La hija de Robert Wright sintió aquella mano deslizándose por lo largo de su muslo desnudo, sintió los dedos ásperos cerrarse sobre su piel buscando más de ella. Podía sentir su necesidad, la pasión del hombre veintisiete años mayor era palpable en cada milímetro de sangre corriendo a través de sus venas.
Se sentía completamente fascinada con sus atenciones. Ella también lo necesitaba. Finalmente era consciente de ello. Su sexo se llenó de humedad y un gemido involuntario brotó de sus labios, a pesar de que quiso evitarlo. Ella, la hija de Robert Wright estaba a punto de entregarse a aquel hombre, al enemigo de su padre, al asesino de su hermano, al monstruo del que todos hablaban y... No, no, no... tenía que parar. Tenía que...
—¡No! ¡No puedo! ¡Basta!
El grito de la pelirroja hizo eco dentro de aquella recámara. La oscuridad rodeándola delató que aún era de madrugada y que ella seguía en el hotel. Nada de lo que vio y sintió era real, todo era parte de un sueño, excepto lo caliente y húmedo de su sexo. Los chorros calientes se sentían en su intimidad.
—¡Maldita sea!
Jennifer se removió incómoda entre las sábanas y ahogó un grito contra la almohada. No podía creer lo que acababa de suceder. Jamás en veintitrés años había fantaseado con un hombre que no fuese Henry y, mucho menos, se le había cruzado por la mente la idea de entregarse a un hombre casi treinta años mayor. ¡¿Dónde diantres tenía la cabeza?!
Además… ¡se trataba del padre de Damián! El chico que le hizo la vida imposible en el colegio a muchos de sus conocidos. La familia Massey estaba más que coludida con el narco. Sus empresas siempre estuvieron en el ojo del huracán, investigadas por lavado de dinero. El mismo Lucas Massey fue privado de su libertad en dos ocasiones… la primera fue gracias a su padre, el agente Robert Wright, ascendido a Jefe de la Policía después de abrir una investigación en su contra… la segunda, de seis meses, gracias a su ex novio, el detective Henry Palmer.
¿Cómo le diría a sus padres que, por caprichos del destino, había terminado trabajando para el abogado del Diablo?
El apellido Massey tenía la M de Muerte en el mismo nombre. Todos lo sabían. Jennifer más que nadie.
La pelirroja abrió con urgencia la botella de agua que descansaba sobre la mesita de noche y bebió la mitad del contenido casi de golpe. Luego tomó su celular y abrió los mensajes de w******p. Todos eran de su madre.
Mummy
1:00 PM Hey, cariño, ¿cómo estás? ¿Todo bien? ¿Qué tal la estás pasando con Katherine? ¡Salúdala mucho de mi parte!
3:00 PM Agradecería saber algo de ti, Jenny. ¿Te fue bien en la entrevista de trabajo que me comentaste? Mándame mensaje cuando te desocupes.
09:00 PM Tu padre está en la sala mirando el box, tu hermano se ha ido de fiesta con unos amigos y yo iré a dormir. Descansa, Jenny. Cuando puedas me cuentas sobre tu nuevo trabajo.
Jennifer apartó el celular y ocultó el rostro entre sus manos. Podía hacer todo, superar casi cualquier prueba, menos decirle a su madre que terminó trabajando para Lucas Massey… Oh, Lucas Massey, aquel hombre de cincuenta años que la dejó cautivada desde que puso la planta del pie en su oficina.
¿Cómo demonios un hombre de tal edad podía lucir tan caliente? La pelirroja se mordió con fuerza el labio inferior y recordó lo que ocurrió aquella tarde.
—¿Acaso tú…?
El hombre no llegó a terminar la pregunta. Sus gigantescas manos abrieron la carpeta que contenía los datos personales de la joven y, aunque Jennifer rezó porque no la descubriera, el brillo en sus ojos demostró que lo contrario. La siguiente pregunta que escuchó salir de la boca contraria fue: ¿Eres la hija de Robert Wright?
Su voz sonó amenazante. Las mejillas claras se tiñeron de rojo y el CEO se paró de su asiento mostrándose erguido en sus ciento ochenta y tres centímetros de altura. Aquello intimidó a la chica, quien solo medía ciento sesenta y cinco… Instintivamente retrocedió y no supo como el abogado acortó la distancia que los separaba hasta acorralarla contra la puerta de entrada.
Parecía que el hombre siempre en calma había perdido toda razón solo al conocer su nombre. Sus rostros quedaron tan cerca el uno del otro que pudo visualizar perfectamente su barba cuadrada, los cabellos rubios con canas en las entradas y esos ojos azules que solo mostraban frialdad en las notas del periódico.
—¿Por qué la hija del hombre que me ha jodido la vida tiene la osadía de poner un pie en mi empresa? —Preguntó entre dientes tomándola firmemente por una de sus muñecas—. ¡Contesta! ¡¿Qué es lo que espera obtener tu padre de esto?! ¿Vienes a espiarme acaso? Oh, espera… —murmuró mostrando una sonrisa de lado—. ¿Esto es por Palmer…? ¿Quiere enviarme de vuelta a prisión?
Jennifer no era una chica dejada. Tenía un carácter fuerte, pero las cosas habían pasado tan rápido que demoró bastante en reaccionar.
—¡Quíteme las manos de encima! —Gritó y empujó al hombre con tanta fuerza que la soltó. Estaba segura que, de haber estado prevenido, no habría conseguido moverlo ni un milímetro.
—¡Entonces responde, niña!
—Mi nombre es Jennifer Wright y no soy una niña, ¿entiende? Mi trabajo me costó egresar de la Licenciatura en Derecho, estoy aquí por el empleo. ¡No soy el perro faldero de mi padre! ¡Y tampoco la esclava estúpida de Henry Palmer! —Soltó de golpe.
Lucas Massey clavó sus ojos azules en los ojos verdes de la mujer. Miró en su rostro el espíritu de su familia. Aquel ímpetu que en tantos problemas lo metió debido a sus actos ilícitos. Miró sus facciones y las pecas extendiéndose en la parte superior de sus mejillas y desbloqueó un recuerdo. Algo que hizo años atrás, algo que hacía mucho no recordaba.
—¿No es acaso tu prometido? Creo recordar que Robert lo gritó a los cuatro vientos cuando decidió visitarme en prisión.
El odio con que Lucas escupió aquello hizo temblar a la pelirroja, pero se mantuvo firme. No quería que la viera titubear.
Ella y Henry jamás habían estado comprometidos, pero entendía que su padre por mera presunción hubiese dicho aquello, sobre todo para fanfarronear frente a sus ex colegas de la policía que quien estuvo detrás de la aprehensión del Abogado del Diablo sería su futuro yerno.
—Eso no importa —continuó Jennifer. Pasó por un costado del hombre y cogió la carpeta que aún estaba sobre el escritorio, luego se la lanzó contra el pecho. El hombre maduro la atrapó al instante—. “Eso” es lo único que importa. Tengo un historial académico excepcional. Conozco de leyes, tengo la edad que solicita y necesito el empleo. ¿Qué más necesita?
—Quiero que te largues.
—¿Me va a condenar por ser una Wright? ¿Me va a condenar por mi relación con Palmer? —Sonrió incrédula—. Creí que el gran Lucas Massey era mucho más que un hombre capaz de perder los estribos ante una chica de veintitrés años.
—Ten mucho cuidado con lo que dices —escupió en tono amenazante tomándola nuevamente por la muñeca. Sus rostros volvieron a acercarse peligrosamente. Jennifer pudo sentir su ser llenándose por completo con aquella fuerte fragancia. El perfume más fino que había olido hasta el momento.
—Usted tenga cuidado con lo que hace. ¿No le tiene miedo a las r************* , señor Massey? ¿No le teme a la vulnerabilidad de la mujer?
El rubio arqueó una ceja con curiosidad, como si no hubiera entendido a la primera la expresión contraria.
—Usted está ejerciendo violencia contra mí. ¿Cree que no lo puedo denunciar en redes?
—¿Una abogada que cree en las denuncias públicas? —Ironizó. Sin embargo, fue aflojando poco a poco su agarre hasta soltarla por completo.
Jennifer sonrió victoriosa. Se tocó la muñeca y le dio un suave masaje.
—Creo que pueden terminar con la reputación de un hombre en menos de un minuto.
—Yo ya no tengo una reputación que cuidar.
—Mmm… es cierto, pero, nos guste o no, sigo siendo la hija del hombre que jamás se cansará de estar detrás de usted. Eso sí sería un escándalo.
Lucas Massey apretó sus puños en un intento por controlar su ira y se alejó de la mujer. Regresó a su silla detrás del escritorio y se dejó caer en ella. El silencio reinó en el despacho.
El CEO miró de pies a cabeza a la pelirroja y Jennifer sintió como si la veta azul le quitara la ropa, mas no se inmutó. Le mantuvo siempre la mirada.
—¿Por qué estás aquí? —Preguntó el CEO luego de varios minutos. Su voz sonó seria.
—Ya se lo dije. Busco empleo.
—¿Por qué aquí? ¿En serio quieres que crea que no estás aquí por tu padre?
—Dejé mi hogar familiar. Digamos que… mi familia tiene preferencias por otros miembros y… me cansé de ser la niña buena que dice sí a todo.
—¿Pedir trabajo en el Corporativo Massey te vuelve una chica mala, entonces? ¿Es este tu acto de rebeldía? —Se echó a reír. Fue una carcajada seductora. Al menos así le pareció a la menor.
—Si me hubiese querido vengar de mi padre, habría tenido un plan mejor, señor. Llegué aquí por… casualidad. Yo no sabía que se trataba de su empresa.
—Entonces vete.
—Necesito el empleo.
—¿Realmente crees que puedes convertirte en mi asistente? ¿Tú? ¿Una Wright?
—Pruébeme.
La voz de Jennifer sonó mucho más atrevida y sensual de lo que realmente quería, pero ya estaba hecho, no pensaba retractarse. El hombre acarició su barba por varios segundos y, finalmente, sacó un contrato del cajón de su escritorio. Luego lo dejó frente a ella.
—Asegúrate de leer bien los términos y condiciones. Aún estás a tiempo de arrepentirte, pequeña Wright. Te advierto que no te lo haré fácil. Tu padre me debe mucho.
—Usted también está en deuda conmigo, señor.
Lucas no supo si se refería a lo que había sucedido años atrás o… si hablaba de la muerte del hijo de Robert, su hermano. Muerte de la que, según muchos, era culpable.
Jennifer tomó el documento y lo leyó con atención, segundos más tarde, su firma adornó aquel papel. Lucas Massey sonrió:
—Jennifer Wright, acabas de venderle tu alma al Diablo.
—Hail Satán, pues.