En visperas (Segunda parte)

4306 Words
–¿Carmen puedo ir al cuarto de Milagritos? –Claro, si Mariana. ¿Qué llevas ahí? –Es mi vestido para esta noche. –Mariana presumió su vestido levantándolo en el gancho. Cuando su padre salió después de las tres de la casa, Nilda le dijo que llevara su vestido a nuestra casa, ella no era una Rivero pero se sentía como una, después de todo la mayoría del tiempo estaba con mi hermana en nuestro cuarto. Nilda prefirió que lo llevara por sí cambiaba de opinión su padre con respecto a que fuera a la cena de esa noche. Ambas estaban decididas, por diferentes razones a que Mariana estuviese presente en esa reunión. Nilda quería que se relacionara con buenas familias, su presencia constante en las reuniones harían que a la larga fuese reconocida como casi parte de la familia Rivero y con suerte encontraría un buen partido, que le diera un futuro tranquilo y estable, que la llevara a buenos sitios y luego su lugar tener su propia casa. Para Mariana era simple, solo quería ver a Eugenio, tan hermoso, alto, solo quería eso. –Entra entonces, ella está en su cuarto. –Carmen se alejó con algunas cosas que arreglar en la mano. Tenía un año trabajando en la casa igual que Charito. Ambas tenían dieciséis años, estudiaban en el mismo colegio que nosotras, gracias a las consideraciones de papá, él siempre protegía a las niñas. Así que para ellas servir en la casa era muy importante, además que cobraban muy bien y obtenían la comida de todo el día. Mariana entró sin tocar. Ella y Milagros eran las mejores amigas. –¿Es tu vestido? –Milagros se cubrió las mejillas asombrada y Mariana giró con el vestido en alto. –¡Si! ¿Qué te parece? –Lo bajó y lo tendió sobre la cama de Virginia, al lado de la de Milagros. –¡Hermosísimo! –El vestido era de un tono azul pastel, con bordados en la parte superior y tull en la parte de abajo. Una cinta verde agua hacía de cinturón. –Te enseño el mío. –Milagros fue al escaparate para buscar su vestido. Ya las nubes se habían espantado, brillaba un sol tremendo que entraba por la ventana del cuarto con las bonitas cortinas color crema de los estampados color celeste. Ese cuarto era el más grande de la casa, paredes rosa, muñecas en las repisas de las paredes, una cómoda de madera pulida decorada en la parte superior por peluches y cofres con sus prendas. –Mira. – Ambas gritaron mirando el vestido verde aceituna de mi hermanita. –¡Vamos a vernos preciosas! Y eso que yo casi no vengo. –¿Y eso? ¿Qué pasó? –Ambas se sentaron en la cama de Virginia. –Papá no quería que viniera. No le caen muy bien los Castro y piensa que es una reunión familiar. –Tú eres como de la familia, tu padre, tu madre, ustedes son de la casa. –Eso mismo le dijo mi mamá, pero él piensa que es un abuso que nos sentemos hoy a la mesa entre dos familias que no son Torres. –Ustedes son parte de esta hacienda Mariana. –Bueno eso no importa ya, mamá lo convenció y si voy contigo. –Los ojos de ambas chispeaban con la sola idea de estar rodeadas de adultos y los jóvenes Castro. –Ya te imaginaba toda aburrida sin mí en esa mesa. –Noo, menos mal y si lo convenció tu mamá, yo necesito que estés ahí y hablar. –¡Claro que voy a estar! Y vamos a ver las dos a esos hermosos hermanos Castro. –Hermoso Ramiro, porque lo que es Eugenio y Santos… –¿Qué? Es una belleza ese Eugenio, el futuro novio de tu hermana…ese sí que… Ambas rieron ruidosamente como cómplices que eran de los sucesos futuros y de cómo veían a Santos Castro.   Mamá recorrió cada rincón de la casa. Todo en orden, flores de diferentes tamaños y colores en los jarrones. Nada de juguetes regados estorbando, el rincón donde tocarían los violinistas por un rato despejado y la cocina…todo casi listo. Ayudó a Beto a vestirse. Era el más lento de nosotros. Solo una camisa blanca y un pantalón  n***o. Luego le pidió a Carmen que los citara en la sala para verlos y dar los últimos toques y consejos a todos antes de la llegada de los invitados que no eran cualquier invitado. Se trataba de uno de los más importantes distribuidores de telas, frutos secos, café, cacao y especias a nivel nacional. Codeado con el presidente, atendiendo sus requerimientos y haciéndose pasar por alguien muy humilde y modesto. Su esposa, Consuelo, no es que era amiga de mamá, tal vez en un pasado pudieron llegar a serlo, pero se cruzó en mitad de esa amistad el amor entre Gonzalo y Flor y eso las terminó alejando. Si bien mi hermano no era nada mal parecido, y la familia Rivero tenía una larga trayectoria de trabajo  y esfuerzo en Caracas, sin mezclarse con los asuntos políticos, Consuelo deseaba un futuro más provechoso para su única hija. Se imaginaba que ella al estar rodeada de hermanos varones se encontraría apabullada y terminaría secándose las manos en un delantal mientras Gonzalo montaba el auto último modelo  del año. Para nada hubiese sido así, según pensaba mamá. Sin embargo, la muchacha se fue y lo que no masticaba del inglés aprendió a tragarlo. Carmen como pudo los fue llevando a la sala y Charito los retuvo ahí junto con su hermana Auxiliadora. Con apenas trece años la pequeña se desempeñaba bien en la cocina de la casa. No asistía a la escuela porque a pesar de que escuchaba muy bien perdió la voz a los seis años y eso limitaba su comunicación con otros. Mi padre le insistió varias veces para enviarla a un mejor colegio donde pudieran ayudarla pero ella se limitó a aceptarle solo la enseñanza de señas y con mi ayuda, en un año estuvo lista decidiendo permanecer en la casa, metida en la cocina. Pasaba tiempo con Harold y Tomás en el cuido de las legumbres, vegetales y frutos para el consumo de ellos en la hacienda y fuera de eso y cocinar regresaba a su casa con su hermana.          La sala ahora olía a jazmín, los muebles tipo poltrona se encontraban en simetría y las cortinas color crema ya habían sido corridas. Iban a dar las seis, pronto llegaría la visita. El último en aparecer fue Gonzalo. En cuanto hizo su aparición mi hermano  Beto le tomó la mano como si fuese un pequeñín. –Estamos uniformados. –Le dijo señalándole la ropa. –No quedaba de otra. –Gonzalo lo despeinó de golpe y el jovencito se defendió agachándose.                                                –Ehh, no se vale, esta crema se seca. –Pareces un patiquín. –Es lo que intento. –Se acomodó de nuevo el cabello como pudo mirando con disimulo a Charito. Ella no logró notar nada, la verdad pocas cosas notaba de él. –¿Te gusta Charito? –Gonzalo lo cercó y le habló al oído. –¿Qué? ¡No! –Ahí viene mamá. –Anuncié con mi característico tono de voz siempre bajo. Alisé mi vestido amarillo tenue y me colocó erecta, siempre siguiendo órdenes correctamente. Miré a los lados, casi estábamos por orden de tamaño. Mi hermana Astrid, la razón de esta reunión parecía un ángel con su hermoso vestido color guayaba. Saqué la cabeza de la fila y vi que Mariana permanecía oculta tras una columna y le hacía muecas a Milagros. Auxiliadora se alejaba a la cocina, sabía muy bien cuando desaparecer. Mamá entonces se paró frente a nosotros, sus hijos, sus sanos, hermosos y nobles hijos, y se aclaró la garganta.   Pero no era solo mi madre quien deseaba poner todo en orden. N solo ella necesitaba la colaboración de todo un equipo. Papá también. –Buenas tardes a todos, gracias por los arreglos a la hacienda en ocasión de la reunión que se realizará en la casa esta noche. –Papá se dirigió a unos quince trabajadores, cada uno, hombre, lo miró con atención, Pablo entre ellos. –Hace un buen clima y espero continúe así. –Siguió hablándoles muy de cerca. Vestido ya para la noche, con una camisa color azul claro y chaqueta de tela de pana color marrón claro. –Dentro de pocos minutos. –Miró su reloj de oro en la muñeca izquierda. –Llegarán Chico Castro y su familia, un total de cinco o seis personas, no sé si con uno o dos autos, la cena se servirá temprano pero no dudo que se alargue hasta pasadas las diez la reunión. Les pido estar atentos…a todo. Sobre todo si los más jóvenes pasean por ahí…bueno ya saben cómo somos de jóvenes y ellos son jóvenes en su mayoría. No les pido que los vigilen, solo que estén pendientes. –Sí señor. –Respondieron todos, después papá se volteó a ver a Pablo. –Tu mujer y tu hija están invitadas a la cena Pablo, no sé si tú querías asistir también. –No gracias señor, no quiero estar ahí. –Lo imaginé. –Miró de nuevo al resto de hombres. –Bueno dejo el resto en sus manos y gracias de nuevo. –Les sonrió y se alejó hacia la casa seguido por Pablo. Papá era un hombre maduro alto, sin nada de joroba como otros hombres que trabajaban las haciendas, pisaba fuerte alargando las piernas, muchas veces colocaba sus manos en la parte baja de su espalda y me imagino que…pensaba. –Señor, yo quería decirle. –Pablo no quería ser obstinado pero tenía que decir lo que tenía que decir. –que no estuve de acuerdo en que Nilda y Mariana asistieran esta noche a la cena de su familia y los Castro. –No te preocupes por eso Pablo. Trina quería tener a Nilda a la mano, sabes que se llevan muy bien y mi hija tiene a tu hija como su mejor amiga. –Aun así no había lugar esta noche para ellas ahí, señor. –Sabrán comportarse, no te preocupes tanto Pablo. –Solo deseo que pase esta noche a prisa. –Yo también. –Papá admitió eso con tono preocupado. –Y que la niña Astrid vea por fin que Santos Castro no es un hombre para ella. –Eso si lo dudo mucho Pablo.   Para mí era simple. Obedecer, seguir las instrucciones al pie de la letra. Como era mi costumbre, desde pequeña, porque había que ser respetuosa de sus padres, permanecí tranquila en la hilera de hermanos. Hoy había sido un día tranquilo para todos, hasta para Beto, ayudé a las muchachas a recoger la casa y después me fui a un sitio de cemento pulido que mi padre mandó a arreglar para mí, a fin de que practicara ballet los días que no asistiera a las clases con la señorita Margarita Cellarg. Mamá estaba de pié frente a nosotros, era muy bonita, tenía sonrisa dulce, cabello ondulado, ojos simpáticos y gestos amables en sus manos. Estudió secretariado y taquigrafía de joven, no se si antes o después de casarse. Dice que eso le sirvió para organizar tan bien una familia de cinco hijos con un marido dedicado al trabajo. Se esmeró en juntar personal de confianza que creciera con la familia y hasta ahora había dado buenos resultados. Éramos felices a diario, algún que otro problema, sobre todo en estos tiempos de cambios en el país, del que si no hacías escándalos y trabajabas de la mano del gobierno todo iba bien. Yo siempre quise ser como ella, mi madre. Agradarla era mi mayor deseo, al igual que a papá, solo que a él rápido lo complacía dando algunos pasos de ballet. Mamá nos observó quisquillosa. –Beto ¿qué le pasó a tu cabello? Arréglalo por favor. –Comenzó diciendo, mi hermano pequeño miró a Gonzalo de soslayo y se pasó la mano por el cabello, se ondulaba salvajemente, a mamá le gustaba tenerlo controlado. –Se ven muy bien todos. –Nos sonrió–es un día importante no solo para Astrid…–Dirigió la vista a ella con una gran admiración, nos decía que Astrid se parecía a su madre que murió estando ella muy joven. –cariñó estas preciosa. –le dijo a mi hermana mayor, causando que Milagro desplazara los ojos hacia arriba. –Todo  va a salir muy bien hoy, te lo prometo. Les decía…–Ahora nos miró a todos. –que hoy no solo es un día importante para su hermana Astrid si no también para su padre. Como todos sabemos  Chico Castro es uno de los más importantes distribuidores de la ciudad, se reúne frecuentemente con representantes gubernamentales. –Gonzalo hizo un sonido con su garganta–y para nuestra familia es importante, muy importante por lo que agradezco compostura. Nada de temas pesados, como los de política y eso va contigo Gonzalo. – Nada de sofocar a los hermanos menores de Santos. –Miró a Milagros y la señaló, compórtense decentemente. –Esta vez fue a Beto. –Coman a buen ritmo. –Colocó su pulgar e índice sobre el tabique de su nariz. –Todo debe salir bien. –Recorrió nuestras caras una vez más. –Tu Virginia comportante como siempre. –Sí mamá. –Fui la única que respondió y después la vimos andar al comedor, eran casi las seis. –¡Se ven luces de autos por la carretera! –gritó Harold desde el portón, si era así, en menos de veinte minutos estarían en la casa.       EL CAMINO   –Sus autos, están listos, señor. Gracias Domingo. –Chico Castro. Su gran personalidad, su agilidad, su presencia. Era un señor muy bien plantado. Atractivo, según pude definirlo a medida que mi tiempo, mi crecimiento llegó. Abrió la puerta de su nuevo, moderno, n***o y brillante auto. –¿Tu padre…cómo está? –Se recupera señor. –Alto y de piel oscura, Domingo correspondió  a la amigable sonrisa del amo. –Eso me alegra. –Chico vio a su mujer salir de la casa. Esa casa, esa casa estaba en una planicie extensa, rodeada de árboles altos, troncos  anchos y fuertes, cuando la brisa soplaba en los atardeceres simulaban una danza. Una danza que de niña me distraía pero ahora, de mujer, de triste mujer, de dócil mujer, cada uno de los sonidos del viento sacaban mis lágrimas y suspiros, sacaban la soledad. La casa sola era un espectáculo. Construida con los mejores materiales y mano de obra de la época, gracias al prestigio de Chico Castro, se presentaba deseable. Alta. De dos pisos como la nuestra pero aún más ancha, por dentro con pasillos que conectaban a las habitaciones, salones amplios y una cocina de granito n***o y blanco, afuera no era menos. Blanca, con ventanas azul claro, grandes ventanas, una entrada techada color cedro con piso de granito pulido y columnas lisas en blanco muy blanco, siempre limpias a pesar del polvo o el comienzo del nacimiento del smog que papa tanto odiaba. Para que pareciera poco: aves. Sí, aves cantaban a diario, guacharacas llamaban lluvia, cigarras anunciaban su llegada y después sapos celebraban el agua. Su esposa, también era una mujer alta, cabello crespo y dorado llegando al rojo, ahora lo llevaba corto, alcanzaba apenas los hombros. Miró atrás, sus hijos estaban en el otro auto color verde pastel, hasta hace unos minutos hacían mucho ruido pero en cuanto vieron aparecer  a su madre callaron. Chico volvió a ver a su esposa, Consuelo, la hija de don Simón Barco, de ella y su juventud no quedaba casi nada. Erguida, ojos verdes punzantes pero cansados. Venía vestida con un vestido n***o de seda y un bolso debajo del brazo, pequeño y brillante. Domingo se movió rápido hacia su lado del auto y le abrió la puerta bajando un poco la cabeza. Consuelo apresuró un poco el paso con sus tacones negros y miró al muchacho de veinte años, vestido con el típico uniforme de la hacienda, pantalón y camisa holgada color crema. –Gracias Domingo. –Comenzó a subirse al auto que conduciría su esposo. –¿cómo está tu padre? –Se recupera señora. –Domingo mantenía la cabeza baja. –Te lo dije, es un doctor muy bueno. –Se lo agradezco mucho señora. –Domingo se enderezó y cerró la puerta. –¿Quién lo cuida? –Ya Domingo se retiraba cuando ella le preguntó. –En estos días…mi primo. –Aún con una visión humilde recorrió todos los rostros. Ya Chico había subido al auto y sostenía el volante. –¿Y lo hace bien? ¿Qué edad tiene? –Ella lo sabía perfectamente, le llevaba los días contados desde su nacimiento, Ella sola. Chico Castro no y mucho menos los ajenos a su casa. –Creo que diecisiete señora. –Yo pensaba que estaba con su madre en oriente. –Lo estaba pero ella…murió. –Domingo deslizó los ojos hacia el señor de la casa pero este ni se inmutó. –¿Hace cuánto? –Consuelo se aclaró la garganta y preguntó preocupada. –Unos ocho meses creo, Reynaldo estará por aquí solo por un tiempo, me ayuda con papá, dice que somos su única familia. –Sí. –Uno de  los últimos rayos de sol de la tarde iluminaron los ojos verdes de la señora Consuelo. –Y tiene razón. –¡Por favor, vamos a llegar tarde! –Gritó Santos al volante del auto verde. –Tiene razón Consuelo, nos vemos más tarde Domingo. Chico arrancó y su hijo lo siguió despacio por el camino pavimentado hacia la salida de la hacienda. –Vamos a buena hora. –Consuelo se arregló el vestido una vez anduvieron. Tocó el collar de perlas grises en su cuello y después miró por la ventana. –¿De n***o? ¿No crees que debiste venir más jovial? –¿Jovial? ¿Por qué debería estar jovial? –Vamos a una reunión social de donde seguramente tu hijo sale con una novia. –No estuve de acuerdo con esa futura supuesta unión desde el principio. –De inmediato el carro salió de la hacienda se encontró con otras casas y carreteras. –traté de aclarar las cosas con Santos pero fue imposible. –¿Y qué querías? Me temo que esa muchacha es lo más bonito que hay en Caracas, nuestro hijo tuvo suerte de que se fijara en él. Además me consta lo bien que Pedro ha criado a todos sus hijos. –¿A todos? –Consuelo subió el tono de voz y lo encaró–¿Hasta a ese muchacho de hijo mayor que tiene? –Ese muchacho lo único que hizo fue enamorarse de Flor, no le veo pecado. –¿Y qué se comiera el pastel te parece poco? –En ese caso fue por tu falta de cuidado, debiste estar más pendiente. –¡El debió respetarla! Flor era una niña. –Y él un joven con las hormonas alborotadas. –¿Cómo tú? –¿Cómo yo? –Chico la miró sorprendido, los gestos furiosos de su esposa ya eran conocidos de sobra por él. –Por favor soy un viejo Consuelo. –No hablo de hoy. –la miró apenas. Sí, hace años así era, aunque no con ella. Con ella tuvo que cortejar, conquistar,  comprometerse y luego de casados, si hacerla su mujer. Si fue apasionada al principio, la trató siempre con consideración, se propuso a tenerla cuando la conoció, hacerla su esposa. Comenzaba a trabajar como contador de don Simón Barco, el viejo tenía dos hijas y ninguna tan inclinada al matrimonio como Consuelo, la otra quería gozar de los viajes y placeres que daba el dinero. La candidata perfecta era ella. Consuelo Barco, unos cuatro años mayor que él que ya pisaba los veintidós. A todo esto se sumaba que ella no tenía novio y estaba algo nerviosa por eso. Aun así no fue nada fácil convencerla de ser su novia y luego futura esposa. Don Simón no forzaba las cosas, a él le daba igual, total tenía lo que quería de los dos y siendo viudo vivía  a plenitud esa soltería. Al final lo consiguió. Un tres de marzo se casaron frente a la mitad de las familias pudientes de Caracas, hasta asistió el sobrino del presidente,  comieron y bebieron hasta el amanecer, lo mejor pasó cuando se quedaron solos donde sería su casa. Consuelo no actuó para nada remilgosa, tampoco desesperada. Chico se comportó como un hombre considerado, se trataba de una señorita de veintiocho años, llevaban dos años de noviazgo y la verdad Chico tenía mucha curiosidad de saber que había debajo de todos sus atuendos finos. No se decepcionó, se sintió agradado de lo que veía y quiso cumplirle como se merecía una mujer como ella y así fue durante un tiempo, un tiempo quizás muy corto. Trabajó a la par de su suegro, de manera que tuvo dinero, posición, labia, suerte, hijos y otras cosas. –No hablamos de mí tampoco, debemos dejar el pasado atrás Consuelo, nuestros hijos viven otra época, mejores cosas. –¿te interesa en serio lo que a tus hijos les toque vivir? –¿Qué clase de pregunta en esa? ¡Claro que sí! –Golpeó el volante y la mejor elección que pudo haber hecho nuestro hijo mayor fue enamorarse de esa jovencita. –Yo no estoy tan convencida, es muy frágil. –Como debe ser una mujer para  que a uno le provoque cuidarla, mirarla, consentirla y…–La miró de reojo, claro que su esposa no era para nada frágil–amarla. –Cualquiera diría que eres un romántico. –Soy un romántico. –Acentuó. –Con otras. –Contigo lo fui. –Alargó la mano para tocarle la cara pero ella lo manoteó. –Hasta que decidiste serlo con otras. –Hasta que tuve que reprimirme porque tenía que justificar todo lo que hacías. –Chico rió discretamente. –Pero seguí a la orden siempre ¿o no te gustan mis servicios? Consuelo lo miró rencorosa. A sus cuarenta y seis años, su esposo aún estaba fuerte, un poco gordo pero bien parecido, ojos brillantes y negros, una sonrisa de hombre de mundo, ese mundo que conoció gracias a su matrimonio. –Creo que ya no estoy interesada en tus servicios. –Lo miró y él la miró a ella, luego rió fuerte. –Te interesan Consuelo, yo sé que sí. –Intentó de nuevo llegarle a la cara. –Contigo siempre soy especial. –¡Eres un perro! –Le escupió apretando los dientes. –Aquí, a solas soy un perro, pero allá, en la hacienda Rivero soy tu amo y no quiero demostraciones de poder ni de resentimientos, mi hijo hizo una elección y quiero que se le respete. Terminó la frase con un asentimiento de cabeza, eso ella lo odiaba, era como su sello, después de eso ya no cabía otra idea. Consuelo volteó a su izquierda y vio a sus hijos viajar atrás.   –Mamá le estará dando todas las órdenes de la noche a papá. –Ramiro llevaba los pies montados en el tablero del auto mientras fumaba un cigarro. –Cuidado y mamá te mira desde allá fumando. –Santos le habló y le golpeó las botas en el tablero. –Está lejos, además que tal que ya no soy un niño. –Sí, ya estas grande para el grado que vas. –Todavía no puedo creer que te hayas fijado en serio en esa…–Eugenio buscó aquí y allá una palabra para definir a mi hermana, él claro, a pesar de su corta edad, todo lo veía precipitado, incómodo, lanzado y hasta estúpido. –Cuidado con lo que dices de Astrid Eugenio. –Advirtió  el enamorado desde el volante, sin molestarse mucho, quien le hablaba apenas tenía trece años y si a veces lucía mucho más hombre pero la realidad era que solo contaba con esos años. –Dudo mucho que pueda encontrar otra mujer mejor que Astrid. –Si te refieres a lo bonita que es tienes razón. –Ramiro lanzó el cigarro por la ventana–Pero porque no la conquistaste para un buen rato y ya, la besabas, la citabas y ya. –O bien pudiste hacerla tu mujer y disfrutarla un tiempo pero hasta ahí. –¡Eugenio, Ramiro! Que no es eso lo que quiero. –Santos estaba bien molesto ahora al notar la audacia de sus hermanos menores. –Quiero algo serio y largo con Astrid. –Son demasiado jóvenes Santos. Papá acaba de darte parte importante en sus decisiones, podrás viajar, conocer mujeres, tener la que quieras. –Ramiro le argumentaba para convencerlo, ya Eugenio se había rendido y casi se acostaba en la parte de atrás del auto. –Piénsalo hermano. –Es que no se trata de algo que pueda pensar Ramiro. –De nuevo el enamorado salía a defenderse, suspiró ilusionado. –Astrid es…es la mujer que deseo para mí, que sea mi compañera, la madre de mis hijos. –¡Por favor cuanta cursilería! –Ramiro también se dio por vencido y Santos rió. –Sí, puede ser, pero ya me entenderán cuando se enamoren. –Por ahora trataré de evitarlo. –El hermano menor afirmó esto decidido y agudizó la vista al descubrir las luces en la entrada de la hacienda Rivero.                        
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