Capítulo 8
Revelaciones. (Parte 2).
Erika y yo nos encontrábamos camino a la dirección, pues pensamos que la mejor opción sería aprovechar la hora del almuerzo porque los pasillos estarían solitarios y sería más fácil desactivar la seguridad en las puertas sin ser vistos, además, Edward no había visto en todo el día al Prefecto Luckus a través de las cámaras de la Academia. Y ya saben lo que se dice por ahí: Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta.
Y bueno, como podrán darse cuenta, al final aceptamos contarle la verdad a Edward, después de todo ya sabía una parte de la historia cuando me vio a través de las cámaras, cruzar la barrera que separaba a Klimore del mundo vampírico. Pese a eso, Edward, Erika y yo nos hemos aliado para conseguir las respuestas y aunque nos estábamos jugando la vida en ello, juramos descubrir la verdad detrás de una historia de terror y sufrimiento.
Nos detuvimos. Las luces que indicaban el funcionamiento de las cámaras ya se habían apagado y tanto Erika como yo, procedimos a ponernos los guantes de látex. No podíamos dejar rastro. Finalmente entramos a las oficinas de dirección.
Nunca había estado en aquel sitio, se trataba de un salón inmenso con algunos escritorios donde trabajan las asistentes de dirección. Claramente ahí no encontraríamos nada relevante, pues la información realmente importante se encontraba en las oficinas del director y del prefecto.
—Chicas… —Nos habló Edward a través del micrófono.— Es hora de pasar a la siguiente compuerta. Una vez ahí, van a entrar a la puerta de enmedio, es la habitación con los archivos secretos. ¿Entendido?
—Entendido. —Respondió Erika.
—Solo a esa. —Advirtió.— Por nada en el mundo se les ocurra entrar a las otras dos. ¿Entendido? Hailey, ¿Entendido?
Erika me dio un codazo y yo le fulminé con la mirada. —Sí, entendido. —Contesté.
Finalmente Edward se desconectó. Sin vacilar, Erika y yo anduvimos a través de la oficina de las asistentes, hasta llegar a la compuerta que nos dirigía a la dirección. Estaba hecha un completo manojo de nervios, no conocía a algún estudiante que haya entrado a la dirección de la Academia hasta el momento. En él se encontraban todos los documentos referentes al historial de los estudiantes de la Academia, y no me refiero solamente a las calificaciones, sino a las habilidades que poseían cada uno y la clasificación que se les daba, sus pro y sus contras, sus fortalezas y sus puntos más débiles, absolutamente todo.
Sujeté la manija de la compuerta y luego de intercambiar una mirada con mi amiga, respiré hondo y la deslicé. La compuerta se abrió totalmente produciendo un sonido seco y estremecedor, dejando a la vista un espacio pequeño que comunicaba a tres puertas. Intenté entrar pero entonces Erika puso su brazo en frente de mí, impidiéndome el paso. Entonces señaló arriba de las tres puertas, había alrededor de una docena de cámaras, apuntando en todas las direcciones.
—Edward, —lo llamé.— ¿Estás seguro que podemos entrar? Esas cámaras me ponen de los nervios.
—Están intervenidas. —Respondió.— Por eso les digo que solo pueden entrar por la puerta de enmedio. El sistema de seguridad que hay en este área es demasiado complejo así que no debe haber margen de error, chicas.
Erika y yo asentimos y luego la susodicha articuló una respuesta para nuestro compañero hacker. Edward nuevamente se desconectó y ambas ingresamos al área de dirección. Frente a nosotros las tres puertas aparentemente normales, escondían tres sitios diferentes, pero solo podíamos ingresar a una de ellas. Sin embargo, cuando estábamos a punto de entrar a la de enmedio, me fijé en que la puerta de la derecha estaba entreabierta y se alcanzaba a visualizar algo.
—Mira Erika… —Le indiqué.— Aquella está abierta.
—Hailey, no. —Me advirtió.— No podemos entrar ahí.
Me incliné un poco más para ver allá dentro y me di cuenta que se trataba de un despacho. Había un escritorio, un computador y montones de libros y carpetas desparramadas por ahí. Pero si hubo algo que me llamó la atención, fue una especie de objeto de vidrio, con un tallado muy particular. Entonces me di cuenta que ese objeto se me hacía familiar.
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Mientras ellos hablaban en una de las habitaciones, me dispuse a seguir observando las particularidades de la casa.
Entonces me fijé que al final del pasillo había una puerta con un candado, pero este estaba abierto. Al lado había una pequeña mesa de mármol y sobre ella, unas llaves junto a una jarra de vidrio que presentaba un diseño tallado bastante particular. Y la curiosidad me ganó, respiré hondo y me decidí por quitar el candado e intentar abrir la puerta. Un viento frío inmediatamente me golpeó y pude percibir un olor a hierro bastante concentrado y puro. Entonces fue cuando me di cuenta, había dos tanques llenos completamente de un líquido de tonalidad roja, lo que deduje se trataba de sangre. Sin embargo no era lo único impactante en aquel cuarto, sino los animales descuartizados que colgaban de algunos ganchos. Por un momento sentí que mis ojos se aguaron debido a la impresión, y no tuve de otra que cerrar la puerta.
Al dar media vuelta, me encontré con unos fríos ojos oscuros que me miraban con desaprobación. Christopher me había dicho que no tocara nada del mundo vampírico y yo no solo había hecho eso, sino que había husmeado en una de las habitaciones de su casa, encontrándome con algo que me hizo preguntarme una vez más si de verdad había tomado la decisión correcta al entrar a aquel mundo en el que solo veía sangre y muerte.
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Sentí volver a la realidad nuevamente cuando sentí las uñas largas de Erika aferrarse a mi brazo y jalarme fuera de aquella oficina, donde involuntariamente había entrado. El agudo y estremecedor ruido de las alarmas impactó fuerte en mis oídos y yo me sentí culpable por el hecho de que nuestra misión había fracasado. Me dejé llevar por la imagen de aquella jarra y los recuerdos que me trajo, por lo que terminé ingresando por una de las puertas donde Edward nos había advertido reiterativamente que no entráramos.
—¡Tienen que esconderse! —Exclamó Edward.— El prefecto se dirige hacia allá y no les dará tiempo de salir.
Erika y yo consumidas por el miedo y los nervios, no sabíamos qué hacer ni a dónde ir. Por lo que solo se nos ocurrió escondernos debajo de los escritorios de las asistentes. Justo a tiempo, para que después de introducirnos debajo de aquellas mesas, se abriera la puerta principal y el prefecto Luckus con sus largas vestimentas oscuras, apareciera y con paso apresurado se dirigiera a las oficinas de la dirección, perdiéndose de nuestra vista una vez atravesó la compuerta.
Solté la respiración y cuando esta se cerró, salimos de nuestro escondite.