Capítulo 1. ¡No puede ser la misma mujer!

1224 Words
El resto del camino en ese largo pasillo de la catedral, Marianne trató de convencerse que estaba haciéndolo por el bien de su familia, sobre todo de su abuela, pero nada la había preparado para lo que estaba a punto de vivir, cuando se encontró a una distancia suficiente como para ver el rostro de ese hombre, de inmediato supo por su atuendo que se trataba de un m*****o de la realeza, pero fue alguien más quien atrajo de inmediato su mirada, estaba de pie al lado de su futuro esposo y vestido casi idéntico, su pecho empezó a doler, le costaba respirar y sintió una mirada pesada y llena de reclamo y dolor, no hacía falta que le dijera nada, sus ojos le estaban gritando, tenía los puños apretados y al mismo tiempo un gesto desgarrador se estaba reflejando en su rostro, Marianne sintió como su cuerpo la empezó a traicionar, temblaba de pies a cabeza y no fue capaz de soportar más, se desvaneció, en un instante se vio absorbida por una obscuridad arrebatadora, dejó de escuchar, de sentir, y se dejó llevar por esa calma que la apartaba del inmenso dolor y de ese enorme tormento, de inmediato fue asistida y trasladada a un lugar menos concurrido para que pudiera respirar, pero el caos estaba a punto de estallar en la sala contigua. --¿cómo te atreves a intentar impedir la boda de tu hermano? – el rey estaba colérico e intentaba aflojar el nudo en su cuello que lo tenía agobiado. --¿con que derecho, Edward? – odiaba tener que mantener baja la voz para evitar que los asistentes a la boda lo escucharan, pero de verdad que quería gritar muy fuerte --¡Con el derecho que me da el amar a esa mujer!—el rostro del rey reflejo un gesto de sorpresa y pesar al escuchar el grito ahogado y desesperado de su hijo menor, si bien estaba enterado de su idilio y sus intenciones con una jovencita de las afueras del reino, nunca le mencionó el nombre de la joven, ni la familia a la que pertenecía, aunque eso no era de extrañar, Edward se caracterizaba por ser muy reservado en sus asuntos, a pesar de ser el segundo hijo, se manejaba con singular capacidad en los asuntos de la corona, era un hábil soldado y al mismo tiempo un ser sensible y solidario, el mismo rey Rupert lo idealizaba como un gran soberano, incluso mejor que él. --no hijo… no es posible, no puede ser la misma mujer – el rey apretaba fuertemente sus cienes en un desesperado intento de tranquilizarse --lo es, es Marianne, ¡mi Marianne!, y, ¡te exijo que detengas esta boda, padre! – nunca había visto a su hijo en esa posición, debía amar inmensamente a esa muchacha como para retar a su propio padre de la forma en la que lo estaba haciendo. --perdóname, hijo, pero ya es demasiado tarde para detener esta unión – le estaba doliendo tener que negarle esa petición, pero había mucho en juego y ya su hermano estaba siendo fuertemente criticado por la sociedad, el rey sabía en el fondo, que si no le conseguía como esposa a una mujer, que aparte de tener una belleza digna de una reina, fuera inteligente, sabia, gentil y sobre todo, muy querida y aceptada por el pueblo, una mujer que pudiera tomar decisiones ante la arrebatada e insensible postura que desde hacía ya unos años, había tomado su hijo mayor ante los temas del reino, se había vuelto despiadado y arrogante, incapaz de tener un poco de compasión por nada ni nadie y la solución más cercana que él pudo encontrar, fue balancear ese irascible, impetuoso y arrebatado carácter del heredero al trono, con la belleza y sensibilidad de la joven que por ya varios meses había estado observando de cerca, debía estar seguro de la importante decisión que debía tomar con respecto a la futura reina, consideraba que la estabilidad del pueblo de Rhoslyn dependería de ella y de su hijo Edward, pero nunca pensó que ellos estarían enamorados. --no lo acepto, padre, no puedes condenar a la mujer que amo a una vida miserable casada con Roberth, sabes que la va a maltratar, ¡lo sabes!, y yo no estoy dispuesto a permitirlo – la mirada de Eduard era sombría y la rigidez de su cuerpo le demostraba a su padre que estaba haciendo un intento casi sobrehumano por no perder el control y cometer una locura. --Perdóname, hijo mío, pero sabes que no es posible lo que me pides – no lo era, la tensión en la corte estaba en su punto más alto ante las amenazas de los reinos bárbaros que se estaban apoderando de los pueblos más débiles, y a pesar de que Rhoslyn era un reino poderoso y con un ejército casi invencible, no dejaba de haber tensión, sobre todo en la aristocracia, era imperativo proteger cada pedazo de tierra y asegurarse de dar una buena apariencia ante los reinos vecinos, no estaban en posibilidad de soportar un escándalo como el que Edward estaba a punto de ofrecer. --No… nunca te he pedido nada, al contrario, te he ayudado a levantar el reino, he ganado tantas batallas que ya ni contarlas podría, he fortalecido tu ejército, y solo te pido una cosa… -- sus ojos parecían salirse de sus órbitas --¡entrégamela a mí!, entrégamela en matrimonio y te aseguro que éste reino será el más próspero y poderoso, yo me encargaré de eso, padre, sabes bien que soy capaz, solo te pido que me entregues a la mujer que amo, solo eso te pido – la mirada de Edward estaba cargada de una súplica encarecida, de una pasión que nunca había visto en ninguno de sus hijos, la presión de sus venas estaba tan fuerte que hasta podía ser visible, y es que no solo se trataba de tener a la mujer que tanto amaba, debía salvarla de una vida miserable si se casaba con su hermano, él mismo lo conocía mejor que nadie, sabia lo despiadado e irracional que podía llegar a ser, y sabía que Marianne estaría obligada a saciar sus más bajos y aberrados instintos y la sola idea lo perturbaba y lo torturaba casi al punto de enloquecerlo y llevarlo a tomar las decisiones más arrebatadas e irracionales. -- no puedo, hijo, esa mujer se va a casar con tu hermano y se va a convertir en reina junto con él, no podemos exponernos a conjeturas en este momento, debemos pensar en el pueblo, en nuestra seguridad, tu mejor que nadie lo sabes, estamos pasando por un momento muy delicado, y es importante que el futuro rey contraiga matrimonio lo más pronto posible y que junto a su esposa nos representen. --no me dejas más opciones, padre… esa mujer se irá conmigo, aunque eso signifique no volvernos a ver, nunca, nos iremos a donde nadie nos conozca, soy perfectamente capaz de hacerme un nombre y proveerla a ella sin ayuda de la corona, y eso es lo que hare – Edward miraba desafiante al rey, y solo alcanzó a dar un par de pasos rumbo a la sala donde se encontraba Marianne, cuando la voz obscura que emanó de su padre lo detuvo.
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