Capítulo 4:
Un día algo inusual en la Academia.
¿Por qué no lo supuse antes? Definitivamente había pensado mal al creer que a Christopher se le ablandaría el corazón y aceptaría sin más ayudarme a regresar.
Pero no. ¿En qué carajos estaba pensando? ¡Christopher es un vampiro!
Y sinceramente su petición era una locura. No tenía la más mínima idea de cómo iba a hacer para cumplirla, pero lo cierto era que le había dado mi palabra. O de lo contrario aún estaría fuera de Klimore, perdida en un bosque, expuesta ante miles de vampiros. Al menos no tenía que preocuparme por eso, por ahora lo que importaba era el castigo que me esperaba por haberme perdido la primera clase y aparecer bien campante para la segunda hora.
Cuando ingresé al salón de la clase de Anatomía Vampírica, las imprudentes miradas no se hicieron esperar. Esta era una de las pocas clases que compartíamos con los Homine Virtutes, así que podía sentir sobre mí algunos ojos desdeñosos.
—¿Qué hemos dicho sobre la disciplina y la puntualidad, señorita Jones? —Cuestionó la vieja profesora Patrick observándome por encima de sus gafas.
Di un respingo cuando ya me encontraba sentada en mi lugar. —Y-yo…
—Tu mamá se enfermó. —Susurró Erika en mi oído.
—Mi mamá estaba enferma, señora Patrick. No podía dejarla sola. —Contesté bastante segura de mi respuesta y fingiendo un tono algo afligido.
Ella me analizó un poco, pero no parecía muy convencida. Sin embargo, luego pareció restarle importancia y procedió a centrarse nuevamente en su libro de anatomía. —Agradezcale más bien a Salazar. Tiene una buena cómplice… O debería decir: Alcahueta.
Por el rabillo del ojo me fijé en Erika que estaba sentada detrás de mí, haciendo un gran esfuerzo por no reír. Al igual que yo, Erika también era una Homine Potens, a diferencia que ella conocía su poder desde que era una niña. El mimetismo felino era su especialidad, y aunque para algunos era motivo de burla, a mí me parecían realmente impresionantes sus habilidades semejantes a las de aquellas criaturas.
Sólo bastaron algunos segundos para que una vez la señora Patrick retomara la clase, mi mejor amiga se inclinara hacia mí con sus ojos abiertos de par en par.
A veces Erika podía ser tan predecible.
—Más te vale que me cuentes en qué lío andabas, Hailey.
—¿Lío? ¿De qué lío me hablas? —Cuestioné haciéndome la desentendida cuando claramente a Erika no se le escapaba una.
—¿De qué lío? —Replicó poniendo una mano en su pecho, fingiendo estar ofendida.— El roto en tu falda dice tener una historia que pide a gritos ser contada.
Mis ojos casi que en un movimiento involuntario se dirigieron hasta el borde arrancado de mi falda plisada, la cual se había quedado atascada en las ramas de Vellkron que conformaban la barrera para salir de Klimore. Maldije en voz baja y pude escuchar a Erika soltar una risita. Antes de llegar a la Academia, cuando atravesé la barrera, hice un gran esfuerzo por limpiar y acomodar el uniforme para no llamar mucho la atención. Pero había olvidado por completo la parte rasgada de mi falda.
—Y parece que no fui la única que se dio cuenta. —Canturreaba mi amiga. Y cuando me giré hacia ella, me indicó con la cabeza en dirección a Liam Carey.— Alerta: Hombre celoso en el área. Repito; hombre celoso en el área.
Unos grandes ojos celestes me miraban con desaprobación, viajando de mi falda a mi cara y viceversa. Liam era uno de los que conformaban el selecto grupo de Homine Virtutes que estudiaban en la Academia Klimore. Su padre era un gran amigo del mío, por lo que nos conocíamos desde que tenía memoria. Sin embargo, mi relación con Liam era un poco rara, normalmente discutimos a raíz de nuestra diferencia de razas, pero a veces él podía llegar a ser un gran amigo y brindarme apoyo en los momentos más difíciles, lo que hace que Erika constantemente afirme que el rubio tenga cierta atracción hacia mí.
—¿Qué demonios quieres? —Susurré con la esperanza de que el susodicho pudiera leerme los labios.
Él hizo un mohín indicándome la falda con sus labios. A lo cual respondí con un ademán de que le restara importancia.
—¿Algo que aportar a la clase, señorita Jones? —Cuestionó la señora Patrick y yo di un brinco en mi asiento provocando que mis cosas cayeran del escritorio. Las risas no tardaron en aparecer.
—No, señora Patrick. —Respondí con una inocente sonrisa.
Ella se inclinó hacia adelante para verme por encima de sus lentes. Tenía esa mirada inquisidora de que estaba por lanzar una de sus preguntas que dejaban perplejos a más de uno en el salón de clases. No por nada se había ganado la fama de ser una de las profesoras más estrictas en la Academia.
—Bueno ya que le veo como que muy habladora… —Alargó y yo ya presentía a donde quería llegar con eso.— ¿Cuál es el tiempo promedio de cicatrización que tiene un vampiro?
¿Cómo se le ocurre a esta señora lanzarme esa pregunta de tanta precisión? Pensé. Estaba loca. Pero luego de mi efímero momento de crisis, vinieron a mi mente, fugaces imágenes de lo sucedido hacía un rato atrás con Christopher. Él había tenido dos heridas que luego de un tiempo, en específico, cicatrizaron: la primera más profunda y dolorosa, fue cuando lo escuché quejarse del otro lado de la barrera. La segunda fue cuando lo empujé contra el árbol, al momento que se activó mi superpoder; una astilla grande le había levantado la piel de la nuca.
Ambas habían tardado tiempos diferentes en cicatrizar.
—Depende de la gravedad de la herida. —Respondí firme. La verdad es que no era una alumna ejemplar, pero sí me preocupaba al menos por aprobar las notas y en las materias que me gustaba, era cuando me esforzaba en sacar buenas calificaciones. Anatomía vampírica no era una de ellas, pero tampoco estaba de humor como para dejarme humillar por la señora Patrick.
Todos en la clase se quedaron en silencio, expectantes a la reacción de la profesora.
—Suponga una herida abierta de 10 cms producida por un objeto cortopunzante pequeño. —Añadió la anciana imperturbable.
Esos ejemplos estaban en los capítulos del libro que ella nos había ordenado leer para la clase de hoy. Me di un golpe mental por no hacerlo. “Piensa Hailey, piensa”. Me repetí una y otra vez a mí misma. Y lo único que se me vino a la mente fue un cálculo aproximado del tiempo que tardó en reponerse Christopher después de que lo empujara con el campo de fuerza y se cortara un poco con la astilla del árbol. La situación era un poco similar a la que me había planteado la profesora, así que podía basarme en eso para responder.
—Aproximadamente de 30 a 45 segundos. —Contesté algo insegura. Mis compañeros empezaron a susurrar entre ellos y sentí encogerme en mi puesto.
—¿Cómo carajos sabes eso? —Preguntó Erika en mi oído.
La señora Patrick abrió la boca para responder de una vez por todas si era correcta o incorrecta mi respuesta, al mismo tiempo sentí mis manos sudar un poco por los nervios. Pero su acción se vio interrumpida por la voz del prefecto a través de los altavoces. ¿Recuerdan cuando les dije que la señora Patrick era una de las profesoras más estrictas? Bueno, el prefecto era quien se llevaba el trofeo. Vaya tipo más intimidante en la vida.
—Se cita a todos los alumnos en el coliseo. —Habló el señor Luckus a través de los parlantes.— Atención. Se cita a todos los alumnos de la Academia en el coliseo.
¿En el coliseo? Eso quería decir problemas. Y algo dentro de mí no dejaba de repetirme que seguramente yo era la causa de la citación. La señora Patrick dio la orden de salida y cuando todos los alumnos se levantaron de sus puestos para ir al coliseo, me apresuré a arrastrar a Erika lejos del grupo, más específicamente, nos mezclamos entre la multitud que se había formando en los pasillos para poder pasar desapercibidas hasta los baños.
—¿Hailey Jones vas a decirme de una vez por todas qué es lo que está pasando? —Cuestionó una muy confundida Erika. Yo solo le pedí que bajara la voz, cosa que obviamente no se le podía pedir a ella.— ¡No me voy a callar Hailey! ¿Acaso tiene que ver con el hecho de que nos hayan citado?
Le dediqué una mirada con ojos de cachorrito y ella abrió enorme su boca, sorprendida.
—No estoy muy segura pero prefiero prevenir cualquier cosa. —Añadí.
—¿Prevenir que? —Preguntó la chica de cabello corto.
—Necesito que me ayudes a arreglar mi falda. —Le indiqué la parte rasgada y ella se agachó para verla con más detalle.— ¿Puedes hacer algo? No sé, emparejarla o qué sé yo.
Sus ojos verdes me vieron por un momento. —Pues va a quedar un poco más corta.
—No importa.
—No creas que te salvarás de contarme a qué se debe todo esto.
—Lo haré.
No estaba segura de qué tanto debía ponerla al tanto de la situación a Erika, aún a sabiendas de que si ella se llegase a enterar de que le estaba ocultando cosas, podría ser mi fin. Es que en serio, ustedes no conocían cuán peligrosa podía llegar a ser Erika cuando se enojaba. Pero todo lo que había sucedido al cruzar la barrera, parecía más bien un sueño. El bosque, los vampiros, mi poder descubierto, la propuesta de Christopher... Mi amiga sujetó mi falda con una mano, mientras que la otra la agitó una vez, entonces sus uñas crecieron rápidamente transformándose en afiladas garras felinas. Comenzó a cortar con cuidado al mismo tiempo que veía en detalle percatándose de que no generara sospechas y quedara perfectamente recortado.
Sonreí al verme en el espejo. La falda había quedado igual que antes, a excepción de que ahora estaba un poco más corta. Pero nadie lo notaría. ¿O no?
Salimos con prisa del baño y nos dirigimos al coliseo, donde ya se encontraban al parecer todos los estudiantes. El director de la Academia había tomado la voz y mientras daba algunas palabras introductorias antes de soltar la bomba, Erika y yo pasamos en medio de las graderías para tomar asiento con los demás estudiantes. No pude evitar notar las miradas asesinas que nos dedicaba el prefecto. Vaya terror que inspiraba ese tipo. Pero lo que realmente llamaba mi atención, era que a diferencia de las otras citaciones, no solo estaba el director y el prefecto. Esta vez estaba la Jefatura ahí presente.
Así que la situación era delicada.
—En otras palabras, se encontraron rastros de un estudiante merodeando por las zonas aledañas a la barrera. —Finalizó el rector y todos gimieron sorprendidos. No podía creerlo. ¿Cómo me habían descubierto? ¿Rastros? ¿Qué rastros?
El prefecto se posicionó al frente y nos enseñó un trozo de tela. ¡Era el pedazo de mi falda!
Tragué saliva invadida por los nervios y por el rabillo del ojo noté cómo Erika me miraba boquiabierta. Así que después de todo, sí había sido yo la causa de todo este alboroto.
—La Jefatura está aquí para saber quién fue la estudiante que intentó o que cruzó la barrera. —Añadió el director.— Chicos, aunque esto es algo de cuidado, queremos anticiparles que quien sea que haya sido, no tendrá gran sanción.
Los murmullos no se hicieron esperar, todos especulaban sobre quién había sido la famosa chica que había cruzado la barrera. Porque incluso desde antes de entrar a la Academia, prácticamente desde que teníamos memoria, todos en Klimore sabíamos cuál era la regla de oro: Prohibido cruzar la barrera. Y yo la había roto. ¿Debía entregarme o no? Fue la duda que me invadió en ese momento. Pues estaba casi segura de que eso de “no tendrá gran sanción”, era una completa mentira y solo lo decía para que el implicado saliera. Pero a pesar de todo, eso no había sido lo más sorprendente, sino lo siguiente que dijo el rector.
—Independientemente cuál haya sido el motivo por el cual esta alumna lo hizo —añadió firme—, no lo volverá hacer ni ella ni nadie. La Jefatura desde el día de hoy implementará nuevas medidas de seguridad para evitar cualquier otro suceso como este.
¿Nuevas medidas de seguridad?
¿Y cómo iba a hacer para cumplir la promesa que le había hecho a Christopher?
¿Qué iba a hacer ahora?
Esas eran las preguntas que una y otra vez se repetían en mi mente.