Se preguntó qué les diría a sus padres, cómo soportaría sus sermones e intentos infructíferos por hacerlos regresar. Ella no lo haría. Henry había fallado, no ella. No estaba obligada a soportarlo. Ellos no eran la novia de Henry Palmer. Un par de lágrimas bajaron por sus mejillas, formando un par de surcos a través del polvo facial y se apresuró a secarlas con un pañuelo desechable, solo entonces pudo darle un retoque a su maquillaje. Se aseguró de verse bonita. Su cabello perfectamente peinado, con sus ondas color fuego poco más abajo de su mentón. Parecía una leona de melena esponjosa y definida. Sus ojos verdes resaltaban bajo sus pestañas postizas y la sombra dorada brillante. El vestido también era dorado y se ceñía perfectamente bien a su silueta curvy. Jennifer Wright no sabía lo que era estar flaca. Siempre tuvo unas preciosas piernas torneadas, unas sobresalientes caderas, redondo trasero y cintura estrecha. Sus pechos también eran redondos y firmes, más grandes de lo que le habría gustado… pues, pechos grandes no es lo que una adolescente desea lucir en su etapa escolar. Jennifer se echó una última mirada al espejo y, cuando se sintió a gusto con su imagen, decidió bajar al evento. No era más que una fiesta íntima, con las personas más allegadas. Mera formalidad y simbolismo, esas ganas de no dejar pasar uno de los primeros triunfos de su vida. Cualquiera que la viese sabría que la niña había quedado atrás desde hacía mucho tiempo, ahora se trataba de una mujer magnífica. Una mujer que cualquiera querría poseer. —Luces increíble —elogió su novio con una enorme sonrisa. Henry Palmer aguardaba por la dama en la base de las escaleras. Vestía bastante formal para la ocasión, pero siempre le había gustado lucirse, sobresalir entre el resto. Siempre fue el alumno estrella del bachillerato, aquel que siempre representaba a la escuela en las más complejas competencias y todos lo alababan, parecían besar el suelo por donde pisaba. Solo había alguien que no lo quería, su único y peor enemigo; Damian Massey. Pero, ¿quién quería a la familia Massey? Lucas Massey, el patriarca, era un hombre acusado de lavado de dinero, siempre déspota, siempre dañando a los más pobres. Una verdadera escoria y su hijo no era la excepción. La misma Jenny sufrió los desplantes de Damian, al igual que sus hermanos y amigos. Siempre creyéndose superior. —Hola, Henry —le saludó en tono suave, desviando su rostro cuando el hombre quiso besar sus labios. Aquella acción extrañó al mayor. No entendió muy bien el porqué de aquel movimiento. —¿Estás bien? —Le preguntó con curiosidad, tomando su mano de forma suave—. ¿Pasa algo? —Quiero que hablemos, por favor —pidió en el tono más normal posible— pero no ahora, esperemos a que la fiesta termine, ¿te parece? Aunque la curiosidad se mantuvo, Henry no dijo más, se limitó a seguir a su novia hacia hasta el jardín, saludando a sus conocidos como si todo estuviera en orden. —Felicidades, Jenny. Gracias por invitarme —se escuchó a diestra y siniestra. La recién egresada correspondió a los abrazos y buenos deseos con una educada sonrisa. —Gracias a ti por venir. Internamente agradeció que Lilian Lade no estuviera allí. Finalmente se alegraba de que, por meses, la rubia hubiese evadido sus mensajes e invitaciones. Asistir aquella noche solo habría sido un descaro total. —Hija, ¿has visto a tu tío Harold? —Preguntó su madre apenas un cuarto de hora más tarde—. Creí haberlo visto por aquí. —Lo vi hace unos minutos, mamá, estaba junto a papá. ¿Ya checaste en el estudio? Mel Wright, madre de Jennifer, suspiró con pesar. —¿Cómo no lo pensé antes? Ah, tenía que tratarse de Robert y Harold, ese par seguramente se encuentra jugando dominó. Ahora iré por ellos. —Si yo fuera tú los dejaría jugar —respondió su hija con una risa suave—, ya tenían algo de tiempo sin verse. —Tienes razón, querida. Iré a buscarlo más tarde. Por cierto, cariño, ¿qué hay sobre Lilian? Creí que la vería esta noche, le dejé mil llamadas en la semana y nunca respondió. ¿Sabes si se encuentra bien? Jenny sonrió de lado de forma casi maliciosa, aunque su madre no pareció notarlo. —Oh, sí, mamá, descuida. Lilian está bastante bien, algo ocupada, pero bien. No tienes por qué preocuparte por ella. —Menos mal... es que es tan raro no verla aquí, ella nunca se ha perdido uno de tus eventos. Es tan buena —sonrió la mujer de mayor edad, evocando recuerdos de su hija con aquella joven. Jenny sintió asco. No hablaron más. Tras aquel breve intercambio de palabras, la joven se alejó para continuar con la convivencia obligada, pues, ciertamente, las ganas de bailar y reír no estaban presentes, solo era bastante buena fingiendo. Luego de un par de horas, finalmente Jennifer Wright sacó todo lo que llevaba en su interior. Tomó la mano de su novio y le llevó lejos del lugar donde todos reían y bebían con visible alegría. —¿Qué sucede, Jenny? —Preguntó el hombre—. Has estado bastante rara esta noche. La pelirroja comenzó a reír, entonces entregó el sobre a su aún novio. Henry lo tomó dudoso y observó el contenido. Su rostro palideció de inmediato. Jenny le vio temblar. Parecía que unas simples fotos podían desequilibrar al hombre perfecto. —Jenny, te juro que esto tiene una explicación. Su novia volvió a reír, no podía creer tanto cinismo. —¿Explicación? Creo que todo está bastante claro, ¿no lo crees? Ahí está mi flamante novio… el gran detective, el hombre recto e intachable. Entre tú y yo, Henry, no hay nada más de qué hablar. —Jenny, por favor… —El hombre trató de tomarla por el antebrazo en un intento desesperado por retenerla y obligarla a escuchar sus pretextos. —¡Déjame! —Gritó Jenny, harta de las acciones del hombre. Solo quería irse, terminar con todo. La infidelidad era clara, no necesitaba escuchar el por qué o sus estúpidas excusas. —Debes escucharme —suplicó Henry—. Solo dame la oportunidad de explicarte. —¡No quiero! —Gritó de nuevo, al tiempo que lo empujaba—. Me has lastimado, Henry... ¿Por qué no te has dado cuenta? ¡Me has lastimado! Pudiste decírmelo antes, pudiste decirme que ya no había más amor, que querías estar con ella… Pudieron decírmelo los dos. —Lo lamento, Jenny, de verdad, te juro que nunca fue mi intención lastimarte —se disculpó en tono suave, sus ojos miel mostrando arrepentimiento—. Es solo que, vamos, vivimos en mundos distintos. Yo empecé a trabajar y tú seguiste estudiando, creo que la diferencia de edad se hizo aún más notoria entre ambos. —Es curioso ahora que lo mencionas porque, que yo recuerde, la edad nunca fue un problema entre los dos, vamos... hay parejas que se llevan mucho más. —Te juro que no tiene mucho tiempo que las cosas se salieron de control. Sé que debí decírtelo antes de que ocurriera, pero el pasado, por desgracia, ya no se puede cambiar. Jennifer cogió aire e hizo la pregunta que no la dejaba respirar con tranquilidad desde que descubrió aquel engaño, la pregunta que le daría la respuesta que necesitaba para, finalmente, fijarse la meta de arrancarse a aquel detective del corazón. —¿La amas? Henry Palmer pareció mirarla sin comprender, pues solo guardó silencio. Por eso la chica insistió. —Dime, ¿estás enamorado de Lilian? —Podría ser. Lilian es una mujer guapa e inteligente, creo que... esto podría ser amor, Jenny. Ella asintió lentamente y retrocedió un par de pasos, no quería seguir cerca del hombre. —Te enamoraste… —murmuró, las lágrimas aún resbalaban por su rostro, incluso si hacía un esfuerzo vano por contenerlas. Solo podía atinar a secarlas con las yemas de sus dedos. Se preguntó si Henry Palmer realmente era consciente del daño que le hacía con cada una de sus palabras. ¿Cómo era posible que el hombre pudiera hablarle tan bien de Lilian? ¡Le había roto el corazón! ¡La había engañado con quien consideraba su mejor amiga! —Sé que actué mal y que nada justifica este mal rato que estás pasando, pero solo necesito tu perdón, Jenny. Dame tu perdón y... —¿Y dormirás tranquilo? —Se burló la pelirroja, aún incrédula ante la situación—. Las personas como tú no merecen dormir tranquilos, Henry —continuó con rencor—. Te importó un reverendo cacahuate rancio que Lilian fuera mi mejor amiga. ¡Te lo pasaste por los putos huevos! No era una joven que utilizara palabras altisonantes al hablar, sin embargo, se sentía más que herida. Su orgullo y corazón se encontraban hechos pedazos. Solo quería agarrar a Henry Palmer a golpes, desaparecerlo de la faz de la tierra. No volver a ver nunca más sus bellos ojos color miel. Aquellos ojos de los que se enamoró siendo una niña pequeña. —No fue tan fácil. Me costó mucho entender lo que pasaba y aceptar mis emociones. —No me digas que no te dio tiempo… por favor, no lo hagas —suplicó, al tiempo que sorbía fuertemente por la nariz—. Trescientos sesenta y cinco días multiplicados por tres veces. Treinta y seis meses. ¿Quieres conocer el número de semanas? ¿De horas, tal vez? —Jenny. —Tiempo fue lo que te sobró y tiempo es lo que yo no tengo para ti justo ahora. Así que... solo vete, Henry. Lárgate de mi vida —exigió con firmeza—. No tengo ganas de verte nunca más. Por primera vez en veintiocho años de vida Henry Palmer supo lo que significaba la palabra perder. De nada valía su encanto ni atractivo, mucho menos su amistad con el hermano de la pelirroja. Jennifer Wright parecía haber tomado su decisión y él no estaba más en sus planes. Ninguno de los dos podía siquiera imaginar que el destino, niño travieso, terminaría entrelazando sus caminos con el enemigo acérrimo del detective Palmer y de la familia Wright; con nada más y nada menos que Lucas Massey... el hombre que, según su familia, la secuestró de niña y, mas aún, el hombre que mató a su hermano. Al menos eso fue lo que sus padres dijeron.

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