LUCAS MASSEY

2033 Words
A la mañana siguiente, Lucas Massey, abogado de reputación dudosa, quien a fuerza de su cuestionable trayectoria se había ganado el mote del “abogado del Diablo”, se encontraba dando vueltas en la silla de su despacio. No se trataba del hombre más querido del mundo, de hecho, se había ganado muchísimos enemigos. Apenas un par de años atrás había sido juzgado por posible lavado de dinero y nexos con el narcotráfico. Gracias a sus contactos y fortuna, salió bien librado. Sin embargo, la gente no olvidaba. Por eso había tratado de mejorar en sus casos, evitando defender a mafiosos durante un corto periodo, esperando que las aguas se calmaran. Miraba con atención un punto en la pared de su oficina sin prestar del todo atención a todo cuanto la mujer frente a él parloteaba. Se trataba de la encargada de recursos humanos, una señora delgada y de baja estatura, quien en ese momento le hablaba sobre los pendientes del trabajo. —¿Cómo va el proceso de selección para mi nueva asistente? —Preguntó de golpe Lucas—. Fui lo suficientemente claro al decir que necesito a mi secretaria para hoy. —Lo siento, señor Massey —habló la contadora—. Mi equipo está trabajando en revisar las solicitudes que llegaron la semana pasada, pero, me temo, que ninguna de las candidatas será de su agrado. El hombre soltó un bajo gruñido. No le gustaba que las cosas no salieran como lo esperaba. Se preguntó qué tan difícil sería encontrar a una joven atractiva e inteligente que le diera una buena imagen a su corporativo. —¿Le parece si muevo a alguna de las chicas del área de recepción y…? —Si quisiera a una de las chicas de recepción te lo habría dicho desde el momento en que mi asistente se fue, ¿no lo crees? Sus palabras estaban llenas de ironía, en definitiva, no se trataba de un hombre fácil de tratar. Siempre mirando con esa intensidad que hacía temblar a sus empleados. Nunca podían saber lo que Lucas Massey deseaba. Su voz era fuerte, atractiva. Tenía cincuenta años. La barba en forma de candado, ligeramente crecida, entradas canas sobresaliendo entre su cabello rubio. Sus ojos grises contrastaban hermosamente contra su saco azul rey y la camisa negra, debajo. Nadie negaba era uno de los hombres más sensuales, él lo sabía, por eso era tan mujeriego. Disfrutaba mucho de la compañía femenina. Se trataba de todo un jugador. —Lo siento, señor. —Encárgate de subir la información a r************* , para eso está el f*******:, ¿no? Dile a los becarios que suban la vacante a f*******: e i********:. Yo mismo voy a entrevistar a las candidatas. —¿Usted? —¿Por qué resulta tan sorprendente? Soy yo el que necesita una asistente. Mi empresa, mis reglas. —Como ordene, señor. Con permiso. Después de los problemas legales en los que se vio envuelto, su corporativo iba mejor que nunca, su fortuna no hacía más que crecer a cada día. Le pesara a quien le pesara, Lucas Massey era prácticamente indestructible. Seguía siendo aquel hombre frío y arrogante que Henry Palmer investigó como su primer caso, sólo que alejado de sus amigos de la mafia. Tomó la pluma que estaba sobre su escritorio y comenzó a firmar los contratos pendientes de aquel día. Más tarde saldría a divertirse. Jennifer Wright inició su vida como adulto independiente buscando empleo. Estaba consciente de que el dinero que le dio su madre no dudaría más de tres meses, así que, antes de buscar un espacio para vivir, debía asegurarse de encontrar empleo. Sus cosas aún estaban en casa de sus padres, iría por ellas el fin de semana. De momento, mintió diciendo que se quedaría en casa de una amiga, pero lo cierto era que pensaba pasar la noche en un cuarto de hotel. Eso le ayudaría no solo con la búsqueda de empleo sino a buscar en paz un buen lugar para rentar. Su madre haciendo preguntas a diestra y siniestra no le serían de demasiada ayuda. —Espero que Henry no tuviera tanta razón con el tema del empleo… —murmuró mientras se miraba en el espejo del bonito tocador de madera—. Yo sí necesito un empleo lo más rápido posible. Se dejó caer en el borde del colchón y buscó por milésima vez en lo que iba de la mañana en r************* un empleo relacionado con su carrera, pero no tuvo éxito. Entonces apareció un anuncio reciente. —Empresa de renombre en la rama legal busca Asistente de Dirección —leyó en tono suave—. Proactiva, entre veinte y treinta años, con buena presentación, dominio del inglés y con una carrera afín al Derecho. ¡Definitivamente esto es para mí! Señor, me has mirado a los ojos… —cantó alegremente y tomó su bolso dispuesta a ir a la dirección señalada en la publicidad. Bien podría haber llamado, pero algo en su interior le dijo que sería mejor presentarse. No tenía nada que perder y sí mucho que ganar. A su parecer. Estaba lo más presentable que una joven de su edad podría estar con un pantalón blanco ceñido a su cuerpo y una blusa amarilla de tirantes, bastante bonita. Se sentía muy cómoda con su cuerpo curvilíneo y le gustaba mostrarlo. Cuando el taxi la dejó delante de un enorme edificio con vidrios oscuros, ni siquiera se tomó el tiempo de leer el nombre escrito en la fachada. Hacía mucho calor, a la una de la tarde el sol se encontraba en su máximo apogeo y solo quería entrar a la sombra. —Buenas tardes —saludó en el área de recepción—. Mi nombre es Jennifer Wright, estoy aquí por el anuncio de f*******:. Me parece que están buscando una Asistente de Dirección. El joven detrás del escritorio la miró con atención y marcó una extensión. Luego de unas cuantas palabras regresó su atención a la pelirroja. —Tome el elevador y vaya al último piso, la contadora Layla es quien la llevará con el dueño. La entrevistará personalmente. El rostro de Jenni palideció notablemente. Aquel edificio era bastante imponente. Mucha gente entraba y salía, todos muy elegantes. A pesar de ser muy segura de sí misma, de un momento a otro, sintió que no encajaba del todo en el lugar. Se arrepintió de no haberle echado más ganas a su arreglo personal. —¿El dueño? ¿En serio? —Eso me ha dicho la contadora. Suba, por favor. Jenni no quiso discutir más. Si la vida le estaba poniendo aquella oportunidad disfrazada de prueba, la tomaría sin dudarlo. Era su momento de demostrarle a Henry y a sus padres que ella podía hacerlo sola. ¡Claro que podía! —Respira, Jenni… —se dio ánimos en voz baja aferrando el folder amarillo con sus papeles—. Tú puedes, nena. Vamos. Hizo tal y como el chico le dijo. Fue hacia el elevador y presionó el botón que la llevó hasta el último piso. Ni siquiera tuvo que caminar, una mujer de cuarenta años, vestida como oficinista, la esperaba allí. La vio en cuanto las puertas del elevador se abrieron. —¿Jennifer Wright? —Para servirle. Los ojos de la contadora se deslizaron por toda la figura de la chica y soltó un hondo suspiro. —Realmente espero que tenga éxito con el jefe, no es una persona fácil de complacer —explicó al tiempo que recibía los papeles de Jenni y parecía leerlos—. Yo soy la Jefa de Recursos Humanos, me llamo Leyla y… su historial es bastante bueno. A pesar de ser joven, creo que tiene un buen historial académico. —La universidad fue mi mejor momento. —Antes de hablar con el dueño, quiero contarle un poco sobre el trabajo —habló la mujer mayor—. Creo que usted jamás ha trabajado, ¿verdad? —No, nunca. Sería mi primer empleo. —Será una suerte que se quede con nosotros. Este empleo tiene excelentes prestaciones. La última asistente tenía un sueldo por encima de los cuatro mil dólares. La jornada de trabajo no es tan larga, pero sí demandante… tienes que comprometerte al cien con la empresa. ¿Sigues estando interesada? —Por supuesto que sí —respondió la chica de inmediato—. El salario me parece fantástico y… sí, definitivamente sí, este lugar creo que me permitirá crecer. —Muy bien, entonces, ven, acompáñame. Ambas caminaron por un largo pasillo, en el fondo se encontraba una puerta y, a la entrada, un escritorio muy amplio. —Si obtiene el empleo, esta será tu área de trabajo. Como ve, tiene un archivero con llave que será de uso exclusivo. También contamos con aire acondicionado, una puerta de acceso, un cuarto de víveres para el café con leche, azúcar, galletas... todo para que no pase hambre si algún día debe quedarse a la hora de la comida o salir muy tarde. Por cierto, también le corresponderá prepararle su café al jefe y… bueno, son cosas que le explicaré después. Ahora toca lo importante. La contadora llamó a la puerta del dueño y una voz varonil le indicó que pasara. Jennifer permitió que la mujer fuera la primera en entrar y aguardó. —Señor —se escuchó la voz de Layla a través de la puerta entreabierta—. Me gustaría que entrevistara a alguien, es una egresada de Derecho que ha venido por el puesto de Asistente. Lucas Massey asintió. —Hazla pasar y retírate. Yo me encargo de todo. Layla dejó los papeles de la joven sobre el escritorio del hombre y salió. Segundos más tarde, Jennifer Wright ingresó. La imagen ante ella la dejó sin habla. El hombre que la miró detrás del escritorio no solo era más bello que un Dios griego, sino que se trataba del archienemigo de su padre… aquel acusado de acabar con la vida de su hermano, el peligroso abogado del mal. La vida no podía jugarle tan mala pasada. Los ojos de Lucas Massey recorrieron el cuerpo contrario y pareció complacido con lo que vio. Finalmente, una mujer joven y atractiva se le presentaba en bandeja de plata. No vio mal coquetear un poco con ella. —Parece que viste a un fantasma, niña —sonrió de lado. Su voz estremeció a la joven, aún contra su voluntad. Algo tenía aquel hombre maduro que provocaba tal sensación en su ser—. Te aseguro que no muerdo, solo a veces. —Yo… Jennifer no sabía qué decir. Su instinto decía que lo mejor sería salir huyendo de aquel lugar. Sus padres nunca le perdonarían estar allí, pero sus pies se negaron a moverse. Jamás había estado tan cerca de un hombre con tal masculinidad. Henry se quedaba tan novato a su lado. Sin querer sus ojos fueron a las manos venosas del mayor. —¿Cómo te llamas? —Jennifer… —¿Jennifer qué? —Jennifer Wright —respondió luchando porque el hombre no la relacionara en ese preciso instante con su familia. Los ojos de Lucas se abrieron con sorpresa y su mirada se volvió fría como un témpano. Fue como si el hombre inicial desapareciera, dando paso al monstruo del que sus padres siempre le hablaron. El monstruo que Henry investigó. —¿Acaso tú…? Su pregunta murió en el aire. Las manos varoniles del hombre abrieron la carpeta que descansaba sobre su mesa y, en efecto, allí estaban los datos personales de la chica. Todo coincidía. Sus apellidos, lugar de origen y formación académica. —¿Eres la hija de Robert Wright? Su voz sonó amenazante. No entendía cómo una Wright tenía los ovarios para presentarse ante él solicitando empleo. ¡Después de todo! ¡Su familia era la peor piedra dentro de su zapato! ¡Y esa niñata…! ¿Cómo demonios se atrevía a mostrarse frente a él? ¿Cómo se atrevía a poner un pie dentro de su empresa? ¡La mataría con sus propias manos! La pelirroja cerró los ojos un momento y pasó saliva con nerviosismo. Mierda. Ahora sí estaba perdida.
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