DECISIONES QUE CAMBIAN VIDAS

3186 Words
Henry Palmer se pasó ambas manos por el rostro en un intento de encontrar las palabras adecuadas para terminar aquello en los mejores términos. No quería un distanciamiento con la pelirroja, tampoco con su mejor amigo o la familia de éste. Los Wright eran como su segunda familia, a pesar de que él tenía a sus padres, la familia de Jennifer siempre le recibió con los brazos abiertos y era allí donde pasaba los veranos, disfrutando y aprendiendo sus costumbres, mientras sus padres seguían volando por el mundo, trabajando por darle la mejor educación. —Está bien, lo acepto, ¿vale? Ya sé que la cagué —dijo de pronto, se notaba algo desesperado, sus ojos miel reflejando un gran sentimiento de culpa—. ¡Sé que hice! Solo no juzgues a Lilian por esto. En cuanto miró el rostro de su ex novia, se dio cuenta de que seguía cometiendo error tras error, sin duda, defender a su amante no era la mejor opción en ese instante, pero ya estaba hecho. Las palabras habían salido de su boca. Parecía que Jennifer Wright no dejaría de reír durante toda la noche, pues una nueva risa salió de sus labios entreabiertos y negó. —El premio al cínico mayor es para Henry Palmer… —murmuró simulando unos aplausos y hurras—. Ya déjalo así, ¿quieres? No trates de ser un caballero porque ese papel ya no te queda —escupió con coraje, luego respiró hondo y le miró decidida—. Ahora lárgate. Aquella fue su última palabra, Henry lo supo. —Solo quiero que sepas que yo siempre estaré a tu lado, sin importar qué, cuentas conmigo para lo que sea —sus palabras estaban cargadas de promesa. Una promesa que Jennifer no quería. Cuando Henry le sonrió, como si no le acabara de partir el corazón y extendió su mano hacia ella, en busca de que ella la apretara, ni siquiera se molestó en mirarlo. Solo se alejó. Fue lo más patán que pudo decirle: ¿Amigos? Estúpido. Ella no sería amiga de un traidor. La imagen inmaculada que tenía de Henry Palmer acababa de destruirse por completo. Después de aquel engaño y amándolo como lo hacía, no podía, de ninguna manera, ser su amiga. Tenía mucho por sanar en su interior. —Lo siento —musitó el detective al cabo de varios segundos de silencio entre los dos, al darse cuenta que todo estaba perdido. Solo entonces regresó a paso lento hasta la casa de quien por años fue su novia, la que siempre sería la hermana menor de su mejor amigo. Ella le observó marchar sin inmutarse, no quería seguir llorando frente a él. En algún punto se vio vestida de blanco, caminando del brazo de su padre hasta el altar, para pasar el resto de su vida junto al detective. Alguna vez, ya no. Al verlo entrar a la casa con tan sombrío semblante, el padre de Jennifer se acercó hasta él, posando una mano sobre su hombro. —¿Pasa algo, hijo? —Algo así… —respondió Henry en tono bajo, no se sentía listo para encarar a la familia de su ahora ex novia, por eso optó por pasarle a ella el embrollo—. Lo lamento mucho, pero Jenny se los explicará, quizá más tarde —fue lo único que pudo decir antes abandonar la casa haciendo caso omiso a las preguntas de los padres de Jenny, quienes se quedaron por demás preocupados. Henry Palmer solo pudo alejarse del lugar con la mayor rapidez posible. Llegó hasta su auto, abordó y condujo como loco con dirección a su casa. Se sentía la peor persona del mundo. Los Wright le dieron cariño, tiempo y atenciones, todo como a un hijo, pero él no podía querer a Jenny, la había querido mucho, era cierto, y ese cariño lo confundió con amor en un momento de su vida donde las presiones eran tantas que se sentía agobiado, sin embargo, ahora se daba cuenta que al igual que Hitandewy, Jenny era como una hermana para él. “Una hermana con la que tuviste sexo, Henry” se dijo a sí mismo. Por más rápido que quería conducir, el tráfico era terrible. No lo dejaba despejarse, solo preocuparse más y más. Era hijo de un piloto comercial y una azafata. Sus padres constantemente se la pasaban viajando, por eso sentía que le debía mucho a Mel y Robert Wright. Pero, ¿qué podía hacer? Ya era tarde, su corazón estaba ocupado por una rubia redactora. Sí, lamentaba haber arruinado la fiesta de graduación de Jenny con aquel descubrimiento, pero pronto entraría a trabajar en el departamento de Seguridad del Estado y vería a Lilian todos los días, debía acabar ya con la mentira. Que Jenny lo descubriera por sí misma había sido de gran ayuda, una gran suerte, a decir verdad. Él dudaba haber sido capaz de confesarlo pronto. ¿Por qué era tan difícil romperle el corazón a alguien? —Eres un verdadero idiota, Henry Palmer —se recriminó frente al volante, dando un fuerte golpe a este, como si la pieza fuera la culpable de todo. Solo esperaba que la familia de su mejor amigo le perdonara aquella traición. Solo esperaba que su mejor amigo no fuese a matarlo. Todos sabían que Gerard Wright era un hombre con un carácter explosivo, en el bachillerato constantemente se peleaba a golpes con otros chicos para defenderlo, pues Henry era mucho más delgado, bajo de estatura y delgado que el pelirrojo. —¿Cómo te lo voy a explicar? —Preguntó a la nada, pensativo, solo salió de su trance cuando los automóviles detrás de él comenzaron a pitar con desesperación para que reanudara la marcha, pues el semáforo ya estaba en verde. Aquella fue la última pregunta que se hizo, al menos hasta llegar a su casa. En la casa de la familia Wright los pocos invitados comenzaron a irse de uno en uno, todos preguntándose por el paradero de Jennifer, a quien dejaron de ver en algún punto de la noche. Sus padres se encargaron de despedirlos de forma amable, también preocupados por su hija, aún más luego de la partida de Henry, estaban más que acostumbrados a ver siempre a la pareja junta. No era usual que estuvieran separados, al menos no en su casa. Mel Wright, preocupada como buena madre tuvo la iniciativa de ir a buscarla, mas no fue necesario. La misma Jenny entró a la casa, topándose de frente con sus padres y uno de sus hermanos; William. De inmediato, pudo notar la duda en sus miradas, tantas incógnitas; tantas preguntas y ella con solo unas pocas respuestas. Cualquiera que la mirara sabría que había llorado. Tenía el maquillaje corrido, con surcos en las mejillas debido a las lágrimas, también su nariz estaba roja y no podía hacer demasiado con los mocos. En pocas palabras, era un auténtico desastre. A pesar de ello, se presentó lo mejor que pudo frente a su familia. Para lo que pensaba decirles, quería que la vieran firme; rota, tal vez, pero decidida. No quería que le cortaran las alas y se interpusieran en su camino. Había llegado la hora para la paloma. Después de estar enjaulada tenía que volar. —Hija —la llamó su madre. Sus ojos mostraban su preocupación, la de todos—, ¿qué pasó? ¿Te encuentras bien? Jenny ya había escuchado aquellas preguntas de labios de su ex novio. Se preguntó cuántas veces más las escucharía por el resto de la noche. Esperaba que pocas. Afortunadamente, no era tan unida a la mujer como todos pensaban. Su madre parecía tener ojos y oídos solo para sus hermanos y, por su puesto, para Henry. —No me quiere, mamá —respondió. Fue una frase corta, pero fue la primera que le vino a la mente en ese instante—. Nunca me quiso... Todo fue una mentira. —¿Hablas de Henry? Incluso viendo a su hija desecha, Mel Wright parecía dudar de sus palabras. Después de todo, se trataba del gran Henry Palmer, a quien conocían desde niño, el que muchas veces desearon que fuera su hijo. Todos sus conocidos lo sabían. Bastaba ver la forma en que los ojos del matrimonio brillaban cuando lo veían. A diferencia de sus hijos, Henry siempre tuvo excelentes calificaciones y premios. El sueño de cualquier padre. Cierto. Jennifer movió su cabeza en sentido afirmativo. No tuvo ánimos de responder. Era obvio que hablaba de Henry. Era la única de sus parejas que había presentado formalmente a sus padres, los demás no contaban, fueron noviecitos de mano sudada, de chocolate, aquellos de pasillos de internado, en secundaria. Nada serio. Nada trascendental. Aquel gesto bastó para que todos comprendieran. Su madre acortó la distancia entre ambas y la abrazó con fuerza. Jenny agradeció la acción, en verdad necesitaba sentir los brazos de la mujer y llorar contra su pecho, aunque luchó por hacerlo en silencio. Robert y William solo miraron atónitos la escena, la cena había estado deliciosa, los papeles de término de estudios habían sido recogidos por la tarde… ¿por qué las cosas cambiaron de un momento a otro? ¿Cómo una velada tan feliz había terminado con Jennifer llorando? Robert suspiró. Su única hija, la más pequeña, se había graduado de la Licenciatura en Derecho, no con honores, pero con buenas notas. Se esforzaba bastante por aprender y dar lo mejor de sí en los exámenes. De eso no tenía la menor duda. También confiaba que se convertiría en una gran abogada. En algún punto de su vida en el internado, antes de entrar a la universidad, cruzó por la mente de Jennifer elegir una carrera diferente, pues era consciente de que los abogados ya eran demasiados y el mundo laboral solía ser algo cruel para un recién egresado, sin embargo, luego de mucho pensar, se decantó por estudiar lo que más le gustaba: leyes. Tontamente, creyó que su vida junto a Henry Palmer sería color de rosa. No necesitaría más que un trabajo de medio tiempo y listo. Cuidar de la casa, de los hijos. Tan estúpida. Su único error había sido confiar demasiado en el amor y la fidelidad de Palmer. Ahora estaba sola, completamente sola. Enfrentaría todo y a todos en extrema soledad. —Te ves hermosa —trató de consolarla Will, de cabello tan castaño como el de sus padres, acercándose hasta ambas mujeres—, verás cómo pronto se da cuenta de lo maravillosa que eres y regresa. —No —lo cortó su hermana de inmediato—, no quiero que regrese, Will. —Pero, hija —la reprendió su madre—. ¿De qué hablas? Tu hermano tiene razón, esto solo debe ser un malentendido, estoy segura de que Henry volverá mañana, te pedirá perdón y todo volverá a estar bien entre los dos —comentó con una amplia sonrisa. —Lo que pasó no se arregla con un perdón y una sonrisa, madre. Henry tiene otra persona en su vida, ¿de acuerdo? Y yo lo acepto. Una vez me dijo que lo que más admiraba en mi era que... nunca lloraba, ahora no lo haré por él... no lo merece. Ya lloré lo suficiente. Pudo decirle a su madre la verdad sobre Lilian, pero decidió regalarle a la reportera su último gesto de gratitud; no destruir su imagen frente a su familia. Después de todo, asistió a cada uno de sus cumpleaños. —¡Cariño! —volvió a abrazarla la señora Wright—. No puedo creerlo, es realmente… difícil de aceptar. Henry siempre fue como nuestro hijo. —Puede seguir siéndolo mamá... Vaya, estoy segura que seguirá siéndolo y no me importa. Solo quiero estar sola, olvidarlo. Quiero que respeten eso —pidió de la forma más tranquila que podía. —Gerard lo matará, corazón —comentó su madre—, lo matará, de forma literal. Conoces a tu hermano, es tan explosivo, tan… violento. —Conozco perfectamente bien a mi hermano, pero él no tiene por qué enterarse, mamá. —Pero... —comenzó Will, en un intento de refutar las palabras de su hermana. —Nada, Will, confío en ustedes, no quiero que nadie sepa que Henry me engañó. ¿Entienden? Aunque lo aborrezca con el alma, no quiero que nadie más se entere... No quiero —suplicó mirándolos a todos a los ojos. En verdad esperaba que la entendieran. —Eso es imposible —reclamó su hermano—. Gerard merece saber lo que te hizo, por muy amigos que sean, por mucho que sea un excelente detective, creo que es necesario contar la verdad. —Lo sé, pero debes prometerme por Larry, por su memoria, que no le dirás nada a nadie, prométanlo. —Lo prometo —aceptó William en medio de un hondo suspiro—. Espero que eso te haga sentir mejor. —¿Mamá? ¿Papá? Ambos asintieron con la cabeza. No parecían tener otra opción. Su hija, entonces, los besó en la mejilla. Estaba cansada. —Los quiero mucho, mañana hablamos. Necesito ir a mi recámara. Así fue como se despidió de su familia y subió a su habitación. Ahí, sólo ahí, lloraría por aquel que tanto amó desde que lo conoció durante un verano en casa, cuando lo miró como algo más que el bobo amigo de su hermano. Nadie más sabría lo mucho que eso le dolía. Dejaría que todo su dolor se quedara en esa noche, entre las cuatro paredes de su hogar, con sus padres y hermano. Esa misma noche se hizo una promesa. Le demostraría a su maldito ex novio, el afamado detective Palmer, que podía estar sin él, no se moriría sin su apoyo. Ella era más que suficiente para salir adelante. —Lo eres, Jenny… —murmuró en medio de la penumbra—. Eres una guerrera. A esa misma hora, Lucas Massey se encontraba refugiado en su estudio personal. Había decidido beber en soledad y cambiar su visita al Moulange Rouge para la noche siguiente. A. Adrik, el dueño, lo conocía bastante bien y siempre le tenía la mejor mercancía para su deleite. Rubias, morenas, de curvas pronunciadas, traseros prominentes y redondos senos que amaba jugar entre sus manos. Todas esas mujeres le brindaban una maravillosa compañía, le permitían llegar al éxtasis, incluso si cobraban, siempre sería un placer el encuentro. El hombre de rubios cabellos entrecanos se acercó hasta su cava de rústica madera, herencia de su abuelo, toda una reliquia, y sacó su cognac preferido. Le vertió delicadamente dentro de una copa, justo como si de riguroso ritual se tratara, luego tomó su encendedor y dejó que el calor de la flama calentara la base del recipiente por unos cuantos segundos. Pronto, el aroma de la bebida se hizo más fuerte, él realizó pequeños movimientos circulares y sonrió, seguro de que el sabor también era más potente. Finalmente, se dejó caer sobre su cómoda silla y bebió. A la mañana siguiente se encargaría de entrevistar a las mujeres jóvenes que su aún asistente de confianza había seleccionado para el puesto de secretaria particular. Necesitaba estar relajado, las cosas de trabajo siempre le estresaban. Alguien llamó a la puerta, estaba más que seguro que se trataba de ella. La buena Nicole, su esposa. La madre de su hijo. —Adelante. Una mujer rubia, bastante conservada para su edad, se dejó ver de pie en el umbral. Llevaba una diminuta bata de dormir en tono blanco. Era bella, bastante, sin embargo, no causaba nada en su esposo. Hacía mucho tiempo que la chispa dejó de existir. Nicole, en la soledad de su recámara, solía preguntarse si alguna vez existió. No era más que una mujer de alta sociedad viviendo en una completa y absurda mentira. Una mujer que noche a noche miraba a su esposo llegar con el aroma y los besos de otras mujeres, mientras su hijo se encontraba lejos tratando de olvidar la vergüenza de tener un padre inmiscuido en malas praxis. Sí, la vida de Nicole Massey era mucho más dura de lo que cualquiera podía pensar, pero ella era una mujer fuera, también; una mujer que callada aguantaba su tormento. —¿Una noche ajetreada? —Preguntó con una triste sonrisa de lado—. ¿Cuántas fueron hoy? ¿Una, tal vez dos? —Me tienes mucha confianza, querida —respondió Lucas en tono ronco, aún sostenía su copa con su diestra—. ¿Aún crees que puedo con dos? —Conozco al padre de mi hijo, ¿olvidas que sé perfectamente bien lo que te gusta? Lucas paseó su mirada por el cuerpo de su esposa. Lo conocía bastante bien y hacía mucho que no lo tomaba. La mirada de la mujer parecía gritar por la necesidad de sentirse deseada. En silencio, como era su costumbre, Nicole Massey se acercó hasta su marido y tomó asiento frente a él, justo al borde del escritorio. El CEO la observó con detenimiento y deslizó una de sus manos, áspera, varonil y velluda, por la suave pierna contraria. Nicole sintió un escalofrío recorrerla por entero. Ansiaba tanto que, al menos por una vez, el hombre cumpliera con su deber de marido. Incluso si no había amor, abrazos o palabras bellas; incluso si no la trataba apasionadamente como a una de sus putas, solo necesitaba algo de afecto. —Sabes lo que quiero —confesó la rubia, sus ojos azul cielo clavados en los de su marido. Lucas Massey pareció analizar la situación. Aquella noche, contrario al pensamiento de su esposa, no había tenido sexo. Pensó beber un poco y, posteriormente, dormir. Pero ahí estaba la madre de su hijo, ansiosa, semidesnuda, mostrando su cuidada figura para él, entregándose en bandeja de plata para que el hombre saciara sus más bajos instintos. ¿A quién le dan pan que llore? Pareció pensar el empresario hacia sus adentros, no le apodaban el abogado del diablo por santo. —Tal vez yo pueda dártelo —respondió en el mismo tono de voz, al tiempo que su mano iba más allá, por debajo de la bata, hasta tocar los erectos pezones de la mujer. Nicole Massey gimió de placer. En ese instante, no le importó nada más que no fuese el deseo de tener a aquel hombre viril entre sus piernas, si era allí, si era rápido, daba igual. Lo siguiente que supo fue que estaba dando sentones sobre el regazo del hombre, sintiendo su barba en forma de candado raspando contra su cuello. Pudo sentir su aroma, su sabor fuerte a alcohol y a tabaco, típico de Lucas Massey, su amor de la adolescencia. El m*****o de su marido entró una y otra vez en su interior, golpeando con fuerza. Sus fluidos se mezclaron y la mujer alcanzó el ansiado orgasmo gritando el nombre de Lucas, el nombre que en veintiocho años no había dejado de pronunciar. Tal vez, solo tal vez, si algún día se quitaban las cadenas que los ataban, podría gemir el nombre de alguien más.
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